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martes, 14 de noviembre de 2017

Se le tiene y sino se le consigue

La primera vez que alguien me calificó como “recursiva” fue hace casi dos años, la chica que limpia en mi casa se quedó flipando cuando vio las fundas que le hice al sofá con unas mantas de oferta del Carulla. No pagué a nadie para que me las hiciera, las hice yo solita con las mantas del dos por uno, hilo y aguja . En dos tardes lo arreglé.

Para mí, hasta ése momento, algo recursivo, como dice la Rae, era algo que puede repetirse o aplicarse indefinidamente. Pero en Colombia, el adjetivo recursivo es algo completamente diferente. Ser recursivo, en Colombia, significa que eres una persona que explota al máximo los recursos de los que dispones. Es un adjetivo positivo, algo de lo que cierta parte de la población carece y otra lleva a su máxima expresión.


A mi “QueLi” (La que limpia en casa, en la jerga macarra madrileña que se habla en nuestro hogar, es La Que Li (mpia)) le sorprendió muchísimo que alguien de tan alto estrato, como su Señora Española que guarda en su nevera coca colas en lata (carísimas para el colombiano humilde y que la tía se bebe una cada vez que entra por la puerta y no le importa dejarme sin…) o que tiene tanta plata como para traerse a un gato del otro lado del mundo (un gato!!) , que no le pidiera a una costurera que me hiciera las fundas… le sonó raro… porque en ésta Colombia de dos mundos, los ricos no son recursivos (pagan por conseguir cualquier cosa) y los que tienen que buscarse las habichuelas, si tienen verdadero interés en algo, llevan la recursividad a su máxima expresión.

Hay una frase muy común de los mercados populares, en los barrios más guerreros, que sirve para responder al cliente cuando pregunta por algo específico y define una filosofía de vida y es la de “Se le tiene señora y si no se le consigue” y es que cuando un colombiano quiere algo… se lo inventa y finalmente te lo vende... (Fijaros que acentúo que debe quererlo, porque si no hay interés pasan olímpicamente…)

Los más pilos (pilo aquí significa rápido, avispado y listo) encuentran la oportunidad en cualquier esquina para hacer de la necesidad un negocio.

Existen, por ejemplo, oficios que sólo se dan en éste país, y no estoy hablando de las despiojadoras que ponen carteles en las zonas más visibles de cualquier farola de barrio bien que dictan la frase “Despiojo masima discresión numero selular xxxxxxxx”, no, ese trabajo lo hay en todas partes…

Hablo, por ejemplo, de los minuteros, que son persona que llevan encima unos cinco móviles de éstos que no valen nada (aquí llamados flechas, porque si vienen los indios a robarte se los tiras a la cara) y te los prestan para que llames por 100 pesos el minuto. Son cabinas telefónicas humanas, que se sientan en cualquier esquina (y si su señora ha hecho empanaditas también te las venden “no vaya a ser el hambre” mientras uno llama…) y ofrecen “minuto selular”

También, en comunidades muy pobres, sobre todo en la Costa caribe, donde la astucia y la recursividad es Ley de vida, existen los “Arrendadores de lavadoras” que por un mínimo de 2.000 pesos la hora (60 cts), te instalan la lavadora en tu casa y limpias tu ropa sin tener que frotar ni ir a una lavandería de esas donde los ricos lavan sus cositas…

Existen Toderos, que todo lo arreglan, calibradores de llantas que con magia y brío, pegan con un palo a las ruedas del coche y te comprueban en cada semáforo a cambio de una limosnita que tus ruedas van bien de aire, también hay pesadores que ofrecen básculas para saber cómo va la operación biquini…
Es decir, que aquí quien no tiene trabajo, se lo inventa y si no existe cómo, se encuentra la manera de conseguir plata.
Os preguntaréis el porqué de ésta introducción tan larga y detallada, pues la cosa es sencilla , éste fin de semana, Pablo y yo hemos estado en San Cipriano.

Una comunidad afrodescendiente, a media hora de la costa pacífica.

San Cipriano es en realidad una pedanía entre Córdoba y Zaragosa, dos pueblos en medio de la selva subtropical del Valle del Cauca. Es un lugar sin ningún interés económico, a mitad de camino entre Cali y Buenaventura (el puerto más grande de Colombia) pero de una riqueza natural impresionante.

En éste país donde nada tiene ni pies ni cabeza a la primera, a éste pueblo a las orillas del río más cristalino de todo Colombia (aún no han llegado las Mineras…) , sólo se puede acceder por las vías del tren.

 Pero… oooh!! Qué ven mis ojos! Qué pena con usted!!!

En San Cipriano no hay parada de tren, ¿para qué si desde hace más de 50 años no hay trenes de pasajeros? y ¿ qué sentido tendría si desde hace 6 meses no circula ni un solo tren de mercancías?

Así que siguiendo el “se le tiene y si no se le consigue”, los habitantes de San Cipriano, ante la necesidad de llegar a su pueblo, han inventado un medio de transporte que se llama: Brujitas que soluciona ésta situación de aislamiento, completamente absurda.

¿Qué son las brujitas? Las brujitas son unos tablones paralelos de ancho de la vía del tren y largo como dos metros, con banquillos (acolchados) sobre los mismos.

Éstos tablones, ruedan sobre la vía gracias a unas pequeñas rueditas de metal en su parte inferior, que son empujadas a tracción por la rueda  de una moto que está enganchada a su vez a los propios tablones.

Es decir, pura recursividad colombiana.

La motocicleta hace de motor y los habitantes y visitantes, que van sentaditos a la izquierda del motorista, acompañan al conductor a pocos centímetros mientras se adentra por la selva valle caucana como si nada.

Pero como en Colombia no hay horarios, en el trayecto, puedes tener la mala o buena suerte, de encontrarte una brujita que viene a toda velocidad en sentido contrario. En ése caso, impera la lógica. Quien lleve menos pasajeros debe levantarse, agarrar los tablones, sacarlos de la vía y dejar paso al que viene en dirección contraria.

Como no había mucho de lo que comer, más que de la pesca del río que da nombre a la comunidad , el río San Cipriano, los lugareños decidieron inventarse un incentivo económico, el turismo. ¿Y cómo?

Cogiendo unos neumáticos de camión que por 8.000 pesitos te los alquilan para que los turistas bajen montados en ellos por las limpias aguas de su río sin más seguridad que las de un chalequito salvavidas.

Que se pinchan, se parchean, que hay que subir dos km por un caminito al borde del río para poder lanzarse al agua, se caminan y si hay que seguir ganando dinero, se ponen puestos de sancocho de gallina y obleas con arequipe cada cierto tiempo para que el turista deje pasta.

El caso es que a San Cipriano le va la mar de bien, y los niños y los mayores disfrutan al ver a decenas de blanquitos que vamos para allí a creer que todo es muy natural y muy bonito.

Pablo y yo no fuimos menos éste sábado. Hicimos la caminata de las cascadas, nos jugamos la vida bajando por río con el neumático de turno (podría contaros un relato muy escalofriante de Pablo, un árbol , el río y su neumático… pero por respeto a los lectores y para mantener la calma no diré nada más que ya se encuentra bien, pero que el susto no se lo quita nadie) (corramos un tupido velo jajaja)

Como iba diciendo, que tras lo del río, tocó el almuercito vallecaucano, así como a las tres de la tarde, como pasa en todas las selvas, para que todo esté tan verde y tan bonito, se puso a llover.

Pero en las selvas señores, llover no es que llueva, es que cuando en un sitio así empieza a caer… diluvia, pero mucho mucho mucho y como buenos pardillos, habiendo ya pagado la comida, cuando ya íbamos de vuelta a coger nuestra brujita, nos comenzó a caer el chaparrón.

La primera media hora, pacientes, nos sentamos a ver pasar…

Es algo que siempre me ha encantado de los pueblos de todo el mundo mundial,  lo de sentarse de cara a la calle, a ver pasar…
Los niños sin importarles la lluvia pasaban de un lado a otro con las bicis, las carretillas llenas de cosas… Los señores con paso tranquilo caminaban bajo el agua mientras que a las señoras se les iban transparentando todo, por el efecto de la lluvia en sus ajustadas camisetas…

Cuando llevábamos casi cuarenta minutos pareció, y digo pareció, que amainaba un poquito así que nos dio tiempo a caminar tres o cuatro casas más camino a la vía del tren…

Pero ahí no paraba de llover… Cuando llueve de ésta manera, me acuerdo de mi madre cuando fue a Amazonas que decía, ésta lluvia en España, declara el pueblo zona catastrófica en menos de dos minutos.

Pero claro Colombia… es otro rollo.

Agua y más agua, las gallinas escondidas bajo las mesas de los bares contaban miguitas bajo nuestros pies, los niños, como si tal cosa, continuaban saltando de un lado para otro, y la lluvia reina de la oscura estampa no paraba de caer….

Lluvia y más lluvia, gotas gordas que no dejaban ver ya las montañas….
Lluvia y más lluvia, humedad caliente que se notaba hasta en nuestros pies….
Lluvia y más lluvia…

Cuando llevábamos una hora, en silencio, sentados en nuestras sillas de plástico,  viendo y sintiendo agua en todas partes, nos dimos cuenta que se hacía tarde y que los buses que paraban en Zaragosa rumbo a Cali, donde dormíamos esa noche, pasaban hasta las seis de la tarde, eran las cuatro y media y teníamos al menos una horita de camino…

Pero claro, ahí no paraba de llover torrencialmente… los charcos y nuestra preocupación crecían por segundos…

Hasta que en nuestro por nuestro reducido campo de visión, cruzó un lugareño saltando por las piedras de la arenosa calle en la que estábamos, intentando sorprendentemente evitar mojarse como los demás…

Ese negro de dos metros, encogido , calzado con unas “pantaneras” (catiuscas de toda la vida) y prudente como ninguno, fue el nos encendió la bombilla con su genial idea.

El señor, iba “vestido” con una gran bolsa de basura que le protegía del agua, una en el cuerpo  a la que le había hecho un agujero en la cabeza y otra en la cabeza a modo de capucha.

¡Ahí estaba la solución!

Con un poco de vergüenza, ante nuestra inusual petición, nos acercamos a la barra del bar donde estábamos, a pedirle a la señora una bolsa de basura.

La señora como si fuera habitual, con su acento costeño casi cubano, nos respondió que tenía dos, unas pequeñas (las típicas de casa) y otras más grandes (las del negocio), y sin dudarlo ni un segundo les puso precio 500 y 1.000 pesos, (15 o 30 cts cada una).
Imitando al señor recursivo, y con algo de indignación por lo pesetera que era la tabernera…. le compramos dos, una para cada uno, pero de las enormes que nos cubrían hasta las pantorrillas.

Cuando llegamos a la “estación” vestidos de plástico negro, el “maquinista” vestido con un chubasquero de pies a la cabeza, nos hizo esperar unos minuticos a “que llegara más gente pa no hacer el viaje sólo para dos”…

Tras otros 10 minutos de espera, en los que no apareció un blanquito por nuestro lado, por fin arrancamos rompiendo la interminable cortina de agua que inundaba la espesa jungla a 60 kilómetros por hora por la oxidada vía del tren , creyéndonos aventureros y siendo sin querer, dos pringados blanquitos más , que sólo se llevaron un chubasquero y que tuvieron que imitar a un lugareño para no ver su ropa y teléfono móvil bucear en sus mochilas... 

lunes, 5 de septiembre de 2016

Brujitas de plan B

Lo teníamos preparado todo, habíamos visto horarios de buses, dársena, qué llevar para los mosquitos, los precios que podían costar los transportes, temperatura, número de posible guía, horario del último bus…

Lo teníamos todo.

Nos despertamos a las 05.30 de la mañana, queríamos coger el primer bus que partía hacia Buenaventura y paraba en Zaragosa desde Cali para poder, una vez allí y vivir una experiencia única y así poderlo contar en mis mails de los lunes.

Queríamos conocer San Cipriano, una localidad única en Colombia, donde gracias a una situación de necesidad, se habían inventado una solución ingeniosa y fuera de lo común, como hacen los colombianos, agudizando el ingenio para solucionar algo que el Gobierno ausente tanto tiempo no ha podido solucionar.

Queríamos llegar a ninguna parte utilizando las vías de un tren que hacía más de 70 años que no circulaba. Y es que Colombia tiene algo sorprendente, que es que tuvo trenes, vías y rutas fructíferas que impulsaron el comercio y la economía de muchas ciudades, pero que debido a años de guerra, fueron desapareciendo poco a poco dejando solo viva, como única reliquia, una con un tren cochambroso al que ellos llaman “histórico” que cruza una parte de Bogotá y se denomina “Tren de la Sabana”.

Así que en San Cipriano, debido a la necesidad de no vivir aislados, se inventaron “Las Brujitas”  que no son más que un carro de balineras que circula por las propias vías del tren.
Hasta hace unos años, los descendientes afroamericanos que vivían allí, empujaban los tablones a mano para poder llevar a sus esposas, gallinas y semillas a la carretera que unía Buenaventura con Cali y así no morir ahogados por una selva súper frondosa y húmeda.

Pero ahora, gracias a la maña colombiana y al impulso del turismo que agradece la pacificación de la zona, a los paisanos se les ocurrió coger unas motos, adecuarlas a los tablones del carrito y zas! Gracias a la tracción trasera de las motos van como balas vía adelante durante los 7 kilómetros que separan San Cipriano del mundo exterior.

Queríamos desayunar pronto y no comer hasta la vuelta (o ya si eso una truchita allí) así que ahí estábamos, a las 06.05 en el desayuno del hotel esperando que llegara el cocinero para que sirviera unos huevos pericos y un juguito de naranja.  

A las 06.20, con cara de resaca, oliendo a guaro y despeinado llegó el cocinero que como si tuviera toda la razón del mundo nos comentó que no podía servirnos el desayuno porque no había llegado la mesera.

A las 06.30 llegó la mesera, despeinada, en chanclas y sin su uniforme. Nos dijo que sin el uniforme no podía servir, así que a las 06.45 empezamos a desayunar unos croisants duros del día anterior y unos huevos algo mal hechos.

Para las 07.30 ya por fin estábamos en la puerta del hotel esperando un UBER.

Queríamos llegar a las 08.00, que sabíamos que era el que iba directo sin paradas, pero claro, habían cortado las calles por la ciclovía de los domingos, así que el viaje se demoró y a las 08.30 estábamos ya en la estación de bus, buscando las taquillas de la compañía “Corredor del pacífico”.

El de información nos mandó al tercer piso, en el tercer piso nos mandaron al primero y de allí al segundo a la derecha.

Sorteamos vendedores de compañías que nos llevaban a Pasto, a Bogotá, al Eje Cafetero, a Gunguán, a La Cumbre y hasta Popayán. Hasta que por fin encontramos las taquillas de “Corredor del pacífico”.

Eran las 08.45 y el siguiente ,según nuestras cábalas internautas era a las 09.30, asi que pensamos que teníamos tiempo.

“Por obras en la vía, los servicios a Buenaventura estarán in operativos durante la jornada del día sábado y la del día domingo hasta las 02.00 pm”

Ese era el cartel que rezaba en la taquilla, oscura, recóndita y sucia de “Corredor del Pacífico”. El señor que vendía los tikets, que si que estaba allí, arreglando el mundo con otros compañeros, nos explicó que hasta las 2 de la tarde no se podría ir pero que iba a estar “complicadito mamitas” por el tráfico, las condisiones del firme y la afluensia de viaheros.

Nosotras teníamos el vuelo de vuelta a casa esa noche, así que nuestro plan organizado, informado, enriquecedor, plan anunciado esa misma mañana a mis sobrinos por whatsapp,  se desvanecía frente a un negro enorme de “Corredor del pacífico” en una estación que olía a comida frita y con nuestras mochilas de exploradoras.

Bajón total.

Decidimos arriesgar y sacar nuestros móviles para buscar qué hacer en Cali… buscamos durante 15 minutos, y con la actitud agria y desanimada de tres personas que ven mermados sus planes, decidimos ir a un parque a volar una cometa .

Un plan muy colombiano ya que el mes de agosto es el mes del viento y las venden por todas partes muy vistosas y baratitas, así que decidimos que era la mejor opción.

Bajamos a la parada de taxi, nos subimos a uno y le pedimos al taxista que nos acercara al parque en cuestión.

Tanta desilusión teníamos que el taxista le preguntó a Diana. Diana le contó nuestra desilusión, nuestro sueño frustrado de viajar en Brujita.

El taxista empezó a reírse, le resultaba curioso que nos hiciera tanta ilusión viajar en algo que él había visto desde pequeño, pero no en San Cipriano, sino en La Cumbre, un pueblo del norte, en el que hay pequeñas “comunas” a las que solo se puede llegar por las vías y también los paisanos llevan carrito.

Cuando nos lo dijo ninguna consultó al equipo, sabíamos que íbamos a terminar allí, así que le pedimos al taxista que volviera a la terminal a dejarnos para coger el bus que iba a La Cumbre, pero el hombre nos dijo que debíamos abrigarnos, que así, sin chaqueta ni nada era una locura, así que entusiasmadas le pedimos que nos llevara al hotel a cambiarnos y nos devolviera a la terminal.

A las 11.00 estábamos a la terminal de transportes triunfantes y abrigadas. Seguía igual de fea, de maloliente y de gris, pero ahora tenía otra función, traernos el bus que nos llevaba a La Cumbre.
Subimos a un bus que se caía a trozos y tras dos horas de viaje, encontramos La Cumbre.

Un pueblo pequeño, boscoso pero no selvático,  sin un solo negro afrodescendiente y con poco encanto, el que nada más llegar una vía oxidada te recibía recordándote que algún día un gran tren de mercancías viajaba hasta ese lugar.

Nos acercamos a la zona de las brujitas y varios señores nos ofrecieron el servicio de llevarnos hasta unas cascadas.

Acudimos al más viejo de todos ellos, un señor de piel curtida, ojos hundidos, tan moreno que era incluso de color marrón caca, sonrisa de pocos y verdes dientes que secaba con un pañuelo rojo que también le servía para hacer señas a los turistas, muy delgado y lo más divertido de todo, hablaba tan rápido y tan desordenado que no le entendías ni papa.

Intentamos regatear con él, pero al ver que no nos entendíamos nos llevó a una carpita donde una señora gorda nos vendió el “tikete” de la brujita a precio cerrado 15.000.

Nos fuimos hacia la vía nerviosas con nuestro tikete en la mano, con ganas de cumplir nuestro sueño.

El conductor, el señor Leonel, se acercó con la brujita sobre la espalda, solo se asomaba su gorra blanca bajo las maderas y rápidamente colocó el artilugio sobre las vías.

Yo le pregunté por la moto, lo había visto en youtube, y sabía que atrás iba la moto, y el señor Leonel me dijo algo que no pude comprender y empezó a alejar la brujita del tumulto de compañeros de conducción.

Volví a preguntarle por la moto y me dijo “ Aquí está la moto” dándose golpes en las piernillas de alambre que tenía.

Nuestra brujita de La Cumbre no era motorizada, era manual, nuesta moto era el propio señor Leonel que poco a poco iba cogiendo velocidad sobre las vías.

Durante el camino nos cruzamos con gallinas, perros, cientos de mariposas de colores,  paisanos y hasta nos chocamos con una vaca que Diana tuvo que apartar con las piernas para no comer ternera fresca.

Cada cierto tiempo nos cruzábamos con otras brujitas en sentido contrario, que por respeto al Señor Leonel se apartaban de la vía levantándola con ayuda de nuestro gentil Leonel que nos obligaba a poner el pie sobre el raíl para que no siguiéramos vía abajo sin él mientras cargaba a los que venían contra vía.

Cuando llegamos al final del camino contratado, en medio de ninguna parte, decidí hacerle interrogatorio a Leonel. Tenía 78 años, 48 cargando brujitas en La Cumbre, 6 hijos y 10 nietos.
Su vida eran las vías del tren que nunca vio circular y su segadora.

Un hombre de naturaleza, del viento y de la tranquilidad… y del chico (que intuí que era su hijo o su nieto).

Ente confesiones de desplazados por el trabajo, Leonel me pidió un euro, porque nunca había visto ninguno, y eso me dijo muy serio, tenía que pesar mucho, porque están muy caros. No tenía, se desilusionó.

Me preguntó que si tenía esposo, y el por qué  de no tener  hijos.

Me aconsejó que tuviera muchos,  que los hijos eran muy buenos para el campo. (Entendí que era para ayudar en el campo). Y tras un silencio mientras observábamos mariposas bajo la sombra de un árbol, Leonel me aconsejó con preocupación que practicara mucho, que era también muy bueno. A mi me dio la risa, a él también y en ese momento, como la mitad de los colombianos empezó a hablarme de la importancia de Dios y de ser buena persona, porque según él, y al oir esto me desconcerté porque no venía a cuento, “Dios ama y perdona hasta a los sicarios pa que les salgan bien los encarguitos”. ¡Toma ya!

Todo esto lo contaba en su idioma medio balbuceado, con sus cuatro dientes verdes, posiblemente de mascar coca, mientras limpiaba su saliva cada dos por tres con su trapo rojo.

Le pedí una foto y me dijo que no me agarraba para la foto porque luego venían los problemas con el esposo, así que así quedamos, en la foto, sonrientes y felices de haber conocido una historia diferente, de escuchar una vida antagónica.

Tras unos minutos de charla, a la que se unieron mis amigas, se decidió por Diana, que no tenía novio y era la más hermosa. 

Así que a la vuelta, cuando nos cruzamos con una brujita, en vez de ir a ayudar para que se quitara la otra, se quedó parado y mientras el conductor de la otra se acercaba para ayudarnos a despejar la vía, Leonel orgulloso nos presentó a su hijo, que para nada tenía la luz brillante de los ojos de su padre y que lo único amigable que tenía era el escudo del Madrid de su camiseta falsa y ajustada que marcaba una gran tripota cervecera y que ni sonrió para nosotras.

Al terminar el recorrido nos despedimos con un apretón de manos de Leonel, nos dio su teléfono por si acaso regresábamos y en ese momento, nos dimos cuenta que una vez más que en cada esquina, en cada plan b y desilusión de nuestras experiencias de lucha colombiana, hay, siempre una aventura única.