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martes, 14 de marzo de 2017

Un guia soltero y honrado en Guasca

Llevábamos dando vueltas más de cuarenta minutos por caminos de tierra que no hacían otra cosa que desembocar en otros caminos de tierra aun más abruptos.

Llevábamos más de cuarenta minutos sin saber dónde estábamos ni hacia dónde debíamos ir para encontrar la carretera “pavimentada”.

Llevábamos más de veinte canciones de mi iPod que no distingue de lugares o situaciones y que alterna Rocío Jurado con Pavarotti pasando por Dade Yankie o la muñeira de Chantada.

Llevábamos demasiado tiempo sin que el GPS nos encontrara, demasiadas curvas sin cruzarnos a nadie que nos pudiera indicar y nos reíamos demasiado como para mostrar preocupación por la situación, cuando a lo lejos se nos apareció él.

En medio de una cuesta de piedras y arena, mientras nosotros subíamos derrapando poco a poco, él bajaba con las piernas separadas y arqueadas lento pero con determinación.

Vestía zapatos viejos, pantalón de tergal negro, sombrero de cuero marrón y por supuesto, y cómo no, una gruesa y cálida ruana gris tradicional del altiplano colombiano.

No sé quién estaba más fuera de lugar, si él en medio de la nada en el campo de Cundinamarca o nosotros en un carro de ciudad, tocando los bajos con cada piedra del camino y sin aparente dirección.

Al llegar nosotros a su altura del camino y él a la nuestra, nos paramos y entonces fue cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez.

Su arrugada piel morena y curtida dejaba ver años y años de campo.

Sus ojos oscuros, vidriosos pero curiosos a la vez que hundidos, narraban las miles de horas  de días enteros habiendo navegando en Club Colombias.

Sus pocos dientes amarillentos que sobresalían de su amplia y amigable sonrisa, explicaban parte de las mil historias que había vivido aquel señor.

Pablo bajó la ventanilla y cual colombiano de pro comenzó con la parrafada básica de saludo local. “Muy buenos días Señor, ¿Cómo está?, ¿Cómo le va?, qué pena, ¿sería usted tan amble de explicarnos cómo llegar a la vereda de Santa Lucía?”.

“Uy… pues por aquí no es. Esta es la vereda de San José” Respondió el hombre mientras apoyaba sus manos en la ventana del coche como queriendo adentrarse en el interior para mirar todo lo que teníamos dentro y comprobar que éramos de fiar.

Ante esa respuesta tan poco esclarecedora, y dos segundos de silencio incómodo de no saber qué decir ante su mirada tan minuciosa al interior del coche alquilado que hacía pocas horas había salido de Bogotá, tuve que replantear la pregunta.

¿Por dónde queda Santa Lucía Señor? ¿Un hotel que se llama El Monte? ¿Usted lo sabe?

- “Pues miren, esta es la de San José, más allá la de Santa Ana, (…)pal otro lado lo de las flores, más allá Guasca… Pero Santa Lucía no escuché yo nunca”
(Otro silencio incómodo)

“Lo que si se es dónde está Guasca,(…) que ahí sale la pavimentada (pavimentada = carretera de asfalto) y allá si le funciona el celular para preguntar y si me llevan les indico”.

Así sin más, sin nosotros decir ni pío, y él sin dejar de hablar y balbucear cosas completamente incomprensibles, el señor aparecido de la nada, estaba encaminándose a la puerta de detrás del coche pidiéndole a Pablo que quitara el seguro y haciendo que él obedeciera sin rechistar.

Abrió la puerta, dejó caer su cuerpo en el asiento de detrás, como hace mi tía nieves cuando descubre un sitio donde sentarse, y muy amablemente nos estrechó la mano diciendo “Luis Carlos Ferrán, para servirles”.

En ese momento comenzó la más auténtica de las narraciones…

El Señor Luis Carlos, vivía entre los campos de la zona desde hacía más de cuarenta años.

No era de allí, no, él era del Tolima (Región del Sur) donde a la edad de trece años “tuvo que irse para la guerrilla” “ Allí con Tirofijo y todos sus compañeros” y luego claro, cuando se dio cuenta de que no era lo suyo tuvo que irse lejos, y como en esa zona en la que estábamos no había mucho calor, no conocía a mucha gente y había dónde y en qué trabajar, pues se quedó.

A sus sesenta y ocho años, que a simple vista parecían cuarenta más, nunca se había casado, soltero y honrado, recalcó para definirse a sí mismo varias veces. “ Soltero y honrado”.

A él, lo que verdaderamente le encantaba, desde que era un “chiquitico”, era la música, y cuando se tomaba sus cervezas no había quien le siguiera en el arte de cantar.

El mejor, sin duda para Luis Carlos, era un español, posiblemente vecino nuestro, primo lejano tal vez.

Un tal Nino Bravo, pero que se lo llevó la carretera muy joven, porque la gente conduce como loca, aquí y en cualquier lugar. Era una gran voz, tal vez de las mejores dijo mientras nos indicaba con la mano que había que girar a la derecha en la enésima intersección.

Por las noches, cuando aprieta el frío, Don Luis Carlos se acurruca entre gordas mantas, allá en su chocita, “para que no entre el frío ni salga el calor” y bajo la almohada imprescindible para poder dormir, siempre coloca su transistor “en la EFE EME”.

El transistor le pone canciones de pasión y amor. Porque a él lo que le gusta es la música de amor.

¿Conocen ustedes a Perales? Nos preguntó de repente sin dejar tiempo para decir siquiera si.  “Ese sí que era un genio. No sé si está vivo o muerto pero ese señor tenía el don de la canción.”

Y así sin más, sin dejar que nosotros interviniéramos ni lo más mínimo en su narración, mientras nos guiaba por los caminos que conocía como la palma de su mano, el campesino de ruana y sombrero se puso a cantar:

“Me llamas  para decirme  que te marchas ,que ya no aguantas mas , que ya estas harta de verle cada día  de compartir su cama  de domingos de futbol  metida en casa.
Me dices que el amor , igual que llega pasa y el tuyo se marchó por la ventana  y que encontró un lugar  en otra cama” (…)

Pablo y yo completamente callados y él entonando letras de amor en la parte de atrás de un coche alquilado horas antes en una ciudad de nueve millones de habitantes.
Poco a poco, mientras Luis Carlos cantaba y nos explicaba letras y canciones de amor, nos íbamos adentrando en la “pseudo civilización”.

De repente, de un portón grande y verde comenzaron a salir decenas de chicos jóvenes con monos de trabajo y botas altas de caucho.
Señor, le pregunté, ¿De dónde sale toda ésta gente? .

“Son los de las flores” dijo nuestro acompañante sin darle importancia.

Intuimos que eran trabajadores de los invernaderos de flores que rodean la ciudad de Bogotá y que surten de flores a todo el planeta tierra.

Le expliqué a Luis Carlos, que en nuestro país se veían muchas menos flores, que eran caras y que los hombres no acostumbran a regalarlas. “Sin ir más lejos, mi esposo, me ha regalado flores cinco veces en todo el tiempo que llevamos juntos ¿Puede usted creérselo?”

Y sin venir a cuento, en vez de responder, el señor Luis Carlos comenzó a entonar “ Un Ramito de Violetas” sin acordarse del todo de la letra. “ Es que era él quien se las regalaba ¿Sabe?” le dijo a Pablo cortando su melodía y dándole en el hombro como quien descubre la pólvora en ese momento.

Hablamos de Cecilia, del disco que mi madre repetía sin parar durante las navidades del 92 y de cómo, a Cecilia también, se la había llevado la carretera.

Casi llegando al pueblo, dando paso al primer silencio del camino, mirando por la ventana al cielo cada vez más gris y habiendo entonado dos o tres canciones más que Pablo y yo ya no pudimos descifrar, dijo pensativo “Cuantas voces se llevó el Señor”.

(Otro silencio incómodo)

A los pocos minutos, llegamos por fin a la carretera pavimentada y ahí cuando habíamos cruzado tres o cuatro calles, nuestro acompañante se incorporó y con cara de no entender nada e intentar ayudar nos dijo “¿A dónde dicen que quieren llegar ustedes?”.

Le volvimos a explicar lo de la vereda, lo del Hotel y lo de Santa Lucía  pero Luis Carlos, agarrándose el sombrero como si ese gesto le ayudara a pensar, nos volvió a decir que no tenía ni idea de dónde quedaba eso, pero, sin embargo, nos explicó que si seguíamos un kilómetro por el camino que salía hacia la derecha desde esa misma calle, podíamos llegar a unos lagos que se podía pescar una trucha muy rica,  que una vez pescada, te preparaban en ese mismo lugar. Debía ser muy buen sitio, porque según él,  venía mucha gente de la ciudad, que era muy bonito.

Así que sin pensarlo dos veces, tras despedirnos de él, siendo conscientes de que había sido una experiencia única tanto para él como para nosotros, le dejamos en el centro del pueblo y  nos dirigimos al sitio de pesca, donde disfrutamos como enanos pescando truchas como para alimentar a un regimiento terminamos regalándoselas a los paisanos del lugar.

Al final encontramos el hotel, que resultó ser una mierda, pero nos devolvieron el dinero y siguiendo la tónica colombiana del “Realismo mágico” en la que nada de lo que planees saldrá pero seguro que solucionas con algo mejor,   encontramos uno hotel mil veces mejor, súper romántico y especial donde en el sitio de la cena cantamos acompañando a un señor argentino muy viejo con guitarra, canciones de Serrat y los Rodriguez , aderezando los cánticos con vino caliente en mano al frente de una chimenea, hasta que el cuerpo no pudo más.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Brujitas de plan B

Lo teníamos preparado todo, habíamos visto horarios de buses, dársena, qué llevar para los mosquitos, los precios que podían costar los transportes, temperatura, número de posible guía, horario del último bus…

Lo teníamos todo.

Nos despertamos a las 05.30 de la mañana, queríamos coger el primer bus que partía hacia Buenaventura y paraba en Zaragosa desde Cali para poder, una vez allí y vivir una experiencia única y así poderlo contar en mis mails de los lunes.

Queríamos conocer San Cipriano, una localidad única en Colombia, donde gracias a una situación de necesidad, se habían inventado una solución ingeniosa y fuera de lo común, como hacen los colombianos, agudizando el ingenio para solucionar algo que el Gobierno ausente tanto tiempo no ha podido solucionar.

Queríamos llegar a ninguna parte utilizando las vías de un tren que hacía más de 70 años que no circulaba. Y es que Colombia tiene algo sorprendente, que es que tuvo trenes, vías y rutas fructíferas que impulsaron el comercio y la economía de muchas ciudades, pero que debido a años de guerra, fueron desapareciendo poco a poco dejando solo viva, como única reliquia, una con un tren cochambroso al que ellos llaman “histórico” que cruza una parte de Bogotá y se denomina “Tren de la Sabana”.

Así que en San Cipriano, debido a la necesidad de no vivir aislados, se inventaron “Las Brujitas”  que no son más que un carro de balineras que circula por las propias vías del tren.
Hasta hace unos años, los descendientes afroamericanos que vivían allí, empujaban los tablones a mano para poder llevar a sus esposas, gallinas y semillas a la carretera que unía Buenaventura con Cali y así no morir ahogados por una selva súper frondosa y húmeda.

Pero ahora, gracias a la maña colombiana y al impulso del turismo que agradece la pacificación de la zona, a los paisanos se les ocurrió coger unas motos, adecuarlas a los tablones del carrito y zas! Gracias a la tracción trasera de las motos van como balas vía adelante durante los 7 kilómetros que separan San Cipriano del mundo exterior.

Queríamos desayunar pronto y no comer hasta la vuelta (o ya si eso una truchita allí) así que ahí estábamos, a las 06.05 en el desayuno del hotel esperando que llegara el cocinero para que sirviera unos huevos pericos y un juguito de naranja.  

A las 06.20, con cara de resaca, oliendo a guaro y despeinado llegó el cocinero que como si tuviera toda la razón del mundo nos comentó que no podía servirnos el desayuno porque no había llegado la mesera.

A las 06.30 llegó la mesera, despeinada, en chanclas y sin su uniforme. Nos dijo que sin el uniforme no podía servir, así que a las 06.45 empezamos a desayunar unos croisants duros del día anterior y unos huevos algo mal hechos.

Para las 07.30 ya por fin estábamos en la puerta del hotel esperando un UBER.

Queríamos llegar a las 08.00, que sabíamos que era el que iba directo sin paradas, pero claro, habían cortado las calles por la ciclovía de los domingos, así que el viaje se demoró y a las 08.30 estábamos ya en la estación de bus, buscando las taquillas de la compañía “Corredor del pacífico”.

El de información nos mandó al tercer piso, en el tercer piso nos mandaron al primero y de allí al segundo a la derecha.

Sorteamos vendedores de compañías que nos llevaban a Pasto, a Bogotá, al Eje Cafetero, a Gunguán, a La Cumbre y hasta Popayán. Hasta que por fin encontramos las taquillas de “Corredor del pacífico”.

Eran las 08.45 y el siguiente ,según nuestras cábalas internautas era a las 09.30, asi que pensamos que teníamos tiempo.

“Por obras en la vía, los servicios a Buenaventura estarán in operativos durante la jornada del día sábado y la del día domingo hasta las 02.00 pm”

Ese era el cartel que rezaba en la taquilla, oscura, recóndita y sucia de “Corredor del Pacífico”. El señor que vendía los tikets, que si que estaba allí, arreglando el mundo con otros compañeros, nos explicó que hasta las 2 de la tarde no se podría ir pero que iba a estar “complicadito mamitas” por el tráfico, las condisiones del firme y la afluensia de viaheros.

Nosotras teníamos el vuelo de vuelta a casa esa noche, así que nuestro plan organizado, informado, enriquecedor, plan anunciado esa misma mañana a mis sobrinos por whatsapp,  se desvanecía frente a un negro enorme de “Corredor del pacífico” en una estación que olía a comida frita y con nuestras mochilas de exploradoras.

Bajón total.

Decidimos arriesgar y sacar nuestros móviles para buscar qué hacer en Cali… buscamos durante 15 minutos, y con la actitud agria y desanimada de tres personas que ven mermados sus planes, decidimos ir a un parque a volar una cometa .

Un plan muy colombiano ya que el mes de agosto es el mes del viento y las venden por todas partes muy vistosas y baratitas, así que decidimos que era la mejor opción.

Bajamos a la parada de taxi, nos subimos a uno y le pedimos al taxista que nos acercara al parque en cuestión.

Tanta desilusión teníamos que el taxista le preguntó a Diana. Diana le contó nuestra desilusión, nuestro sueño frustrado de viajar en Brujita.

El taxista empezó a reírse, le resultaba curioso que nos hiciera tanta ilusión viajar en algo que él había visto desde pequeño, pero no en San Cipriano, sino en La Cumbre, un pueblo del norte, en el que hay pequeñas “comunas” a las que solo se puede llegar por las vías y también los paisanos llevan carrito.

Cuando nos lo dijo ninguna consultó al equipo, sabíamos que íbamos a terminar allí, así que le pedimos al taxista que volviera a la terminal a dejarnos para coger el bus que iba a La Cumbre, pero el hombre nos dijo que debíamos abrigarnos, que así, sin chaqueta ni nada era una locura, así que entusiasmadas le pedimos que nos llevara al hotel a cambiarnos y nos devolviera a la terminal.

A las 11.00 estábamos a la terminal de transportes triunfantes y abrigadas. Seguía igual de fea, de maloliente y de gris, pero ahora tenía otra función, traernos el bus que nos llevaba a La Cumbre.
Subimos a un bus que se caía a trozos y tras dos horas de viaje, encontramos La Cumbre.

Un pueblo pequeño, boscoso pero no selvático,  sin un solo negro afrodescendiente y con poco encanto, el que nada más llegar una vía oxidada te recibía recordándote que algún día un gran tren de mercancías viajaba hasta ese lugar.

Nos acercamos a la zona de las brujitas y varios señores nos ofrecieron el servicio de llevarnos hasta unas cascadas.

Acudimos al más viejo de todos ellos, un señor de piel curtida, ojos hundidos, tan moreno que era incluso de color marrón caca, sonrisa de pocos y verdes dientes que secaba con un pañuelo rojo que también le servía para hacer señas a los turistas, muy delgado y lo más divertido de todo, hablaba tan rápido y tan desordenado que no le entendías ni papa.

Intentamos regatear con él, pero al ver que no nos entendíamos nos llevó a una carpita donde una señora gorda nos vendió el “tikete” de la brujita a precio cerrado 15.000.

Nos fuimos hacia la vía nerviosas con nuestro tikete en la mano, con ganas de cumplir nuestro sueño.

El conductor, el señor Leonel, se acercó con la brujita sobre la espalda, solo se asomaba su gorra blanca bajo las maderas y rápidamente colocó el artilugio sobre las vías.

Yo le pregunté por la moto, lo había visto en youtube, y sabía que atrás iba la moto, y el señor Leonel me dijo algo que no pude comprender y empezó a alejar la brujita del tumulto de compañeros de conducción.

Volví a preguntarle por la moto y me dijo “ Aquí está la moto” dándose golpes en las piernillas de alambre que tenía.

Nuestra brujita de La Cumbre no era motorizada, era manual, nuesta moto era el propio señor Leonel que poco a poco iba cogiendo velocidad sobre las vías.

Durante el camino nos cruzamos con gallinas, perros, cientos de mariposas de colores,  paisanos y hasta nos chocamos con una vaca que Diana tuvo que apartar con las piernas para no comer ternera fresca.

Cada cierto tiempo nos cruzábamos con otras brujitas en sentido contrario, que por respeto al Señor Leonel se apartaban de la vía levantándola con ayuda de nuestro gentil Leonel que nos obligaba a poner el pie sobre el raíl para que no siguiéramos vía abajo sin él mientras cargaba a los que venían contra vía.

Cuando llegamos al final del camino contratado, en medio de ninguna parte, decidí hacerle interrogatorio a Leonel. Tenía 78 años, 48 cargando brujitas en La Cumbre, 6 hijos y 10 nietos.
Su vida eran las vías del tren que nunca vio circular y su segadora.

Un hombre de naturaleza, del viento y de la tranquilidad… y del chico (que intuí que era su hijo o su nieto).

Ente confesiones de desplazados por el trabajo, Leonel me pidió un euro, porque nunca había visto ninguno, y eso me dijo muy serio, tenía que pesar mucho, porque están muy caros. No tenía, se desilusionó.

Me preguntó que si tenía esposo, y el por qué  de no tener  hijos.

Me aconsejó que tuviera muchos,  que los hijos eran muy buenos para el campo. (Entendí que era para ayudar en el campo). Y tras un silencio mientras observábamos mariposas bajo la sombra de un árbol, Leonel me aconsejó con preocupación que practicara mucho, que era también muy bueno. A mi me dio la risa, a él también y en ese momento, como la mitad de los colombianos empezó a hablarme de la importancia de Dios y de ser buena persona, porque según él, y al oir esto me desconcerté porque no venía a cuento, “Dios ama y perdona hasta a los sicarios pa que les salgan bien los encarguitos”. ¡Toma ya!

Todo esto lo contaba en su idioma medio balbuceado, con sus cuatro dientes verdes, posiblemente de mascar coca, mientras limpiaba su saliva cada dos por tres con su trapo rojo.

Le pedí una foto y me dijo que no me agarraba para la foto porque luego venían los problemas con el esposo, así que así quedamos, en la foto, sonrientes y felices de haber conocido una historia diferente, de escuchar una vida antagónica.

Tras unos minutos de charla, a la que se unieron mis amigas, se decidió por Diana, que no tenía novio y era la más hermosa. 

Así que a la vuelta, cuando nos cruzamos con una brujita, en vez de ir a ayudar para que se quitara la otra, se quedó parado y mientras el conductor de la otra se acercaba para ayudarnos a despejar la vía, Leonel orgulloso nos presentó a su hijo, que para nada tenía la luz brillante de los ojos de su padre y que lo único amigable que tenía era el escudo del Madrid de su camiseta falsa y ajustada que marcaba una gran tripota cervecera y que ni sonrió para nosotras.

Al terminar el recorrido nos despedimos con un apretón de manos de Leonel, nos dio su teléfono por si acaso regresábamos y en ese momento, nos dimos cuenta que una vez más que en cada esquina, en cada plan b y desilusión de nuestras experiencias de lucha colombiana, hay, siempre una aventura única.

domingo, 28 de agosto de 2016

Súper Rápido de Libertadores S.A.S

El miércoles, en mi jueves culinario adelantado para celebrar mi aniversario con Pablo pero con Diana, y tras tres días horribles, le pedí a Diana si me acompañaba el finde a hacer alguna excursión, algo de campo que nos pudiera proporcionar el oxígeno que necesitábamos.

Así que un destino llevó a otro, otro al otro y lo que iba a ser plan de domingo mañanero terminó siendo una excursión de fin de semana a la laguna de Tota en medio del Departamento de Boyacá (De donde es Nairo Quintana el ciclista) a 3.100 metros de altura.

Tras unas horas de investigación internauta, decidimos que lo haríamos a la “colombiana”, irnos en “flota”. (En autobús de toda la vida) haciendo “escala” en Sogamoso.


Si algo se ha hecho bien en los últimos años en Colombia, y supongo que para fomentar eso de “hacer país”,  es organizar, y supongo que poner mucho dinero, para que a cada pueblo de Colombia llegue un autobús desde una ciudad grande cercana.


Independientemente del estado de la carretera, de la peligrosidad de las zonas por las que pase o del número de gente que pueda ir por trayecto, a todos los pueblos llega un bus, buseta o  similar que lo conecta con otra ciudad mas grande. Y es por eso, que los estratos medios y bajos de todas las localidades colombianas, acostumbran a ir en bus.

Lo cogen para ir a “pasiear” (pasear), para ir al médico o para ir a “hacer mercado” a los pueblos más grandes.

Los buses no tienen paradas fijas, solo la de salida y llegada, así que si tienes suerte puedes hacer trayectos de 10 kilómetros en 20 minutos, pero como sea día de mercado, misa o te toque así porque si… de las múltiples paradas, del sube y baja de sacos de patatas, cebollas, cervezas e incluso pollos vivos, puedes tardar una hora o más en hacer ese trayecto.

Pero para estratos más altos y trayectos más larguitos y habituales,  están los buses tipo “Alsa” que son más caros, paran algo menos y te ponen peli (que tienes que ver si o si porque el sonido es ambiente, no tienen casquitos).

Diana y yo preferimos ir al menos hasta Sogamoso en el “Súper Rápido” de la empresa “Libertadores”, que nos dio más seguridad, no hacía paradas y parecía de muy buena calidad.

A las 06.30 am del sábado nos plantamos en la Terminal de autobuses de “Salitre”, Diana , nuestras mochilitas y yo muy puntuales,  para coger el bus destino a Sogamoso. 

La señora que nos vendió los billetes, nos aseguró que no había paradas y que en tres horas y algo más, llegaríamos a Sogamoso.

A las 07.01, sentadas al fondo a la izquierda del “Súper Rápido de Libertadores”, salimos de la terminal como si eso fuera Suiza;  puntuales, en nuestros asientos reclinables anchísimos y con los cristales tintados… Las dos íbamos emocionadas, leyendo lo que habíamos encontrado en Internet de la Laguna, contándonos la semana, que si su fiduciaria, mis cámaras…

A la hora y cuarto con el traqueteo del atasquito de salir de Bogotá, las dos paradas (que nos habían prometido que no haríamos) para recoger gente en cunetas en la misma capital y habiendo cogido ya velocidad crucero, yo me quedé dormida.

Los autobuses me duermen fácilmente, tras 4 años de Autobuses Herranz  Escorial-Madrid a primera hora de la mañana, yo veo un asiento de esos y aunque haya dormido 12 horas , me quedo sopa. Los asientos de autobús son para mi como quien ve una camita bien hecha… Soy muy simple, de condicionamiento clásico, como los perritos de Paulow pero yo con los asientos de autobús…

No duermo de Madrid a Bogotá en el avión aunque esté muerta, pero donde haya un bus donde echar una cabezadita… caigo.

A los 45 minutillos (que es exactamente lo que duran mis siestas buseras coincidiendo en tiempos con el trayecto Madrid Escorial) me desperté y vi por las 
ventanas tintadas esos paisajes verdes, de praderas llenas de vacas y huertas desorganizadas que solo Colombia puede mostrar, íbamos a 100 km por hora, velocidad crucero, hacía sol y todo parecía más bonito…

Empezamos a comentarnos lo precioso que era el paisaje y lo mucho que nos recordaba al verde gallego…Del verde gallego pasamos a hablar de lo fabuloso que era el Gadis (Diana vivió en Coruña casi dos años y para ella el Gadis es mil veces mejor que Mercadona) y de repente hablando de “Vivamos como galegos”.
 ¡BUMMM!

Un gran estruendo seguido de un psssss como si el bus se hubiera “aliviado” sonó bajo nuestros asientos.
El autobús empezó a tambalearse y los viajeros nos comenzamos a preguntar los unos a los otros si estábamos bien. Cinco segundos de pánico llevaron al nerviosismo generalizado ya que tras el estruendo vino el clo clo clo clo clo, que un neumático pinchado hace cuando sigues circulando.
¿Estalló la llanta? Dijo el señor mayor que cargaba a su nieto en brazos en el asiento de delante. Otro, con pinta de entendido, le respondió que sí y a todos nos quedó claro que había sido eso seguro.

Mi lógica europea, era que el conductor pararía, vendría otro autobús rápidamente, nos subiríamos a ese y en menos de 15 minutos habríamos solucionado el percance. Pero recordemos: Esto es Colombia.
Así que en vez de parar, el conductor, empezó a aminorar la velocidad (de 100km/h pasaríamos a 80) y siguió conduciendo con el clo clo clo de la rueda . 

Mientras, decenas de conductores nos pitaban y nos señalaban que algo iba mal con la rueda izquierda trasera (justo bajo nuestros culetes) mientras nos adelantaban haciendo gestos con las manos, pero nuestro conductor...seguía circulando tan pichi...

Pudimos avanzar, y no exagero, unos 10 kilómetros.

Diez mil metros de agobio, de whatsapp a Pablo para contarle la situación (siempre que me acojono le escribo para que sepa qué está pasando, aunque eso no sirva para nada más que para preocuparle a él, yo me siento más segura…) de ruido, de conducción temeraria y de ir con el cuello muy estirado intentando buscar una respuesta a lo que estaba pasando…

De repente de la nada, tras una cuesta empinadísima, llegamos a la localidad de Chocontá. 

Un pueblo de siete casas que, como si el Divino Niño nos lo hubiera puesto para salvarnos, la primera que había a pie de la carretera tenía en la puerta un neumático amarillo pintado que ponía “Montallantas 24H”.  

El conductor paró delante del cartel, cogió algo de la guantera y se bajó inmediatamente. Con él todos los hombres del autobús.
Nos quedamos las mujeres y niños dentro y Diana y yo sin saber muy bien que hacer, decidimos bajar a controlar qué estaba pasando y de paso Diana desayunar una arepita Boyacense.

El conductor, que lucía pantalón de paño y corbata hasta ese momento, se enfundó un mono de trabajo azul en el que se leía bien grande “Libertadores SAS”.

Y junto con los dos chicos del “Montallantas” empezó a levantar el autobús, con el motor encendido y pasajeras dentro,  con un gato como si se tratara de Conan el bárbaro o Sansón cuando separaba columnas en la peli esa.

Pim pam pum y el súper autobús tipo “Alsa”  levantado por un ladito mientras los hombres miraban y opinaban ; y Diana y yo observábamos desde unas sillas del bar de al lado lo que estaba pasando.

Como si de un box de fórmula uno se tratara, sacaron un destornillador eléctrico (Enchufado a la casa y con alargador) de un metro de largo y empezaron a desatornillar la súper rueda (tra tra tra tra tra, una tuercaza menos, tra tra tra otra...).
Mientras uno le daba al desatornillador, otro miraba algo bajo el vehículo y el conductor sacaba una rueda nueva no sé de dónde y la acercaba al lugar del suceso.
Todo era "coordinación y precisión colombiana”, que si ese cable no va ahí, que si mejor sáquenla por allá, “hágale papito” y demás…

Yo tuve que acercarme a hacer fotos para enseñároslas ( recordar que era, junto con Diana, la única mujer en tierra) .
En menos de 20 minutos teníamos todo apañado, rueda puesta, embellecedores colocados y autobús con todas sus ruedas en tierra.

El señor conductor le dio a los Montallantas 15.000 pesos (4.5€ y lo sé porque se lo pregunté), se lavó las manos con una manguera y jabón que tenían atado a una cuerda en el porche del “montallantas”, se quitó el mono de trabajo, lo guardó dobladito en el maletero , se subió al autobús, pitó como un loco para que si quedaba alguien en tierra se diera por enterado y como no tenía que arrancar, porqué se había dejado el motor encendido, aceleró y marchamos como si ahí no hubiera pasado nada.

Las siguientes horas de trayecto ya no me pude dormir, a pesar (o debido a)  que había sido testigo del momento “fórmula uno”  no me quedé tranquila.

Llegamos a Sogamoso pasadas las 11 de la mañana (con casi dos horas de retraso según lo que nos había jurado y perjurado la de la taquilla), tuvimos que esperar otra hora a un bus que pasaba cada “veinte o treinta minutos” hasta Iza y de Iza esperar una hora a otro autobús que pasaba cada “diez minutos” pero que se retrasó porque le bloqueó una cabalgata de caballos que por San Isidro llevaban a las Reinas de las fiestas de pueblo en pueblo.

Llegamos a la laguna a las mil, pero mereció la pena, allí nos esperaba una trucha a la plancha fresquita recién pescada con arroz y patacón  y una gélida playa de arena blanca donde cuatro locos se bañaban bajo los efectos del guaro y nosotras bajo capas y capas les observábamos deleitando un riquísimo manjar cuestionándonos porqué los caballos habían salido por San Isidro si estábamos a 26 de agosto.


lunes, 18 de abril de 2016

Sin frenos y a lo vasco...

La historia de ésta semana comienza así…

Aritz y Mónica (amigos vascos) iban a pasar el fin de semana de pueblo en pueblo en Antioquia, así que me uní a su plan.
Cogimos un avión a Medellín en el ryanair colombiano, alquilamos el coche más barato de “Budget” (Compañía de alquiler internacional), puse mi tarjeta de crédito como aval y el sábado, a las 08.00 partíamos desde Medellín montaña arriba rumbo a nuestro primer destino “Jericó”…
 
Las carreteras colombianas están un tercio en obras, otro tercio recién asfaltadas y la otra parte completamente destrozadas con huecos que te llevan al inframundo o piscinas para tirarse de cabeza en medio de un carril… Y estos tres estados del pavimento, se combinan con perros, gatos, gallinas, hombres en moto, andando, a caballo o en carro de madera  que juegan a invadir la calzada de vez en cuando así como al despiste...

Tras tres horas de coche y obstáculos, llegamos a las faldas del puerto de Jericó. Nos esperaban unos 26 km empinadísimos con unas vistas impresionantes llenas de curvas para llegar a uno de los pueblos más bonitos de Antioquia…
Lo subimos con alegría, haciendo fotos, ventanas bajadas, respirando naturaleza, saludando a los paisanos al pasar y disfrutando del verde que solo el clima tropical puede ofrecer….

Visitamos el pueblo, conocimos a unos niños que tenían cometas, nos explicaron que había tropotocientas iglesias, que era el lugar de nacimiento de “La Madre Laura” (yo entendí la madre de Laura y tonta de mi pregunté quien era Laura… a los niños no les hizo mucha gracia mi pregunta…) , comimos pollo con arroz a 1 euro y medio y a las 14.45 nos subimos al coche rumbo a Santa Fe.

Cuando llevábamos 3 cuadras, aun dentro del pueblo,  al frenar en un stop, el coche hizo un ruido raro, pero no le dimos importancia, los coches alquilados hacen ruidos…¡Qué le vamos a hacer!

Llegamos a la salida del pueblo, primera recta, curva suave, (ruidito…)segunda curva algo más pronunciada y ñiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii el coche empezó a hacer unos ruidos terribles cada vez que frenábamos,  parecía que se nos iba la vida en ello…ñiiiiiiiiiiii, Los paisanos de los arcenes se quedaban mirándonos con el ceño funcido bajo sus sombreros… nññiñiiiiiiiii otra curva, Aritz (que era quien conducía) aseguraba que el coche frenaba bien, y Mónica, que es más vasca que el árbol de Guernika, decía que no era para tanto que coches peores bajaban…

Asi que yo, asumiendo que el contrato estaba a mi nombre y la tarjeta de crédito con la fianza era mía, cada curvita y frenadita me iba poniendo más nerviosa, pero no decía nada….
A los tres kilómetros el ruido ya no era flojito, sino chirriante, y lo peor de todo era que frenáramos o no, el estruendo era constante…

A los cuatro kilómetros al ruido se le unió el olor… ese olor a freno quemado que se te mete en la nariz y no sale… 
Y a los cinco kilómetro, ya no aguanté más y dije con tono serio y contundente: “Paramos. En cuanto haya más de 2 centímetros de arcén paramos… “ Aritz asintió con la cabeza y Monica frunció el ceño porque para ella el peligro aun no existía…
Pasaron tres o cuatro curvas más y como en medio de la nada apareció el bar mirador “ Buenas Vistas”. Con su cocinita de fuego, su bachata a todo trapo y su cartel enorme de “Postobón” (Un día os hablaré de postobón que es el dueño de las gaseosas Pepsi y que tiene el monopolio en Colombia…)

Paramos en un ladito, con el correspondiente ruido que eclipsó toda actividad…

Los dos paisanos que había en la barra se asomaron y nos preguntaron por el coche y al fondo, un hombre vestido de motorista a la europea (con el equipo completo de Wolf y BMW) tomaba una “Costeña” mirándonos con atención pero sin acercarse...
Llegados a éste punto, en España, si analizáramos la situación, estaríamos salvados… Se llamaría al seguro, vendría la grúa en media hora, traería un coche de sustitución o te llevaría a tu destino y santas pascuas…

Llegados a este punto en Colombia, comienza la acción... Primer impedimento: no hay cobertura… Mi móvil no daba señal… Me acerqué a las mujeres que estaban en el chamizo haciendo sopa y ellas me indicaron que si me subía a una pequeña roca que había a 3 metros de donde estábamos y tenía movistar, podría hablar desde allí…

En ese momento se me iluminó la bombilla y me acordé que había llevado el teléfono del trabajo, así que abrí la maleta, saqué el móvil movistar, cogí los papeles del coche y me subí a la roca a solucionar parte del problema, mientras Mónica sentada en el asiento del copiloto seguía enfurruñada y Aritz hablaba con los paisanos delo que podría pasarle al “carro”.
Siguiendo la lógica colombiana, antes de llamar al seguro llamé al hombre que nos había alquilado el coche, le conté la situación y traté de explicar dónde estábamos por si acaso nos solucionaba con algún primo o amigo cercano… al hombre del alquiler se le hacía grande la historia con cada dato que le daba, no paraba de decir “Ay Dios mío qué situación más complicada, Ay Diosito…”…

Así que me vi calmando al señor Fabián (así se llamaba) y explicándole con suavidad que iba a llamar a la grúa y que mientras yo conseguía asistencia, él debía encontrar una solución para que nosotros siguiéramos conociendo pueblitos….
Llamé a Mafre, intenté explicar el punto kilométrico y me dijeron que en nada me llamarían para decirme qué grúa vendría a buscarnos…

Volví al coche… Allí, el hombre motorista ya estaba hablando con Aritz explicándole que por el ruido, eran las pastillas y que teníamos dos opciones: Bajar a motor hasta Bolombolo (un pueblo a 40 km) a un taller grande o subir a Jericó que nos lo miraran en un taller de pueblo y ver si podíamos solucionarlo… Mónica lo tuvo claro, yo también… (Como imagináis Monica quería bajar y yo subir) así que Aritz, en un atisbo de prudencia decidió que subíamos al pueblo para ver si allí lo solucionábamos y decidir desde un lugar habitado, qué hacer… Nos despedimos de todos los allí presentes, el motorista nos indicó dónde quedaba el taller y  marchamos con nuestro estruendo rumbo al pueblo…

“El taller”, no era más que un chamizo pegado a una gasolinera con un señor muy arrugado con las manos muy sucias (de nombre Nestor)  que nos dijo que tenía que desmontar la rueda para ver lo que pasaba…
Antes de nada e intentando preservar el dinero de depósito de mi tarjeta de crédito, llamé al de Budget para pedir permiso y tras la autorización pertinente, en menos de un segundo, estábamos sin dos ruedas y el hombre tirando con todas sus fuerzas para quitar los discos delanteros,  en un pueblo en medio de la nada , sin que la grúa confirmara y con poca cobertura…

El hombre nos enseñó las “gomas”  y en efecto , eran metal puro, ahí no había resto de almohadilla para frenar…  y nos confirmó que al ser un “carrito tan chiquitico” no tenía recambios, que tocaba ir al pueblo de más allá… Nosotros, sin coche, teníamos que conseguir llegar al pueblo de al lado… y la grúa seguía sin llamar…

Cuando creía que iba a terminar durmiendo en el chamizo del señor Nestor, apareció en su flamante moto de alta gama BMW,  el señor del bar “Buenas Vistas” y sin que ni siquiera se lo pidiéramos, mientras hablaba por su iphone 6 plus nos dijo “Yo les colaboro”, le dimos 70.000 pesos (unos 22 euros) intercambiamos tarjetas como los yupies en wall street en vez de darnos nuestros números y apuntarlos en las agendas del móvil y se fue en busca de nuestra pieza…

Decidimos que no había nada mejor que hacer que pedir unas cervezas en el bar de enfrente...

Tal vez en ése momento de mi vida, perdida en un pueblo que algún día dominó el Cartel de Medellín,  con 10.000 pesos en el bolsillo, sin demasiada cobertura, con un coche sin dos ruedas y dos amigos vascos, tal vez fuera ahí, cuando empezara a gustarme la cerveza…

A mitad del botellín, nos empezó a entrar la risa floja de lo patético de la situación y ya casi terminándolo sonó mi teléfono, era el señor de la moto, que había ido a tres talleres pero que para  “un carrito tan chiquitico” no había piezas… Al colgar ya no podíamos parar de reírnos… ¡Puto carrito chiquitico!

En ése momento, como si hubiera esperado a que el caos reinara, llamó el de Budget todo agobiado, explicándome que la grúa salía de Medellín, que había pedido servicio de acompañamiento (para que nos llevaran a nosotros) pero que nos llevaban a Medellín… (Recordemos que estábamos a más de 3 horas de Medellín) al final, tras mucha negociación conseguí que  pidiera que el acompañamiento nos llevara a Santa Fe de Antioquia (Nuestro siguiente destino) y que allí Budget (es decir él mismo) nos acercara un coche nuevo.

Como me había tenido que ir a un alto a hablar sin que se cortara, en el camino de vuelta a la explanada del taller, recapacité y pensé… ¿Qué más da? Tal vez tenga razón Mónica, carguémonos el coche y bajemos en primera hasta que el cuerpo aguante… a malas se nos quema el motor, la grúa nos vendrá a buscar de todas formas… pero no dije nada…
En ese mismo instante, apareció el hombre de la moto para devolvernos el dinero y como parecía que sabía de motores (al menos tenía la mejor moto que había visto en toda la cordillera) nos convenció cuando nos dijo que si bajábamos a ralentí, lo único que romperíamos serían los discos, que era seguro, no corríamos peligro,  pero que no subiéramos de segunda…
Mónica lo tuvo claro y sin pensar, en el español más vasco que podéis imaginaros, sin tener en cuenta que en Colombia no se dice ni una grosería soltó: “Pues venga coño, a tomar por culo, a bajar con dos cojones”. Ellos se quedaron a cuadros, nosotros nos pusimos en marcha…

Nos despedimos de todos con un apretón de manos, le dimos 10.000 pesos de propina a Nestor (una barbaridad para lo que se maneja en ésos pueblos) nos subimos al coche, arrancamos y marchamos con nuestra banda sonora de chirridos metalúrgicos como si fuera un coche orquesta…

Aritz al volante, Mónica de copiloto y yo detrás, intentando llamar al del alquiler para decirle que nos aventurábamos los 75 kilómetros que nos separaban de Santa Fe, pero que como éramos “del norte” nosotros por cojones íbamos a llegar.
Tardamos en recorrer los 26 km del puerto más de una hora, pusimos el coche a 7.000 revoluciones en varias ocasiones, temimos por nuestras vidas (bueno, realmente creo que solo yo)  y creamos un atasco que me río yo el de la carretera de la Coruña un 1 de agosto… pero como vascos éramos… como vascos lo conseguimos…

Llegamos a nuestro destino 3 horas después (si, 75 km en 3 horas, durante estas tres horas estábamos tan concentrados que ni notamos que hubo un terremoto...) sin apenas pisar el freno, Aritz se lo curró un montón...

Allí, en Santa Fe, nos esperaba nuestro hostel con piscinita, habitación para 12 y Fabián, el del alquiler de coches, con un Honda i10 de superior gama.

Antes de dejarle el coche viejo para que se lo llevara la grúa, y con tono amenazante le recordamos que al día siguiente cuando dejáramos el coche,  querríamos poner una reclamación, que la fuera preparando. No por él (puesto que se había portado estupendamente) sino a la compañía por “rentar carros con tanta peligrosidad incluida”.

Ya en la piscina, a las diez de la noche, habiendo solucionado todo, mientras flotábamos mirando estrellas, nos dimos cuenta que todas las personas con las que nos habíamos cruzado ese día, habían hecho por ayudarnos, y que en otro lugar del mundo, esta hazaña con final feliz y coche con aire acondicionado,  hubiera sido completamente imposible…

Y es que los paisas molan.