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martes, 14 de noviembre de 2017

Se le tiene y sino se le consigue

La primera vez que alguien me calificó como “recursiva” fue hace casi dos años, la chica que limpia en mi casa se quedó flipando cuando vio las fundas que le hice al sofá con unas mantas de oferta del Carulla. No pagué a nadie para que me las hiciera, las hice yo solita con las mantas del dos por uno, hilo y aguja . En dos tardes lo arreglé.

Para mí, hasta ése momento, algo recursivo, como dice la Rae, era algo que puede repetirse o aplicarse indefinidamente. Pero en Colombia, el adjetivo recursivo es algo completamente diferente. Ser recursivo, en Colombia, significa que eres una persona que explota al máximo los recursos de los que dispones. Es un adjetivo positivo, algo de lo que cierta parte de la población carece y otra lleva a su máxima expresión.


A mi “QueLi” (La que limpia en casa, en la jerga macarra madrileña que se habla en nuestro hogar, es La Que Li (mpia)) le sorprendió muchísimo que alguien de tan alto estrato, como su Señora Española que guarda en su nevera coca colas en lata (carísimas para el colombiano humilde y que la tía se bebe una cada vez que entra por la puerta y no le importa dejarme sin…) o que tiene tanta plata como para traerse a un gato del otro lado del mundo (un gato!!) , que no le pidiera a una costurera que me hiciera las fundas… le sonó raro… porque en ésta Colombia de dos mundos, los ricos no son recursivos (pagan por conseguir cualquier cosa) y los que tienen que buscarse las habichuelas, si tienen verdadero interés en algo, llevan la recursividad a su máxima expresión.

Hay una frase muy común de los mercados populares, en los barrios más guerreros, que sirve para responder al cliente cuando pregunta por algo específico y define una filosofía de vida y es la de “Se le tiene señora y si no se le consigue” y es que cuando un colombiano quiere algo… se lo inventa y finalmente te lo vende... (Fijaros que acentúo que debe quererlo, porque si no hay interés pasan olímpicamente…)

Los más pilos (pilo aquí significa rápido, avispado y listo) encuentran la oportunidad en cualquier esquina para hacer de la necesidad un negocio.

Existen, por ejemplo, oficios que sólo se dan en éste país, y no estoy hablando de las despiojadoras que ponen carteles en las zonas más visibles de cualquier farola de barrio bien que dictan la frase “Despiojo masima discresión numero selular xxxxxxxx”, no, ese trabajo lo hay en todas partes…

Hablo, por ejemplo, de los minuteros, que son persona que llevan encima unos cinco móviles de éstos que no valen nada (aquí llamados flechas, porque si vienen los indios a robarte se los tiras a la cara) y te los prestan para que llames por 100 pesos el minuto. Son cabinas telefónicas humanas, que se sientan en cualquier esquina (y si su señora ha hecho empanaditas también te las venden “no vaya a ser el hambre” mientras uno llama…) y ofrecen “minuto selular”

También, en comunidades muy pobres, sobre todo en la Costa caribe, donde la astucia y la recursividad es Ley de vida, existen los “Arrendadores de lavadoras” que por un mínimo de 2.000 pesos la hora (60 cts), te instalan la lavadora en tu casa y limpias tu ropa sin tener que frotar ni ir a una lavandería de esas donde los ricos lavan sus cositas…

Existen Toderos, que todo lo arreglan, calibradores de llantas que con magia y brío, pegan con un palo a las ruedas del coche y te comprueban en cada semáforo a cambio de una limosnita que tus ruedas van bien de aire, también hay pesadores que ofrecen básculas para saber cómo va la operación biquini…
Es decir, que aquí quien no tiene trabajo, se lo inventa y si no existe cómo, se encuentra la manera de conseguir plata.
Os preguntaréis el porqué de ésta introducción tan larga y detallada, pues la cosa es sencilla , éste fin de semana, Pablo y yo hemos estado en San Cipriano.

Una comunidad afrodescendiente, a media hora de la costa pacífica.

San Cipriano es en realidad una pedanía entre Córdoba y Zaragosa, dos pueblos en medio de la selva subtropical del Valle del Cauca. Es un lugar sin ningún interés económico, a mitad de camino entre Cali y Buenaventura (el puerto más grande de Colombia) pero de una riqueza natural impresionante.

En éste país donde nada tiene ni pies ni cabeza a la primera, a éste pueblo a las orillas del río más cristalino de todo Colombia (aún no han llegado las Mineras…) , sólo se puede acceder por las vías del tren.

 Pero… oooh!! Qué ven mis ojos! Qué pena con usted!!!

En San Cipriano no hay parada de tren, ¿para qué si desde hace más de 50 años no hay trenes de pasajeros? y ¿ qué sentido tendría si desde hace 6 meses no circula ni un solo tren de mercancías?

Así que siguiendo el “se le tiene y si no se le consigue”, los habitantes de San Cipriano, ante la necesidad de llegar a su pueblo, han inventado un medio de transporte que se llama: Brujitas que soluciona ésta situación de aislamiento, completamente absurda.

¿Qué son las brujitas? Las brujitas son unos tablones paralelos de ancho de la vía del tren y largo como dos metros, con banquillos (acolchados) sobre los mismos.

Éstos tablones, ruedan sobre la vía gracias a unas pequeñas rueditas de metal en su parte inferior, que son empujadas a tracción por la rueda  de una moto que está enganchada a su vez a los propios tablones.

Es decir, pura recursividad colombiana.

La motocicleta hace de motor y los habitantes y visitantes, que van sentaditos a la izquierda del motorista, acompañan al conductor a pocos centímetros mientras se adentra por la selva valle caucana como si nada.

Pero como en Colombia no hay horarios, en el trayecto, puedes tener la mala o buena suerte, de encontrarte una brujita que viene a toda velocidad en sentido contrario. En ése caso, impera la lógica. Quien lleve menos pasajeros debe levantarse, agarrar los tablones, sacarlos de la vía y dejar paso al que viene en dirección contraria.

Como no había mucho de lo que comer, más que de la pesca del río que da nombre a la comunidad , el río San Cipriano, los lugareños decidieron inventarse un incentivo económico, el turismo. ¿Y cómo?

Cogiendo unos neumáticos de camión que por 8.000 pesitos te los alquilan para que los turistas bajen montados en ellos por las limpias aguas de su río sin más seguridad que las de un chalequito salvavidas.

Que se pinchan, se parchean, que hay que subir dos km por un caminito al borde del río para poder lanzarse al agua, se caminan y si hay que seguir ganando dinero, se ponen puestos de sancocho de gallina y obleas con arequipe cada cierto tiempo para que el turista deje pasta.

El caso es que a San Cipriano le va la mar de bien, y los niños y los mayores disfrutan al ver a decenas de blanquitos que vamos para allí a creer que todo es muy natural y muy bonito.

Pablo y yo no fuimos menos éste sábado. Hicimos la caminata de las cascadas, nos jugamos la vida bajando por río con el neumático de turno (podría contaros un relato muy escalofriante de Pablo, un árbol , el río y su neumático… pero por respeto a los lectores y para mantener la calma no diré nada más que ya se encuentra bien, pero que el susto no se lo quita nadie) (corramos un tupido velo jajaja)

Como iba diciendo, que tras lo del río, tocó el almuercito vallecaucano, así como a las tres de la tarde, como pasa en todas las selvas, para que todo esté tan verde y tan bonito, se puso a llover.

Pero en las selvas señores, llover no es que llueva, es que cuando en un sitio así empieza a caer… diluvia, pero mucho mucho mucho y como buenos pardillos, habiendo ya pagado la comida, cuando ya íbamos de vuelta a coger nuestra brujita, nos comenzó a caer el chaparrón.

La primera media hora, pacientes, nos sentamos a ver pasar…

Es algo que siempre me ha encantado de los pueblos de todo el mundo mundial,  lo de sentarse de cara a la calle, a ver pasar…
Los niños sin importarles la lluvia pasaban de un lado a otro con las bicis, las carretillas llenas de cosas… Los señores con paso tranquilo caminaban bajo el agua mientras que a las señoras se les iban transparentando todo, por el efecto de la lluvia en sus ajustadas camisetas…

Cuando llevábamos casi cuarenta minutos pareció, y digo pareció, que amainaba un poquito así que nos dio tiempo a caminar tres o cuatro casas más camino a la vía del tren…

Pero ahí no paraba de llover… Cuando llueve de ésta manera, me acuerdo de mi madre cuando fue a Amazonas que decía, ésta lluvia en España, declara el pueblo zona catastrófica en menos de dos minutos.

Pero claro Colombia… es otro rollo.

Agua y más agua, las gallinas escondidas bajo las mesas de los bares contaban miguitas bajo nuestros pies, los niños, como si tal cosa, continuaban saltando de un lado para otro, y la lluvia reina de la oscura estampa no paraba de caer….

Lluvia y más lluvia, gotas gordas que no dejaban ver ya las montañas….
Lluvia y más lluvia, humedad caliente que se notaba hasta en nuestros pies….
Lluvia y más lluvia…

Cuando llevábamos una hora, en silencio, sentados en nuestras sillas de plástico,  viendo y sintiendo agua en todas partes, nos dimos cuenta que se hacía tarde y que los buses que paraban en Zaragosa rumbo a Cali, donde dormíamos esa noche, pasaban hasta las seis de la tarde, eran las cuatro y media y teníamos al menos una horita de camino…

Pero claro, ahí no paraba de llover torrencialmente… los charcos y nuestra preocupación crecían por segundos…

Hasta que en nuestro por nuestro reducido campo de visión, cruzó un lugareño saltando por las piedras de la arenosa calle en la que estábamos, intentando sorprendentemente evitar mojarse como los demás…

Ese negro de dos metros, encogido , calzado con unas “pantaneras” (catiuscas de toda la vida) y prudente como ninguno, fue el nos encendió la bombilla con su genial idea.

El señor, iba “vestido” con una gran bolsa de basura que le protegía del agua, una en el cuerpo  a la que le había hecho un agujero en la cabeza y otra en la cabeza a modo de capucha.

¡Ahí estaba la solución!

Con un poco de vergüenza, ante nuestra inusual petición, nos acercamos a la barra del bar donde estábamos, a pedirle a la señora una bolsa de basura.

La señora como si fuera habitual, con su acento costeño casi cubano, nos respondió que tenía dos, unas pequeñas (las típicas de casa) y otras más grandes (las del negocio), y sin dudarlo ni un segundo les puso precio 500 y 1.000 pesos, (15 o 30 cts cada una).
Imitando al señor recursivo, y con algo de indignación por lo pesetera que era la tabernera…. le compramos dos, una para cada uno, pero de las enormes que nos cubrían hasta las pantorrillas.

Cuando llegamos a la “estación” vestidos de plástico negro, el “maquinista” vestido con un chubasquero de pies a la cabeza, nos hizo esperar unos minuticos a “que llegara más gente pa no hacer el viaje sólo para dos”…

Tras otros 10 minutos de espera, en los que no apareció un blanquito por nuestro lado, por fin arrancamos rompiendo la interminable cortina de agua que inundaba la espesa jungla a 60 kilómetros por hora por la oxidada vía del tren , creyéndonos aventureros y siendo sin querer, dos pringados blanquitos más , que sólo se llevaron un chubasquero y que tuvieron que imitar a un lugareño para no ver su ropa y teléfono móvil bucear en sus mochilas... 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Súper Rock Star Mr Francisco

Pues señores, mientras ustedes están preocupados por el Parlament y sus decisiones , aquí estamos nosotros viviendo otro momento histórico que nos regala éste país de realismo mágico, la visita del Papa Francisco.

Ha sido llegar y besar el santo, literal, volver de vacaciones y dirigir una de esas coberturas divertidas, complicadas e impresionantes que requieren concentración, coordinación y sobre todo responsabilidad.

Responsabilidad porque tal y cómo nos decían en la carrera los creyentes del periodismo, los que nos dedicamos a éstas cosas, tenemos un no sé qué por dentro de contarle al mundo qué está pasando y contarlo de verdad, intentando no olvidarnos de nada y hacerlo ordenado y encima atractivo a cámara.

Así que tras treinta y seis horas de curro a morir, viendo ya desde casa como el Papa vuelve a su camita en la Nunciatura tras dos jornadas agotadoras en una ciudad a 2600 metros de altura con su edad… pues una se nota el pecho palomo de haber cumplido con el deber.

Pero sobre todo, te llenas de orgullo y satisfacción porque el Papa éste, es una pasada y lo hace fácil.

Los que me conocéis, sabéis claramente que yo lo de la jerarquía lo llevo un poco mal, y la de la Iglesia pues peor, pero el Papa Francisco, es un grande de la comunicación mediática, de verdad un grandotote.

Una verdadera rock star que calcula cada segundo a la perfección cómo actuar ante su público. Bueno, supongo que él no calcula nada, que todo será cosa de sus asesores, pero cada gesto, cada palabra, cada parada en una esquinita… es im-pre-sio-nan-te.

Y no te das cuenta de la eficacia de su mensaje cuando ves a un millón y medio de personas que aguantan un chaparrón digno del huracán Irma como si se hubieran apuntado a la mejor de las raves de tecno mundial, todos como locos, felices, encantados,  mientras un viejete calvo con el pulmón estropeado se echa la siesta entre sermón y sermón tras una jornada agotadora a una altura mortal para cualquier mosquito, no, en ese momento es fácil ganar unos fieles, te das cuenta de lo estrella que es, cuando tu cámara que es más ateo que Fernando Savater, llega flipado tras cubrir la pasada del papamóvil por la calle 26 y hasta se le escapa un “es como un man en una nube, muy emocionante Señora Cristina”.

El tío lanza un mensaje en cada gesto adaptado a un país que cuando hay éste tipo de acontecimientos te das cuenta que es un país acomplejado por una guerra que le ataca por todas partes y que en muchas ocasiones les hace verse menos que otros países.

Es algo que me alucina mucho desde que estoy aquí, se creen que Colombia tiene los peores políticos, los peores sistemas educativos, las peores obras de construcción… (no sé si os suena ese mensaje)y claro, como muchos no conocen lo que hay fuera , de verdad lo creen y da pena, porque aunque las cosas nunca funcionan como deben funcionar, en realidad, podría ser peor.

Pero estos dos días molan porque sorprendentemente, más allá del mensaje que quiera dar el Papa, lo que está enseñando este montaje mediático a los colombianos, es que “Si se puede”.

Que llevan dos días que cada acto, ha sido celebrado a su hora, cada autoridad de turno se ha ceñido a la oficialidad del protocolo, que no se ha roto nada, ni muerto nadie , ni nadie ha matado a nadie y lo mejor, que se está haciendo todo a la colombiana.

Es decir, con música sonrisas y mensajes de aparente alegría todo el rato.

Le han recibido con cumbia, acompañado con vallenato, le han dado las buenas noches con joropo… y todo interpretado con trajes de muchos colores por niños, viejos, personas con discapacidad, yonkis y víctimas de todas las guerras colombianas habidas y por haber.  Pura pirotecnia  audiovisual, (no sabéis que imágenes bonitas están quedando en televisión) si, pero que a Colombia le está volviendo loca y le impulsa en su seguridad en sí misma y  en creer que se están haciendo las cosas bien.
El caso es que este hombre está haciendo país y eso… eso es emocionantísimo vivirlo señores.

El Papa no para de repetírselo en modo coach a todos sus públicos, que no pierdan la alegría y que vuelen alto… Que tiren para delante y que se dejen de rencores, venga a sonreir, abrazar y dejar hacerse selfies….


Pero lo curioso de toda esta orgía de viva la vida y arriba el amor de estos dos días, cuando pensábamos que iba a ser esto un “que guapos estáis todos”, ha llegado el acto con los curas. Curas con curas todo muy ceremonioso, brillante  y serio…. hasta que le ha tocado hablar a Bergolio y… ¡ZASCA!  ha habido tirón de orejas…

Ha hablado de que se mojen con la paz sin posicionarse ( Cabe destacar que entre los “influencers” del NO al acuerdo con Farc, había mucho cura de televisión detrás empujando por que no se firmara),  ha hablado de que no fueran curas de estratos altos, y que trabajaran por la igualdad, les ha soltado mil cosas más que como estaba editando el encuentro con los jóvenes de media hora antes,  no he podido escuchar con detenimiento, pero me he dado cuenta que en ése instante, ha sido, cuando los que no estaban muy en la sintonía papal, han decidido tomarle como un personaje de influencia positiva a quien respetar, como a un Obama en sus buenos tiempos o Mandela en su apartheid, y han empezado a considerarle, como  el propio Papa Francisco quiere ser recordado “Un buen tipo”.

El caso es que el mensaje que un personaje como éste trae a un país como Colombia en éste momento, no puede ser más fetén , es un puro y simple “Si se puede” que tanto gritamos en la Puerta del Sol hace unos años….

Un “sí se puede” que viene bastante al pelo tras 48 asesinatos  en los últimos seis meses, de líderes campesinos que intentaban retomar sus campos y comunidades y han visto como otras bandas criminales ocupaban el lugar en el que estaban antes las Farc. Un  “sí se puede” en un país en el que nadie cree en una clase política enriquecida a base de corrupción, un país con falta de visión comparativa positiva y en el que un día normal,  haces entrevistas a personas que piensan que cobrar dos mil euros es muy poco cuando el salario mínimo del país es de doscientos euros…

El caso es que está siendo emocionantísimo, un nuevo regalo a nuestro currículum vital que está valiendo la pena vivir.

Reconozco que las hormonas (reglaza horrible que nunca falta cuando tienes mucho que hacer) y la euforia ambiental, unido mi ojo morado tras el ataque gatuno, me han hecho emocionarme en alguna ocasión … y que he llorado esta tarde,  mientras empezaba a escribir, cuando he visto una “Nieves Colombiana” diciéndole al Papa “Es usted muy bueno” a lo “Te quiero mucho yo a ti” de la mía… AIS… SUSPIRITOS…

Ay! ¡Que me descentro! Al lío, lo dicho, que aún quedan tres días por delante, que no podemos cantar victoria del todo.


Mañana será la jornada más controvertida porque se va a Villavicencio, capital de un Departamento en el que las Farc han dado mucha guerra y el Papa ha decidido hacer un acto de “reconciliación” que puede resultar un verdadero desastre, o un climax apoteósico para que todos se mueran de paz y amor.

martes, 14 de marzo de 2017

Un guia soltero y honrado en Guasca

Llevábamos dando vueltas más de cuarenta minutos por caminos de tierra que no hacían otra cosa que desembocar en otros caminos de tierra aun más abruptos.

Llevábamos más de cuarenta minutos sin saber dónde estábamos ni hacia dónde debíamos ir para encontrar la carretera “pavimentada”.

Llevábamos más de veinte canciones de mi iPod que no distingue de lugares o situaciones y que alterna Rocío Jurado con Pavarotti pasando por Dade Yankie o la muñeira de Chantada.

Llevábamos demasiado tiempo sin que el GPS nos encontrara, demasiadas curvas sin cruzarnos a nadie que nos pudiera indicar y nos reíamos demasiado como para mostrar preocupación por la situación, cuando a lo lejos se nos apareció él.

En medio de una cuesta de piedras y arena, mientras nosotros subíamos derrapando poco a poco, él bajaba con las piernas separadas y arqueadas lento pero con determinación.

Vestía zapatos viejos, pantalón de tergal negro, sombrero de cuero marrón y por supuesto, y cómo no, una gruesa y cálida ruana gris tradicional del altiplano colombiano.

No sé quién estaba más fuera de lugar, si él en medio de la nada en el campo de Cundinamarca o nosotros en un carro de ciudad, tocando los bajos con cada piedra del camino y sin aparente dirección.

Al llegar nosotros a su altura del camino y él a la nuestra, nos paramos y entonces fue cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez.

Su arrugada piel morena y curtida dejaba ver años y años de campo.

Sus ojos oscuros, vidriosos pero curiosos a la vez que hundidos, narraban las miles de horas  de días enteros habiendo navegando en Club Colombias.

Sus pocos dientes amarillentos que sobresalían de su amplia y amigable sonrisa, explicaban parte de las mil historias que había vivido aquel señor.

Pablo bajó la ventanilla y cual colombiano de pro comenzó con la parrafada básica de saludo local. “Muy buenos días Señor, ¿Cómo está?, ¿Cómo le va?, qué pena, ¿sería usted tan amble de explicarnos cómo llegar a la vereda de Santa Lucía?”.

“Uy… pues por aquí no es. Esta es la vereda de San José” Respondió el hombre mientras apoyaba sus manos en la ventana del coche como queriendo adentrarse en el interior para mirar todo lo que teníamos dentro y comprobar que éramos de fiar.

Ante esa respuesta tan poco esclarecedora, y dos segundos de silencio incómodo de no saber qué decir ante su mirada tan minuciosa al interior del coche alquilado que hacía pocas horas había salido de Bogotá, tuve que replantear la pregunta.

¿Por dónde queda Santa Lucía Señor? ¿Un hotel que se llama El Monte? ¿Usted lo sabe?

- “Pues miren, esta es la de San José, más allá la de Santa Ana, (…)pal otro lado lo de las flores, más allá Guasca… Pero Santa Lucía no escuché yo nunca”
(Otro silencio incómodo)

“Lo que si se es dónde está Guasca,(…) que ahí sale la pavimentada (pavimentada = carretera de asfalto) y allá si le funciona el celular para preguntar y si me llevan les indico”.

Así sin más, sin nosotros decir ni pío, y él sin dejar de hablar y balbucear cosas completamente incomprensibles, el señor aparecido de la nada, estaba encaminándose a la puerta de detrás del coche pidiéndole a Pablo que quitara el seguro y haciendo que él obedeciera sin rechistar.

Abrió la puerta, dejó caer su cuerpo en el asiento de detrás, como hace mi tía nieves cuando descubre un sitio donde sentarse, y muy amablemente nos estrechó la mano diciendo “Luis Carlos Ferrán, para servirles”.

En ese momento comenzó la más auténtica de las narraciones…

El Señor Luis Carlos, vivía entre los campos de la zona desde hacía más de cuarenta años.

No era de allí, no, él era del Tolima (Región del Sur) donde a la edad de trece años “tuvo que irse para la guerrilla” “ Allí con Tirofijo y todos sus compañeros” y luego claro, cuando se dio cuenta de que no era lo suyo tuvo que irse lejos, y como en esa zona en la que estábamos no había mucho calor, no conocía a mucha gente y había dónde y en qué trabajar, pues se quedó.

A sus sesenta y ocho años, que a simple vista parecían cuarenta más, nunca se había casado, soltero y honrado, recalcó para definirse a sí mismo varias veces. “ Soltero y honrado”.

A él, lo que verdaderamente le encantaba, desde que era un “chiquitico”, era la música, y cuando se tomaba sus cervezas no había quien le siguiera en el arte de cantar.

El mejor, sin duda para Luis Carlos, era un español, posiblemente vecino nuestro, primo lejano tal vez.

Un tal Nino Bravo, pero que se lo llevó la carretera muy joven, porque la gente conduce como loca, aquí y en cualquier lugar. Era una gran voz, tal vez de las mejores dijo mientras nos indicaba con la mano que había que girar a la derecha en la enésima intersección.

Por las noches, cuando aprieta el frío, Don Luis Carlos se acurruca entre gordas mantas, allá en su chocita, “para que no entre el frío ni salga el calor” y bajo la almohada imprescindible para poder dormir, siempre coloca su transistor “en la EFE EME”.

El transistor le pone canciones de pasión y amor. Porque a él lo que le gusta es la música de amor.

¿Conocen ustedes a Perales? Nos preguntó de repente sin dejar tiempo para decir siquiera si.  “Ese sí que era un genio. No sé si está vivo o muerto pero ese señor tenía el don de la canción.”

Y así sin más, sin dejar que nosotros interviniéramos ni lo más mínimo en su narración, mientras nos guiaba por los caminos que conocía como la palma de su mano, el campesino de ruana y sombrero se puso a cantar:

“Me llamas  para decirme  que te marchas ,que ya no aguantas mas , que ya estas harta de verle cada día  de compartir su cama  de domingos de futbol  metida en casa.
Me dices que el amor , igual que llega pasa y el tuyo se marchó por la ventana  y que encontró un lugar  en otra cama” (…)

Pablo y yo completamente callados y él entonando letras de amor en la parte de atrás de un coche alquilado horas antes en una ciudad de nueve millones de habitantes.
Poco a poco, mientras Luis Carlos cantaba y nos explicaba letras y canciones de amor, nos íbamos adentrando en la “pseudo civilización”.

De repente, de un portón grande y verde comenzaron a salir decenas de chicos jóvenes con monos de trabajo y botas altas de caucho.
Señor, le pregunté, ¿De dónde sale toda ésta gente? .

“Son los de las flores” dijo nuestro acompañante sin darle importancia.

Intuimos que eran trabajadores de los invernaderos de flores que rodean la ciudad de Bogotá y que surten de flores a todo el planeta tierra.

Le expliqué a Luis Carlos, que en nuestro país se veían muchas menos flores, que eran caras y que los hombres no acostumbran a regalarlas. “Sin ir más lejos, mi esposo, me ha regalado flores cinco veces en todo el tiempo que llevamos juntos ¿Puede usted creérselo?”

Y sin venir a cuento, en vez de responder, el señor Luis Carlos comenzó a entonar “ Un Ramito de Violetas” sin acordarse del todo de la letra. “ Es que era él quien se las regalaba ¿Sabe?” le dijo a Pablo cortando su melodía y dándole en el hombro como quien descubre la pólvora en ese momento.

Hablamos de Cecilia, del disco que mi madre repetía sin parar durante las navidades del 92 y de cómo, a Cecilia también, se la había llevado la carretera.

Casi llegando al pueblo, dando paso al primer silencio del camino, mirando por la ventana al cielo cada vez más gris y habiendo entonado dos o tres canciones más que Pablo y yo ya no pudimos descifrar, dijo pensativo “Cuantas voces se llevó el Señor”.

(Otro silencio incómodo)

A los pocos minutos, llegamos por fin a la carretera pavimentada y ahí cuando habíamos cruzado tres o cuatro calles, nuestro acompañante se incorporó y con cara de no entender nada e intentar ayudar nos dijo “¿A dónde dicen que quieren llegar ustedes?”.

Le volvimos a explicar lo de la vereda, lo del Hotel y lo de Santa Lucía  pero Luis Carlos, agarrándose el sombrero como si ese gesto le ayudara a pensar, nos volvió a decir que no tenía ni idea de dónde quedaba eso, pero, sin embargo, nos explicó que si seguíamos un kilómetro por el camino que salía hacia la derecha desde esa misma calle, podíamos llegar a unos lagos que se podía pescar una trucha muy rica,  que una vez pescada, te preparaban en ese mismo lugar. Debía ser muy buen sitio, porque según él,  venía mucha gente de la ciudad, que era muy bonito.

Así que sin pensarlo dos veces, tras despedirnos de él, siendo conscientes de que había sido una experiencia única tanto para él como para nosotros, le dejamos en el centro del pueblo y  nos dirigimos al sitio de pesca, donde disfrutamos como enanos pescando truchas como para alimentar a un regimiento terminamos regalándoselas a los paisanos del lugar.

Al final encontramos el hotel, que resultó ser una mierda, pero nos devolvieron el dinero y siguiendo la tónica colombiana del “Realismo mágico” en la que nada de lo que planees saldrá pero seguro que solucionas con algo mejor,   encontramos uno hotel mil veces mejor, súper romántico y especial donde en el sitio de la cena cantamos acompañando a un señor argentino muy viejo con guitarra, canciones de Serrat y los Rodriguez , aderezando los cánticos con vino caliente en mano al frente de una chimenea, hasta que el cuerpo no pudo más.

lunes, 27 de febrero de 2017

El Pavo (Barranquilla 2017)

Querida familia, esta semana en vez de resumen voy a contaros que he organizado por mi cumple un muchosmas.org 
¿Qué es eso? Pues ¿para qué liarse con regalos que tenéis que enviar (porque quedan 20 días para mi cumple) si podemos hacer algo mucho mas guay, mas bonito y más útil como escolarizar a un niño en Guatemala? Me he puesto como reto escolarizar dos años a un niño. Dos años él estudia por mi cumple como los dos años que su Continente me lleva prestando hogar…

Así que no lo dudéis, meteros en el siguiente link y que siga subiendo… 

Bueno, como ya todos sabréis, un año más, el Carnaval, lo hemos pasado en Barranquilla.

Ha sido bastante especial, porque a pesar de la tira de años que llevamos, es la primera vez que Pablo y yo lo pasamos juntos y creo que ha sido inmejorable.
Al igual que hace dos años, hemos tenido el honor de poder desfilar con el Barrio de Abajo y una vez más, ha sido una experiencia completamente única.

Y digo única porque no se ha parecido nada a la anterior y como siempre, Colombia nos ha vuelto a regalar de esas experiencias que solo se ven en los documentales.
Todo empezó el sábado por la mañana, donde tras haber intercambiado unos whatsapps y haber recibido unos disfraces en nuestro hotel, (más o menos decentes por un precio completamente injusto) habíamos quedado frente a la casa del “Pavo” a las 10 de la mañana.

El Pavo, es toda una eminencia en el mundo del carnaval. Es un ex rey Momo (Rey del Carnaval) de unos 50 años bien vividos, organizador de la comparsa del Barrio de Abajo, uno de los barrios más humildes de Barranquilla y amo y señor de su séquito.

Él dirige, coordina la distribución de la bebida, para autobuses y “cuadra precios” para llevar a su barrio entero al desfile sin que le cobre un peso el autobusero, comprueba que la carroza funcione y hasta comprueba que las madres se ocupen de sus hijos y “no tomen” si hay niños pequeños…

El Pavo lo controla todo, lo sabe todo y lo dirige todo, pero siempre de “buena onda”, con guasa y al más puro estilo costeño, es decir con una sonrisa.

Por unas cosas o por otras, siguiendo el ritmo del área caribe, nos tocó esperarle a 39 grados a la sombra en la acera de su calle, en la que no había un alma   ni nadie nos diera razón hasta que no llegara su líder.

A eso de la una y cuarto, a punto de desesperar, el Pavo apareció de la nada con su sombrero de paja y su tripa de hombre embarazado, fumando de medio lado y conduciendo su “motico” como un loco sorteando los miles de baches tan típicos de barrios como el que él domina.

Aparcó en la acera de enfrente, al sol, cogió su cigarro, desmontó de su caballo de baja cilindrada y mientras saludaba a “La Pava” con la mano se dirigió a nosotros desde el otro lado a gritos soltando “Son ustedes los que vienen a gosarla ¿no?” Y ahí comenzó todo.

De las casas aledañas empezaron a salir disfrazados de marimondas niños, mujeres, adolescentes, viejos borrachos, un caballo de mentira, un hombre con una bicicleta vieja, un carro de la compra lleno de botellas de alcohol (también disfrazado) y acto seguido cuando el bullicio y el nerviosísimo reinaba en cada rincón, como si de una obra ensayada se tratara, un autobús viejo y oxidado paró frente a la casa del Pavo y todos se subieron al mismo dejando a las señoras más viejas y a los bebés pasar primero y disfrutar del calor asfixiante de un autobús sin aire acondicionado al sol pero sentados.

En diez minutos, los 25 españoles que estábamos ahí teníamos nuestras caretas hechas a mano por algún súbdito del Pavo y estábamos preparados para salir.





El Pavo paró otro autobús que pasaba por la calle sin tener nada que ver con él y tras conversar unos minutos con el conductor nos pidió que nos subiéramos rápido que nos llevaba  al desfile y gratis.

Y allí que nos subimos todos, rumbo al carnaval.

Éste año, a diferencia del anterior, no hicimos el recorrido oficial, sino que hicimos el “Popular”.

Resulta que el Pavo, tras enfadarse con la organización porque le dio el último puesto en la cola del desfile oficial, tras años y años de participación histórica, años de sacrificio y diversión… Decidió que él y su gente no tolerarían tan tremenda deshonra y se fueron a desfilar al Carnaval Popular dejando al Oficial lleno de pijos y alta sociedad en los palcos sin ser honrados con su presencia.

El carnaval popular es el del barranquillero humilde, el que no hay que pagar por tener una silla a la sombra, el que las señoras te dejan hacer pis en sus casas a cambio de una ayudita mientras pasas por sus portales bailando. El carnaval popular no tiene reglas, ni tiempos ni organizadores nerviosos que te piden no dejar huecos entre carrozas, porque no hay carrozas sino coches tuneados. 

No hay joyas sino plásticos de todos los colores y brillos, no hay clases, ni distinción de razas ni orden ni problemas de ir bebiendo mientras se desfila, sino que los cerveceros y guareros (los que venden alcohol de manera “informal” en las calles) bailan contigo mientras hacen negocios y ofrecen cualquier cosa para animar la fiesta.

Lo que seguro no hay en éste carnaval y posiblemente muchos de los que disfrutan de ésta fiesta no han hecho en su vida, es interactuar con gringos ni con ningún otro extranjero.

Y claro, este dato tan curioso que nos afectaba directamente,  exige  que en el Carnaval Popular,  no puedes entrar ni permanecer, sino estás a pocos metros de alguien tan influyente como Pavo.

Nada más bajar del autobús nos percatamos del choque cultural por parte de los lugareños,  pero poco a poco, a medida que nos íbamos adentrando en la marabunta de sudorosos costeños nos dábamos cuenta de que éramos los únicos extranjeros en kilómetros a la redonda y eso también nos empezó a chocar a nosotros mismos.

Cómo no, tuvimos que esperar de nuevo una hora o así a que todo se pusiera a funcionar. (el ritmo caribeño es desesperante...)

Y poco a poco el alcohol y el calor empezaron a hacer efecto en negros y blanquitos…

Así que rompimos el hielo unos y otros, al principio con timidez y más tarde con descaro, empezamos a bailar e interactuar con todos nuestros “vecinos” al más puro estilo barranquillero.

Compartimos comida, bebida, bailes… Empezamos a hablar de nuestras vidas, a bailar con los niños, con los adolescentes, las mujeres y hasta con los viejitos arrugados que se aferraban a cualquier botella que pasaba por sus manos.

En una de éstas, entre el bullicio, encontré a un chico alto, grandote y de tez blanca muy muy blanca. Estaba rodeado de cuatro chicas pequeñitas y risueñas que le miraban con admiración, y le decían con voz melosa…” a ver señor ¿Háblanos en español?”, el chico encantado se reía y hablaba de cualquier cosa.

Cuando me acerqué para mirar más de cerca me di cuenta de que el chico blanquito rodeado de despampanantes negras adolescentes, era Pablo, que encantado se reía no solo con ellas, sino con un señor que le hablaba de no se qué cosa del Madrid…

Le dejé a su bola y fui engullida sin darme cuenta por los ojos de una niña de cinco o seis años que bailaba a ritmo de champeta delante de su madre y hermano que estaban sentados en una acera.

Su mamá de pómulos marcados y pestañas infinitas, que no superaría los veinte años, le daba de comer a su bebé gusanitos de color naranja fosforito mientras su  niña no paraba de contonear las caderas mejor aun que Shakira en su último videoclip.

Me senté a su lado y le pregunté a la chica cómo se llamaba su bebé y en tono tímido y casi sin atreverse a mirarme, me dijo que se llamaba Santiago.

A mi se me iluminó la cara,  le conté que yo tenía un sobrino que también se llamaba Santiago y que mi hermana tenía otra niña que le encantaba bailar como a su hija.

Mientras le contaba lo agobiada que estaba mi hermana con los niños, a la chica le saltaba la sonrisa sabiendo que en algún lugar lejano, alguien más blanquita y exótica, sufría con un Santiago y una niña bailonga como ella.

Su niña que al escuchar mi acento se acercó con los ojos muy abiertos, me preguntó cómo era mi sobrina y le hablé de su pelo rubio y de su piel tan blanquita tan blanquita que tenía que echarse crema aunque no le diera el sol y entre risas descaradas  y con tono de superioridad con las manos en su cintura, mientras movía el cuello como sólo las negras saben acerlo, se atrevió a decirme 
“ Es que mami, yo soy negra como mi papito”.

A los pocos minutos el Pavo tocó un silbato y todos poco a poco empezamos a marchar en cuatro filas intentando seguir el ritmo de los bailes organizados y exagerados de nuestra comparsa.

La orquesta champetera empezó a sonar, los gritos, los silbatos y el público enloqueció y durante las siguientes cuatro horas, bajo el sol de justicia barranquillero, seguimos la música y el flow negro ofreciendo la mejor de nosotros mismos a cada persona que nos pedía una foto o  que nos preguntaba si éramos gringos.

Recibíamos abrazos de señoras gordas cuando les dábamos las gracias por dejarnos formar parte del “mejor carnaval del mundo” (Que todos sabemos que es una mentira piadosa porque el mejor es el de Ourense).

A las siete de la tarde, sin sentir los pies, los brazos y hasta el alma, llegamos al final del recorrido, donde dejaba de haber asfalto y cemento dando paso a uralita y tierra amarilla.

Frente a un campo de fútbol de tierra y porterías de madera, una calle de chavolas ofrecía sombra y “chuzos” (pinchos morunos) en cada puerta.

Derrotados, nos sentamos en lo que pareció ser una acera en otro tiempo.

 El Pavo, muy de cerca sentado en una silla a la sombra, nos vigilaba con la mirada y mandaba a adolescentes a custodiarnos cuando veía a alguien que no le gustaba demasiado a nuestro alrededor, mientras bebía y tocaba las maracas con sus colegas.

Un adolescente empezó a intimidar a un señor muy mayor al otro lado de la calle y empezó a armarse revuelo.

El Pavo saltó de su asiento y agarró a ambos hombres por la camisa. Todos le hiceron corrillo.

Sin saber cómo ni porqué, les arrastró hasta el campo de fútbol mientras jóvenes y mujeres, seguían al líder con los dos hombres arranstrados de su camisa, a una distancia prudencial y nosotros alucinados, pegados al suelo sin saber que hacer, veíamos como la marabunta se alejaba detrás de nosotros con un orden y respeto sorprendente.

“Péguense, mátense si es tan importante es joder la fiesta” gritó el Pavo mientras les empujaba al centro del campo.

Los dos hombres, como dos perritos arrepentidos, mirando para abajo y sin saber donde meterse,  se quedaron mansos y avergonzados uno frente al otro.

El jovencito, le tendió la mano al viejo que dudando un segundo, hizo lo propio mientras intercambiaban susurros o gruñidos…
Sonó una trompeta y de nuevo volvió la fiesta y la diversión.

Más tarde, el Pavo le explicó a un amigo que habían quedado para pegarse más tarde en casa y que era importante, que el viejo marcara respeto a los jóvenes porque era esencial para la comunidad saber quien mandaba.

A mí me pareció de lo más “manada de lobos”, pero ¿Cómo me voy a poner a juzgar a gente que sin importarles nada, ni quiénes éramos, ni de qué estrato veníamos y sin saber nada de nosotros nos abrieron sus casas, sus tradiciones y sus botellas?