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lunes, 27 de febrero de 2017

El Pavo (Barranquilla 2017)

Querida familia, esta semana en vez de resumen voy a contaros que he organizado por mi cumple un muchosmas.org 
¿Qué es eso? Pues ¿para qué liarse con regalos que tenéis que enviar (porque quedan 20 días para mi cumple) si podemos hacer algo mucho mas guay, mas bonito y más útil como escolarizar a un niño en Guatemala? Me he puesto como reto escolarizar dos años a un niño. Dos años él estudia por mi cumple como los dos años que su Continente me lleva prestando hogar…

Así que no lo dudéis, meteros en el siguiente link y que siga subiendo… 

Bueno, como ya todos sabréis, un año más, el Carnaval, lo hemos pasado en Barranquilla.

Ha sido bastante especial, porque a pesar de la tira de años que llevamos, es la primera vez que Pablo y yo lo pasamos juntos y creo que ha sido inmejorable.
Al igual que hace dos años, hemos tenido el honor de poder desfilar con el Barrio de Abajo y una vez más, ha sido una experiencia completamente única.

Y digo única porque no se ha parecido nada a la anterior y como siempre, Colombia nos ha vuelto a regalar de esas experiencias que solo se ven en los documentales.
Todo empezó el sábado por la mañana, donde tras haber intercambiado unos whatsapps y haber recibido unos disfraces en nuestro hotel, (más o menos decentes por un precio completamente injusto) habíamos quedado frente a la casa del “Pavo” a las 10 de la mañana.

El Pavo, es toda una eminencia en el mundo del carnaval. Es un ex rey Momo (Rey del Carnaval) de unos 50 años bien vividos, organizador de la comparsa del Barrio de Abajo, uno de los barrios más humildes de Barranquilla y amo y señor de su séquito.

Él dirige, coordina la distribución de la bebida, para autobuses y “cuadra precios” para llevar a su barrio entero al desfile sin que le cobre un peso el autobusero, comprueba que la carroza funcione y hasta comprueba que las madres se ocupen de sus hijos y “no tomen” si hay niños pequeños…

El Pavo lo controla todo, lo sabe todo y lo dirige todo, pero siempre de “buena onda”, con guasa y al más puro estilo costeño, es decir con una sonrisa.

Por unas cosas o por otras, siguiendo el ritmo del área caribe, nos tocó esperarle a 39 grados a la sombra en la acera de su calle, en la que no había un alma   ni nadie nos diera razón hasta que no llegara su líder.

A eso de la una y cuarto, a punto de desesperar, el Pavo apareció de la nada con su sombrero de paja y su tripa de hombre embarazado, fumando de medio lado y conduciendo su “motico” como un loco sorteando los miles de baches tan típicos de barrios como el que él domina.

Aparcó en la acera de enfrente, al sol, cogió su cigarro, desmontó de su caballo de baja cilindrada y mientras saludaba a “La Pava” con la mano se dirigió a nosotros desde el otro lado a gritos soltando “Son ustedes los que vienen a gosarla ¿no?” Y ahí comenzó todo.

De las casas aledañas empezaron a salir disfrazados de marimondas niños, mujeres, adolescentes, viejos borrachos, un caballo de mentira, un hombre con una bicicleta vieja, un carro de la compra lleno de botellas de alcohol (también disfrazado) y acto seguido cuando el bullicio y el nerviosísimo reinaba en cada rincón, como si de una obra ensayada se tratara, un autobús viejo y oxidado paró frente a la casa del Pavo y todos se subieron al mismo dejando a las señoras más viejas y a los bebés pasar primero y disfrutar del calor asfixiante de un autobús sin aire acondicionado al sol pero sentados.

En diez minutos, los 25 españoles que estábamos ahí teníamos nuestras caretas hechas a mano por algún súbdito del Pavo y estábamos preparados para salir.





El Pavo paró otro autobús que pasaba por la calle sin tener nada que ver con él y tras conversar unos minutos con el conductor nos pidió que nos subiéramos rápido que nos llevaba  al desfile y gratis.

Y allí que nos subimos todos, rumbo al carnaval.

Éste año, a diferencia del anterior, no hicimos el recorrido oficial, sino que hicimos el “Popular”.

Resulta que el Pavo, tras enfadarse con la organización porque le dio el último puesto en la cola del desfile oficial, tras años y años de participación histórica, años de sacrificio y diversión… Decidió que él y su gente no tolerarían tan tremenda deshonra y se fueron a desfilar al Carnaval Popular dejando al Oficial lleno de pijos y alta sociedad en los palcos sin ser honrados con su presencia.

El carnaval popular es el del barranquillero humilde, el que no hay que pagar por tener una silla a la sombra, el que las señoras te dejan hacer pis en sus casas a cambio de una ayudita mientras pasas por sus portales bailando. El carnaval popular no tiene reglas, ni tiempos ni organizadores nerviosos que te piden no dejar huecos entre carrozas, porque no hay carrozas sino coches tuneados. 

No hay joyas sino plásticos de todos los colores y brillos, no hay clases, ni distinción de razas ni orden ni problemas de ir bebiendo mientras se desfila, sino que los cerveceros y guareros (los que venden alcohol de manera “informal” en las calles) bailan contigo mientras hacen negocios y ofrecen cualquier cosa para animar la fiesta.

Lo que seguro no hay en éste carnaval y posiblemente muchos de los que disfrutan de ésta fiesta no han hecho en su vida, es interactuar con gringos ni con ningún otro extranjero.

Y claro, este dato tan curioso que nos afectaba directamente,  exige  que en el Carnaval Popular,  no puedes entrar ni permanecer, sino estás a pocos metros de alguien tan influyente como Pavo.

Nada más bajar del autobús nos percatamos del choque cultural por parte de los lugareños,  pero poco a poco, a medida que nos íbamos adentrando en la marabunta de sudorosos costeños nos dábamos cuenta de que éramos los únicos extranjeros en kilómetros a la redonda y eso también nos empezó a chocar a nosotros mismos.

Cómo no, tuvimos que esperar de nuevo una hora o así a que todo se pusiera a funcionar. (el ritmo caribeño es desesperante...)

Y poco a poco el alcohol y el calor empezaron a hacer efecto en negros y blanquitos…

Así que rompimos el hielo unos y otros, al principio con timidez y más tarde con descaro, empezamos a bailar e interactuar con todos nuestros “vecinos” al más puro estilo barranquillero.

Compartimos comida, bebida, bailes… Empezamos a hablar de nuestras vidas, a bailar con los niños, con los adolescentes, las mujeres y hasta con los viejitos arrugados que se aferraban a cualquier botella que pasaba por sus manos.

En una de éstas, entre el bullicio, encontré a un chico alto, grandote y de tez blanca muy muy blanca. Estaba rodeado de cuatro chicas pequeñitas y risueñas que le miraban con admiración, y le decían con voz melosa…” a ver señor ¿Háblanos en español?”, el chico encantado se reía y hablaba de cualquier cosa.

Cuando me acerqué para mirar más de cerca me di cuenta de que el chico blanquito rodeado de despampanantes negras adolescentes, era Pablo, que encantado se reía no solo con ellas, sino con un señor que le hablaba de no se qué cosa del Madrid…

Le dejé a su bola y fui engullida sin darme cuenta por los ojos de una niña de cinco o seis años que bailaba a ritmo de champeta delante de su madre y hermano que estaban sentados en una acera.

Su mamá de pómulos marcados y pestañas infinitas, que no superaría los veinte años, le daba de comer a su bebé gusanitos de color naranja fosforito mientras su  niña no paraba de contonear las caderas mejor aun que Shakira en su último videoclip.

Me senté a su lado y le pregunté a la chica cómo se llamaba su bebé y en tono tímido y casi sin atreverse a mirarme, me dijo que se llamaba Santiago.

A mi se me iluminó la cara,  le conté que yo tenía un sobrino que también se llamaba Santiago y que mi hermana tenía otra niña que le encantaba bailar como a su hija.

Mientras le contaba lo agobiada que estaba mi hermana con los niños, a la chica le saltaba la sonrisa sabiendo que en algún lugar lejano, alguien más blanquita y exótica, sufría con un Santiago y una niña bailonga como ella.

Su niña que al escuchar mi acento se acercó con los ojos muy abiertos, me preguntó cómo era mi sobrina y le hablé de su pelo rubio y de su piel tan blanquita tan blanquita que tenía que echarse crema aunque no le diera el sol y entre risas descaradas  y con tono de superioridad con las manos en su cintura, mientras movía el cuello como sólo las negras saben acerlo, se atrevió a decirme 
“ Es que mami, yo soy negra como mi papito”.

A los pocos minutos el Pavo tocó un silbato y todos poco a poco empezamos a marchar en cuatro filas intentando seguir el ritmo de los bailes organizados y exagerados de nuestra comparsa.

La orquesta champetera empezó a sonar, los gritos, los silbatos y el público enloqueció y durante las siguientes cuatro horas, bajo el sol de justicia barranquillero, seguimos la música y el flow negro ofreciendo la mejor de nosotros mismos a cada persona que nos pedía una foto o  que nos preguntaba si éramos gringos.

Recibíamos abrazos de señoras gordas cuando les dábamos las gracias por dejarnos formar parte del “mejor carnaval del mundo” (Que todos sabemos que es una mentira piadosa porque el mejor es el de Ourense).

A las siete de la tarde, sin sentir los pies, los brazos y hasta el alma, llegamos al final del recorrido, donde dejaba de haber asfalto y cemento dando paso a uralita y tierra amarilla.

Frente a un campo de fútbol de tierra y porterías de madera, una calle de chavolas ofrecía sombra y “chuzos” (pinchos morunos) en cada puerta.

Derrotados, nos sentamos en lo que pareció ser una acera en otro tiempo.

 El Pavo, muy de cerca sentado en una silla a la sombra, nos vigilaba con la mirada y mandaba a adolescentes a custodiarnos cuando veía a alguien que no le gustaba demasiado a nuestro alrededor, mientras bebía y tocaba las maracas con sus colegas.

Un adolescente empezó a intimidar a un señor muy mayor al otro lado de la calle y empezó a armarse revuelo.

El Pavo saltó de su asiento y agarró a ambos hombres por la camisa. Todos le hiceron corrillo.

Sin saber cómo ni porqué, les arrastró hasta el campo de fútbol mientras jóvenes y mujeres, seguían al líder con los dos hombres arranstrados de su camisa, a una distancia prudencial y nosotros alucinados, pegados al suelo sin saber que hacer, veíamos como la marabunta se alejaba detrás de nosotros con un orden y respeto sorprendente.

“Péguense, mátense si es tan importante es joder la fiesta” gritó el Pavo mientras les empujaba al centro del campo.

Los dos hombres, como dos perritos arrepentidos, mirando para abajo y sin saber donde meterse,  se quedaron mansos y avergonzados uno frente al otro.

El jovencito, le tendió la mano al viejo que dudando un segundo, hizo lo propio mientras intercambiaban susurros o gruñidos…
Sonó una trompeta y de nuevo volvió la fiesta y la diversión.

Más tarde, el Pavo le explicó a un amigo que habían quedado para pegarse más tarde en casa y que era importante, que el viejo marcara respeto a los jóvenes porque era esencial para la comunidad saber quien mandaba.

A mí me pareció de lo más “manada de lobos”, pero ¿Cómo me voy a poner a juzgar a gente que sin importarles nada, ni quiénes éramos, ni de qué estrato veníamos y sin saber nada de nosotros nos abrieron sus casas, sus tradiciones y sus botellas?

lunes, 16 de febrero de 2015

El carnaval de Barranquilla y las marimondas....

Cuando  Elena me regaló por el amigo invisible del curro la guía de Colombia estas navidades, lo que más ilusión me hizo, además del detallazo, fue descubrir que de los 7 imprescindibles de Colombia estaba un lugar en una fecha especial: Carnaval de Barranquilla…
Fue en ese momento en el que mi tristeza por perderme lo mejor del año en la mejor tierra del planeta tierra se convirtió en espinita pequeña y la misión de ir al Carnaval de Barranquilla un objetivo vital a cumplir.

Así que desde que llegué a éste país hice lo posible por poder ir allí. No quería ir sola así que tenía que buscar “parche” (que significa planete con gente) como fuera. 

Un día en el gimnasio conocí a dos chicas españolas, y ese mismo domingo me fui con su grupete a conocer el centro. A los 10 minutos de estar con su pandilla me comentaron que se iban a Barranquilla al carnaval, a los 12 minutos me apunté y esa misma noche sin conocerles de nada cogí billete en su vuelo, llamé a su hotel para que me pusieran cama supletoria y el viernes pasado a las 13.15 volé con el ryanair colombiano “VivaColombia” rumbo a la capital caribeña del Carnaval junto a otros 14 españoles más (becarios del ICEX, becarios del Gobierno Vasco,  trabajadores de Cooperación con la UE, financieros de Prosegur…de todo!) rumbo a Barranquilla… En el avión ya había fiesta, cerveza águila invitó a todos a beber, a bailar y repartió bubucelas y camisetas a todo el mundo, alucinábamos…si era así en el avión…como debía de ser el desfile…

De las 300 comparsas que hay en Barranquilla, la mitad tienen Facebook y de esas solo un chico, Giovani, nos contestó cuando buscamos comparsa para disfrazarnos con ellos.
Giovani tendrá unos 16 o 17 años y forma  parte de la comparsa del Barrio de Abajo y por 60.000 pesos nos daba un disfraz y nos contactaba con el que manda en su comparsa para poder pedirle permiso y desfilar en el sábado grande, en el Desfile de Batalla de las Flores junto a su gente… Nosotros solo teníamos que ir al ensayo general del viernes, convencer al lider e intentar seguir el ritmo del desfile.

Pues bien, quedamos a las 18.00 en el centro comercial de Barranquilla con Giovani para que nos diera los trajes y nos llevara a su barrio al ensayo general… Giovani llegó a las 19.30 sin trajes, con cinco niños, sin prisas  y nos metió en el barrio de Abajo…

Bajamos una calle normal, cruzamos una esquina y de repente nos dimos cuenta de que al barrio de Abajo teníamos que ir obligatoriamente con Giovanni, que solos era mejor que no fuéramos…

El barrio de Abajo es un barrio de estrato uno o dos, de casitas bajas, perros en las aceras, puertas y ventanas con rejas y gente en sillas en la puerta hablando de la vida en general… En el barrio de abajo los chicos de 10 a 15 llevan el pelo rapadillo con dibujos tribales o con crestas, los de 20 por lo general ya están casados y llevan a sus bebés en motos de campo junto a su mujer y los de 40 son abuelos.

En el barrio de Abajo la gente se conoce y cuando no eres de allí y vas con alguien de allí tienen el derecho de mirar con descaro y preguntarle a tu “guía” que de donde salen esos gringos…

Pero en el barrio de Abajo, sin sonríes, bailas e interactúas eres uno más.

Tras 15 minutos callejeando llegamos a la casa del “Pavo”. El Pavo es un señor de unos 60 años que es una verdadera institución en el barrio. Es quien decide quien entra y quién sale de la comparsa, su mujer hace las caretas todos los años (van cambiando de color para hacer negocio) y son respetados por todos. El Pavo nos quiso cobrar otros 45.000 pesos porque Giovani no nos había dicho que la careta no entraba… pero tras tres aguardientes y unas palabras serias con uno de los españoles y con Giovani por otro lado,  lo dejamos en 20.000, 10.000 por la careta y 10.000 por la “inscripción”.
Total que la calle en la que vive el Pavo, a las 20.30 se llenó de niños, adolescentes, mamás, viejitos y curiosos porque había que ensayar.

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que estaba viviendo un momento único… unas 100 personas, organizadas en 4 filas empezaron sin música a enseñarnos los pasos y a reírse de lo descompasados que somos los españoles… fue alucinante.  El coreógrafo (porque había coreógrafo) se desesperaba nos agarraba e intentaba que levantáramos el brazo correcto, que contoneáramos las caderas como el Dios del Caribe manda… pero no había manera…

Los barranquilleros se mueven de una forma que es imposible seguir, se contonean serpentean, se contraen, se estiran con una sensualidad y ritmo que te dejan con la boca abierta...

A las 21.00 llegó la orquesta que estaba citada a las 20.00 y seguimos ensayando, brazos para un lado, contoneo, tras tris, plas plis…  Todos al mismo ritmo y luego nosotros detrás del todo, dándolo todo o intentándolo…

Os juro que le puse mucho empeño… pero a mi MariaJosé la del Polideportivo de mi pueblo me echó de aerobic porque le saboteaba las clases sin querer, no tengo coordinación, si hay que ir a la izquierda voy a la derecha y si hay que girar hacia un lado… voy hacia el otro… Este fin de semana se ha notado de nuevo que tengo carencias…  

Pero lo más divertido y asombroso del baile de nuestra comparsa, dejando la esperpéntica escena de los españoles, es que hay un momento en el que se improvisa, se abren las filas y salen de dos en dos a bailar…Es ahí donde te das cuenta del arte, la energía, la alegría y la belleza de los caribeños. Es una locura… El vídeo que adjunto es un ejemplo de eso, lo grabamos… Alucinas.

Tras una hora más de ensayo todo el mundo se retiró a sus casas, el Pavo nos dio las caretas (previo pago) y nos vimos en medio del barrio de Abajo sin guía para salir… Suerte que las mamás de Santiago y Constanza (unos niños del barrio de unos 5 y 2 años que casi me muero cuando me dijeron como se llamaban ;) nos pidieron unos taxis mientras nos ofrecían caldo de pollo, nos preguntaban por nosotros, nos servían agua para recuperarnos, nos contaban de ellas, de que bien que mi abuela cosiera, preguntando que si mi sobrino también le gustaba James como a su Santiago…. Total que nos despedimos con abrazos hasta la mañana siguiente que era el desfile.
Quedamos con Giovanni a las 09.30 porque el bus al desfile era a las 11.00 . Giovanni llegó a las 10.50 pero cumplió, todos tuvimos trajes, nuestra chaqueta, pantalón , corbata y camisa (a 30 graditos).

Fuimos en taxi hasta la casa del Pavo a las 12.00 y “sorprendentemente” nos tocó esperar otra hora más a que llegara el bus.

Yo me senté con Daysi, estudiante a profesora, de 20 años que nos hicimos íntimas y decidimos bailar juntas en el desfile.

El desfile de la Batalla de las Flores consta de 300 comparsas. Las 100 primeras patrocinadas, híbridos entre el Carnaval de Río y la cabalgata del Orgullo Gay de Madrid, muchas plumas, brillantes, gringos, chicas de infarto y publicidad de cosas. Las siguientes son las genuinas, las de los barrios, los amigos, la gente de allí….

Hay disfraces tradicionales que, bien en grupo bien solos, se pasean de un lado a otro por en medio del desfile. Están las negritas jojoy que van vestidas como de Minie Mouse (de rojo con lunares, a mi sobrina Inés le encantarían), el torito que enviste a la gente, los descabezados que son como cabezudos pero sin cabeza ya que la llevan en la mano colgando, de caimanes (“se va el caimán se va el caimán… como la canción), de monocucos….

Algunos disfraces se heredan, pasó un señor de unos 50 años, mientras esperábamos a que saliera nuestra carroza que iba a salir a las 13.00 y salió a las 14.30, disfrazado de señora con un vestido fosforito muy apretado. El señor no se hacía la señora, iba muy serio con sus pelos, sus músculos y su bigote… Me contó Daysi que era el primer año que se vestía así ya que su papá (el padre del señor) había fallecido hacia unos meses y él había heredado el personaje….

Y el nuestro que era de “marimondas”.

 Las marimondas del barrio de Abajo. (Hay otras).He leído que el año pasado, en el 170 cumpleaños de las marimondas del barrio de abajo, Santos bailó con ellos…así que he debido bailar con toda una institución del marimondismo….

Las marimondas son una burla de las clases bajas hacia las altas, una crítica a los estirados de alto estrato, los remilgados y los elitistas. Las marimondas llevan traje de chaqueta al revés, con remiendos de colorines, con su corbata y una máscara que puede parecer y no es (o si) la representación de los órganos reproductivos de hombre y mujer (que fina soy coño…)los ojos y la nariz el hombre y la boca la mujer.  El nombre viene de la frase “ oh mon Diex” que decían las señoras francesas cuando veían a los caribeños casi desnudos con tremendos atributos, de ahí las mondie, mondas, marimondas!.

Así que la marimonda es un personaje desinhibido, que hace lo que quiere, que brinca , arrima y abraza  y su baile tiene que representar eso...  

El desfile dura 4 horas a 30 grados, con traje de chaqueta, máscara y poco agua. Es una verdadera matanza…Pero es todo alegría, diversión, gritos, desorden, risas, aguardiente, ron… Grandes y pequeños, con el poco orden que puede exigirse en el caribe… Pasando por palcos divididos por estratos y gentes, saludando a las autoridades, bailando cumbia con espontáneos y brincando hasta que tu cuerpo te lo permita…

Al finalizar el desfile, vuelves al barrio de Abajo, donde las viejitas te dan un bocata y un juguito de fruta… Todos se abrazan por haber aguantado, se felicitan y se comentan la jugada. A la vuelta con el disfraz puesto y sin Giovani volvimos hasta el hotel sin taxi ni nada, ya éramos del barrio. Ya nada nos podía pasar…

Fui feliz… y un año más… el carnaval hizo en mi lo que todos los años hace… poner el reloj a cero para ir cuenta atrás al siguiente...