Mostrando entradas con la etiqueta pobreza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pobreza. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de marzo de 2017

Cumple Guajiro

Mi cumple empezó en la Guajira, que ha sido la última escapadita que nos ha permitido Colombia.

Viaje por todo el Departamento en un 4x4 conducido por alguno de los pocos mestizos o wayuus integrados del lugar, de alguna de las empresas que se dedica a llevar a turistas y a enseñar todo el norte de la zona guajira Wayúu.

La Guajira, es uno de los Departamentos más pobre de Colombia a pesar de ser el más rico en gas, carbón y petróleo.

Su situación geográfica (en el árido norte colombiano frontera con Venezuela) junto con la inmensa corrupción que la invade, hacen que esta tierra sea un quebradero de cabeza de cada uno de los políticos que gobierna éste país.

Como todas las zonas deprimidas de Colombia, se han cebado con sus habitantes, las guerrillas, paramilitares, minería ilegal y narcos. Pero para más inri, La Guajira está poblada en su gran mayoría por indígenas Wayuú que son los que hacen los bolsos esos tan bonitos que todo el mundo quiere y son bastante caros en España.

Los Wayus son bastante proteccionistas de lo suyo, se organizan por su cuenta, son dueños de sus tierras que se extienden entre Colombia y Venezuela (tienen doble nacionalidad) y además de su cultura propia, cuentan con sus autoridades ajenas a las que se rigen todos los demás colombo venezolanos “ los palabreros” que basan su autoridad en el ojo por ojo…

Van a su bola completamente, los conquistadores españoles nunca llegaron a “someterles” así que imaginaros lo duro y rancio que es el pueblo Wayuú.

Viven de sus artesanías, de la pesca y el pastoreo de cabras (chivitos) alternándolo con un curioso sistema que más que simpático, a mí me ha dejado bastante tocada pensando en cómo erradicar este modo de vida, y son los peajes en medio de la nada.

Dado que la Guajira es un desierto en el que los cactus y la maleza baja por un lado y las dunas por otro, no dejan transitar por cualquier lugar, los caminos (porque no hay carretera asfaltada) están bastante marcados  y cada “Ranchería” (Conjunto de casas Wayuu) se organiza para poner cadenas (o telas atadas unas a otras) de un lado a otro del camino para parar a los 4x4 de los turistas y exigirles un peaje.

Lo cobran los niños y las mujeres y los tíos piden de todo: café, agua, caramelos, galletas…

 Lo que les venga en gana…

Lo piden con una sonrisa enorme y unos ojos muy brillantes, bajo el sol infernal, descalzos, despeinados y con ropas de mil colores… pero si no les das lo que ellos quieren, lo exótico de la estampa se vuelve violento, incluso peligroso,  y te tiran piedras sin ningún miramiento.

Así que del camino de Cabo de La Vela a Punta Gallinas (el punto más al norte de Suramérica) paras unas veinticinco o treinta veces para bajar la ventana y darles a los niños lo que te pidan, cuanto más lejos más agua, cuanto más cerca de la civilización más chuches.

Debes calcular que hay una ida y una vuelta, porque como te quedes sin nada… corres un verdadero peligro…

¿Cómo terminar con ésta práctica? Pues realmente no lo sé, lo he pensado mucho… No sé si es culpa del Estado que no les provee de infraestructuras para sacar agua, de los Jefes wayuús que no reparten las ayudas estatales, de los wayuús que pasan de cambiar su manera de vivir, de los turistas que nos alegra ver niños morenitos dando saltos, o bien de las autoridades locales que deberían de hablar con las autoridades wayuus para multar éstos peajes. La cosa es que es un problema que yo no sé por dónde cogerlo…

A lo que vamos, que ésta gente dueña de todas las tierras (y los pequeños hostales de hamacas en los que hemos dormido) , no se juntan demasiado por tercos y porque  además el colombiano de las regiones es muy racista y no le hace mucha gracia juntarse con colombianos de otros colores y estratos…

La noche de mi cumpleaños ya en España (la previa en Colombia) , tras salir del chorro de agua que simulaba ser ducha y vestirme para ir a cenar arroz con algo, escuché cómo Adela y Borja, unos españoles majísimos con los que coincidimos allí, estaban interactuando con los locales. Dejé al pobre Pablo moribundo que se duchara y me acerqué al jolgorio dando saltitos pensando que en España ya era mi cumpleaños…  ( En este punto del relato debo contar que Pablo pasó todo el puente malo de la tripa, y hemos aprendido no hay cosa peor en el mundo mundial que irse a un desierto SIN ÁRBOLES con cagalera…)

Adela y Borja, estaban en la puerta de lo que parecía ser un quiosco, una de las pocas edificaciones de ladrillo del lugar y compartían con los locales la bebida nacional y punto de unión de los colombianos: Unas cervezas.

Atraída por las risas me junté a ellos y a pesar de odiar la cerveza, creí que lo mejor para ser una más y para socializar con los guías y wayúus de área era pedirme una para mi.

Comenzamos con las conversaciones típicas, pero poco a poco empezó a animarse la cosa y apareció el “chirrinchi”.

El Chirrinchi es el agua ardiente casero hecho con agua y panela que pega como si no hubiera un mañana y que los wayúus beben como si fuera agüita de la fuente.

Nuestro guía, Siro, que el pobre le tenía frito a tanta pregunta durante todo el trayecto, me recordó que le había dicho en mitad del camino cuando pasamos por los cementerios wayúus que tenía que probar la bebida que se tomaba en los velatorios y ahí , en ese momento, cuando me acercaba la botella de plástico para servirme un chupito, en ese momento comenzó la fiesta de cumpleaños más exótica de mi vida.

Ese chupito significó romper la barrera entre turistas e indígenas, entre blancos y morenitos, entre wayúus y españoles, entre desérticos y asfálticos. Ese chupito no sólo rompió nuestras diferencias, sino que abrió una caja de risas e historias surrealistas entre los guías y  miles de turistas que habían llegado hasta allí.

La fiesta la controlaba Emilio, el hermano de la dueña del hostal, que gracias sus 180 kilos de peso, sentado en el poyete del kiosco, bebía chirrinchi como si no hubiera mañana.

Nos contó todas sus ideas para atraer turistas y las mentiras que le contó al Departamento para que le dieran la plata para hacer los tours, nos contó que las dunas a las que todos los turistas admiramos las había hecho él a base de carretilla y troncos, que había hecho hacer pis en el depósito de agua a cinco alemanas un día que se había quedado varado y que gracias a eso no solo consiguieron salir de las dunas a cincuenta grados al sol sino que desde entonces su carro era el más rápido de la región. Nos explicó que tenía un chinchorro mágico (una hamaca mágica) que todo hombre que llevaba a una mujer allí, salía “habiéndola preñado”.

En una de éstas, no sé cómo ni porqué (sabéis que lo canto a los cuatro vientos siempre así que intuiréis que debí decírselo yo) se enteró de que era mi cumpleaños, así que empezó a brindar por los treinta y uno y los cinco hijos que tendría, porque es la función de cada mujer,  con el pobre Pablo, que a mi lado, veía como todos íbamos entonándonos todos y él no podía ni oler el aroma de aquel licor.

Cuando la fiesta ya estaba bastante animada, las mujeres, nos llamaron a cenar y mientras, los guías, siguieron bebiendo y bebiendo, lo que nos permitió nivelar el grado de alcoholismo que   sufríamos todos los presentes.

Al terminar la comida, sin saber si volver o no al lugar de los wayúus por no romper las normas de la comunidad,  sin venir a cuento, uno de los hijos de Don Emilio, apareció con un mini pastel sacado de la nada con una vela de iglesia encendida, y detrás de él, cuatro de los diez  guías borrachos le acompañaban entonando el “Que los cumplas feliz”.

No sé si se lo hacen a todos los turistas, el caso es que yo me sentí tan feliz y agradecida, que en vez de comérmelo, decidí romper el hielo de nuevo y llevarles a los hombres wayúu el pastel para que lo disfrutaran ellos, y en medio del subidón, le compré al hombre del pseudo kiosco tres botellas de pirrinchi para bebernos entre todos.

Ahí empezaron a llegar turistas, más hombres de la comunidad y otros habitantes de en medio de la nada y ahí mismo, entorno al señor Emilio, siguieron las risas, las anécdotas y el hermanamiento.

De subidón, me pillé una de las botellas y se las llevé a las señoras, que en la cocina (que no era más que una fogata con una estructura metálica a unos 20 metros de nosotros) asaban peces frescos, mientras otras de cuclillas fregaban en grandes tinas y hablaban wayúu, mientras picaban de los restos de los platos amontonados que habían dejado los gringos.

Otro mundo…. Tímidas, desconfiadas pero también agradecidas por la invitación y sin apenas mirarme a los ojos, bebieron uno o dos chupitos de su local manjar, mientras yo les contaba, para que no se sintieran demasiado “invadidas”, que en mi país, a diferencia de los colombianos, lo del cumpleaños son los que invitan y como ellas habían cocinado para mí, sentía que debía invitarlas a beber.

Me fui rápido, sentí que estaba fuera de lugar, que preferían su anonimato de no mezclarse con los demás y dejándoles una de las botellas para ellas, me despedí educadamente y volviendo a la fiesta de los hombres y turistas, sabiendo que nada podía pasar, puesto que el único sobrio a  100 km a la redonda, era Pablo.

No sé cómo acabó la noche, me desperté feliz, sin resaca, muy abrazadita a Pablo, a pesar del calor infernal del desierto colombiano.

El caso es que el 20 de marzo, cuando volvíamos con nuestro conductor que no parecía que hubiera bebido en su vida, todos los 4x4 que nos cruzábamos Guajira adelante,  se paraban a saludar a la “cumplimentada” que feliz devolvía los saludos, ignorando aun las grandes sorpresas que le depararía ése señalado día…

lunes, 6 de marzo de 2017

Las dos caras de Cartagena de Indias

Fin de semana de contrastes.
Si por algo se define Colombia es por la variedad de Colombias que alberga en su territorio.

Me río yo con las Españas y las diferencias culturales de las múltiples regiones  que nosotros decimos que tiene nuestro propio Reino, al lado de las miles de Colombias que tiene éste país.

Colombia además de las diferencias entre las regiones propias de un país tres veces más grande que España atravesado por tres abruptas cordilleras y sin ferrocarril, tiene el aliciente de la diferencia de estratos sociales que animada por el sistema en sí, se mantiene y respeta en cada una de las actividades del día a día de los lugareños.

El interior, donde se encuentra Bogotá es habitado por colombianos desconfiados, trabajadores, amantes de sus tierras y gracias a la altura del “altiplano” ajenos a problemas de sequías y desabastecimientos.

Sin embargo, la costa, donde se encuentran las famosas ciudades de Barranquilla, Santa Marta y por supuesto la Heroica Cartagena de Indias, son ciudades acosadas por los fenómenos meteorológicos (primero el niño y luego la niña o al revés, no me acuerdo) y a consecuencia de eso,  las desigualdades sociales se ven aún más agravadas.

De las tres, por el turismo y la belleza de las islas del Rosario, Cartagena de Indias es la que para mi representa más claramente la crudeza de las dos colombias, o las seis si se mira por estratos: la Colombia riquèrrima y la colombia paupérrima.

Creo que he visitado la ciudad seis veces y cuanto más voy más me doy cuenta de la gran brecha entre unos y otros .  Es verdaderamente injusto y duro, y lo más feo de todo, es que los pobres viven de los ricos y los ricos viven de los pobres, sin darse cuenta del circulo vicioso en el que están que sobrevive año tras año creando áreas inviolables que permiten la extraña convivencia de unos y otros.

Por eso cuando alguien me dice que quiere venir a conocer Cartagena o alguien me cuenta que sólo conoce esa ciudad de Colombia pienso que como el 99% de los turistas no saldrá o habrá salido de las áreas de confort de los ricos, que disfrutará con las señoras vestidas de mil colores cortando fruta por las calles , como si fuera muy normal vestir así y servir a la gente que pasa,  y con tristeza y algo de superioridad pienso… “ Tu lo que pasa, es no conoces Colombia”.
Éste fin de semana, aprovechando que podía acreditarnos a Pablo y a mí al festival de cine más antiguo de èste lado del charco, nos hemos ido para allá, para la Cartagena Rica.

Ha sido un fin de semana de pseudotrabajo en el que nos vimos traduciendo una entrevista de Denis Lavant del francés al Colombiano, paseando cogidos de la mano por una alfombra roja en los premios más importantes de la Televisión Colombiana y de paso hemos visto pelis de cultureta de esas que a veces sales feliz y otras con la sensación de no haber entendido nada.

Hemos disfrutado de cada rato, siendo equipo y descansando, hablando mucho, paseando poco y dormido mucho menos, pero nos ha venido a los dos genial. Ayer en el avión sentaditos en nuestros asientos, mientras volvíamos a la zona de “parqueo” porque el personal de tierra había calculado mal los pasajeros y había una persona de más en el avión y esperábamos a que viniera la autoridad aeroportuaria para echarla de la aeronave (porque éstas cosas pasan en Colombia y te cuestionas el control que tienen en éste país en los aviones) nos decíamos y reiterábamos lo genial que había ido el fin de semana.

Pues bien, Pablo voló el viernes por la noche, pero yo, que tenía que trabajar en una cosa para la Internacional Socialista que se celebraba éste fin de semana y además hablar con unos cámaras de allí, volé el viernes por la mañana y esperé a que él llegara haciendo mil cosas.

Mis asuntos terminaron a las 5 y como no sabía qué hacer, aprovechando que EFE le había pedido al fotógrafo que fuera a cubrir unos combates de boxeo de las Series Mundiales, me uní a su plan si pensarlo, con el fin de podéroslo contar y vivir una nueva colombianada.

En la costa el baseball y el boxeo son los deportes estrella. Y en Cartagena, gracias al Kid Pambelé, el primer Colombiano que ganó el título mundial de boxeo allá por el 72, que era Palenque, un pueblo muy cerquita de la ciudad heroica, a quien más quien menos le pirra un deporte que a mí siempre me ha dado miedo y me recuerda a eurosport en la tele de mi abuelo.

Cuando pedí el taxi en el hotel (situado en el microcosmos pijo) dirección el Coliseo Bernardo Caraballo , el de recepción puso los ojos como platos, y no me dejó montarme en el carro hasta que él comprobara que el taxista era de fiar. Me negoció el precio como si fuera una gringa tonta y anotó en un papelito la placa TES645. Mientras el taxi arrancaba, aun sin cerrar la puerta, aprovechó para darme la tarjeta del hotel “por si tenía cualquier problema” que èl estaría atento.

El Coliseo Bernardo Caraballo estaba en la otra Cartagena, en la Cartagena negra, de calles sin asfaltar, de cuerpo flaquito y manos coartadas por la dureza del trabajo en el mar, la Cartagena de la gente natural y nada estirada, la Cartagena autóctona que no sabe inglés ni tiene ganas de saberlo.

Al llegar cientos de hombres, de todas las edades se iban sentando en las gradas de un polideportivo nada que envidiar al de Navarmado (el de mi pueblo) con sus gradas de cemento, sus luces amarillitas y sus canastas de metal. Pero en el centro, como si de los “Estates” se tratara, un rin impoluto con sus chicas guapísimas sentadas en un ladito esperando a llevar el número del round a combatir, sus jueces blanquitos de vaya usted a saber dónde y “personalidades” esperaban a que llegaran los diez luchadores de la noche.

Era la única mujer extranjera, tal vez la única mujer sin marido de todo el recinto y la única sin duda que no llevaba una lata de cerveza en la mano.

Las series mundiales enfrentaban a Cuba con el equipo Nacional, en cinco categorías y el público hacía notar que los puntos eran muy necesarios para poder llegar a la siguiente fase.

Me pedí unas palomitas y un agua , a 50 centimos de euro ( 1500 pesos) y comencé a disfrutar de la función. Al salir los cinco de Colombia, vestidos con sus batines de raso y su botas profesionales a saludar,  el público enloqueció y no cesaron los gritos al menos hasta que yo abandoné el recinto tres horas más tarde.

Confieso que al rin miré bastante poco, porque el espectáculo real eran las gradas….
 Ver a viejos y jóvenes gritando disfrutando de esa manera tan caribeña, juntos, sin ningún tipo de miramiento a nada, gesticulando, saltando como poseídos,  viejitos y niños de la mano simulando puñetazos al aire, gritando cada vez que veían algún buen golpe… me hacía sentirme la protagonista de cualquier documental.

Delante de mi un señor muy mayor, acompañado por su hijo de unos cincuenta y su nieto de mi edad, intentaba controlar el tembleque de sus manos (propio de un parquinson avanzado) y se apoyaba en su hijo cada vez que la ocasión merecía un fuerte aplauso de pie. El hombre seguía con los ojos muy abiertos cada momento y a pesar de no pronunciar palabra, decía con su sonrisa lo encantado que estaba de poder estar allì.

A mi izquierda, el fotógrafo no paraba de disparar flashes y demàs y a mi derecha,  un hombre mayor con sombrero, me iba explicando cada momento y situación consciente de su superioridad en conocimiento y experiencia ante una gringa pálida como yo.

El tío disfrutaba tanto con cada movimiento, que se le trababan las palabras y a penas se le podía entender, se desesperaba,  se llevaba las manos a la cabeza, saltaba, gritaba gesticulando y luego cuando gritaba cualquier improperio, educadamente se sentaba a mi lado y tratándome de señorita me explicaba qué iba pasando.

De repente, sin darme cuenta, vi como en el piso inferior al mío, apareció de la nada un pequeño charquito que poco a poco se hizo algo más grande. Entendí que el entrañable viejito de delante se había hecho pis, y como yo lo debimos entenderlo todos, pero como en las buenas familias, nadie dijo nada y entre unos y otros solucionaron la situación. Un hombre puso un periódico, el hijo del señor unos folletos y sin que nada pasara para no quitarle la ilusión al señor, todos siguieron disfrutando del espectáculo comentándose los golpes los unos a los otros incluyendo al octogenario.

El señor no volvió a levantarse, ni siquiera cuando “Walter de Matanza” dejó acorralado frente a las



cuerdas al “Matador Andy Cruz” en la categorài de peso Walter. Su hijo tampoco se volvió a levantar, se quedaban los dos sentaditos aguantando el chaparrón pegados al frío hormigón y el nieto que no podía parar de lo excitado que estaba le besaba la cabeza con efusividad en cada momento a celebrar.

Me pareció súper tierno y ese momento, me hizo sentirme una más, sin prejuicios de colores, razas o nacionalidades.

Antes de que terminara el último combate, para no tener problemas con el taxi y verme sola en un barrio así, salí del recinto como pude,  no sin antes despedirme con un fuerte apretón de manos de todos mis compañeros de batalla. El señor mayor, quiso levantarse cual caballero para despedirse, todos le frenaron poniéndole la mano en el hombro y yo muy educada, sin importarme pisar el pis ni pasar por delante de su compañero de al lado bajé a su asiento a despedirme como si fuéramos amigos de toda la vida.

En ese momento empezó el quinto round, y ya di igual, me diluí entre la marabunta rumbo al taxi que me llevaría de nuevo a la otra Cartagena donde acababa de aterrizar Pablo y nos esperaba un delicioso ceviche cartagenero, entre fuegos artificiales y carros de caballos, para  enrolarnos en la farándula y el cine de la encantadora e hipócrita ciudad amurallada de Cartagena de Indias.

lunes, 27 de febrero de 2017

El Pavo (Barranquilla 2017)

Querida familia, esta semana en vez de resumen voy a contaros que he organizado por mi cumple un muchosmas.org 
¿Qué es eso? Pues ¿para qué liarse con regalos que tenéis que enviar (porque quedan 20 días para mi cumple) si podemos hacer algo mucho mas guay, mas bonito y más útil como escolarizar a un niño en Guatemala? Me he puesto como reto escolarizar dos años a un niño. Dos años él estudia por mi cumple como los dos años que su Continente me lleva prestando hogar…

Así que no lo dudéis, meteros en el siguiente link y que siga subiendo… 

Bueno, como ya todos sabréis, un año más, el Carnaval, lo hemos pasado en Barranquilla.

Ha sido bastante especial, porque a pesar de la tira de años que llevamos, es la primera vez que Pablo y yo lo pasamos juntos y creo que ha sido inmejorable.
Al igual que hace dos años, hemos tenido el honor de poder desfilar con el Barrio de Abajo y una vez más, ha sido una experiencia completamente única.

Y digo única porque no se ha parecido nada a la anterior y como siempre, Colombia nos ha vuelto a regalar de esas experiencias que solo se ven en los documentales.
Todo empezó el sábado por la mañana, donde tras haber intercambiado unos whatsapps y haber recibido unos disfraces en nuestro hotel, (más o menos decentes por un precio completamente injusto) habíamos quedado frente a la casa del “Pavo” a las 10 de la mañana.

El Pavo, es toda una eminencia en el mundo del carnaval. Es un ex rey Momo (Rey del Carnaval) de unos 50 años bien vividos, organizador de la comparsa del Barrio de Abajo, uno de los barrios más humildes de Barranquilla y amo y señor de su séquito.

Él dirige, coordina la distribución de la bebida, para autobuses y “cuadra precios” para llevar a su barrio entero al desfile sin que le cobre un peso el autobusero, comprueba que la carroza funcione y hasta comprueba que las madres se ocupen de sus hijos y “no tomen” si hay niños pequeños…

El Pavo lo controla todo, lo sabe todo y lo dirige todo, pero siempre de “buena onda”, con guasa y al más puro estilo costeño, es decir con una sonrisa.

Por unas cosas o por otras, siguiendo el ritmo del área caribe, nos tocó esperarle a 39 grados a la sombra en la acera de su calle, en la que no había un alma   ni nadie nos diera razón hasta que no llegara su líder.

A eso de la una y cuarto, a punto de desesperar, el Pavo apareció de la nada con su sombrero de paja y su tripa de hombre embarazado, fumando de medio lado y conduciendo su “motico” como un loco sorteando los miles de baches tan típicos de barrios como el que él domina.

Aparcó en la acera de enfrente, al sol, cogió su cigarro, desmontó de su caballo de baja cilindrada y mientras saludaba a “La Pava” con la mano se dirigió a nosotros desde el otro lado a gritos soltando “Son ustedes los que vienen a gosarla ¿no?” Y ahí comenzó todo.

De las casas aledañas empezaron a salir disfrazados de marimondas niños, mujeres, adolescentes, viejos borrachos, un caballo de mentira, un hombre con una bicicleta vieja, un carro de la compra lleno de botellas de alcohol (también disfrazado) y acto seguido cuando el bullicio y el nerviosísimo reinaba en cada rincón, como si de una obra ensayada se tratara, un autobús viejo y oxidado paró frente a la casa del Pavo y todos se subieron al mismo dejando a las señoras más viejas y a los bebés pasar primero y disfrutar del calor asfixiante de un autobús sin aire acondicionado al sol pero sentados.

En diez minutos, los 25 españoles que estábamos ahí teníamos nuestras caretas hechas a mano por algún súbdito del Pavo y estábamos preparados para salir.





El Pavo paró otro autobús que pasaba por la calle sin tener nada que ver con él y tras conversar unos minutos con el conductor nos pidió que nos subiéramos rápido que nos llevaba  al desfile y gratis.

Y allí que nos subimos todos, rumbo al carnaval.

Éste año, a diferencia del anterior, no hicimos el recorrido oficial, sino que hicimos el “Popular”.

Resulta que el Pavo, tras enfadarse con la organización porque le dio el último puesto en la cola del desfile oficial, tras años y años de participación histórica, años de sacrificio y diversión… Decidió que él y su gente no tolerarían tan tremenda deshonra y se fueron a desfilar al Carnaval Popular dejando al Oficial lleno de pijos y alta sociedad en los palcos sin ser honrados con su presencia.

El carnaval popular es el del barranquillero humilde, el que no hay que pagar por tener una silla a la sombra, el que las señoras te dejan hacer pis en sus casas a cambio de una ayudita mientras pasas por sus portales bailando. El carnaval popular no tiene reglas, ni tiempos ni organizadores nerviosos que te piden no dejar huecos entre carrozas, porque no hay carrozas sino coches tuneados. 

No hay joyas sino plásticos de todos los colores y brillos, no hay clases, ni distinción de razas ni orden ni problemas de ir bebiendo mientras se desfila, sino que los cerveceros y guareros (los que venden alcohol de manera “informal” en las calles) bailan contigo mientras hacen negocios y ofrecen cualquier cosa para animar la fiesta.

Lo que seguro no hay en éste carnaval y posiblemente muchos de los que disfrutan de ésta fiesta no han hecho en su vida, es interactuar con gringos ni con ningún otro extranjero.

Y claro, este dato tan curioso que nos afectaba directamente,  exige  que en el Carnaval Popular,  no puedes entrar ni permanecer, sino estás a pocos metros de alguien tan influyente como Pavo.

Nada más bajar del autobús nos percatamos del choque cultural por parte de los lugareños,  pero poco a poco, a medida que nos íbamos adentrando en la marabunta de sudorosos costeños nos dábamos cuenta de que éramos los únicos extranjeros en kilómetros a la redonda y eso también nos empezó a chocar a nosotros mismos.

Cómo no, tuvimos que esperar de nuevo una hora o así a que todo se pusiera a funcionar. (el ritmo caribeño es desesperante...)

Y poco a poco el alcohol y el calor empezaron a hacer efecto en negros y blanquitos…

Así que rompimos el hielo unos y otros, al principio con timidez y más tarde con descaro, empezamos a bailar e interactuar con todos nuestros “vecinos” al más puro estilo barranquillero.

Compartimos comida, bebida, bailes… Empezamos a hablar de nuestras vidas, a bailar con los niños, con los adolescentes, las mujeres y hasta con los viejitos arrugados que se aferraban a cualquier botella que pasaba por sus manos.

En una de éstas, entre el bullicio, encontré a un chico alto, grandote y de tez blanca muy muy blanca. Estaba rodeado de cuatro chicas pequeñitas y risueñas que le miraban con admiración, y le decían con voz melosa…” a ver señor ¿Háblanos en español?”, el chico encantado se reía y hablaba de cualquier cosa.

Cuando me acerqué para mirar más de cerca me di cuenta de que el chico blanquito rodeado de despampanantes negras adolescentes, era Pablo, que encantado se reía no solo con ellas, sino con un señor que le hablaba de no se qué cosa del Madrid…

Le dejé a su bola y fui engullida sin darme cuenta por los ojos de una niña de cinco o seis años que bailaba a ritmo de champeta delante de su madre y hermano que estaban sentados en una acera.

Su mamá de pómulos marcados y pestañas infinitas, que no superaría los veinte años, le daba de comer a su bebé gusanitos de color naranja fosforito mientras su  niña no paraba de contonear las caderas mejor aun que Shakira en su último videoclip.

Me senté a su lado y le pregunté a la chica cómo se llamaba su bebé y en tono tímido y casi sin atreverse a mirarme, me dijo que se llamaba Santiago.

A mi se me iluminó la cara,  le conté que yo tenía un sobrino que también se llamaba Santiago y que mi hermana tenía otra niña que le encantaba bailar como a su hija.

Mientras le contaba lo agobiada que estaba mi hermana con los niños, a la chica le saltaba la sonrisa sabiendo que en algún lugar lejano, alguien más blanquita y exótica, sufría con un Santiago y una niña bailonga como ella.

Su niña que al escuchar mi acento se acercó con los ojos muy abiertos, me preguntó cómo era mi sobrina y le hablé de su pelo rubio y de su piel tan blanquita tan blanquita que tenía que echarse crema aunque no le diera el sol y entre risas descaradas  y con tono de superioridad con las manos en su cintura, mientras movía el cuello como sólo las negras saben acerlo, se atrevió a decirme 
“ Es que mami, yo soy negra como mi papito”.

A los pocos minutos el Pavo tocó un silbato y todos poco a poco empezamos a marchar en cuatro filas intentando seguir el ritmo de los bailes organizados y exagerados de nuestra comparsa.

La orquesta champetera empezó a sonar, los gritos, los silbatos y el público enloqueció y durante las siguientes cuatro horas, bajo el sol de justicia barranquillero, seguimos la música y el flow negro ofreciendo la mejor de nosotros mismos a cada persona que nos pedía una foto o  que nos preguntaba si éramos gringos.

Recibíamos abrazos de señoras gordas cuando les dábamos las gracias por dejarnos formar parte del “mejor carnaval del mundo” (Que todos sabemos que es una mentira piadosa porque el mejor es el de Ourense).

A las siete de la tarde, sin sentir los pies, los brazos y hasta el alma, llegamos al final del recorrido, donde dejaba de haber asfalto y cemento dando paso a uralita y tierra amarilla.

Frente a un campo de fútbol de tierra y porterías de madera, una calle de chavolas ofrecía sombra y “chuzos” (pinchos morunos) en cada puerta.

Derrotados, nos sentamos en lo que pareció ser una acera en otro tiempo.

 El Pavo, muy de cerca sentado en una silla a la sombra, nos vigilaba con la mirada y mandaba a adolescentes a custodiarnos cuando veía a alguien que no le gustaba demasiado a nuestro alrededor, mientras bebía y tocaba las maracas con sus colegas.

Un adolescente empezó a intimidar a un señor muy mayor al otro lado de la calle y empezó a armarse revuelo.

El Pavo saltó de su asiento y agarró a ambos hombres por la camisa. Todos le hiceron corrillo.

Sin saber cómo ni porqué, les arrastró hasta el campo de fútbol mientras jóvenes y mujeres, seguían al líder con los dos hombres arranstrados de su camisa, a una distancia prudencial y nosotros alucinados, pegados al suelo sin saber que hacer, veíamos como la marabunta se alejaba detrás de nosotros con un orden y respeto sorprendente.

“Péguense, mátense si es tan importante es joder la fiesta” gritó el Pavo mientras les empujaba al centro del campo.

Los dos hombres, como dos perritos arrepentidos, mirando para abajo y sin saber donde meterse,  se quedaron mansos y avergonzados uno frente al otro.

El jovencito, le tendió la mano al viejo que dudando un segundo, hizo lo propio mientras intercambiaban susurros o gruñidos…
Sonó una trompeta y de nuevo volvió la fiesta y la diversión.

Más tarde, el Pavo le explicó a un amigo que habían quedado para pegarse más tarde en casa y que era importante, que el viejo marcara respeto a los jóvenes porque era esencial para la comunidad saber quien mandaba.

A mí me pareció de lo más “manada de lobos”, pero ¿Cómo me voy a poner a juzgar a gente que sin importarles nada, ni quiénes éramos, ni de qué estrato veníamos y sin saber nada de nosotros nos abrieron sus casas, sus tradiciones y sus botellas?