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martes, 23 de enero de 2018

Caldo Gallego a la Bogotana

Queridos amigos de cuchara y servilleta atada al cuello para evitar lamparones en tripas y pechámenes.

Hoy, os contaré cómo hacer un caldo gallego al más puro estilo bogotano, combinando la tradición de la cocina gallega, que corre por mis venas,  con la vida moderna en la que nos hallamos en éste 2018.

Antes de empezar, reconocer, que ha sido mi primera vez y que como todas las primeras veces, estaba verdaderamente expectante ante el sabor del preparado,  puesto que no era una primera vez sin más…

Ésta primera vez, era una prueba vital, un antes y un después para cualquier gallega que se precie y que ve cuestionado por medio mundo, su lugar de procedencia y raíces celtas.

Ha sido, después de darme cuenta que mi amor por el Carnaval tenía su explicación por algo heredado el día que mi madre me parió en el Hospital Universitario Infanta Elena de la capital ourensana , una evidencia más de que si, lo llevo además de en mis apellidos, en el ADN.

Está mal que yo lo diga, pero señores, con éste caldo… he triunfado de verdad.

Pero no os preocupéis, todos aquellos lectores que queréis aventuraros a hacer una receta de caldo gallego a la bogotana, a pesar de no ser sencillo y no tener la suerte de llevarlo en el ADN, si seguís las instrucciones al pie de la letra, tal vez pueda quedar la mitad de bueno que me quedó a mi. (jajaja)

Los ingredientes necesarios para hacer ésta receta son:
  • Medio kilo de pesadez pidiéndole a los Reyes un kit de Caldo Gallego para traer al otro lado del mundo.
  • Cuarto y mitad de conexión a internet en una Tablet (da igual si es Ipad o Sistema Android) . Es importante que la Tablet tenga una carcasa o sistema para que se aguante sola delante de los fuegos pero que no dificulte el manejo de la misma mientras estás en el “trono”  para poder observar con detenimiento la pantalla.
  • 400 gramos de aplicación de Youtube para Tablet.
  • 200 gramos de Smartphone con whatsapp (yo lo hice con Android, pero para los pijos de Apple creo que también sirve)
  • Un ramillete de grupo familiar de whatsapp en el que se hable desde tíos buenazos imitando a Reyes Magos hasta soluciones básicas para quitar piojos o bien paquetes que llegan a Barcelona o enfermedades degenerativas.
  • Una gran cantidad de abuelo y abuela incondicionales y excelentes (de esos que una no se merece) , que además estén pendientes de whattsap,  sean capaces de coger videollamadas aun de camino al Castillo de San Felipe en el coche.
  • 50 kg de prima maravillosa que le pida a los Reyes, atendiendo a tu carta y con una dedicación y entrega que sólo ella puede poner; un kit de Caldo Gallego al vacío con todo lo necesario para poder viajar y cruzarte el Atlántico sin que los chorizos frescos huelan ni una pizquita. (Éste ingrediente es bastante caro, pero merece la pena tenerlo)
  • 6 amigos intrépidos que quieran probar tu invento.
  • Una pizquita de suerte para que Migración Colombia no te pare metiendo productos cárnicos frescos en el país
  • Y por supuesto, todos los elementos e ingredientes básicos de un caldo gallego típico que podeis encontrarlos en cualquier lista de internet con facilidad.
  • Como ingrediente opcional, yo le puse al terminar una o dos menciones en Instagram y Facebook, pero ya os digo, esto es el típico toque de Chef, como el perejil de Arguiñano.
Tiempo de preparación:  Una semana (en el fuego 3 horas debido a la altura de Bogotá).

Modo de preparación:
Comenzaremos dando la tabarra en diferentes grupos de familiares de Whatsapp  unos seis días antes de la fecha prevista, pidiendo trucos, consejos y realizando preguntas que aunque intuyas la respuesta, es mejor hacer para evitar sustos de última hora.

Cuando veas que el tema empieza a enfriarse en el grupo, repite insistentemente las preguntas, acaparando las conversaciones y cortando cualquier tema interesante que pueda eclipsar al tema del caldo.

Tres días antes, mete en el horno algún que otro vídeo de Youtube en el que expliquen cómo hacer caldo gallego, evitando acentos madrileños y andaluces y centrándote en vídeos mal editados de señoras gallegas con encimeras de granito horrible, perolas grandes (de cocinar, el pecho es algo indiferente)  y untos lo más amarillentos posible.

En el segundo día de ver vídeos, a 24 horas de la gran cita, te darás cuenta de que no hay receta igual, entonces, deberás meter a remojo tus dudas enfocadas a personas referentes en la cocina ; Tu abuela Pacucha, tu tía Ana, tu tía Fernanda y tu madre ( has ido descartando en los días previos en tus conversaciones de whatsapps a Blancas, Beatrices, Susanitas…) .

Pon a freír a fuego muuuy lento, durante la víspera, tus nervios y pesadillas de hacer de esos caldos que por un lado va el agua, por el otro lado las habas y por otro los grelos. De paso, antes de desayunar el día anterior, chupa el espinazo para saber si es salado o no, sintiendo el rancio de la carne al vacío,  para optar por dejarlo a remojo mientras tu gato se bebe el agüita con sabor a carne cada 2 o 3 horas o bien dejarlo en la nevera un día más.

Antes de dormir, es muy importante que comentes tus miedos en el grupo de tus comensales para evitar falsas esperanzas y organices quien trae el vino, el pan y el embutido por si no sale como esperabas.

Madruga ese mismo día como si fueras a trabajar y entra en colapso por no saber cómo empezar así como a las 9 de la mañana mientras te terminas tu última galleta de chocolate de príncipe de bequelar que viajó junto con tus patatas gallegas de bolsa de cartón.

El siguiente paso a seguir,  es clave en la elaboración de la receta, pues en éste instante, los ingredientes se convertirán en utensilios para galleguizar la capital del virreinato de Nueva Granada.

Pongan atención por favor.

Con mucho amor y cuidado, acude a tu agenda de whatpp, filtra “abuelito” y realiza una videollamada a tu abuelo,  calculando meticulosamente que coincida con la hora de su siesta habitual,  para que se levante de su letargo de jubilado y siente a lado de tu abuela que con entrega y dedicación,  desde ése preciso momento, se convertirá en tu guía no solamente culinaria sino tu guía espiritual, vital y de reencarnaciòn en otra vida si fuera necesario por sus conocimientos de cocina tradicional galaicoportuguesa.

A partir de ahora, lo único que tienes que hacer es seguir sus instrucciones e ir haciéndote fotos y videos en cada paso enviándoselos cada media hora, alternando con llamadas de whatsapp cada hora viendo como tus abuelos pasan la tarde en la finca comprobando que todo está en orden y la marea no sube demasiado,  sin dejar de dar consejos útiles sobre lo que será tu prueba de fuego en los hornos de tu experiencia de la tierra de Breogán.

Cuando creas que la cosa va cogiendo forma, sube algo a Instagram (esto ya es el toque del Chef) y si te ves fuerte, sin quemarte, pruébalo.

Si te quemas no pasa nada, inténtalo de nuevo soplando un poquito, pero como las papilas gustativas se te habrán atrofiado por la abrasión, no sabrás si el sabor es bueno o malo.

Posiblemente una Patiño te dirá, que en éste punto, en el de las papilas abrasadas, deberás echar un poquito más unto. Una Cubeiro sin embargo te dirà lo contrario, dirá que mejor flojito.
Foto subida a Instagram con el resultado de la receta.

Yo te recomiendo que hagas lo que te salga de los mismísimos.

Cuando creas que ya está en su punto, déjalo aun media hora más en el fuego mientras te quitas el pijama de Pablo lleno de lamparones y te vas a la ducha.

Recalienta a fuego lento una vez más durante 20 minutos y servir.

Por último, haz un vídeo de agradecimiento con todos tus comensales a los personajes principales (Mi prima Anita y mis abuelos) en los que cada uno exprese su satisfacción por probar un plato tan de la tierra a 7.500 km de distancia.

A las dos horas, con la carne que ha sobrado, yo recomiendo hacer un concurso de croquetas con leche sin lactosa para amenizar la tarde y terminarla todos juntos, en casa de otro preferiblemente para que no huela a frito tu cocina, comiendo croquetas de carne rica made in regalo de Reyes.



martes, 10 de mayo de 2016

Reyes de Playa Cinto.

El día que dejé a Pablo en el aeropuerto, como era fin de semana y era puente… Me fui de nuevo a Santa Marta, no quería quedarme solita en casa y menos si había un día más de descanso.

Mis amigos de siempre (Moni, Diana, Jonan, Jorge…) estaban en Santo Domingo, con una oferta de Avianca, así que me fui con Haizea y Lucía (Vasca y Alicantina muy sipáticas) a plan “vuelta y vuelta” para descansar y ponernos morenas.

Lucía, que lleva dos años en Colombia, nos dijo que teníamos que ir a Playa “Cinto”, que le habían dicho que era muy bonita rollo caribe.
Así que Haizea y yo no lo dudamos y el segundo día de estar allí, madrugamos, compramos pan bimbo, agua y jamón york,  cogimos un taxi para que nos llevara a Taganga y una vez allí regateamos con la coopertativa de “lancheros” para que uno de ellos nos llevara y  pasara todo el día con nosotras en Cinto.

Cinto, es una playa que no entra en la cabeza del colombiano medio… 
El colombiano de a pie va a la playa con toda la familia, la familia del vecino y la familia del vecino de más allá.
Se bañan con camiseta de tirantes, se bebe cientos de cervezas, se ríe y habla a gritos, se lleva un transistor con reguetón para animar el ambiente, lo de limpiar su basura… no lo lleva muy bien, y se hace selfies tooodo el rato a lo Ana Obregón en su presentación de verano.

Así que cuando llegamos a Taganga, nos costó bastante convencer al lanchero de que sólo queríamos ir a Playa Cinto… Sin parar a comer en los chiringuitos de Taganga, ni los de Playa Cristal ni ninguna otra, solo queríamos playa Cinto a no ver a nadie...

Al ver que iba a aburrirse como una ostra, ya que aún eran las 09.00 de la mañana y prometíamos día entero de playa desierta,  el lanchero montó a su mujer (una negra guapísima con cara de niña) y su hijo David en nuestra lancha y arrancó para paya Cinto...

David tendría como diez años, y ayudaba a su padre a tirar el ancla, levantarla, y avisarle si había rocas cuando íbamos muy rápido en la lancha para no chocarnos con ellas. El tío aguantaba el equilibrio en la barca como si tuviera ventosas en los pies y se movía de un lado dando brincos como en el salón de su casa.

Las lanchas de la costa caribe colombiana, van con gasoil venezolano, que es de contrabando y por lo tanto es más barato, y según ellos es más “explosivo”.

Así que nuestra “Niña Paula” (así se llamaba el barco) iba enchufada con ésta gasolina.  Rapidísimo volando sobre las olas dando unos botes enormes con David en la proa, su padre en la popa llevando el motor y nosotras agarradas a los asientos con los chalecos salvavidas puesto, las uñas de los pies intentando agarrarse al suelo y los ojos muy abiertos de la velocidad…

Boing, (ola) boing (ola) , boing (ola), a veces volábamos tanto que el motor se paraba en el aire porque no tocábamos el agua… fuimos rapidísimo… y a nuestro lado, de vez en cuando, como echando carreras a “La Niña Paula” saltaban peces voladores azules y amarillos acompañándonos en nuestros saltos de ola en ola… ¡Era precioso!

El caso, es que a los 40 minutos de botes, llegamos a playa Cinto…

Playa Cinto es tal y como os la imagináis… Un kilómetro de golfo de arena blanca con palmeras, algún manglar que otro, vegetación verde adentrándose en el mar calmado y cristalino en algunas zonas y el más absoluto silencio…
La playa era única y exclusivamente para nosotras, el lanchero, su hijo y su mujer.

Ellos se quedaron en una esquinita, a la sombra de un arbolito en el que ataron a “La Niña Paula” y nosotras a 100 metros de ellos debajo de un árbol donde dejamos nuestros sanwiches enganchaditos en una rama alta para evitar que se los comieran las hormigas, nos quitamos la ropa y nos fuimos al agua directas con las gafas de bucear para ver los corales, las mantas rallas y los pececitos…

Cuando llevábamos 3 minutos en el agua, de repente Lucía sacó la cabeza del agua y señalando a la playa gritó, ¡Mirar no estamos solas!

De los árboles aparecieron dos animalillos a cuatro patas andando ligeros y divertidos hacia nuestras cosas. 

Eran un perro negro delgadito de esos que mueven el rabo y se les mueve todo el culete y ¿A qué no sabéis qué? ¡Un cerdo-jabalí rarísimo!

Los dos iban juntos, eran claramente muy amigos, de vez en cuando se mordían las patas, salían corriendo uno detrás de otro, se rebozaban en la arena, excavaban en la arena para refrescarse, saltaban (bueno, saltaba el perro, porque el cerdito tenía las patas cortas y era gordote y no podía) … pero todo eso acercándose hacia nosotras… ¡Eran los reyes de Cinto y venían a saludarnos!

Increíble, en el medio de la nada, en una playa donde para llegar debes caminar horas y horas o bien ir en lancha, un perro y un jabalí, venían a saludarnos como si fuéramos sus invitadas…

Al ver que no salíamos del agua a saludar, el perro y el jabalí se fueron a saludar al lanchero y su familia. A David (el hijo del lanchero) se le iluminaron los ojos cuando vio que el perro le daba saltitos para jugar ¡En la playa desierta había encontrado un amigo! y se puso a correr con el perro de un lado a otro sin hacer demasiado caso al jabalí…

Así que el jabalí aburrido, al ver que su compañero estaba con el niño, se fue andando hacia nuestras toallas… y claro, nosotras tuvimos que salir a saludar.

El jabalí, sorprendentemente, en vez de huir al vernos como locas saliendo a por los móviles para hacerle una foto, vino a saludarnos y nos pidió que le acariciáramos juntándonos el lomo con unos pelos gordotes a nuestras piernas… 

El tío claramente sabía lo que eran los humanos y sabía que a las turistas nos iba a hacer mucha gracia tenerle cerca.

Fue en ese momento, mirando hacia la selva frondosa, con un cerdo tumbado al lado de mi toalla plácidamente pidiendo mimitos, cuando me di cuenta, que tal vez, muy cerca o muy lejos, habría una tribu de indios Koguis viviendo entre las palmeras, árboles y lianas que cerraban  a nosotras desde la playa no nos dejaban ver las montañas del Parque Nacional de Santa Marta… y el perro y el jabalí eran sus mascotas... 

A lo mejor, habría algún indio alucinando mirándonos entre los arboles sin que nosotras lo supiéramos, el caso es que el perro y el jabalí, dejando el anonimato de sus dueños a un lado, estaban encantados con la visita de unas turistas , un lanchero y su familia.

A los diez minutos de hacerles fotos y demás, el perro y el jabalí ya no eran novedad, así que nos tiramos en la toalla y al estar tan cansadas de tanto “bote en el bote” nos quedamos dormidas en el sol y sombra de una palmera…

No se cuánto tiempo pasó mientras dormíamos, quizás media hora, quizás más… el caso es que de repente, entre sueños, escuché ruidos de cerdo (como oing oing) mezclado con ruidos de plástico y me desperté…

Miré el hueco enorme que el cerdito había hecho delante de las toallas para dormir la siesta y allí no estaba el cerdito… Así que miré para detrás, hacia el árbol donde habíamos colgado nuestra mochila y nuestra bolsa de la comida y….

Allí estaba él, con la bolsa de la comida destrozada degustando un fabuloso pan bimbo con plástico en el que sale James Rodriguez patrocinando el producto encantado…

Me levanté de un brinco, corrí hacia él para asustarle y alejarle de nuestra comida pero ni se inmutó, le empujé por detrás, le di un chanclazo flojito, intenté tirar de lo poco que quedaba del jamón york… pero el tío estaba encantado… 

Comiéndose toda la comida que habíamos llevado para pasar el día en la playa en la que no había nada más que arena, palmeras y mar.

Haizea , con los ruidos se despertó y empezó a gritar, ¡El cerdo! ¡Quítaselo! ¡Que nos está dejando sin comida! eso debió de molestarle más al ladrón del jabalí y al escuchar el agudo de la voz de mi amiga, se alejó de nosotras hacia la frondosa selva con el plástico de cuadritos blancos y azules lleno de rebanadas destrozadas entre los colmillos…

El tío solo nos dejó dos manzanas, dos manzanas intactas, para comer durante todo el día.

Dos manzanas para tres… Y mucho agua, eso si…

A las 13.30, empezó a entrarnos el hambre, y a las 14.30, muy a nuestro pesar, mientras nuestras tripas sonaban y retumbaban confundiéndose con una tormenta que se acercaba lentamente hacia nosotras, estábamos diciéndole al lanchero que si nos llevaba a Playa Cristal (donde estaba medio Colombia) para comer algo y empezar el camino de vuelta…

A los veinte minutos ya estábamos en  una esquinita de una playa plagada de gente,  a ritmo de reagueton, con un ceviche de camarón (yo no porque estaba malita de la tripa y me dejaron tomarme una de las dos manzanas) , una cerveza Águila en la mano de cada una de mis compañeras,  negándonos a masajes, pulseras y otros enseres que nos ofrecían vendedores ambulantes que sorteaban a niños y señoras haciéndose fotos en la orilla de playa Cristal…


No tardó en empezar a llover… primero gotitas y luego chaparrón, así que rápidamente David vino a buscarnos y sin pensárnoslo dos veces nos volvimos a subir a “La Niña Paula” camino a la verdadera pseudo-civilización.


PD: Dedicado a mis sobris y primos que entenderán a la perfección lo fantástico que es encontrarse un jabalí en una playa de piratas, indios  y náufragos

lunes, 9 de febrero de 2015

La pitaya y otros placeres culinarios.

Como buena gallega, siempre he pensado que para conocer algo, hay que hacerlo con el estómago… Si es a alguien, invitarle a comer y si es un lugar, comer lo de allí.

Me fío de la gente a la que le gusta comer puesto que son personas que disfrutan de las cosas naturales,  son sensible a los sabores mediante los sentidos y están abiertos a nuevas experiencias . Considero que la comida une, refuerza y se convierte la mayoría de las veces,  en un acto social que demuestra muchos sentimientos. Es una “afición o manía” que comparto con Pablo y creo que cuando vamos a cualquier sitio al sentamos frente a una mesa con comida nueva a experimentar,  nos unimos más el uno al otro.

Estoy segura de que las mejores decisiones empresariales, políticas, amorosas o familiares… que han cambiado el curso de la historia, se han hecho con un plato exquisito recién acabado… Bueno y con un buen vino español seguro… (porque aquí no hay vino bueno y el que hay es carísimo).

Pues bien, como mi objetivo es conocer todo sobre Colombia, que mejor que comer lo de aquí.

Intento comer en sitios típicos todos los días y cuando me ofrecen algo nuevo, lo elijo sin dudar.

Corrientazo de lujo
La comida colombiana, no es para tirar cohetes, y como la de todo Centroamérica, siempre está acompañada de arroz y frijoles.  Si pides sopita, la acompañan con arroz y frijoles, si te da por probar el plátano frito va con arroz frijoles y aguacate… Todas las cartas tienen un arrocito y unos frijoles por alguna parte, hasta el WOK de la esquina de la calle de debajo de la oficina, tiene arroz con aguacate y ensalada de frijoles. 

Todos los menús del día (Aquí llamados “corrientazos”) llevan más o menos lo mismo: Una sopa de algo con casquería (sopa de lentejas, sopa de arroz, sopa de frijoles, de papas con carne…ajiaco que es sopa de maíz papas y pollo, mondongo que lleva orella y rabo...) y un plato fuerte acompañado de arroz con aguacate y/o frijoles. Se puede comer en restaurantes caseros donde hay una gran pota a la vista del cliente donde se cocina la sopa y demás  y los vasos suelen ser de plástico, o puedes optar por el corrientazo bueno bueno, que  es el que te venden los puestos ambulantes, que se multiplican como chinches por las aceras de doce a dos de la tarde.  Lo sirven hombres, lo cocinan sus esposas en casa.

Y es bueno no  por la calidad, sino por “la experiencia”. Te lo ofrecen, con muchísima alegría mientras te dicen “A la orden señora”. Lo hacen con rapidez , pero con elegancia, sin que se derrame nada, sonriendo y moviéndose de un lado a otro calculando raciones y disfrutando con el momento de poder dar de comer a alguien. Es baratísimo (un euro y medio o dos)  y se come con tenerdor de plástico y en tupper de poliespan en cualquier lado. No suelo comerlo por los efectos secundarios (es fuertote) , pero es toda una experiencia maravillosa…  Bajo una sombrilla de colorines, un carro de la compra con tres cajas de poliespan, la primera  llena de sopa del día y luego en las otras dos cajas el segundo a elegir: Carne o pollo.

Y digo yo….¿El pollo no es carne? Pues no… El pollo es pollo y la carne es ternera. Ni se te ocurra decir carne de pollo, ni ternerita, ni nada por el estilo. Carne o pollo… Total que está que te cagas…

Intento cenar casa pero a medio día es casi imposible escaparme , aunque cuando puedo, subo a comer al apartahotel algo sanote.

El primer día que llegué , dejé mis cosas en el hotel y me fui al supermercado más cercano, EL CARULLA.
El Carulla se ha convertido en mi gran aliado, no solo por los productos que ofrece sino porque es una fuente de historias para contaros… Allí se habla de mises, del tráfico, de recetas…

Los colombianos cuando no van andando por la calle (es decir, cuando se sienten seguros) hablan contigo muchísimo, te cuentan, te bendicen con asiduidad, te preguntan, te aconsejan y lo mejor de todo es que lo hacen con interés y luego se acuerdan de ti…. así que de los pasillos del Carulla, sacas ideas de todas las empleadas y señoras para probar productos nuevos y truquitos de cocina autóctonos.

Total, que tras un mes ya en este país , puedo contaros esta anécdota…Lo he superado...

El primer día como os contaba, fui al Carulla, compré cosas básicas (leche, arroz, neskuick, cocacolas, pan bimbo…) y cuando llegué a la zona de frutas y verduras… ¡¡ALUCINÉ!! ¡Qué verdes! ¡Qué amarillos, rojos y rosas más bonitos! Frutas rarísimas que en la vida había visto. Frutas con nombre de primo pequeño “Lulo” (a mi primo de Ourense le llamamos así) plátanos de todos los colores y tamaños , mangos dulces y salados… ¡¡De todo!!
Y allí, en el fondo.... allí estaba ese montón tan bonito, el montón de “Pitayas” .

La Pitaya es una fruta amarilla o rosa como con forma de flor carnívora del supermario bros que te dice “cómeme” desde lejos, tuve que comprar una, claramente.

La siguiente semana, vino el coordinador de Internacional de mi empresa, hicimos mil reuniones, de un lado para otro, conocí a un montón de gente, contactos, estresses…

El tercer día con éste señor aquí, antes de la reunión con el abogado para trazar la estrategia a seguir, me dio tiempo a ir a comer a casa. Jugaba el Madrid y el Atlético en Copa del Rey así que aproveché. Comí ensaladita y de postre pitalla. Por dentro no es tan bonita, era blanca grisácea con muchas pepitas negras, pero estaba buena. Me lavé los dientes y fui a la ofi donde me esperaban la Jefa de EFE Colombia, el Coordinador de Internacional de Secuoya, el Director del despacho de abogados, la secretaria de administración y mi compañero Elkin.

Pasaron 15 minutos de reunión y empezó la acción…

Primero, mientras comentábamos lo difícil que sería montar una empresa SAS adaptada a la normativa contable internacional, noté como si mi tripa comenzara a centrifugar, de eso que notas líquido gástrico bailando reguetón o merengue en tu estómago..., Posteriormente, cuando le comentaba al abogado el tipo de actividad que se realizaba en España contándo con autónomos y contratos de colaboración, nacieron las  ganas de ir al baño.
Se fueron incrementando a medida que explicaba los tipos de colaboración y procesos de administración que debíamos hacer a la hora de pedir servicios…
Los sudores fríos llegaron cuando el abogado respondía que no podríamos hacer cesiones de equipos dada la complejidad legal de la propiedad en Colombia…yo asentía con la cabeza pero no podía concentrarme en nada... No se qué coño dijo...
Y cuando le tocó el turno a mi jefazo para hablar de la parte financiera… llegó el ruido…truenos estomacales que eran imposibles de disimular… Educadamente tuve que pedir disculpas e ir al baño… Lo hice despacio, para disimular pero mi cabeza solo me decía "corre corre correeeee"....

Solo diré que la pitaya es ¡¡MORTAL!! Que no he visto algo así en mi vida, fulminante, desintegración total… casi me cuelo por el retrete…FATAL…

Volví a los 10 minutos,  la reunión continuaba… Aguanté de manera digna la hora siguiente apuntando con la mano temblorosa, sin demasiada fuerza, todos los datos que pude… La reunión se cerró quedando para cenar… Casi me muero, cuando mi jefe tuvo la magnífica idea de reforzar el vínculo uniéndonos alrededor de una mesa…Fuimos a un italiano (lo sugerí yo por miedo a que eligieran algo local con sopas de casquería o legumbres, o un mexicano buenísimo que hay cerca del hotel)…nada de jugos de frutas, nada de lactosa… Pizza, al baño y a la cama.

Semanas más tarde, le comenté a mi compañero qué cosas había probado ya de la comida colombiana y cuando salió la pitaya, puso cara de susto y me dijo: ¿Mordiste las pepitas?.

Si, mordí las pepitas.

Las pepitas de la pitaya son laxante asegurado. Lo tomaban los chamanes para purgarse de malas energías y se le daba a las embarazadas cuando tenían verdaderos problemas para ir al baño…

En fin… Si la pitaya no ha podido conmigo… no hay comida que se me resista.