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martes, 10 de mayo de 2016

Reyes de Playa Cinto.

El día que dejé a Pablo en el aeropuerto, como era fin de semana y era puente… Me fui de nuevo a Santa Marta, no quería quedarme solita en casa y menos si había un día más de descanso.

Mis amigos de siempre (Moni, Diana, Jonan, Jorge…) estaban en Santo Domingo, con una oferta de Avianca, así que me fui con Haizea y Lucía (Vasca y Alicantina muy sipáticas) a plan “vuelta y vuelta” para descansar y ponernos morenas.

Lucía, que lleva dos años en Colombia, nos dijo que teníamos que ir a Playa “Cinto”, que le habían dicho que era muy bonita rollo caribe.
Así que Haizea y yo no lo dudamos y el segundo día de estar allí, madrugamos, compramos pan bimbo, agua y jamón york,  cogimos un taxi para que nos llevara a Taganga y una vez allí regateamos con la coopertativa de “lancheros” para que uno de ellos nos llevara y  pasara todo el día con nosotras en Cinto.

Cinto, es una playa que no entra en la cabeza del colombiano medio… 
El colombiano de a pie va a la playa con toda la familia, la familia del vecino y la familia del vecino de más allá.
Se bañan con camiseta de tirantes, se bebe cientos de cervezas, se ríe y habla a gritos, se lleva un transistor con reguetón para animar el ambiente, lo de limpiar su basura… no lo lleva muy bien, y se hace selfies tooodo el rato a lo Ana Obregón en su presentación de verano.

Así que cuando llegamos a Taganga, nos costó bastante convencer al lanchero de que sólo queríamos ir a Playa Cinto… Sin parar a comer en los chiringuitos de Taganga, ni los de Playa Cristal ni ninguna otra, solo queríamos playa Cinto a no ver a nadie...

Al ver que iba a aburrirse como una ostra, ya que aún eran las 09.00 de la mañana y prometíamos día entero de playa desierta,  el lanchero montó a su mujer (una negra guapísima con cara de niña) y su hijo David en nuestra lancha y arrancó para paya Cinto...

David tendría como diez años, y ayudaba a su padre a tirar el ancla, levantarla, y avisarle si había rocas cuando íbamos muy rápido en la lancha para no chocarnos con ellas. El tío aguantaba el equilibrio en la barca como si tuviera ventosas en los pies y se movía de un lado dando brincos como en el salón de su casa.

Las lanchas de la costa caribe colombiana, van con gasoil venezolano, que es de contrabando y por lo tanto es más barato, y según ellos es más “explosivo”.

Así que nuestra “Niña Paula” (así se llamaba el barco) iba enchufada con ésta gasolina.  Rapidísimo volando sobre las olas dando unos botes enormes con David en la proa, su padre en la popa llevando el motor y nosotras agarradas a los asientos con los chalecos salvavidas puesto, las uñas de los pies intentando agarrarse al suelo y los ojos muy abiertos de la velocidad…

Boing, (ola) boing (ola) , boing (ola), a veces volábamos tanto que el motor se paraba en el aire porque no tocábamos el agua… fuimos rapidísimo… y a nuestro lado, de vez en cuando, como echando carreras a “La Niña Paula” saltaban peces voladores azules y amarillos acompañándonos en nuestros saltos de ola en ola… ¡Era precioso!

El caso, es que a los 40 minutos de botes, llegamos a playa Cinto…

Playa Cinto es tal y como os la imagináis… Un kilómetro de golfo de arena blanca con palmeras, algún manglar que otro, vegetación verde adentrándose en el mar calmado y cristalino en algunas zonas y el más absoluto silencio…
La playa era única y exclusivamente para nosotras, el lanchero, su hijo y su mujer.

Ellos se quedaron en una esquinita, a la sombra de un arbolito en el que ataron a “La Niña Paula” y nosotras a 100 metros de ellos debajo de un árbol donde dejamos nuestros sanwiches enganchaditos en una rama alta para evitar que se los comieran las hormigas, nos quitamos la ropa y nos fuimos al agua directas con las gafas de bucear para ver los corales, las mantas rallas y los pececitos…

Cuando llevábamos 3 minutos en el agua, de repente Lucía sacó la cabeza del agua y señalando a la playa gritó, ¡Mirar no estamos solas!

De los árboles aparecieron dos animalillos a cuatro patas andando ligeros y divertidos hacia nuestras cosas. 

Eran un perro negro delgadito de esos que mueven el rabo y se les mueve todo el culete y ¿A qué no sabéis qué? ¡Un cerdo-jabalí rarísimo!

Los dos iban juntos, eran claramente muy amigos, de vez en cuando se mordían las patas, salían corriendo uno detrás de otro, se rebozaban en la arena, excavaban en la arena para refrescarse, saltaban (bueno, saltaba el perro, porque el cerdito tenía las patas cortas y era gordote y no podía) … pero todo eso acercándose hacia nosotras… ¡Eran los reyes de Cinto y venían a saludarnos!

Increíble, en el medio de la nada, en una playa donde para llegar debes caminar horas y horas o bien ir en lancha, un perro y un jabalí, venían a saludarnos como si fuéramos sus invitadas…

Al ver que no salíamos del agua a saludar, el perro y el jabalí se fueron a saludar al lanchero y su familia. A David (el hijo del lanchero) se le iluminaron los ojos cuando vio que el perro le daba saltitos para jugar ¡En la playa desierta había encontrado un amigo! y se puso a correr con el perro de un lado a otro sin hacer demasiado caso al jabalí…

Así que el jabalí aburrido, al ver que su compañero estaba con el niño, se fue andando hacia nuestras toallas… y claro, nosotras tuvimos que salir a saludar.

El jabalí, sorprendentemente, en vez de huir al vernos como locas saliendo a por los móviles para hacerle una foto, vino a saludarnos y nos pidió que le acariciáramos juntándonos el lomo con unos pelos gordotes a nuestras piernas… 

El tío claramente sabía lo que eran los humanos y sabía que a las turistas nos iba a hacer mucha gracia tenerle cerca.

Fue en ese momento, mirando hacia la selva frondosa, con un cerdo tumbado al lado de mi toalla plácidamente pidiendo mimitos, cuando me di cuenta, que tal vez, muy cerca o muy lejos, habría una tribu de indios Koguis viviendo entre las palmeras, árboles y lianas que cerraban  a nosotras desde la playa no nos dejaban ver las montañas del Parque Nacional de Santa Marta… y el perro y el jabalí eran sus mascotas... 

A lo mejor, habría algún indio alucinando mirándonos entre los arboles sin que nosotras lo supiéramos, el caso es que el perro y el jabalí, dejando el anonimato de sus dueños a un lado, estaban encantados con la visita de unas turistas , un lanchero y su familia.

A los diez minutos de hacerles fotos y demás, el perro y el jabalí ya no eran novedad, así que nos tiramos en la toalla y al estar tan cansadas de tanto “bote en el bote” nos quedamos dormidas en el sol y sombra de una palmera…

No se cuánto tiempo pasó mientras dormíamos, quizás media hora, quizás más… el caso es que de repente, entre sueños, escuché ruidos de cerdo (como oing oing) mezclado con ruidos de plástico y me desperté…

Miré el hueco enorme que el cerdito había hecho delante de las toallas para dormir la siesta y allí no estaba el cerdito… Así que miré para detrás, hacia el árbol donde habíamos colgado nuestra mochila y nuestra bolsa de la comida y….

Allí estaba él, con la bolsa de la comida destrozada degustando un fabuloso pan bimbo con plástico en el que sale James Rodriguez patrocinando el producto encantado…

Me levanté de un brinco, corrí hacia él para asustarle y alejarle de nuestra comida pero ni se inmutó, le empujé por detrás, le di un chanclazo flojito, intenté tirar de lo poco que quedaba del jamón york… pero el tío estaba encantado… 

Comiéndose toda la comida que habíamos llevado para pasar el día en la playa en la que no había nada más que arena, palmeras y mar.

Haizea , con los ruidos se despertó y empezó a gritar, ¡El cerdo! ¡Quítaselo! ¡Que nos está dejando sin comida! eso debió de molestarle más al ladrón del jabalí y al escuchar el agudo de la voz de mi amiga, se alejó de nosotras hacia la frondosa selva con el plástico de cuadritos blancos y azules lleno de rebanadas destrozadas entre los colmillos…

El tío solo nos dejó dos manzanas, dos manzanas intactas, para comer durante todo el día.

Dos manzanas para tres… Y mucho agua, eso si…

A las 13.30, empezó a entrarnos el hambre, y a las 14.30, muy a nuestro pesar, mientras nuestras tripas sonaban y retumbaban confundiéndose con una tormenta que se acercaba lentamente hacia nosotras, estábamos diciéndole al lanchero que si nos llevaba a Playa Cristal (donde estaba medio Colombia) para comer algo y empezar el camino de vuelta…

A los veinte minutos ya estábamos en  una esquinita de una playa plagada de gente,  a ritmo de reagueton, con un ceviche de camarón (yo no porque estaba malita de la tripa y me dejaron tomarme una de las dos manzanas) , una cerveza Águila en la mano de cada una de mis compañeras,  negándonos a masajes, pulseras y otros enseres que nos ofrecían vendedores ambulantes que sorteaban a niños y señoras haciéndose fotos en la orilla de playa Cristal…


No tardó en empezar a llover… primero gotitas y luego chaparrón, así que rápidamente David vino a buscarnos y sin pensárnoslo dos veces nos volvimos a subir a “La Niña Paula” camino a la verdadera pseudo-civilización.


PD: Dedicado a mis sobris y primos que entenderán a la perfección lo fantástico que es encontrarse un jabalí en una playa de piratas, indios  y náufragos

lunes, 2 de mayo de 2016

Pájara en Tayrona

Acabamos de llegar de Santa Marta, renovadísimos por dentro y renovadísimos por fuera. Morenos y felices, tan gordos como hace cinco días y más en paz que hace 48 horas.

Y digo 48 horas, porque durante mi visita al parque Tayrona… He vuelto a nacer.

Bueno, no sé si he vuelto a nacer, pero el caso es que casi me muero…
No se si recordaréis que el año pasado, en mi cumpleaños, os escribí un mail en el que hablaba que el paraíso si que existía y que se llamaba Parque Tayrona.

Pues a Pablo se le quedó grabado, y éste año, con el afán de compartir todo lo bueno con él, organicé un fin de semana idílico en el Parque Natural de Tayrona con sus tres días y dos noches durmiendo en hamaca como lo hacen los indígenas Koguis pero con mosquiteras, crema para el sol,  Relec anti mosquitos y miedo a los habitantes de la noche…
Todo cuadrado, primera noche dormíamos en Santa Marta para ir nada más despertarse a la calle 11 con 11 coger una buseta y llegar prontito al Parque Tayrona para enfrentarnos a la caminata que lleva hasta la zona de playas y hamacas.

Era sencillo.

El caso es que, con el objetivo de que todo saliera perfecto, encontré un hotel con una puntuación de 9,4 en booking que además, era baratillo y muy bien situado…

Así que en vez de madrugar al alba, como a mí me sonaba que teníamos que hacer, remoloneamos hasta las 07.54 de la mañana, desayunamos como reyes, nos echamos una charlilla con la de recepción y a las 09.30 o así salíamos hacia la buseta.

El camino desde la calle dos a la once, que era donde estaba el solar de donde salían los buses de línea, cruzaba el mercadillo de Santa Marta, lleno de puestos, de carpas negras que quitaban el sol, música, gritos, perros y gatos despeluchados en busca de cualquier cosa que comer y de señores vendiendo jugos y palas (helados) por todas partes. El sol picaba bastante, y nuestros cuerpos de guiris, empezaban a notar las altas temperaturas del “Alto Magdalena”.
 
Cuando llegamos al bus ya habíamos terminado nuestra botellita de agua y en la misma parada compramos otras dos, para el camino que nos esperaba en Tayrona…

Durante la hora que duraba el trayecto de buseta, se pudieron subir unos 15 vendedores (sin que parara el bus, suben y bajan en marcha enlazando diferentes buses, ¡mola!) y compramos unas 4 bolsas de agua para rellenar nuestras botellitas, porque la brisa que entraba por las ventanas, era más bien templadilla y no sofocaba el calor que sentíamos…

Llegamos a Tayrona a las 11.45 de la mañana, de la mañana soleada, con un 90% de humedad ambiental, y aun nos quedaba la caminata por delante.

Había advertido a Pablo, que me daría igual como se pusiera, pero que mi macuto, a pesar de que él tuviera alergia a los caballos, me lo iban a llevar los caballos del parque, que yo quería disfrutar del paseíto, quería ir libre cual gacela…
Así que nada más llegar, dejamos mi mochila en las cuadras de los porteadores, nos echamos crema y comenzamos a andar bajo la frondosa sabana del Tayrona.

Haciendo fotitos, descubriendo lagartos de azules y verdes fluorescentes, buscando monos trepadores, contando raíces de árboles… Todo muy “happy flower”, Pablo con su pañuelo en la cabeza y su mochila  y yo con mi botellita de agua, mi pasaporte en el bolsillo y una bolsita de agua en la mano.

Pasados 15 minutos, empezó la subidita, que con el calor que ya teníamos pues, se notaba algo más de lo normal… Decidí abrir la bolsita de agua y bebérmela mientras subíamos. Metro a metro, la vegetación cada vez era más escasa, dejando paso a rocas enormes que brillaban bajo el cálido Lorenzo.

A la media hora, el sol, que ya estaba en lo alto del cielo, empezó a notarse de verdad, (eso más la humedad), incidiendo en línea recta en nuestras cabezotas y  convirtiéndose en el tema recurrente que rompía mis silencios mientras andábamos… “Puto sol”, “me cago en el sol del Caribe”, “Cómo quema el Lorenzo”,  “ Me cago en la puta que calor” y otros improperios… ya sabéis que nunca he sido muy fina, pero eso es todo lo que pude decir durante los siguientes veinte minutos de subida…

Al llegar arriba, fue cuando me di cuenta que algo no estaba bien, empezó a repetírseme el desayuno, la piña o la sandía, no lo tengo claro, pero estaba tan harta y cansada, que en el mirador, donde sorprendentemente había un gordo enorme y un señor que vendía helados, le dije a Pablo que pasaba de parar, que yo quería llegar.

Sentía que no me apetecía tener que hablar con los señores de enfrente y contarles cómo habíamos llegado allí. No quería ni hablarles del calor… y no quería beber más agua porque empezaba a tener ganas de vomitar el desayuno…

Así que Pablo, obediente, siguió andando, y empezamos a bajar saltando piedras y escalones.

Unos cuatro minutos después, tras una roca redonda y enorme, por fin, vimos el mar Caribe: azul, inmenso, tranquilo y rodeado de palmeras. Ahí estaba el paraíso.

Fue en ese momento, cuando con mi enfado del calor, se me taponaron los oídos, no le di mucha importancia, pero el caso es que dejé de oír bien y deje de entender a Pablo…

Bueno, tengo que reconocer que a Pablo y a mi amiga Paloma yo les entiendo la mitad. Hablan muy bajito y como buenos madrileños pronuncian poco. Yo intuyo, asiento y sonrío, pero en ese momento, debido a las circunstancias,  no sonreía ni intuía, simplemente andaba hacia el sitio de las hamacas que debía estar a unos cuatro kilómetros…

Recapitulemos: Estamos bajando, vemos el mar, quedan cuatro kilómetros, tengo ganas de vomitar, estoy muy enfadada, el sol “en to lo alto”, más de 35 grados, 90% de humedad y he dejado de oír…

Cuando llegamos abajo, antes de adentrarnos de nuevo en el bosque para recorrer los últimos tres kilómetros, tuvimos que andar unos quinientos metros por la arena de la playa.

De esos quinientos metros recuerdo el puto sol, que no había sombras, la arena blanca sobre mis zapatillas, sobre las rocas, sobre todo lo que miraba, mirara a donde mirara veía arenilla, o puntitos….no lo tenía claro… Intuí que Pablo me pidió que bebiera agua, obedecí y seguí andando hacia los árboles…

“Parece que te has hecho pis” me dijo Pablo mientras miraba mi pantalón y mi camiseta llenas de sudor… Como comprenderéis no me hizo ni pizca de gracia, pero como estaba que no estaba y encima mi enfado se centraba en el sol, ni respondí… Seguí zombi andando hacia la sombra…

Y fue ahí, ya bajo los árboles, empapada en sudor, en la sombra,  cuando deje de ver en color para ver en “escala de grises” y bajito mientras me sentaba en una raíz de un árbol inmenso le dije a Pablo que no podía más.

Me senté, perdí la noción del tiempo, empecé a ver como las hormigas, la arena o lo que fuera se diluían frente a mí y me acordé de mi madre, del Pico del Fraile que una navidad me hizo subir y acabé echando la pota. Me acordé de mi enfado en Ordesa con Pablo cuando con un metro de nieve le dije que no seguía. Me acordé de mi sobrino Yago que se hizo una vía Ferrata y en un video sale con cara de canguele pero entero y me acordé de mi amiga Sara cuando se desmalló dos veces en menos de dos metros en plena playa de Torrevieja y fue la atracción del momento... Solo quería llorar…

De repente, entre recuerdos, escuché a Pablo , que con voz de esa que pone que me gusta mucho, me dijo que me iba a echar agua en la cabeza, que me había dado mucho el sol…

¡Mano de santo oiga!

El agua templadita de su botella corriendo por mi cogote que miraba hacia el suelo casi entre mis rodillas, me despertó de mis recuerdos de muerte mortífera y me hizo de nuevo sentirme afortunadísima de poder estar ahí, a puntito de llegar al Paraíso, de que hacía sol y no llovía, de lo bonito que era Tayrona, el Caribe  y lo más importante, me recordó que estaba Pablo ahí para echarme agua y salvarme.

Mi salvador, e ídolo en ese momento, no me dejó levantarme hasta que me terminara el agua ya casi caliente de mi botella, me dio un beso en la mejilla y a los tres minutillos me ayudó a levantarme.

Llegamos  a nuestro destino diez minutos después y tras dejar todo, encontrar mi macuto que olía a caballo, volvernos a echar crema, comer en un chiringuito a pie de playa pescado recién salido del mar, nadar, tomar el sol y bucear con las gafas de piscina de dudosa procedencia que Amaia nos regaló; con un dolor de cabeza horroroso, me quedé dormida en la arena blanca, bajo una palmera, de la mano de Pablo escuchando el sonido del mar…

Como podéis daros cuenta, en éste último párrafo, en ningún lado encontraréis que nos echáramos repelente anti mosquitos… Pues bien, tras la siesta, cuando caía el sol, con el mismo dolor de cabeza horroroso que no me dejaba pensar, cientos de mosquitos y arañas habían plagado mis pies y mis pantorrillas  de picaduras. (A Pablo le picaron solo dos)  Ahora solo pienso en que ninguna de esas picaduras tenga Zica, Chicunguña o Dengue… Pero en ese momento, solo pensaba en poder comprar una botella de agua y poder tomarme una pastilla para mi gran dolor de cabeza y seguir disfrutando del paraíso con un tercio de mi equipo P.


Moraleja: El paraíso… tiene sus cosillas jodidas también…jejeje


martes, 24 de marzo de 2015

El paraíso y el Clásico (Tayrona Madrid Barça)


Este fin de semana, por mi cumpleaños, me he regalado un viaje al Paraíso. Mis amigos los vascos iban a ir, así que me apunté a su plan y ha sido fantástico…

El paraíso, para quienes no lo sepan,  se llama Parque Natural Tayrona y está a 34 kilómetros de Santa Marta.

Parque Tayrona es una reserva natural de 12.000 hectáreas donde el caribe más azul y la vegetación salvaje de la zona se unen dejando que un determinado número de turistas al día puedan disfrutar de la tranquilidad de no tener cobertura…

En Tayrona, vive aún una tribu precolombina, los Koguis.

Los Koguis son hombrecitos pequeñitos y morenos que siempre visten de blanco y llevan unos gorritos de paja puntiagudos que hacen que parezcan gnomos cuando te los cruzas por los laterales de los senderos de Tayrona.

Los Koguis creen que las montañas de Santa Marta son el Corazón del mundo y que ellos son los son «hermanos mayores» de la humanidad, por tanto los extranjeros , especialmente los que provienen de occidente, somos los  «hermanos menores», así que técnicamente he pasado tres días en el corazón del mundo disfrutando de ser hermana pequeña de la humanidad…

Los Koguis acordaron hace unos años con el Gobierno de Colombia que cedían parte de sus playas para uso turístico, a cambio de que respetaran sus áreas (poblados en medio de las montañas), la naturaleza, los yacimientos arqueológicos, sus costumbres y leyes y por supuesto que obtuvieran parte del beneficio de explotar sus tierras…

Así que “conviven” con alemanes color cangrejo, argentinas despampanantes que fuman sin parar, colombianos ruidosos que vienen de Medellín o Bogotá a buscar descontaminarse y españoles, como mis amigos y yo, que vamos mirando a todos lados entusiasmados hasta con las hormigas culonas.

En la playa de Arrecife, hay un “camping” en el que puedes poner tu tienda o bien dormir en hamacas con mosquiteras, es bastante básico, un camping con duchas, algo de comer y un tejadillo lleno de hamacas blancas colgadas en hileras.
Es en esta “cabaña”  donde están las únicas tomas de corriente que puedes encontrar a varios kilómetros a la redonda, hay 8 para todo el camping y siempre hay algún teléfono (que no tienen cobertura) o cámara de fotos cargando...

Es ésta característica, la que hace que puedas cruzarte con un Kogui sin que éste tenga prisa por huir de tu ruidosa presencia...
Los niños kogui juegan con ramas, con monos aulladores, con los caballos que llevan a los gringos, con arañas peludas, con tierra, peces, arena, escalan por las palmeras, tienen columpios en los árboles… Pero los niños koguis, que yo lo vi, tienen también coches teledirigidos marca Mercedes que tienen que cargar de vez en cuando para seguir jugando y obligan a sus madres a bajar al camping a enchufarlo.

Todos miran con miedo o recelo, no se fían, saben que ahora ellos son los extraños y pasan de interactuar con los “blanquitos” que intentan ser sus amigos… Se les ve felices, libres y conscientes de que el paraíso está a su servicio…

Pero en el paraíso, además del camping de Arrecife hay un chiringuito dos kilómetros más allá, en la Playa de Cabo San Juan,  en el que dan arroz con camarón hasta que se acaba y espaguetis con ajo y champiñones hasta que te hartes a precio de Charolés...

Para llegar tienes que pasar tres playas, caminar por senderos en los que los pájaros y los monos te vigilan mientras cantan para que se te olvide el calor que hace y la de mosquitos que te están picando…

Durante ese camino puedes cruzarte con el “Palero” (el hombre que vende helados y los carga de playa en playa gritando “Me quedan 199 , el otro me lo comí en Arrecife, Palitos de frutas a 2.000 muchacha”) o bien con el único policía del parque que lleva pistola cargada y botas militares a lo Rambo, o con otros turistas tan tostados como tú que van al chiringuito a por provisiones… Con un kogui nunca te encontrarás, ellos pasan de caminos…son más de ir selva a través…

Los del chiringuito saben que son ellos o nada, así que se aprovechan para robar con precios de restaurante parisino a todos los turistas atontados que de tanto ver colores tan vivos, bichos tan grandes y aguas tan cristalinas soltamos billetes como si nos quemaran en las manos…

La choza del chiringuito tiene una chocita aún más pequeña anexa, una casita sin paredes, con el tejado de palmeras, cañas de bambú  y una antena de Direct TV.  

 ¿Qué significa que haya una antena parabólica en medio del Paraíso?

Pues tiene varias lecturas:

-          La primera , te indica que estás en Colombia, donde la gente puede que no tenga para comer pero para un plasma con satélite de pago sí.

-          Lo segundo que para mi amigo Jorge, antimadridista (es del Athletic de Bilbao) de corazón, se le acaba la agonía de no poder ver el Barça-Real Madrid de la Liga.

-          Y por último para todos los hombres del Parque, que exista esa antena les brinda la posibilidad de poder unirse para ver el partidazo del mes, el del equipo de Messi contra el equipo de su James.

Así que el domingo, a las 15.00 (hora local),  todos los hombres del Paraíso, un puñado de mujeres y otros tantos turistas, nos pusimos a ver el partido bajo esos cuatro palos mal puestos.

Nunca he visto un partido con un auditorio tan dispar... Ni en la Ferro en la adolescencia cuando Mijatovic nos dio la séptima… eso era pluralidad y lo demás tontería…

A la izquierda de la cabañita, dos mejicanos muy pijos animaban al Madrid, mientras que en segunda fila, detrás de ellos, un hombre kogui con un machete enorme discutía con el único Policía del Parque (con pistola) sobre el gol anulado del Madrid encima de un tronco mal cortado que les hacía estar como torcidos.

Más allá, Jon y Jorge, mis amigos vascos con la camiseta del Athletic, tomaban cerveza celebrando los goles de un francés del Barcelona. A su lado tres adolescentes sin camisetas con la boca abierta seguían el balón atontados como si se les fuera la vida en ello…

A dos personas de mí, una mujer de Santa Marta daba biberón a un bebé en la única silla de toda la choza, ella en el centro de la choza miraba a su bebé con cariño pasando del partido completamente pero con su marido en cuclillas a la izquierda embobado con lo bien que centraba Ronaldo...

 A mi izquierda un gordo con la camiseta de Messi le preguntaba a mi amiga Diana (de Murcia) que como una chica tan guapa (es rubia y eso mola muchísimo aquí, además de ser guapa) podía ser forofa del Madrid.
Y sentados en el suelo viéndolo a través de las cañas del lateral de la choza, el camarero del chiringuito, otro señor que tenía pinta de ser argentino o algo así y yo…

En el segundo gol llegó el “Palero” que vendió casi toda su mercancía,( aunque no paraba de gritar que le seguían quedando 199 por que el otro se lo había comido él). Le regaló un polo de fresa al policía sin mediar palabra y se sentó en su bolsa nevera para continuar viendo el partido.

A los 10 minutos de la segunda parte, concentrados en el partido, sin quitar la vista del balón, mi compañero de la izquierda (el camarero) gritó “hihoeputa”, algo rarísimo en un colombiano (una palabrota y a balón parado, algo no cuadraba!!!)el tío pegó un brinco , me agarró del brazo y me levantó, se subió al tronco en el que estábamos sentados y de repente allí, ajeno al momento histórico, apareció un un sapo verde, feo y arrugado tan grande como una lata de coca cola andando despacito.

Con ojos saltones, miraba asustadito a todos los allí presentes, alucinando con  barullo Mientras, el camarero y yo casi abrazados de pavor, le mirábamos desde lo alto del tronco horrorizados intentando adivinar sus movimientos…

La verdad es que ver un sapo así, mientras ves la cara de Suarez el del Barça o Pepe del Madrid, pues acojona…

El sapo volvió a esconderse, alguien dijo que tal vez sería Madridista y que por eso se escondía, hubo risas, hermanamiento… pero el camarero y yo nos quedamos sin sitio, nos daba miedo el sapo del Madrid…

Así que en ese momento, Diana, Mónica y yo decidimos abandonar el lugar e ir a la playa, ya no tenía sitio a la sombra y el Madrid perdía, así que ya no merecía la pena continuar ahí…

Cruzamos los 50 metros de sol abrasador de hora de comer que separaban la tele de la arena y llegamos de nuevo a la playa…
Solo mujeres, nada de salpicar, ni de gritar ni de armar barullo…

Agua cristalina, arena blanca, el bote de pescadores amarrado de una palmera bailando sobre las olas suaves que aterrizaban acariciando la arena de la orilla….

Pusimos nuestras toallas a la sombra de unas palmeras sin mediar palabra, respirando cada segundo de paz, nos tumbamos boca abajo y a los tres minutos estábamos plácidamente dormidas las tres…

La playa fue durante esos siguientes 35 minutos femenina, preciosa, perfecta… resumiendo, fue paradisiacamente nuestra…


PD: No vuelvo a pasar mi cumple sin fiesta de disfraces... me niego... ha sido durísimo...de verdad... no vuelvo...