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lunes, 19 de junio de 2017

Kiosco Vive Digital de Venado, Inírida

La primera vez que pisé una selva fue con mi tía Chilis, en El Castillo, al final del río San Juan en Nicaragua una  Semana Santa.
De eso hace siete u ocho años, pero os prometo, que lo recuerdo como si fuera ayer.

Cada paso que dábamos, cada cosa que nos contaba nuestro guía Óscar sobre plantas, bichos, lluvias y sequías, a las dos nos proporcionaba más ilusión y al finalizar nuestra excursión, como si le debiera mi propia vida por haber conocido el mayor de los descubrimientos del ser humano, cuando llegábamos al hotel de vuelta, de tanto agradecimiento que sentí me avalancé sobre el guía y le di un abrazo de esos que salen desde dentro de verdad.
Ellos dos, aquel húmedo día de abril,  me descubrieron un mundo que cada vez que vuelvo a él me regala esa misma sensación.
Algo especial que me envuelve y me hace sentir tan parte de un todo que no puedo controlar que me engancha y sólo quiero repetir y compartirlo con la gente que quiero. Llevé a mi madre en cuanto pude, a Pablo hace poco para que lo pudiera apreciar y por eso cuando hace más de seis meses, cuando hablando en la piscina a las afueras de la capital colombiana me hablaron de la posibilidad de viajar a Inírida y poder subir los cerros de Mavecure no lo dudé un momento, cueste lo que cueste, tenía que ir allí.
Así que tras varias investigaciones y presupuestos en diferentes agencias de viajes, permisos en mi empresa (ya que la zona no es la más segura que hay en Colombia para alguien que trabaja en una Agencia Internacional de Noticias) y croquis de calendarios, éste fin de semana me uní a cinco hombretones (sin Pablo que no pudo cogerse el viernes) y nos fuimos a recorrer el Inírida, el Orinoco y subir el Cerro Periquito conviviendo unos días en comunidades de indígenas Puinabes y Curripacos.
No centraré mi historia en la pájara que sufrí subiendo el cerro a 35 grados al sol y 85% de humedad, ni cómo me puse a llorar cuando a cuatro patas intentaba hacer cumbre agarrada del hombro de nuestro guía “el flaco” que no entendía mi rabia, ni como una mujer se llamaba a si misma entre hipos de llanto “Puta Gorda” y se enfadaba cuando le decían hermosa porque no podía con su alma.
Tampoco cómo vomité nada más llegar arriba las dos galletas Oreo que me habían dado a la mitad del ascenso a la sombra de un árbol lleno de hormigas mordedoras mientras imaginaba llorando el enfado que se hubieran pillado mi madre y Pablo si me vieran en esa situación,  ni cómo al llegar arriba, observando kilómetros y kilómetros de selva, ya más tranquila pude recuperarme y ver las mejores vistas de mi vida con la brisa mas limpia que nunca he podido respirar.
Me centraré en lo que pasó después, en la comunidad del Venado, a 5 minutos en bote desde la base de nuestra cima, a las orillas del río Inírida y lo que ha sido nuestro “campamento base” durante éste fin de semana.
Nos alojamos en la casa del señor Radamel, que gracias a un convenio con el Ministerio de Cultura y la Agencia de Puerto Inírida “Toninas Tour” acepta desde hace pocos meses, que gringos como nosotros convivan con él, sus cuatro hijos y su mujer durante unos días mientras conocen el área y duermen en hamacas en la maloca principal de su propia parcela.
Radamel es un líder dentro de su comunidad, lo que él gana por acogernos tiene que repartirlo entre todos, pero a pesar de éste reparto, Radamel es algo más rico que los demás y además de una cocina de gas, Radamel tiene también Direct TV (TV por satélite) y una tele algo vieja que enciende de 6 a 8 para que sus visitantes y sus niñas puedan disfrutarla, y por qué no decirlo, para fardar un poco ante sus vecinos que se asoman por la ventana si lo que “echan” está bien.
Aquél sábado, como de costumbre, para agasajar a sus huéspedes en una zona tan apartada del mundo como su pueblo donde no llega ni Movistar, nos reunió frente a su televisión y ordenó a su hijo Christian que “prendiera el televisor”. Yo jugaba en una esquina con sus hijas Dayana y Jenni a hacernos dibujos imaginarios en los brazos y peinarnos como princesas y algunos de mis amigos seguían el rollo al señor Radamel y le agradecían el gesto de cortesía de encender la televisión.
Eran las 18.30 y el informativo de Caracol, abría su edición de sábado con una noticia de impacto : Atentado en el Centro Comercial Andino.
Al oir las primeras palabras de la presentadora el corazón se me apretó y todo el cuerpo se me quedó en tensión por mil quinientas razones.
La primera y principal, que casi no me dejaba respirar era Pablo, sabía que tenía que ir ese mismo día a por unas camisas al mismo centro comercial, que me jugaba lo que fuera que no había ido por la mañana porque me había prometido que iba a dormir hasta las mil y la hora de la explosión era probable que estuviera por allí.
La segunda razón, la que no me dejaba parar de apretar las muelas, era que mi cámara estaba de viaje y no sabía a quién habrían mandado, si habían mandado a alguien y si habían conseguido emitir algo.
Y la tercera, que no me dejaba tragar saliva, era que estaba incomunicada, a mas de cuatro horas de cualquier civilización y que para más inri, tenía prohibido terminantemente por mi abogado, decir que me dedicaba a las noticias en una zona donde la guerrilla se esconde “detrás de cualquier matojo” Pero, yo tenía que intentar conseguir por todos los medios comunicarme con Bogotá.
Al verme así desencajada una vez más, el flaco, nuestro guía, me contó que podíamos pedirle al maestro de escuela, que nos abriera el aula y nos activara el Kiosco Vive Digital. Pero que tal vez siendo tan tarde (en Colombia a las 17.45 es de noche) ya no funcionaba la tecnología.
(Paréntesis y punto informativo del texto) Los Kioscos Vive Digital, son puntos de Internet y telefonía satelital que desde el 2013, el Ministerio de Tecnologías de la Información, bajo el mandato de Santos, ha instalado en cada comunidad de más de 100 habitantes. Los Kioscos Vive Digital están en todas partes y han ayudado a mejorar la vida de millones de personas que hasta ahora no podían comunicarse bajo ninguna condición.
El Gobierno proporciona la tecnología, hace partícipes a las comunidades que eligen una figura dentro de su estructura social para que lo gestione poniendo un precio y unas condiciones de acceso para regular su uso y controla periódicamente que funcione y sea respetado por todos.
El caso es que en Venado, el profesor Jimmy, era el encargado del kiosco, que estaba en el aula de la escuela donde el MinTic (como se llama al Ministerio de Tecnologías de la Información) había dejado también varios portátiles para que los niños aprendieran con ellos y sorprendentemente, los sábados mientras algunos acudían a la Iglesia, sobre las siete,  Jimmy se acercaba por el aula para ver si alguien tenía alguna urgencia y necesitaba llamar.
Dayana, la hija de seis años del señor Radamel se ofreció a acompañarme y juntas, bajo la luz de mi linterna nos adentramos hacia las calles más cerca de la oscura selva. Por el camino, de la mano y siguiendo la luz de mi linterna para no pisar charcos, Dayana y yo hablamos de mis sobrinos, mis primos y mis abuelos comparándolos con los suyos y buscando cosas similares a pesar de nuestros mundos distintos, intentando por mi parte que mi preocupación por Pablo disminuyera.
Al llegar a la puerta del Kiosco Vive Digital, varios paisanos nos saludaron con una sonrisa que fue correspondida, y cuando nos encontramos con Jimmy, le conté con algo de exageración, mi preocupación por mi esposo y el tema del atentado, no dudó ni un segundo en colarme al aula y dejarme incluso conectarme al wifi. La gente de la selva, desgraciadamente,  sabe lo que es la incertidumbre de las guerras y actos atroces, y poder ayudar a alguien tan diferente en una situación que ellos sienten tan familiar, hizo que mientras Jimmy marcaba el teléfono de Pablo varios paisanos se adentraran en el aula para escuchar mi conversación.
Pablo lo cogió enseguida y con su tranquilidad característica, me explicó que se había quedado viendo un poquito más de Narcos en casa y eso le había salvado de haber ido a por las camisas que estaban en el mismo piso de la explosión y que había podido hablar con varios amigos y todos estaban bien.
Hice el signo de Ok con el dedo mientras le escuchaba y sonreía a la vez mirando hacia los diez curripacos de oscura piel y ojos rasgados que me miraban atentamente en busca de una respuesta desde la puerta. Todos celebraron la respuesta.
Inmediatamente le pedí a Jimmy que me marcara otro teléfono (el del trabajo) para poder comprobar que todo estaba OK intentando que los paisanos que seguían mirándome desde la puerta no intuyeran que era periodista para que sus colegas de la selva (los del ELN) supieran nada de una periodista en el pueblo.
Diana, de Producción me cogió el teléfono nerviosa.
-¿Dianita cómo estás, estás en el sitio?  Le pregunté con disimulo.
Ella que andaba a mil coordinando cámaras y al principio no entendía nada, pero poco a poco mientras le preguntaba si sabía si los “niños habían podido ir a trabajar” o si habían podido “darle el regalo por el día del padre a los de la oficina” (traducido: Si se habían emitido las imágenes) pudimos comunicarnos más o menos…
Mientras Jimmy me iba poniendo wifi en el teléfono…
Colgué aliviada, y sintiendo que tenía el deber para con la comunidad, les conté que mi esposo estaba bien y todos sonriendo sin decir nada abandonaron la sala sabiendo que esta noche no había nada más que contar.
(Es en éste momento cuando escribí en varios grupos que estábamos bien)
Rápidamente Jimmy apagó la energía y yo dando saltitos, volví a la casa de Radamel como si tal cosa saludando a un grupo de señoras que desde una puerta  miraban extrañadas al ver a una blanquita dando saltitos entre las anegadas calles.
Al llegar, feliz por mi alivio de saber que estaba todo bien, la mujer de Radamel me miró con cara de asesina y me preguntó por Dayana.

Caí de mi nube de sopetón¡Me la había olvidado en el otro lado de la comunidad!
Y Juzgando por la cara de esa señora, eso no era nada bueno…
Corriendo, me apresuré ya sin encender la linterna hacia la clase del Kiosco, salté charcos, pasé por delante de las señoras de antes dando grandes zancadas y justo ahí, en ese mismo lugar zas! Me caí de culo en el barro. Me levanté rápidamente, el fango había amortiguado la caída, y empapada de pies a cabeza de barro negro, seguí corriendo mientras oía sus risas a lo lejos.
Llegué hasta el Kiosco Vive digital llena de barro pero allí tampoco estaba Dayana. Empecé a llamarla a voz en grito y corriendo me acerqué a la iglesia donde había otro grupito de viejos.
Señores, ¿han visto ustedes a Dayana, la hija de Radamel? Pero los señores de avanzada edad no hablaban español, sólo su dialecto y no pudieron entenderme, volví hacia las señoras que aun seguían riéndose de mi culetazo y pregunté ¿Han visto a Dayana?

Una de ellas me señaló hacia la casa de Radamel y hablando como “los indios” me dijo "con Jimmy a casa".

Entendí que el profesor, había hecho lo que yo había olvidado, dejar a la niña en su casa, y cuando llegué de barro hasta las cejas a lo que ese día también era mi hogar, frente a la televisión viendo Monster S.A estaba Dayana, con todos sus hermanos que al verme llena de barro, volvieron a reírse de mi.

Le pedí disculpas a la señora de nuevo, y cogiendo agua del recipiente de agua de lluvia volví a “ducharme” en medio de gallinas con un cubo pequeño, perros y mosquitos a mi alrededor pensando, que Pablo al menos estaba bien.
Esa noche, en mi hamaca con mosquitera soñé que mi amiga Sara venía en una lancha motora a traerme un teléfono móvil para llamar a Pablo. Supongo que entre sueños me entró la morriña que con los míos y en mi mundo, todo es más fácil.
 

lunes, 2 de mayo de 2016

Pájara en Tayrona

Acabamos de llegar de Santa Marta, renovadísimos por dentro y renovadísimos por fuera. Morenos y felices, tan gordos como hace cinco días y más en paz que hace 48 horas.

Y digo 48 horas, porque durante mi visita al parque Tayrona… He vuelto a nacer.

Bueno, no sé si he vuelto a nacer, pero el caso es que casi me muero…
No se si recordaréis que el año pasado, en mi cumpleaños, os escribí un mail en el que hablaba que el paraíso si que existía y que se llamaba Parque Tayrona.

Pues a Pablo se le quedó grabado, y éste año, con el afán de compartir todo lo bueno con él, organicé un fin de semana idílico en el Parque Natural de Tayrona con sus tres días y dos noches durmiendo en hamaca como lo hacen los indígenas Koguis pero con mosquiteras, crema para el sol,  Relec anti mosquitos y miedo a los habitantes de la noche…
Todo cuadrado, primera noche dormíamos en Santa Marta para ir nada más despertarse a la calle 11 con 11 coger una buseta y llegar prontito al Parque Tayrona para enfrentarnos a la caminata que lleva hasta la zona de playas y hamacas.

Era sencillo.

El caso es que, con el objetivo de que todo saliera perfecto, encontré un hotel con una puntuación de 9,4 en booking que además, era baratillo y muy bien situado…

Así que en vez de madrugar al alba, como a mí me sonaba que teníamos que hacer, remoloneamos hasta las 07.54 de la mañana, desayunamos como reyes, nos echamos una charlilla con la de recepción y a las 09.30 o así salíamos hacia la buseta.

El camino desde la calle dos a la once, que era donde estaba el solar de donde salían los buses de línea, cruzaba el mercadillo de Santa Marta, lleno de puestos, de carpas negras que quitaban el sol, música, gritos, perros y gatos despeluchados en busca de cualquier cosa que comer y de señores vendiendo jugos y palas (helados) por todas partes. El sol picaba bastante, y nuestros cuerpos de guiris, empezaban a notar las altas temperaturas del “Alto Magdalena”.
 
Cuando llegamos al bus ya habíamos terminado nuestra botellita de agua y en la misma parada compramos otras dos, para el camino que nos esperaba en Tayrona…

Durante la hora que duraba el trayecto de buseta, se pudieron subir unos 15 vendedores (sin que parara el bus, suben y bajan en marcha enlazando diferentes buses, ¡mola!) y compramos unas 4 bolsas de agua para rellenar nuestras botellitas, porque la brisa que entraba por las ventanas, era más bien templadilla y no sofocaba el calor que sentíamos…

Llegamos a Tayrona a las 11.45 de la mañana, de la mañana soleada, con un 90% de humedad ambiental, y aun nos quedaba la caminata por delante.

Había advertido a Pablo, que me daría igual como se pusiera, pero que mi macuto, a pesar de que él tuviera alergia a los caballos, me lo iban a llevar los caballos del parque, que yo quería disfrutar del paseíto, quería ir libre cual gacela…
Así que nada más llegar, dejamos mi mochila en las cuadras de los porteadores, nos echamos crema y comenzamos a andar bajo la frondosa sabana del Tayrona.

Haciendo fotitos, descubriendo lagartos de azules y verdes fluorescentes, buscando monos trepadores, contando raíces de árboles… Todo muy “happy flower”, Pablo con su pañuelo en la cabeza y su mochila  y yo con mi botellita de agua, mi pasaporte en el bolsillo y una bolsita de agua en la mano.

Pasados 15 minutos, empezó la subidita, que con el calor que ya teníamos pues, se notaba algo más de lo normal… Decidí abrir la bolsita de agua y bebérmela mientras subíamos. Metro a metro, la vegetación cada vez era más escasa, dejando paso a rocas enormes que brillaban bajo el cálido Lorenzo.

A la media hora, el sol, que ya estaba en lo alto del cielo, empezó a notarse de verdad, (eso más la humedad), incidiendo en línea recta en nuestras cabezotas y  convirtiéndose en el tema recurrente que rompía mis silencios mientras andábamos… “Puto sol”, “me cago en el sol del Caribe”, “Cómo quema el Lorenzo”,  “ Me cago en la puta que calor” y otros improperios… ya sabéis que nunca he sido muy fina, pero eso es todo lo que pude decir durante los siguientes veinte minutos de subida…

Al llegar arriba, fue cuando me di cuenta que algo no estaba bien, empezó a repetírseme el desayuno, la piña o la sandía, no lo tengo claro, pero estaba tan harta y cansada, que en el mirador, donde sorprendentemente había un gordo enorme y un señor que vendía helados, le dije a Pablo que pasaba de parar, que yo quería llegar.

Sentía que no me apetecía tener que hablar con los señores de enfrente y contarles cómo habíamos llegado allí. No quería ni hablarles del calor… y no quería beber más agua porque empezaba a tener ganas de vomitar el desayuno…

Así que Pablo, obediente, siguió andando, y empezamos a bajar saltando piedras y escalones.

Unos cuatro minutos después, tras una roca redonda y enorme, por fin, vimos el mar Caribe: azul, inmenso, tranquilo y rodeado de palmeras. Ahí estaba el paraíso.

Fue en ese momento, cuando con mi enfado del calor, se me taponaron los oídos, no le di mucha importancia, pero el caso es que dejé de oír bien y deje de entender a Pablo…

Bueno, tengo que reconocer que a Pablo y a mi amiga Paloma yo les entiendo la mitad. Hablan muy bajito y como buenos madrileños pronuncian poco. Yo intuyo, asiento y sonrío, pero en ese momento, debido a las circunstancias,  no sonreía ni intuía, simplemente andaba hacia el sitio de las hamacas que debía estar a unos cuatro kilómetros…

Recapitulemos: Estamos bajando, vemos el mar, quedan cuatro kilómetros, tengo ganas de vomitar, estoy muy enfadada, el sol “en to lo alto”, más de 35 grados, 90% de humedad y he dejado de oír…

Cuando llegamos abajo, antes de adentrarnos de nuevo en el bosque para recorrer los últimos tres kilómetros, tuvimos que andar unos quinientos metros por la arena de la playa.

De esos quinientos metros recuerdo el puto sol, que no había sombras, la arena blanca sobre mis zapatillas, sobre las rocas, sobre todo lo que miraba, mirara a donde mirara veía arenilla, o puntitos….no lo tenía claro… Intuí que Pablo me pidió que bebiera agua, obedecí y seguí andando hacia los árboles…

“Parece que te has hecho pis” me dijo Pablo mientras miraba mi pantalón y mi camiseta llenas de sudor… Como comprenderéis no me hizo ni pizca de gracia, pero como estaba que no estaba y encima mi enfado se centraba en el sol, ni respondí… Seguí zombi andando hacia la sombra…

Y fue ahí, ya bajo los árboles, empapada en sudor, en la sombra,  cuando deje de ver en color para ver en “escala de grises” y bajito mientras me sentaba en una raíz de un árbol inmenso le dije a Pablo que no podía más.

Me senté, perdí la noción del tiempo, empecé a ver como las hormigas, la arena o lo que fuera se diluían frente a mí y me acordé de mi madre, del Pico del Fraile que una navidad me hizo subir y acabé echando la pota. Me acordé de mi enfado en Ordesa con Pablo cuando con un metro de nieve le dije que no seguía. Me acordé de mi sobrino Yago que se hizo una vía Ferrata y en un video sale con cara de canguele pero entero y me acordé de mi amiga Sara cuando se desmalló dos veces en menos de dos metros en plena playa de Torrevieja y fue la atracción del momento... Solo quería llorar…

De repente, entre recuerdos, escuché a Pablo , que con voz de esa que pone que me gusta mucho, me dijo que me iba a echar agua en la cabeza, que me había dado mucho el sol…

¡Mano de santo oiga!

El agua templadita de su botella corriendo por mi cogote que miraba hacia el suelo casi entre mis rodillas, me despertó de mis recuerdos de muerte mortífera y me hizo de nuevo sentirme afortunadísima de poder estar ahí, a puntito de llegar al Paraíso, de que hacía sol y no llovía, de lo bonito que era Tayrona, el Caribe  y lo más importante, me recordó que estaba Pablo ahí para echarme agua y salvarme.

Mi salvador, e ídolo en ese momento, no me dejó levantarme hasta que me terminara el agua ya casi caliente de mi botella, me dio un beso en la mejilla y a los tres minutillos me ayudó a levantarme.

Llegamos  a nuestro destino diez minutos después y tras dejar todo, encontrar mi macuto que olía a caballo, volvernos a echar crema, comer en un chiringuito a pie de playa pescado recién salido del mar, nadar, tomar el sol y bucear con las gafas de piscina de dudosa procedencia que Amaia nos regaló; con un dolor de cabeza horroroso, me quedé dormida en la arena blanca, bajo una palmera, de la mano de Pablo escuchando el sonido del mar…

Como podéis daros cuenta, en éste último párrafo, en ningún lado encontraréis que nos echáramos repelente anti mosquitos… Pues bien, tras la siesta, cuando caía el sol, con el mismo dolor de cabeza horroroso que no me dejaba pensar, cientos de mosquitos y arañas habían plagado mis pies y mis pantorrillas  de picaduras. (A Pablo le picaron solo dos)  Ahora solo pienso en que ninguna de esas picaduras tenga Zica, Chicunguña o Dengue… Pero en ese momento, solo pensaba en poder comprar una botella de agua y poder tomarme una pastilla para mi gran dolor de cabeza y seguir disfrutando del paraíso con un tercio de mi equipo P.


Moraleja: El paraíso… tiene sus cosillas jodidas también…jejeje