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jueves, 7 de septiembre de 2017

Súper Rock Star Mr Francisco

Pues señores, mientras ustedes están preocupados por el Parlament y sus decisiones , aquí estamos nosotros viviendo otro momento histórico que nos regala éste país de realismo mágico, la visita del Papa Francisco.

Ha sido llegar y besar el santo, literal, volver de vacaciones y dirigir una de esas coberturas divertidas, complicadas e impresionantes que requieren concentración, coordinación y sobre todo responsabilidad.

Responsabilidad porque tal y cómo nos decían en la carrera los creyentes del periodismo, los que nos dedicamos a éstas cosas, tenemos un no sé qué por dentro de contarle al mundo qué está pasando y contarlo de verdad, intentando no olvidarnos de nada y hacerlo ordenado y encima atractivo a cámara.

Así que tras treinta y seis horas de curro a morir, viendo ya desde casa como el Papa vuelve a su camita en la Nunciatura tras dos jornadas agotadoras en una ciudad a 2600 metros de altura con su edad… pues una se nota el pecho palomo de haber cumplido con el deber.

Pero sobre todo, te llenas de orgullo y satisfacción porque el Papa éste, es una pasada y lo hace fácil.

Los que me conocéis, sabéis claramente que yo lo de la jerarquía lo llevo un poco mal, y la de la Iglesia pues peor, pero el Papa Francisco, es un grande de la comunicación mediática, de verdad un grandotote.

Una verdadera rock star que calcula cada segundo a la perfección cómo actuar ante su público. Bueno, supongo que él no calcula nada, que todo será cosa de sus asesores, pero cada gesto, cada palabra, cada parada en una esquinita… es im-pre-sio-nan-te.

Y no te das cuenta de la eficacia de su mensaje cuando ves a un millón y medio de personas que aguantan un chaparrón digno del huracán Irma como si se hubieran apuntado a la mejor de las raves de tecno mundial, todos como locos, felices, encantados,  mientras un viejete calvo con el pulmón estropeado se echa la siesta entre sermón y sermón tras una jornada agotadora a una altura mortal para cualquier mosquito, no, en ese momento es fácil ganar unos fieles, te das cuenta de lo estrella que es, cuando tu cámara que es más ateo que Fernando Savater, llega flipado tras cubrir la pasada del papamóvil por la calle 26 y hasta se le escapa un “es como un man en una nube, muy emocionante Señora Cristina”.

El tío lanza un mensaje en cada gesto adaptado a un país que cuando hay éste tipo de acontecimientos te das cuenta que es un país acomplejado por una guerra que le ataca por todas partes y que en muchas ocasiones les hace verse menos que otros países.

Es algo que me alucina mucho desde que estoy aquí, se creen que Colombia tiene los peores políticos, los peores sistemas educativos, las peores obras de construcción… (no sé si os suena ese mensaje)y claro, como muchos no conocen lo que hay fuera , de verdad lo creen y da pena, porque aunque las cosas nunca funcionan como deben funcionar, en realidad, podría ser peor.

Pero estos dos días molan porque sorprendentemente, más allá del mensaje que quiera dar el Papa, lo que está enseñando este montaje mediático a los colombianos, es que “Si se puede”.

Que llevan dos días que cada acto, ha sido celebrado a su hora, cada autoridad de turno se ha ceñido a la oficialidad del protocolo, que no se ha roto nada, ni muerto nadie , ni nadie ha matado a nadie y lo mejor, que se está haciendo todo a la colombiana.

Es decir, con música sonrisas y mensajes de aparente alegría todo el rato.

Le han recibido con cumbia, acompañado con vallenato, le han dado las buenas noches con joropo… y todo interpretado con trajes de muchos colores por niños, viejos, personas con discapacidad, yonkis y víctimas de todas las guerras colombianas habidas y por haber.  Pura pirotecnia  audiovisual, (no sabéis que imágenes bonitas están quedando en televisión) si, pero que a Colombia le está volviendo loca y le impulsa en su seguridad en sí misma y  en creer que se están haciendo las cosas bien.
El caso es que este hombre está haciendo país y eso… eso es emocionantísimo vivirlo señores.

El Papa no para de repetírselo en modo coach a todos sus públicos, que no pierdan la alegría y que vuelen alto… Que tiren para delante y que se dejen de rencores, venga a sonreir, abrazar y dejar hacerse selfies….


Pero lo curioso de toda esta orgía de viva la vida y arriba el amor de estos dos días, cuando pensábamos que iba a ser esto un “que guapos estáis todos”, ha llegado el acto con los curas. Curas con curas todo muy ceremonioso, brillante  y serio…. hasta que le ha tocado hablar a Bergolio y… ¡ZASCA!  ha habido tirón de orejas…

Ha hablado de que se mojen con la paz sin posicionarse ( Cabe destacar que entre los “influencers” del NO al acuerdo con Farc, había mucho cura de televisión detrás empujando por que no se firmara),  ha hablado de que no fueran curas de estratos altos, y que trabajaran por la igualdad, les ha soltado mil cosas más que como estaba editando el encuentro con los jóvenes de media hora antes,  no he podido escuchar con detenimiento, pero me he dado cuenta que en ése instante, ha sido, cuando los que no estaban muy en la sintonía papal, han decidido tomarle como un personaje de influencia positiva a quien respetar, como a un Obama en sus buenos tiempos o Mandela en su apartheid, y han empezado a considerarle, como  el propio Papa Francisco quiere ser recordado “Un buen tipo”.

El caso es que el mensaje que un personaje como éste trae a un país como Colombia en éste momento, no puede ser más fetén , es un puro y simple “Si se puede” que tanto gritamos en la Puerta del Sol hace unos años….

Un “sí se puede” que viene bastante al pelo tras 48 asesinatos  en los últimos seis meses, de líderes campesinos que intentaban retomar sus campos y comunidades y han visto como otras bandas criminales ocupaban el lugar en el que estaban antes las Farc. Un  “sí se puede” en un país en el que nadie cree en una clase política enriquecida a base de corrupción, un país con falta de visión comparativa positiva y en el que un día normal,  haces entrevistas a personas que piensan que cobrar dos mil euros es muy poco cuando el salario mínimo del país es de doscientos euros…

El caso es que está siendo emocionantísimo, un nuevo regalo a nuestro currículum vital que está valiendo la pena vivir.

Reconozco que las hormonas (reglaza horrible que nunca falta cuando tienes mucho que hacer) y la euforia ambiental, unido mi ojo morado tras el ataque gatuno, me han hecho emocionarme en alguna ocasión … y que he llorado esta tarde,  mientras empezaba a escribir, cuando he visto una “Nieves Colombiana” diciéndole al Papa “Es usted muy bueno” a lo “Te quiero mucho yo a ti” de la mía… AIS… SUSPIRITOS…

Ay! ¡Que me descentro! Al lío, lo dicho, que aún quedan tres días por delante, que no podemos cantar victoria del todo.


Mañana será la jornada más controvertida porque se va a Villavicencio, capital de un Departamento en el que las Farc han dado mucha guerra y el Papa ha decidido hacer un acto de “reconciliación” que puede resultar un verdadero desastre, o un climax apoteósico para que todos se mueran de paz y amor.

lunes, 16 de enero de 2017

La Caracas

Esta semana ha sido semana de aclimatación.

Vuelta al trabajo, a la compra, a la tranquilidad de que Paquita se coma mi ropa…

Esas cosas del día a día, ya sabéis.

Después de un viaje de avión tan accidentado o más que los otros dos anteriores, Paquita se ha adaptado mucho mejor.

Su dueño, que la mima más que a nadie en el mundo, le ha traído comidita y premios de España, así que la gata, que vive como una reina, no ha notado casi el cambio, y vuelve a ser feliz persiguiendo alambres del pan bimbo por toda la casa.
Lo que su dueño no pudo traerle, por cuestiones de espacio y peso, es la arenita para los pises que usa en España.

Como Pablo es alérgico al polvo, encontramos una arena que es como de piedras blancas muy chulas que no levanta polvo pero que también se come los olores, acostumbramos a Paqui desde pequeña a hacer pis en eso y ahora no puede vivir sin ella.

En España hay en todas partes, es un poco carilla, pero no hay súper que no te la venda (Bueno, si, el Día no tiene pero porque son cutres de por si).

Así que cuando llegamos a Bogotá y nos dimos cuenta de que no quedaba mucha arena de la que les gusta a los dos, salimos al veterinario del barrio a por ella.

El veterinario de mi barrio, como todo lo de mi barrio, es la cosa más pija del planeta.

Tiene una súper tienda de perros con muchísimos complementos, juguetes, disfraces,  medicinas, libros y demás y otra igual, separada por un cristal pero más acogedora, para gatitos.  En el piso de arriba están las consultas, (separadas gatos de perros), la zona de hospitalización y las guarderías de corta estancia.

Como es un veterinario pijo, siempre han tenido la arenita de Paqui, así que fuimos a tiro hecho. Pero al llegar allí cual fue nuestra sorpresa, que en el hueco de su arena delux no había nada de nada.

Nerviosos, pensando en la inestabilidad de nuestra gata maniática y déspota (que no me lea Pablo que me mata) corrimos a preguntarle a la dependienta que nos comentó que el proveedor de esa arena no llegaba de vacaciones hasta finales de mes.

Pablo le preguntó por otro proveedor y la señora fue a preguntar a otro compañero por si sabía de alguien, pero tampoco. Le expliqué a la señora nuestra problemática y nos comprendió perfectamente “Pobre prinsesita, con lo que ha viajado, no necesita más stress, ¡Qué pecado!”.

Dimos mil vueltas por la tienda, preocupados pensando en que tal vez ella no lo veía pero nosotros encontraríamos nuestras piedritas blanquiazules y nada.

El domiciliario (que es el que hace los pedidos a domicilio y normalmente son hombres muy trabajadores, de bajo estrato y bastante kinkis  que se enfrentan a las duras calles de la ciudad) percibió nuestra preocupación y debió escuchar nuestro problema. Así que sin dirigirse hacia a nosotros, extranjeros de altísimo estrato con grandes preocupaciones como dónde va a mear su gato. Le explicó a la dependienta algo que no pudimos escuchar.

Ella vino a nosotros dando pasitos cortos y rápidos desde el otro lado de la tienda y nos dijo señalando al hombre que cargaba en su hombro un pienso de gato contra las bolas de pelo.

“Mi compañero dice, que aquí mismo, en “La Caracas” con setenta y dos hay un agrocentro que venden seguro”.
¿En la Caracas? Preguntó Pablo mientras me miraba con los ojos muy abiertos intentando que yo dijera algo que solucionara el persistente problema.

“Si, aquí mismito, no más” dijo con timidez pero mucho interés, el señor domiciliario desde la otra punta de la tienda.
Sin hablar mucho y agradeciéndoles a ambos su amabilidad con mucho énfasis como se merecían, salimos del veterinario hacia casa para poder meditar el problema juntos y a solas.

Teníamos que ir a por la arena, estuviera en la Caracas o estuviera en Candanchú.

La Caracas es una de las calles más emblemáticas de la ciudad, sus 28 kilómetros de largo y sus cinco carriles de ancho van desde la calle 76 a la 40 sur cruzando barrios, gremios y zonas que no verás en ningún otro lugar.

La Caracas sería, para que os hagáis una idea,  la carrera veinte en algunos barrios, la dieseis a la altura del mío. (Yo vivo en la cuarta)

Hace un año, os diría que a La Caracas es mejor no bajar, hoy, que ya empiezo a saber quién es quién en ésta ciudad, os digo que hay que ir con cuidado  y que desde luego la Caracas tiene su propio horario: de 08.00 a 17.45.

Es decir, de día y cuando los miles de comercios de cosas baratujas están abiertos.

En la Caracas no hay ningún comercio que venda cosas auténticas, ni cosas caras y en algunas zonas tampoco legales.  En la Caracas se venden perros de dudosa procedencia, tornillos torcidos, armas, drogas, bombillas fundidas y maletas de un solo viaje. Los comercios, en según que barrios, se alternan con vendedores ambulantes, puestos de arepas y moteles donde amarse por horas. 

En otras zonas, los garajes de motos se alternan con jonkis, habitantes de la calle y almas en pena que no saben ni donde están.
La Caracas nace en La Picota, la prisión más grande de Bogotá donde está recluido nuestro famoso vecino violador y asesino.

A algunas cuadras de allí se cruza con la zona de las tiendas de lavadoras y electrodomésticos de dudosa procedencia y mejor calidad.

Sigue hacia el norte pasando por la zona de los Sobanderos, profesionales sin título ni carrera que sobándote te arreglan lesiones, dolores y hasta mal de amores.

Allí acuden en mandada, personas de toda índole buscando remedios que no han encontrado en las cartas del famosísimo chamán, el Indio Amazónico, de la Caracas con treinta y nueve.

A la altura de la calle trece o catorce, se cruza con el mercado de San Vitorino, donde puedes encontrar camisetas de todos los equipos de futbol del mundo a menos de diez euros, con los escudos bordados y el nombre y número que a ti te apetezca en menos de diez minutos, así como vestidos de princesa para la puesta de largo de quince años con volantes y muchos brillis brillis.

A diez cuadras de allí siguiendo hacia el norte, la Caracas se tiñe de vicio y pasión, iluminada con luces de neón y elegancia exuberante latina, en el mayor puticlub “normal” (no para ricos) de la ciudad,  La Piscina, que como buen puti tiene otro puti enfrente, el Castillo, que le regatea los precios siguiendo la ley de la oferta y la demanda dando lo mejor de todo Latinoamérica con mucho cariño y amor.

Pero  la cuadra de El Castillo y La Piscina de la veintidós, no es la única zona para el amor en la Caracas.

La zona de Chapinero, por la 62 o 65 con Caracas, vuelve a oler a cama y placer gracias a los múltiples “Resevados” (Que son Putis con horarios diurnos que cierran a eso de las tres) y de los Moteles, que a diferencia de los moteles de carretera españoles, son hoteles a horas donde, como me dijeron un día en la oficina “Van con las secretarias cuando se necesita un poquitico de amor”.

Y claro está, por la noche, cualquier esquina y acera es buena para un aquí te pillo, aquí te mato entre habitantes de la calle, adictos y demás.

Diana y yo, en esos viajes que empiezan a las 05.00 para coger el vuelo más barato con destino cualquier lugar, nos hemos cruzado en la Caracas, con escenas de sexo de lo más explícito desde nuestro taxi con los pestillos bajados al amanecer…

Allá por la cincuenta, están las tiendas donde se venden animales vivos, ilegales, exóticos o de andar por casa. Están llenas de labradores que son mil leches pintados de negro, pollitos de colores, iguanas muy tiesas que no se distingue si están disecadas o vivas  y otra lista de atrocidades animalisticas...

Tras el levantamiento del “Bronx” de Bogotá (el mayor mercado de la droga de la capital) el pasado año, muchos de sus habitantes se han instalado a la altura de la sesenta, coincidiendo con Moteles y tiendas de piezas de motos, los jonkis se esparcen por las aceras, tirados sin ningún orden ni concierto. Por las noches, se reúnen en las anchas aceras entorno a fuegos improvisados en barriles de gasolina contando historias y viendo coches pasar.

Y en la setenta y dos, allí donde nos había dicho el domiciliario, están las tiendas de animales.

Tiendas de animales no significa tiendas de cositas para perros y gatos sino tiendas enormes en las que lo mismo encuentras un ordeñador de vacas, que una súper maquinilla para esquilar ovejas o un parquecito para perros de tamaño de una rata. ¿Quién compra un esquila ovejas en medio de la ciudad? Pues no lo se, pero el caso, es que a trece calles de mi casa, en la Caracas con setenta y dos, hay una zona con grandes almacenes para animales que nunca había ido hasta ahora que tienen de todo.

El sábado por la mañana nos vestimos propiamente para bajar a la Caracas. Somos unos cagados, así que nos fuimos sin joyas, sin bolso, ni pintas de pijos de ciudad. Andandito de la mano y con aparente despreocupación hacia nuestro objetivo. Todo por que Paqui hiciera pis contenta.

Al llegar a la Caracas, por la setenta y dos tuvimos que preguntar a un par de señoras con pinta de buenas madres que detrás de sus mostradores vendían arepas y cobre (respectivamente) y la segunda, que tenía pinta de haber vivido toda su vida entre cobre y otros alambres dignos de venderse en la Caracas nos explicó señalando con los labios que estaba mas adelantico. Pablo preguntó cuanto de “adelantico” (por no tener que andar muchas cuadras dando papaya y llamando la atención) Aquí no más, a una cuadrita y media.

Le dimos las gracias y a paso firme y apretándonos la mano como si eso nos fuera a ayudar en algo, cruzamos una cuadra con cuatro tiendas de bombillas, llaves y cerraduras hasta encontrarnos con el Agrocentro.

Allí, en la sección de gatos, encontramos por fin la arenita de la gatita de marras que costaba cuatro veces más que en Madrid y dos más que en nuestro veterinario pijo.

Cogimos dos bolsitas, pagamos y al salir, ya hasta viéndonos fuertes por tan tremenda hazaña conseguida, nos paramos a preguntar a una de las tiendas de candados por uno de clave para el gimnasio.

El dependiente, al oir nuestro acento, tan extraño por esos lares, nos dijo que costaba el triple de lo que debía costar, devolviéndonos a nuestra realidad de que ese no era nuestro barrio.

Nos despedimos muy amables, cruzamos los cinco carriles de La Caracas con la setenta y dos, cargando con la arena exclusiva, subimos dos cuadras más y de nuevo volvimos a nuestra burbuja, en la que los limpiabotas te llaman “Su mercé” y los centros comerciales tienen guardias de seguridad.

lunes, 2 de mayo de 2016

Pájara en Tayrona

Acabamos de llegar de Santa Marta, renovadísimos por dentro y renovadísimos por fuera. Morenos y felices, tan gordos como hace cinco días y más en paz que hace 48 horas.

Y digo 48 horas, porque durante mi visita al parque Tayrona… He vuelto a nacer.

Bueno, no sé si he vuelto a nacer, pero el caso es que casi me muero…
No se si recordaréis que el año pasado, en mi cumpleaños, os escribí un mail en el que hablaba que el paraíso si que existía y que se llamaba Parque Tayrona.

Pues a Pablo se le quedó grabado, y éste año, con el afán de compartir todo lo bueno con él, organicé un fin de semana idílico en el Parque Natural de Tayrona con sus tres días y dos noches durmiendo en hamaca como lo hacen los indígenas Koguis pero con mosquiteras, crema para el sol,  Relec anti mosquitos y miedo a los habitantes de la noche…
Todo cuadrado, primera noche dormíamos en Santa Marta para ir nada más despertarse a la calle 11 con 11 coger una buseta y llegar prontito al Parque Tayrona para enfrentarnos a la caminata que lleva hasta la zona de playas y hamacas.

Era sencillo.

El caso es que, con el objetivo de que todo saliera perfecto, encontré un hotel con una puntuación de 9,4 en booking que además, era baratillo y muy bien situado…

Así que en vez de madrugar al alba, como a mí me sonaba que teníamos que hacer, remoloneamos hasta las 07.54 de la mañana, desayunamos como reyes, nos echamos una charlilla con la de recepción y a las 09.30 o así salíamos hacia la buseta.

El camino desde la calle dos a la once, que era donde estaba el solar de donde salían los buses de línea, cruzaba el mercadillo de Santa Marta, lleno de puestos, de carpas negras que quitaban el sol, música, gritos, perros y gatos despeluchados en busca de cualquier cosa que comer y de señores vendiendo jugos y palas (helados) por todas partes. El sol picaba bastante, y nuestros cuerpos de guiris, empezaban a notar las altas temperaturas del “Alto Magdalena”.
 
Cuando llegamos al bus ya habíamos terminado nuestra botellita de agua y en la misma parada compramos otras dos, para el camino que nos esperaba en Tayrona…

Durante la hora que duraba el trayecto de buseta, se pudieron subir unos 15 vendedores (sin que parara el bus, suben y bajan en marcha enlazando diferentes buses, ¡mola!) y compramos unas 4 bolsas de agua para rellenar nuestras botellitas, porque la brisa que entraba por las ventanas, era más bien templadilla y no sofocaba el calor que sentíamos…

Llegamos a Tayrona a las 11.45 de la mañana, de la mañana soleada, con un 90% de humedad ambiental, y aun nos quedaba la caminata por delante.

Había advertido a Pablo, que me daría igual como se pusiera, pero que mi macuto, a pesar de que él tuviera alergia a los caballos, me lo iban a llevar los caballos del parque, que yo quería disfrutar del paseíto, quería ir libre cual gacela…
Así que nada más llegar, dejamos mi mochila en las cuadras de los porteadores, nos echamos crema y comenzamos a andar bajo la frondosa sabana del Tayrona.

Haciendo fotitos, descubriendo lagartos de azules y verdes fluorescentes, buscando monos trepadores, contando raíces de árboles… Todo muy “happy flower”, Pablo con su pañuelo en la cabeza y su mochila  y yo con mi botellita de agua, mi pasaporte en el bolsillo y una bolsita de agua en la mano.

Pasados 15 minutos, empezó la subidita, que con el calor que ya teníamos pues, se notaba algo más de lo normal… Decidí abrir la bolsita de agua y bebérmela mientras subíamos. Metro a metro, la vegetación cada vez era más escasa, dejando paso a rocas enormes que brillaban bajo el cálido Lorenzo.

A la media hora, el sol, que ya estaba en lo alto del cielo, empezó a notarse de verdad, (eso más la humedad), incidiendo en línea recta en nuestras cabezotas y  convirtiéndose en el tema recurrente que rompía mis silencios mientras andábamos… “Puto sol”, “me cago en el sol del Caribe”, “Cómo quema el Lorenzo”,  “ Me cago en la puta que calor” y otros improperios… ya sabéis que nunca he sido muy fina, pero eso es todo lo que pude decir durante los siguientes veinte minutos de subida…

Al llegar arriba, fue cuando me di cuenta que algo no estaba bien, empezó a repetírseme el desayuno, la piña o la sandía, no lo tengo claro, pero estaba tan harta y cansada, que en el mirador, donde sorprendentemente había un gordo enorme y un señor que vendía helados, le dije a Pablo que pasaba de parar, que yo quería llegar.

Sentía que no me apetecía tener que hablar con los señores de enfrente y contarles cómo habíamos llegado allí. No quería ni hablarles del calor… y no quería beber más agua porque empezaba a tener ganas de vomitar el desayuno…

Así que Pablo, obediente, siguió andando, y empezamos a bajar saltando piedras y escalones.

Unos cuatro minutos después, tras una roca redonda y enorme, por fin, vimos el mar Caribe: azul, inmenso, tranquilo y rodeado de palmeras. Ahí estaba el paraíso.

Fue en ese momento, cuando con mi enfado del calor, se me taponaron los oídos, no le di mucha importancia, pero el caso es que dejé de oír bien y deje de entender a Pablo…

Bueno, tengo que reconocer que a Pablo y a mi amiga Paloma yo les entiendo la mitad. Hablan muy bajito y como buenos madrileños pronuncian poco. Yo intuyo, asiento y sonrío, pero en ese momento, debido a las circunstancias,  no sonreía ni intuía, simplemente andaba hacia el sitio de las hamacas que debía estar a unos cuatro kilómetros…

Recapitulemos: Estamos bajando, vemos el mar, quedan cuatro kilómetros, tengo ganas de vomitar, estoy muy enfadada, el sol “en to lo alto”, más de 35 grados, 90% de humedad y he dejado de oír…

Cuando llegamos abajo, antes de adentrarnos de nuevo en el bosque para recorrer los últimos tres kilómetros, tuvimos que andar unos quinientos metros por la arena de la playa.

De esos quinientos metros recuerdo el puto sol, que no había sombras, la arena blanca sobre mis zapatillas, sobre las rocas, sobre todo lo que miraba, mirara a donde mirara veía arenilla, o puntitos….no lo tenía claro… Intuí que Pablo me pidió que bebiera agua, obedecí y seguí andando hacia los árboles…

“Parece que te has hecho pis” me dijo Pablo mientras miraba mi pantalón y mi camiseta llenas de sudor… Como comprenderéis no me hizo ni pizca de gracia, pero como estaba que no estaba y encima mi enfado se centraba en el sol, ni respondí… Seguí zombi andando hacia la sombra…

Y fue ahí, ya bajo los árboles, empapada en sudor, en la sombra,  cuando deje de ver en color para ver en “escala de grises” y bajito mientras me sentaba en una raíz de un árbol inmenso le dije a Pablo que no podía más.

Me senté, perdí la noción del tiempo, empecé a ver como las hormigas, la arena o lo que fuera se diluían frente a mí y me acordé de mi madre, del Pico del Fraile que una navidad me hizo subir y acabé echando la pota. Me acordé de mi enfado en Ordesa con Pablo cuando con un metro de nieve le dije que no seguía. Me acordé de mi sobrino Yago que se hizo una vía Ferrata y en un video sale con cara de canguele pero entero y me acordé de mi amiga Sara cuando se desmalló dos veces en menos de dos metros en plena playa de Torrevieja y fue la atracción del momento... Solo quería llorar…

De repente, entre recuerdos, escuché a Pablo , que con voz de esa que pone que me gusta mucho, me dijo que me iba a echar agua en la cabeza, que me había dado mucho el sol…

¡Mano de santo oiga!

El agua templadita de su botella corriendo por mi cogote que miraba hacia el suelo casi entre mis rodillas, me despertó de mis recuerdos de muerte mortífera y me hizo de nuevo sentirme afortunadísima de poder estar ahí, a puntito de llegar al Paraíso, de que hacía sol y no llovía, de lo bonito que era Tayrona, el Caribe  y lo más importante, me recordó que estaba Pablo ahí para echarme agua y salvarme.

Mi salvador, e ídolo en ese momento, no me dejó levantarme hasta que me terminara el agua ya casi caliente de mi botella, me dio un beso en la mejilla y a los tres minutillos me ayudó a levantarme.

Llegamos  a nuestro destino diez minutos después y tras dejar todo, encontrar mi macuto que olía a caballo, volvernos a echar crema, comer en un chiringuito a pie de playa pescado recién salido del mar, nadar, tomar el sol y bucear con las gafas de piscina de dudosa procedencia que Amaia nos regaló; con un dolor de cabeza horroroso, me quedé dormida en la arena blanca, bajo una palmera, de la mano de Pablo escuchando el sonido del mar…

Como podéis daros cuenta, en éste último párrafo, en ningún lado encontraréis que nos echáramos repelente anti mosquitos… Pues bien, tras la siesta, cuando caía el sol, con el mismo dolor de cabeza horroroso que no me dejaba pensar, cientos de mosquitos y arañas habían plagado mis pies y mis pantorrillas  de picaduras. (A Pablo le picaron solo dos)  Ahora solo pienso en que ninguna de esas picaduras tenga Zica, Chicunguña o Dengue… Pero en ese momento, solo pensaba en poder comprar una botella de agua y poder tomarme una pastilla para mi gran dolor de cabeza y seguir disfrutando del paraíso con un tercio de mi equipo P.


Moraleja: El paraíso… tiene sus cosillas jodidas también…jejeje