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lunes, 23 de enero de 2017

Baño polaco

Éste fin de semana, hemos estado en la playa.

Previendo este bajón posvacacional y demotivador que tiene volver al otro lado del mundo sin vosotros, Diana me recomendó antes de irse, que planificara algo para enero para darme un poco de vidilla y recordar lo bueno de aquí. Así que en noviembre, compramos unos billetes a Cartagena para irnos a Isla Grande en plan señores un fin de semana.

Nos han timado por todos los lados (muy colombiano), porque nos dijeron un precio que no era y luego tampoco nos explicaron que por tener visa de trabajo teníamos que pagar el 20% más correspondiente a los impuestos nacionales. Total, que hemos vuelto pobres de pedir, pero muy contentos del calorcito, el buceo, el padle surf, la naturaleza y la tranquilidad.

Llegamos ayer a la una de la mañana, la casa estaba fría y Paqui, como suele hacer cuando la dejamos sola un par de días, nos echó la bronca a grito pelado, por no haber avisado de que no íbamos a estar con ella en todo el fin de semana.
Durante los quince minutos que aguanté despierta, no hizo más que maullar alto y revozarse contra nuestras piernas en señal de protesta.

Yo estaba cansadísima, tanto, que dejé el bañador mojado en el tendedero, me lavé los dientes y me metí en la cama sin mediar palabra. Con el pelo sucio y seco de tanto sol costeño  y oliendo a sudor de calorcito cartagenero.

Pablo, que no se había dado una ducha de agua dulce en la playa antes de irnos de allí (como hice yo) y no hay cosa que le mole más que meterse en la cama recién duchadito, aprovechó la ocasión para darse un remojón calentito en la habitación que tenemos como ducha (es enorme, creo que os lo he dicho otras veces, pero es lo mejor de la casa. Cabemos 10 y la alcachofa es gigantesca… Sabéis que está a vuestra entera disposición cuando vengáis a visitarnos).

Cuando empañó todos los cristales de la casa y tuvo los dedos rechumidos, se metió en la cama a mi ladito,  Me dio un beso de buenas noches que recibí entre sueños y ronquidos. Creo que me dijo algo, pero ni le entendí.

Paquita pidió entrada bajo el edredón, con un maullido más suave y seductor, se acurrucó  entre Pablo y yo, porque, a pesar de su enfado, los seis grados de la calle en una casa sin calefacción se notaban…. y nos quedamos acurrucaditos los tres hasta ésta mañana.

Tan cansados debíamos estar, que no hemos escuchado el despertador de Pablo (que suena media hora antes que el mío) y nos hemos despertado con el riiiiing del mío directamente.

Pablo se ha levantado rápido, ha planchado una camisa y antes de que yo saliera de la cama, se estaba tomando un café vestido de señor para irse a trabajar con una pierna ya fuera de casa. Se ha despedido rápidamente de las dos y ha desaparecido rumbo a su oficina.

El caso es que cuando me he levantado, con la radio de fondo escuchando las locuras del Señor Trump en la “Doble U”, cual autómata, me he arrastrado hasta la cocina para hacerme las judías verdes hervidas para mi comida de medio día.

Sin abrir casi los ojos, he cogido la cacerola, la he puesto bajo el grifo, he ido a abrir el agua y…. el grifo tenía poquísima presión.

Mi primer pensamiento, ha sido que  que como otras veces, el portero me había cerrado el agua el fin de semana que no estaba y así que directamente, he llamado a portería. 

“Buenos días señora Cristina, ¿Qué hubo? ¿Qué más? ¿Cómo me le va? ¿Cómo amaneció? ¿En qué le puedo colaborar?”

Yo, que como todo el mundo sabe, por herencia familiar Patiño, por las mañanas no me gusta mucho hablar, le he tenido que
responder a lo colombiano en un tono amable poco habitual en mi, “¿Qué más? ¿Cómo está? ¿Qué tal va la mañana? Qué pena molestarle, pero ¿Será que me han cerrado el agua como la otra vez y se olvidaron de abrilo de nuevo?

El portero, rápidamente, repitiendo el mismo discurso que le ha debido decir a todo el edificio desde primera hora de la mañana, me ha respondido muy cordial como si no pasara nada;

“Qué pena señora Cristina, es que el agua se cortó en la noche tardecito y apenas está regresando. Si espera un poquitico, no más, verá como nos regresa y volvemos a la normalidad”.

Es decir, que no tenía ni puta idea de cuando se había cortado, porque Pablo se había duchado la noche anterior bastante tarde durante horas,  y por tanto no tenía ni puta idea tampoco de cuando iba a volver.

Me he despedido muy amablemente, deseándole buen día, dándole las gracias,  mientras dentro de mi, crecía la rabia y se me cerraba la garganta fruto de la desesperación de la incompetencia general y los malos recuerdos de la última vez que se fue el agua en todo el barrio y no volvió en dos días.

¿Sabéis lo que es en un mundo civilizado en el que tienes que ir a trabajar que no haya agua?

Seguramente, los más aventureros pensaréis “yo estuve en un campamento cuatro días” Mi madre alardeará, que en sus refugios de montaña no hay agua y ella, como mujer limpia que es, hace malabares para cuidar los mínimos, pero… ¿Ir a currar con absoluta normalidad sin agua?

Os juro que es un infierno.

Lo primero de todo, cuando ves que no hay agua, es preguntar a los locales la previsión de que ésta vuelva, ante tú pregunta, ellos te responderán con otra… ¿Pero es en todo el barrio o sólo tu edificio?

La diferencia es igual de desesperante, pero a ellos les importa mucho. Si es en tu barrio, tal vez  tengas la suerte de que viva un influyente hijo de no se quien, o directamente el político de turno, que puede presionar al Acueducto de Bogotá para que venga a arreglar la avería en menos de cuarenta y ocho horas.

Si señores, han oído bien, cuarenta y ocho horas.

Si es en tu edificio… la cosa se complica, porque únicamente el administrador de la finca puede realizar la llamada al fontanero. Si es un administrador de bien, seguramente llame en el mismo día, pero el mío, al que nunca he conseguido escuchar porque no me ha cogido el teléfono jamás, no vive en el edificio y lleva todas las edificaciones de la familia Uribe-Noguera (conocidos mundialmente por tener un asesino violador entre sus miembros) por lo que anda bastante ocupadito…

El fontanero, normalmente no trabaja más tarde de las cuatro. Porque aquí las horas extras y la conciliación familiar se pagan pero bien, así que prefieren soltar el alicate y si no ha podido ayudarte antes de las cuatro, “Qué pena con usted” y se va para su casa.

Así que si te quedas sin agua en un edificio bogotano ,así como así, te toca tener mucha paciencia, mucho dinero y algún amigo para poderte duchar a fondo el tercer día de sequía.

Volviendo a ésta mañana; Ahí estaba yo, oliendo a rallos, con el pelo asqueroso, en pijama y a una hora bastante tardía en la que no tenía ningún amigo aun en casa y sin saber si era avería del edificio (de ésa manera iría al gimnasio a ducharme) o del barrio.

Me he sentado en el sofá, desconozco cuanto tiempo, mirando al infinito, con el teléfono móvil en la mano, buscando una solución rápida y efectiva.

La primera opción que me ha venido a la cabeza ha sido trabajar desde casa, pero claro, una no puede trabajar dos días seguidos en su casa cuando tiene reuniones y demás que ya están cerradas para esa misma mañana.

Así que la segunda opción, repitiendo la jugada de la otra vez, ha sido llamar a una cigarrería (que es como los chinos en España pero aquí los llevan los mismos colombianos porque hay poco chino aun) y pedir veinte litros de agua en garrafas para al menos poder ducharme a “parroquias”.

Con 30.000 pesos menos (10 euros) y cuarenta minutos después, tras una cocacola ligth y un sándwich de nocilla porque la ansiedad me ha hecho olvidar que volvía a estar a dieta, ha llegado el señor de la cigarrería de abajo (si, tardan cuarenta minutos aunque estén en tu misma manzana) y me ha subido a la mismísima encimera de la cocina cuatro garrafas de agua embotellada para mi uso exclusivo y personal.

Sonriente y encantado con el “agosto” que se estaba haciendo a consta de pijas con necesidades imperiosas de higiene personal y cocina, me ha comentado que había tenido suerte, que eran las últimas garrafas que le quedaban, y que hasta el miércoles, no venía el repartidor.

No he sabido si sentirme afortunada o la mujer más desdichada del planeta por saber que, no era cosa del edificio y que en toda mi manzana no había más agua disponible que la que tenía en mi encimera. Pero amablemente (haciendo un esfuerzo infernal porque repito, por las mañanas soy el mismísimo diablo) le he dado su propinita, los buenos días y he cerrado la puerta aliviada.

Un poquitito para las judías verdes, otro poquitito para beber y bajar el ultimo trocito de sándwich de nocilla de importación, y estos cuatro litros más o menos para calentar en la pota grandota para lavarme el cuerpo.

Tras veinte minutos de cocción y ya llegando demasiado tarde a la oficina, he echado el agua fría en  tina que compré la última vez que sufrí esta catástrofe y que tiene el tamaño justo para todo lo que es el aseo personal (lo mismo cabe un pie, que un culo que un jersey para lavar a mano).
Posteriormente he llevado la tina y la olla al cuarto-ducha para desde ahí volcar todo el agua hirviendo de la olla grande con el objetivo de conseguir un agua templadito y en el lugar exacto para no mojar toda la casa.

Sentía que nada ni nadie podía frenarme, tras tan osada hazaña.  Encantada conmigo misma por lo rápido que estaba capeando la situación, sabiendo que el olor a cebolleta francesa desaparecería en cuestión de segundos y que gracias a mi ingenio y tenacidad, sería la última persona de la carrera cuarta A que disfrutaría del agua limpia recién comprada.

Transistor en posición, pijama por aquí, braguitas por allá...
¡Todo preparado!
Pero al volcar toda el agua en el recipiente plástico final, sin saber cómo ni por qué, además del agua caliente han empezado a aparecer pequeños trozos de espinacas que el viernes pasado, había hecho en esa misma cacerola y que se habían camuflado, hasta ese momento, en las negras paredes de la mejor de todas mis ollas de toda la casa.

¡Cacerola sin fregar!
¡Horror!

Seis litros ¡¡SEIS!! ¿De los veinte que tenía disponibles echados a perder y volver a esperar a que se calentara?

Ni de coña.

Otra vez, fruto de la desesperación y la capacidad de supervivencia, he decidido solucionarlo por mi cuenta.
Desnuda, con frío y harta del agüita de los cojones, he ido hasta la cocina corriendo a coger un colador para cazar cada trocito de espinaca que hubiera ahí dentro.

No tenía tiempo, ni ganas, ni humor para volver a esperar veinte minutos de cocción para que el agua se calentara. Y por otra parte, por qué no decirlo, hay ciertas zonas de mi cuerpo que me niego a mojar con agua fría a primera hora de la mañana.

Asi que, con las noticias de fondo en mi transistor, de cuclillas en medio de la ducha-habitación de mi baño, me he dedicado a pescar espinacas en mi tina azul de emergencia con el escurridor de verduras de rejilla que SI había fregado el viernes.

Si, sé que es un asco, que todos pensaréis que es lo peor del planeta, pero me he lavado en ese agua todo lo que un baño polaco requiere (pies, culo y sobaco).

Convenciéndome a mí misma de que, posiblemente, el caribe en el que había nadado el día anterior o el mar mediterráneo en el que nos bañamos todos alguna vez, tienen más bacterias que un balde azul de emergencia con trocitos de espinacas flotantes sazonado con jabón Dove.

Eso si, me he lavado los dientes, la cara y el cuello con agua fría directa de la garrafa herméticamente cerrada. Y el  pelo, tras lo de las espinacas… ya me ha parecido excesivo. He tirado de moño alto pegado a la cabeza para que no se supiera si era sucio o gomina.

A medio día he subido a casa, para saber si tocaba coger mochila para irme a duchar a casa de alguien o todo había terminado.

Por suerte esta vez, solo ha sido una mañana. En éste país del realismo mágico, uno nunca sabe si el “ahorita mismo” son unas horas, o una eternidad.



lunes, 2 de mayo de 2016

Pájara en Tayrona

Acabamos de llegar de Santa Marta, renovadísimos por dentro y renovadísimos por fuera. Morenos y felices, tan gordos como hace cinco días y más en paz que hace 48 horas.

Y digo 48 horas, porque durante mi visita al parque Tayrona… He vuelto a nacer.

Bueno, no sé si he vuelto a nacer, pero el caso es que casi me muero…
No se si recordaréis que el año pasado, en mi cumpleaños, os escribí un mail en el que hablaba que el paraíso si que existía y que se llamaba Parque Tayrona.

Pues a Pablo se le quedó grabado, y éste año, con el afán de compartir todo lo bueno con él, organicé un fin de semana idílico en el Parque Natural de Tayrona con sus tres días y dos noches durmiendo en hamaca como lo hacen los indígenas Koguis pero con mosquiteras, crema para el sol,  Relec anti mosquitos y miedo a los habitantes de la noche…
Todo cuadrado, primera noche dormíamos en Santa Marta para ir nada más despertarse a la calle 11 con 11 coger una buseta y llegar prontito al Parque Tayrona para enfrentarnos a la caminata que lleva hasta la zona de playas y hamacas.

Era sencillo.

El caso es que, con el objetivo de que todo saliera perfecto, encontré un hotel con una puntuación de 9,4 en booking que además, era baratillo y muy bien situado…

Así que en vez de madrugar al alba, como a mí me sonaba que teníamos que hacer, remoloneamos hasta las 07.54 de la mañana, desayunamos como reyes, nos echamos una charlilla con la de recepción y a las 09.30 o así salíamos hacia la buseta.

El camino desde la calle dos a la once, que era donde estaba el solar de donde salían los buses de línea, cruzaba el mercadillo de Santa Marta, lleno de puestos, de carpas negras que quitaban el sol, música, gritos, perros y gatos despeluchados en busca de cualquier cosa que comer y de señores vendiendo jugos y palas (helados) por todas partes. El sol picaba bastante, y nuestros cuerpos de guiris, empezaban a notar las altas temperaturas del “Alto Magdalena”.
 
Cuando llegamos al bus ya habíamos terminado nuestra botellita de agua y en la misma parada compramos otras dos, para el camino que nos esperaba en Tayrona…

Durante la hora que duraba el trayecto de buseta, se pudieron subir unos 15 vendedores (sin que parara el bus, suben y bajan en marcha enlazando diferentes buses, ¡mola!) y compramos unas 4 bolsas de agua para rellenar nuestras botellitas, porque la brisa que entraba por las ventanas, era más bien templadilla y no sofocaba el calor que sentíamos…

Llegamos a Tayrona a las 11.45 de la mañana, de la mañana soleada, con un 90% de humedad ambiental, y aun nos quedaba la caminata por delante.

Había advertido a Pablo, que me daría igual como se pusiera, pero que mi macuto, a pesar de que él tuviera alergia a los caballos, me lo iban a llevar los caballos del parque, que yo quería disfrutar del paseíto, quería ir libre cual gacela…
Así que nada más llegar, dejamos mi mochila en las cuadras de los porteadores, nos echamos crema y comenzamos a andar bajo la frondosa sabana del Tayrona.

Haciendo fotitos, descubriendo lagartos de azules y verdes fluorescentes, buscando monos trepadores, contando raíces de árboles… Todo muy “happy flower”, Pablo con su pañuelo en la cabeza y su mochila  y yo con mi botellita de agua, mi pasaporte en el bolsillo y una bolsita de agua en la mano.

Pasados 15 minutos, empezó la subidita, que con el calor que ya teníamos pues, se notaba algo más de lo normal… Decidí abrir la bolsita de agua y bebérmela mientras subíamos. Metro a metro, la vegetación cada vez era más escasa, dejando paso a rocas enormes que brillaban bajo el cálido Lorenzo.

A la media hora, el sol, que ya estaba en lo alto del cielo, empezó a notarse de verdad, (eso más la humedad), incidiendo en línea recta en nuestras cabezotas y  convirtiéndose en el tema recurrente que rompía mis silencios mientras andábamos… “Puto sol”, “me cago en el sol del Caribe”, “Cómo quema el Lorenzo”,  “ Me cago en la puta que calor” y otros improperios… ya sabéis que nunca he sido muy fina, pero eso es todo lo que pude decir durante los siguientes veinte minutos de subida…

Al llegar arriba, fue cuando me di cuenta que algo no estaba bien, empezó a repetírseme el desayuno, la piña o la sandía, no lo tengo claro, pero estaba tan harta y cansada, que en el mirador, donde sorprendentemente había un gordo enorme y un señor que vendía helados, le dije a Pablo que pasaba de parar, que yo quería llegar.

Sentía que no me apetecía tener que hablar con los señores de enfrente y contarles cómo habíamos llegado allí. No quería ni hablarles del calor… y no quería beber más agua porque empezaba a tener ganas de vomitar el desayuno…

Así que Pablo, obediente, siguió andando, y empezamos a bajar saltando piedras y escalones.

Unos cuatro minutos después, tras una roca redonda y enorme, por fin, vimos el mar Caribe: azul, inmenso, tranquilo y rodeado de palmeras. Ahí estaba el paraíso.

Fue en ese momento, cuando con mi enfado del calor, se me taponaron los oídos, no le di mucha importancia, pero el caso es que dejé de oír bien y deje de entender a Pablo…

Bueno, tengo que reconocer que a Pablo y a mi amiga Paloma yo les entiendo la mitad. Hablan muy bajito y como buenos madrileños pronuncian poco. Yo intuyo, asiento y sonrío, pero en ese momento, debido a las circunstancias,  no sonreía ni intuía, simplemente andaba hacia el sitio de las hamacas que debía estar a unos cuatro kilómetros…

Recapitulemos: Estamos bajando, vemos el mar, quedan cuatro kilómetros, tengo ganas de vomitar, estoy muy enfadada, el sol “en to lo alto”, más de 35 grados, 90% de humedad y he dejado de oír…

Cuando llegamos abajo, antes de adentrarnos de nuevo en el bosque para recorrer los últimos tres kilómetros, tuvimos que andar unos quinientos metros por la arena de la playa.

De esos quinientos metros recuerdo el puto sol, que no había sombras, la arena blanca sobre mis zapatillas, sobre las rocas, sobre todo lo que miraba, mirara a donde mirara veía arenilla, o puntitos….no lo tenía claro… Intuí que Pablo me pidió que bebiera agua, obedecí y seguí andando hacia los árboles…

“Parece que te has hecho pis” me dijo Pablo mientras miraba mi pantalón y mi camiseta llenas de sudor… Como comprenderéis no me hizo ni pizca de gracia, pero como estaba que no estaba y encima mi enfado se centraba en el sol, ni respondí… Seguí zombi andando hacia la sombra…

Y fue ahí, ya bajo los árboles, empapada en sudor, en la sombra,  cuando deje de ver en color para ver en “escala de grises” y bajito mientras me sentaba en una raíz de un árbol inmenso le dije a Pablo que no podía más.

Me senté, perdí la noción del tiempo, empecé a ver como las hormigas, la arena o lo que fuera se diluían frente a mí y me acordé de mi madre, del Pico del Fraile que una navidad me hizo subir y acabé echando la pota. Me acordé de mi enfado en Ordesa con Pablo cuando con un metro de nieve le dije que no seguía. Me acordé de mi sobrino Yago que se hizo una vía Ferrata y en un video sale con cara de canguele pero entero y me acordé de mi amiga Sara cuando se desmalló dos veces en menos de dos metros en plena playa de Torrevieja y fue la atracción del momento... Solo quería llorar…

De repente, entre recuerdos, escuché a Pablo , que con voz de esa que pone que me gusta mucho, me dijo que me iba a echar agua en la cabeza, que me había dado mucho el sol…

¡Mano de santo oiga!

El agua templadita de su botella corriendo por mi cogote que miraba hacia el suelo casi entre mis rodillas, me despertó de mis recuerdos de muerte mortífera y me hizo de nuevo sentirme afortunadísima de poder estar ahí, a puntito de llegar al Paraíso, de que hacía sol y no llovía, de lo bonito que era Tayrona, el Caribe  y lo más importante, me recordó que estaba Pablo ahí para echarme agua y salvarme.

Mi salvador, e ídolo en ese momento, no me dejó levantarme hasta que me terminara el agua ya casi caliente de mi botella, me dio un beso en la mejilla y a los tres minutillos me ayudó a levantarme.

Llegamos  a nuestro destino diez minutos después y tras dejar todo, encontrar mi macuto que olía a caballo, volvernos a echar crema, comer en un chiringuito a pie de playa pescado recién salido del mar, nadar, tomar el sol y bucear con las gafas de piscina de dudosa procedencia que Amaia nos regaló; con un dolor de cabeza horroroso, me quedé dormida en la arena blanca, bajo una palmera, de la mano de Pablo escuchando el sonido del mar…

Como podéis daros cuenta, en éste último párrafo, en ningún lado encontraréis que nos echáramos repelente anti mosquitos… Pues bien, tras la siesta, cuando caía el sol, con el mismo dolor de cabeza horroroso que no me dejaba pensar, cientos de mosquitos y arañas habían plagado mis pies y mis pantorrillas  de picaduras. (A Pablo le picaron solo dos)  Ahora solo pienso en que ninguna de esas picaduras tenga Zica, Chicunguña o Dengue… Pero en ese momento, solo pensaba en poder comprar una botella de agua y poder tomarme una pastilla para mi gran dolor de cabeza y seguir disfrutando del paraíso con un tercio de mi equipo P.


Moraleja: El paraíso… tiene sus cosillas jodidas también…jejeje