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domingo, 18 de diciembre de 2016

Pesadilla antes de Navidad

Parece que ya es Navidad.

Aunque en Bogotá desde el 2 de Noviembre todas las tiendas te recuerdan que va a venir Papá Noel y todo está decorado como si la ciudad fuera un verdadero puticlub, ahora si que si, el pueblo colombiano se ha declarado en fechas de Navidad.

En países como éste, en el que no hay estaciones del año, el mes de diciembre, es aún más importante que para nosotros.

Se juntan las fiestas navideñas con el mes de vacaciones, así que todos cuentan los días para que llegue el 16 de Diciembre para estrenar el bañador, mirar el belén y escribir cartas  al “Niño Dios” y sobre todo para emborracharse, salir de vacaciones de colegio (los niños) y “rumbiar” (rumbear, irse de fiesta).

Todo lo hacen a la vez (nuestro agosto y nuestras navidades en el mismo mes) y las calles de las zonas comerciales y los principales parques se llenan de gente como si se tratara de una película de invasión zombie.

Diciembre es aquí un mes de familia, de amigos, de rituales religiosos y sobre todo de consumismo.

La primera fecha clave, que a mí me encantó y pienso repetir todos los años de mi vida, es el día de las velitas.

El 8 de Diciembre, Día de la Inmaculada Concepción, en cuanto cae el sol (como todos los días a las 18.05) las familias salen a la calle a poner velitas en los parques, las puertas de las casas, las ventanas, las plazas… Nadie lo sabe, pero la tradición se basa en que la luz significa la pureza, la virginidad, y ese día se conmemora el día de la “Concepción”, vamos el día que el Espíritu Santo baja, se le aparece a la Virgen y pone todo a funcionar…

Los colombianos, se sientan en el suelo, toman canelazo (agua panela calentita a veces con un chorrito de alcohol) mientras  rezan y juegan con las velas de colores.

Todo se llena de velas, de amigos, de familias, de personas felices que compran paquetes de 20 velas de colores y a medida que se adentra la noche, llegan las cervezas, de las cervezas al ron y del ron al aguardiente (guaro) y al día siguiente resacón.

Pasado el día de velitas llega la novena, que como su propio nombre indica dura nueve días.

Desde el 16 de Diciembre al 25 del mismo mes, cualquier grupo social, familia, amigos, comunidades de vecinos, empresas, clases de universidad, se reúnen en círculo y rezan alternándolo con la lectura de un librito que se llama “Novena” que va contando diferentes pasajes de la Biblia.

Normalmente se celebran por la tarde, después se comen buñuelos (que son bolas de pan requetefritas con queso) y natillas (que es una gelatina de leche) , se escuchan villancicos, y como todas las fiestas colombianas… llegan las cervezas, de las cervezas al ron y del ron al aguardiente (guaro) y al día siguiente resacón.

Las novenas son una especie de “postureo” a las que todos acuden, son invitados, desinvitados y cumplen rigurosamente durante los nueve días que duran.
Da igual que tengas que hacer muchas cosas, si en tu círculo se celebra una novena hay que ir y punto.

El viernes, tuve una reunión en una oficina de esas pijísimas de una empresa muy grande que quieren hacer unos vídeos corporativos…. a los 20 minutos  de estar conversando con el Director, correctamente pero con decisión, me echó de su despacho porque “a las 10.30 toda la oficina tenía que celebrar la novena”, y cuando salí de su despacho a las 10.32, en medio de la sala principal llena de mesas y ordenadores, todos los trabajadores en sillas puestas en círculo rezaban con las cabezas gachas en plan Kukux Clan pero sin capirotes.

Viendome ahí en medio, rompiendo la armonía religiosa, cómo no, fui invitada a unirme a tremendo evento y antes de que me diera cuenta, el Director de la Compañía, con en que había estado hablando hasta ese momento, ya estaba sentado en la única silla libre que habían dejado para unirse a su novena.

Educadamente decliné la invitación, porque en mi oficina que somos made in Spain. Ni novenas ni novenos, únicamente trabajo.
Pero lo que a mí más me alucina y más me hace pensar que en España la crisis nos ha hecho mejorar el planeta, es lo del alumbrado.

Desde el día de velitas, y durante todas la noches hasta que amanece, las calles se llenan de luces de colores, de hilo musical navidad-caribeño, de flashes, de leds, bombillas, de árboles con bolas luminosas, de estrellas que parpadean en las aceras y de papás noeles muy abrigados.

Es una auténtica pasada. El Ayuntamiento y las familias en sus casas, echan el resto y se encargan de que nadie, nadie, nadie, se olvide que es Navidad.

Éste año, para rizar el rizo, el Alcalde de Bogotá, les ha regalado a los 9 millones de bogotanos un espectáculo que desde el viernes pasado y hasta el 23 se repetirá cada hora en la Plaza Bolivar de luces y música, inspirado y gestionado por “La Fiesta de las Luces de Lyon”.

Así que el viernes pasado, cual idiotas inconscientes de lo que íbamos a sufrir, cuatro amigos y yo nos fuimos a ver el espectáculo de inauguración junto con la Orquesta Filarmónica de la Ciudad.

Íbamos felices, sorteando gente, esperando filas, saltando los puestos de ropa de segunda mano, las parrillas móviles llenas de mazorcas de maíz, las familias numerosas, los yonkis en las aceras, los carteristas navideños y los puestos de gorros de Papa Noel.

Y a unas tres cuadras del lugar del evento, empezamos ya a sentir que íbamos a estar bastante apretujaditos…

La plaza de Bolivar está rodeada por los edificios más emblemáticos de la ciudad, la Catedral, El Senado, La casa del Presidente y el Palacio de Justicia. Los cuatro edificios la rodean dejando hueco a 4 pequeñas calles que desembocan en la misma. Dos completamente inutilizadas por seguridad alrededor de la casa presidencial por las que únicamente pueden pasar personas acreditadas y la séptima y la octava.

Así que desde cuatro cuadras antes el tapón ya era importante.

Nxxxx, Jxxxx y yo conseguimos un sitio detrás de un escenario cercano al Congreso en el que podíamos ver casi todo, los otros dos restantes prefirieron meterse en el tumulto màs tumulto.
Disfrutamos como enanos cada segundo, los fuegos artificiales se intercalaban con los violines y las luces que enseñaban cómo la Catedral Bogotana se convertía en NotreDame, en selvas, en casas típicas de la costa y se derretía convirtiéndose en fuego…

Una verdadera pasada digna de una ciudad pudiente que comienza a sentir que se debe a sus ciudadanos.

La plaza estaba llena hasta la bandera, no cabía un alma y todo era alegría y color… Las parejas se besaban y hacían selfies, los niños gritaban de alegría y Nxxxx y yo dabamos saltitos cada vez que cambiaba el color de algo o sonaba una música conocida y tras 10 minutos de luz y sonido, tras una traca de fuegos artificiales, el espectáculo terminó.

Conscientes del agobio que se venía encima, Nxxx Jxxxx y yo salimos corriendo rumbo a las dos calles que nos sacaban de allí, pero fue demasiado tarde. Sin saber por qué, en cuestión de segundos nos vimos envueltos en una riada de gente que intentaba salir como nosotros.

La masa empujaba hacia la salida, y nosotras (algo más altas que el resto) veíamos como nuestros cuerpos sobresalían en medio de miles y miles de personas estrujándose cada vez más y más queriendo salir de la Plaza.

Miles de cuerpos, poco a poco se iban amontonando dirección las dos únicas calles estrechitas que dejaban salir de allí…. Calor, pisotones, gritos, quejas… Todos esos estímulos me iban dejando poco a poco sin oxígeno y hacían que mi miedo y angustia crecieran cada segundo.

Nxxxx, empujaba hacia delante, Jesús detrás de mi intentaba dejarme un pequeño círculo aire porque sin que le dijera demasiado se había dado cuenta de mi cara pálida de angustia.

Perdí el control tras 10 minutos de desesperación y presión,  le dije a Nxxxx que yo me daba la vuelta, que me quedaba en la plaza, sólo quería salir de allí, huir de tanta gente, respirar, sentir oxígeno.  Pero era imposible, no podía andar contra corriente, y poco a poco en vez de salir entraba en el embudo de la calle octava…

Miré a Nere y me di cuenta que ella estaba igual que yo, que aunque nos guiaba en la angustia sin decir nada, no sabía qué hacer y dándome la vuelta, casi sin sentir ya el suelo bajo mis pies miré a Jesús para que nos salvara.

“Nena, pal soportal” le gritó Jxxxx a Nxxxx señalando hacia la izquierda donde el Palacio de Justicia ofrecía un pequeño soportal donde resguardarse de la lluvia en los chaparrones bogotanos.
Cual autómatas, luchando contra la marea conseguimos llegar a una valla que separaba el gentío de la policía del soportal.

Nos paramos sobre ella, Jxxxxx apoyó sus manos en la pared y como si fuera súper man nos hizo una pequeña casita que nos separaba del resto del mundo sin que nos empujaran.

Pero yo no podía respirar, no podía dejar de moverme, quería salir de ahí, sentía como mi garganta se cerraba y ya no podía ni hablar…

Nxxxx intentaba calmarme, yo intentaba mirarla, pero no podía fijar los ojos en ninguna parte. Buscaba una salida, un lugar por donde huir de esa situación….
Nxxxxx, yo me voy donde la policía, le dije angustiada. Y rompiendo el protocolo, empujando a siete señoras, dos niños y cuatro hombres conseguí llegar a la verja de la policía mas lejana a la corriente.

Sorprendentemente estaba abierta, se podía pasar sin problemas, así que escabulléndome como una ratilla de ciudad, conseguí llegar al otro lado en el que en 20 metros cuadrados únicamente había un policía leyendo whatsapps en su celular.

Cogí aliento y empecé a llorar apoyada en la pared, sintiendo el aire, el frío y  por fin el espacio vital.

A los 2 minutos Nxxxx, más blanca aunque yo, asomó una pierna, un brazo y pudo colarse por el hueco que yo había descubierto.
Detrás vino Jxxxx, también agobiado pero no tan descompuesto.

Nxxx y yo nos dimos la mano, como sintiendo que gracias la una a la otra habíamos sobrevivido a nuestros miedos, no podíamos ni abrazarnos, pero sabíamos que estábamos a salvo.
 Anduvimos 10 metros por los soportales, paralelos a la calle octava y asomándonos a un altillo del soportal que nos separaba de la barbarie, sin habla y horrorizadas, gastamos los siguientes 40 minutos respirando frío y viendo a gente pasar.

Cuando por fin se pudo ver algo del suelo empedrado de la calle octava nos decidimos a salir, ya era tarde y quedarnos en el centro histórico no era buena idea.

Pudimos coger un taxi que nos llevó hasta casa de Nxxx y Jxxxx, donde sin nombrar nada religioso (porque ellos no creen en nada y nos pidieron que en su casa no se rezara) celebramos una novena atea, dándole gracias a la vida por mil cosas, con sus villancicos y su vino blanco de rueda que me habían traído mis amigas para una ocasión especial.



martes, 8 de noviembre de 2016

El gato volador


Mi preocupación por cómo se lo iba a tomar ella, cómo le iba a sentar el vuelo, los controles pertinentes de entrada en Colombia y sobre todo la adaptación a la nueva casa donde ya no pasan coches para cotillear sino que las ventanas dan a un pacífico patio en el que lo único que pasan son algunos pajarillos de paso… era algo que me quitaba el sueño. Ella, tan paletita de Valdepiélagos (su pueblo natal) cruzando el charco…¡Pobre!

Y no era para menos… La pobre Paqui lo ha pasado bastante mal.

Os cuento su viaje a su nueva casa…

Siguiendo las indicaciones de medio mundo, Pablo drogó a Paquita antes de ir al aeropuerto. En casa ya en ayunas desde primera hora de la mañana, le dio media pastillita de no se qué para que Paqui no sufriera en los primeros pasos del viaje.

De casa la llevaron al aeropuerto, allí pasó los controles sin decir ni “miau”.

Hecha un trapo, se subió al avión sin problemas, despegó, pasó la hora de comer y sus correspondientes olores , ruidos y demás… Pero a las seis horas de vuelo, en medio del océano Atlántico, el pobre animal, se dio cuenta que estaba en un trasportin enano del que claramente quería salir, en un sitio fuera de su ámbito de actuación y con su amo y amante a un metro sin que le pudiera tocar.

Al parecer, la agonía empezó gradualmente. Primero comenzó a maullar melosona, entre drogada y seductora, con esos miaus largos que le canta a Pablo, queriendo que sus encantos (que nunca hasta el momento le habían fallado) rindieran a su hombre bajo sus patitas peludas y pudiera salir a que le arrullara en sus brazos.

El cortejo duró unos 30 minutos, pero visto que Pablo en vez de abrirle la cremallera le pedía calma desde fuera, comenzó poco a poco a acelerar el maullido y del seductor miaaaaaauuuuuuooooo pasó al maaau maaau maaau que suele utilizar cuando me pide algo a mi con insistencia y no le hago caso.

Pablo, empezó a ponerse nervioso, no quería utilizar la otra media pastilla porque para él, drogar al gato es un pecado imperdonable ya que “es un animal, y el pobrecito no sabe lo que le pasa y se siente fatal”. Así que en vez de calmar al bicho con drogas, se le ocurrió, que llevársela al baño era la mejor opción.

Una vez dentro (sin sacarla del transportín) cerró la tapa del retrete (nunca nadie ha asegurado que el pis que haces en un avión no se caiga al cielo y no había por que correr riesgos) y una vez inspeccionado que no habían muchos más peligros, abrió la puerta del recipiente gatuno.

Paquita tardó unos segundos en salir, primero asomó una patita, luego la cabeza, miró hacia los lados, volvió a meter la cabeza y con poca decisión, comenzó a salir lentamente con la tripa muy pegada al suelo como con miedo a ponerse de pie en ese cubículo ruidoso y extraño.

Comenzó a oler cada esquina y queriendo esconderse se metió bajo el retrete que había un huequito que a ella le parecía seguro de todo mal.

Pablo, al darse cuenta de que no había inspeccionado todo y que el gato estaba cerca de un hueco que tal vez era un agujero con caída al vacío y subcionador de gatos en libertad, volvió a coger al felino y tras darle unos besitos y abracitos lo volvió a meter en el transportín.

Pero tras ese meneo, Paquita lo tenía aun más claro, ella quería volver a su sofá amarillo, su calle con coches y su reino madrileño.

Comenzó a revolverse dentro del cubículo como si el propio Lucifer se hubiera apoderado de ella, lloró, bufó, golpeó las paredes de tela del recipiente y con sus gritos molestó a media cabina.
Pero no hubo respuesta...

Al darse cuenta que Pablo no iba a ayudarla de ninguna manera, con su mente retorcída de gato malvado, diseñó una huida digna de Alcatraz abriendo un hueco por la redecilla del trasportin nuevo que Pablo compró 48 horas antes del viaje para que ella no lo relacionara con otras malas experiencias del otro y para que cumpliera las medidas de seguridad de cualquier compañía aérea.

Decidió empezar a arañar con gran velocidad y tesón la parte de delante, un dos un dos un dos, la cosa parecía que avanzaba, un dos un dos… las uñas recién cortaditas para que fuera guapa en el viaje hacían su trabajo, un dos un dos….¡Paaam! Su uña de en medio de la pata delantera derecha se le enganchó y trabó en la rejilla. No salía ni para delante ni para detrás.

Paquita rompió a llorar, a retorcerse, a intentar sacar la garrita de los cuadritos de la rejilla de su prisión gatuna, a gritar de dolor, a desesperarse como había hecho minutos antes… Pero como el cuento de Pedro y el lobo, nadie le creyó esta vez y tras minutos de desesperación sin que nadie la ayudara, la pobre gatita, perdidamente desesperada y muerta de miedo pensando que era el final de sus días de paz, decidió liberarse ella misma y tirar…. Zas!!!!

Empezó a sangrar poquito, se miró la patita y vio cómo su uña especial, con la que enganchaba todos los juguetes de su antiguo remanso de paz, se separaba de su patita blanca dejándole una herida horrible que aun hoy se lame continuamente.

La pobre debió sentirse super desconsolada, pero como buena gata digna de sus dueños, la muy cabezota, aun muriéndose de dolor y sin parar de llorar, decidió continuar su misión, salir de su trasportin.
Esta vez con los dientes, empezó a morder la misma área de la rejilla.

Tras diez minutos de arduo trabajo, pudo romper unos tres centímetros, ya podía sacar el hocico rosita, mordía más y sacaba el hocico para sentir que estaba en libertad, mordía y se asomaba, mordía y repetía la operación.
Alertado por el silencio de Paquita y los ruiditos rumiantes provenientes de transportín, Pablo se acercó sin hacer mucho ruido para no asustar al animalito que creyó que tras tanto esfuerzo había caído rendido.

Cual fue su sorpresa al encontrarse a Paquita, con una pata llena de sangre con media nariz fuera del trasportín violando dos reglas fundamentales de inmigración: Transportar al animal en un recipiente completamente cerrado y entrar en el país sin ninguna herida abierta.

Al pobre Pablo casi le da un patatús pensando en cómo tendría que hacer para poder convencer a las autoridades colombianas de que su amada gato cumplió todo cuando salieron pero que ahora nada tenía sentido (No recordaba que en Colombia todo el laxo y “solucionable”) . Le pasó por su cabeza hacer un Melendi, para que el piloto tuviera que volver, pero a esas alturas de vuelo, si tenían que tocar tierra firme seguramente aparecerían en Venezuela, y salir de allí con Paquita viva iba a ser bastante complicado, así que armándose de valor y dejando sus miedos a un lado decidió tomar la decisión más difícil. Volver a drogar al gato.

Nervioso buscó en su maleta de mano la media pastilla que le habían asegurado que podría darle pasadas 6 horas de la primera toma. Volvió a contar las ocho horas que separaban la salida de casa a ese momento, volvió a leer el prospecto, respiró hondo y aprovechándose del espíritu escapista de Paquita trazó un plan infalible: Abriría la cremallera del trasportín por arriba, Paquita querría salir como loca sacando la cabeza, en ese momento abriría su boquita con la mano izquierda y con la derecha le metería la pastilla hasta la garganta para que de una vez se la tragara sin complicaciones.

Dicho y hecho, luchando con el mal aliento del gato que llevaba 11 horas sin beber, Pablo consiguió meterle la pastilla de cuajo al gato y la pobre, asustadísima sin entender nada, no le quedó otra cosa que tragar sin saber qué ni porqué.
Pablo cerró de nuevo la cajita del gato y Paquita, más triste que nunca, sintiéndose sola y engañada se fue a la parte de atrás del trasportín a llorar y a limpiarse la patita, explicándole al mundo en maullidos que ella no quería estar ahí y que no entendía por qué le estaban haciendo eso, con lo buena que ella había sido siempre.

Tardó una hora en calmarse bajo los efectos de la potente pastilla, entrando ya a cielo americano, a menos de una hora de aterrizar pudo dormirse de nuevo y para cuando llegó a tierra, luchaba entre sueños en descifrar qué de lo que veía era verdad y qué imaginaciones suyas.

Vio perros detectores de drogas que pasaron de ella completamente, vio policías, maletas girando una detrás de otra y hasta le pareció ver a la amante de su pareja “La otra” a lo lejos.
Sentía que Pablo estaba muy nervioso, ahora que ella se calmaba,  su compañero de viaje-pesadilla se ponía histérico.
Escuchó cómo hablaba por teléfono y confirmaba que tenía una herida y que no sabía cómo iba a pasar los controles.
Pablo le llevó a una sala más tranquila, en la que un hombre le preguntaba a Pablo sobre ella misma, edad, vacunas, raza (¿Raza? Si esta es mas chucha que la madre que la parió que era callejera!!!) … Pablo respondía muy nervioso, y ella en medio de un colocón espectacular intentaba ronronear o maullar para explicarle al señor que lo único que quería era llegar a casa y dormir.

La suerte, o el instinto protector de la gata, hicieron que se quedara medio dormida sobre sus patas delanteras dobladitas, así que en el momento en el que aquel señor, levantó su cajita para hacer una “inspección ocular” (que como era de esperar en Colombia, fue bastante por encima) sólo se encontró a un gato dormido y reluciente que se apoyaba elegantemente sobre sus patitas delanteras recogiditas.
Algo más pasó que ella no se dio cuenta, y cuando abrió los ojos, estaba en otra casita, en otro lugar pero con Pablo y con “la otra” que le enseñaban su arenita para hacer pis y su comidita igual que la de Madrid.

Pablo sacó de una maleta su manta azul y cubrió el sofá para que todo oliera más a hogar, dulcemente cogió a Paquita y la posó sobre la manta mullidita para que pudiera descansar entre él y “La otra”.

Entre sueños, tumbos y golpes con las cosas, consiguió subirse al pecho de “la otra.” Lo recordaba mullidito, así que el instinto le llevó hasta allí.

Y por fin, tras una gran pesadilla pudo dormirse en paz, aunque fueran 10 minutos, pero en Paz.
Sabiendo que “la otra” estaba cerca y que su dueño y amado, desprendía olor a felicidad, mucha más feliz que los últimos días y también estaba allí, con ella, haciendo manada “Equipo P”.

El gato volador


Mi preocupación por cómo se lo iba a tomar ella, cómo le iba a sentar el vuelo, los controles pertinentes de entrada en Colombia y sobre todo la adaptación a la nueva casa donde ya no pasan coches para cotillear sino que las ventanas dan a un pacífico patio en el que lo único que pasan son algunos pajarillos de paso… era algo que me quitaba el sueño. Ella, tan paletita de Valdepiélagos (su pueblo natal) cruzando el charco…¡Pobre!

Y no era para menos… La pobre Paqui lo ha pasado bastante mal.

Os cuento su viaje a su nueva casa…

Siguiendo las indicaciones de medio mundo, Pablo drogó a Paquita antes de ir al aeropuerto. En casa ya en ayunas desde primera hora de la mañana, le dio media pastillita de no se qué para que Paqui no sufriera en los primeros pasos del viaje.

De casa la llevaron al aeropuerto, allí pasó los controles sin decir ni “miau”.

Hecha un trapo, se subió al avión sin problemas, despegó, pasó la hora de comer y sus correspondientes olores , ruidos y demás… Pero a las seis horas de vuelo, en medio del océano Atlántico, el pobre animal, se dio cuenta que estaba en un trasportin enano del que claramente quería salir, en un sitio fuera de su ámbito de actuación y con su amo y amante a un metro sin que le pudiera tocar.

Al parecer, la agonía empezó gradualmente. Primero comenzó a maullar melosona, entre drogada y seductora, con esos miaus largos que le canta a Pablo, queriendo que sus encantos (que nunca hasta el momento le habían fallado) rindieran a su hombre bajo sus patitas peludas y pudiera salir a que le arrullara en sus brazos.

El cortejo duró unos 30 minutos, pero visto que Pablo en vez de abrirle la cremallera le pedía calma desde fuera, comenzó poco a poco a acelerar el maullido y del seductor miaaaaaauuuuuuooooo pasó al maaau maaau maaau que suele utilizar cuando me pide algo a mi con insistencia y no le hago caso.

Pablo, empezó a ponerse nervioso, no quería utilizar la otra media pastilla porque para él, drogar al gato es un pecado imperdonable ya que “es un animal, y el pobrecito no sabe lo que le pasa y se siente fatal”. Así que en vez de calmar al bicho con drogas, se le ocurrió, que llevársela al baño era la mejor opción.

Una vez dentro (sin sacarla del transportín) cerró la tapa del retrete (nunca nadie ha asegurado que el pis que haces en un avión no se caiga al cielo y no había por que correr riesgos) y una vez inspeccionado que no habían muchos más peligros, abrió la puerta del recipiente gatuno.

Paquita tardó unos segundos en salir, primero asomó una patita, luego la cabeza, miró hacia los lados, volvió a meter la cabeza y con poca decisión, comenzó a salir lentamente con la tripa muy pegada al suelo como con miedo a ponerse de pie en ese cubículo ruidoso y extraño.

Comenzó a oler cada esquina y queriendo esconderse se metió bajo el retrete que había un huequito que a ella le parecía seguro de todo mal.

Pablo, al darse cuenta de que no había inspeccionado todo y que el gato estaba cerca de un hueco que tal vez era un agujero con caída al vacío y subcionador de gatos en libertad, volvió a coger al felino y tras darle unos besitos y abracitos lo volvió a meter en el transportín.

Pero tras ese meneo, Paquita lo tenía aun más claro, ella quería volver a su sofá amarillo, su calle con coches y su reino madrileño.

Comenzó a revolverse dentro del cubículo como si el propio Lucifer se hubiera apoderado de ella, lloró, bufó, golpeó las paredes de tela del recipiente y con sus gritos molestó a media cabina.
Pero no hubo respuesta...

Al darse cuenta que Pablo no iba a ayudarla de ninguna manera, con su mente retorcída de gato malvado, diseñó una huida digna de Alcatraz abriendo un hueco por la redecilla del trasportin nuevo que Pablo compró 48 horas antes del viaje para que ella no lo relacionara con otras malas experiencias del otro y para que cumpliera las medidas de seguridad de cualquier compañía aérea.

Decidió empezar a arañar con gran velocidad y tesón la parte de delante, un dos un dos un dos, la cosa parecía que avanzaba, un dos un dos… las uñas recién cortaditas para que fuera guapa en el viaje hacían su trabajo, un dos un dos….¡Paaam! Su uña de en medio de la pata delantera derecha se le enganchó y trabó en la rejilla. No salía ni para delante ni para detrás.

Paquita rompió a llorar, a retorcerse, a intentar sacar la garrita de los cuadritos de la rejilla de su prisión gatuna, a gritar de dolor, a desesperarse como había hecho minutos antes… Pero como el cuento de Pedro y el lobo, nadie le creyó esta vez y tras minutos de desesperación sin que nadie la ayudara, la pobre gatita, perdidamente desesperada y muerta de miedo pensando que era el final de sus días de paz, decidió liberarse ella misma y tirar…. Zas!!!!

Empezó a sangrar poquito, se miró la patita y vio cómo su uña especial, con la que enganchaba todos los juguetes de su antiguo remanso de paz, se separaba de su patita blanca dejándole una herida horrible que aun hoy se lame continuamente.

La pobre debió sentirse super desconsolada, pero como buena gata digna de sus dueños, la muy cabezota, aun muriéndose de dolor y sin parar de llorar, decidió continuar su misión, salir de su trasportin.
Esta vez con los dientes, empezó a morder la misma área de la rejilla.

Tras diez minutos de arduo trabajo, pudo romper unos tres centímetros, ya podía sacar el hocico rosita, mordía más y sacaba el hocico para sentir que estaba en libertad, mordía y se asomaba, mordía y repetía la operación.
Alertado por el silencio de Paquita y los ruiditos rumiantes provenientes de transportín, Pablo se acercó sin hacer mucho ruido para no asustar al animalito que creyó que tras tanto esfuerzo había caído rendido.

Cual fue su sorpresa al encontrarse a Paquita, con una pata llena de sangre con media nariz fuera del trasportín violando dos reglas fundamentales de inmigración: Transportar al animal en un recipiente completamente cerrado y entrar en el país sin ninguna herida abierta.

Al pobre Pablo casi le da un patatús pensando en cómo tendría que hacer para poder convencer a las autoridades colombianas de que su amada gato cumplió todo cuando salieron pero que ahora nada tenía sentido (No recordaba que en Colombia todo el laxo y “solucionable”) . Le pasó por su cabeza hacer un Melendi, para que el piloto tuviera que volver, pero a esas alturas de vuelo, si tenían que tocar tierra firme seguramente aparecerían en Venezuela, y salir de allí con Paquita viva iba a ser bastante complicado, así que armándose de valor y dejando sus miedos a un lado decidió tomar la decisión más difícil. Volver a drogar al gato.

Nervioso buscó en su maleta de mano la media pastilla que le habían asegurado que podría darle pasadas 6 horas de la primera toma. Volvió a contar las ocho horas que separaban la salida de casa a ese momento, volvió a leer el prospecto, respiró hondo y aprovechándose del espíritu escapista de Paquita trazó un plan infalible: Abriría la cremallera del trasportín por arriba, Paquita querría salir como loca sacando la cabeza, en ese momento abriría su boquita con la mano izquierda y con la derecha le metería la pastilla hasta la garganta para que de una vez se la tragara sin complicaciones.

Dicho y hecho, luchando con el mal aliento del gato que llevaba 11 horas sin beber, Pablo consiguió meterle la pastilla de cuajo al gato y la pobre, asustadísima sin entender nada, no le quedó otra cosa que tragar sin saber qué ni porqué.
Pablo cerró de nuevo la cajita del gato y Paquita, más triste que nunca, sintiéndose sola y engañada se fue a la parte de atrás del trasportín a llorar y a limpiarse la patita, explicándole al mundo en maullidos que ella no quería estar ahí y que no entendía por qué le estaban haciendo eso, con lo buena que ella había sido siempre.

Tardó una hora en calmarse bajo los efectos de la potente pastilla, entrando ya a cielo americano, a menos de una hora de aterrizar pudo dormirse de nuevo y para cuando llegó a tierra, luchaba entre sueños en descifrar qué de lo que veía era verdad y qué imaginaciones suyas.

Vio perros detectores de drogas que pasaron de ella completamente, vio policías, maletas girando una detrás de otra y hasta le pareció ver a la amante de su pareja “La otra” a lo lejos.
Sentía que Pablo estaba muy nervioso, ahora que ella se calmaba,  su compañero de viaje-pesadilla se ponía histérico.
Escuchó cómo hablaba por teléfono y confirmaba que tenía una herida y que no sabía cómo iba a pasar los controles.
Pablo le llevó a una sala más tranquila, en la que un hombre le preguntaba a Pablo sobre ella misma, edad, vacunas, raza (¿Raza? Si esta es mas chucha que la madre que la parió que era callejera!!!) … Pablo respondía muy nervioso, y ella en medio de un colocón espectacular intentaba ronronear o maullar para explicarle al señor que lo único que quería era llegar a casa y dormir.

La suerte, o el instinto protector de la gata, hicieron que se quedara medio dormida sobre sus patas delanteras dobladitas, así que en el momento en el que aquel señor, levantó su cajita para hacer una “inspección ocular” (que como era de esperar en Colombia, fue bastante por encima) sólo se encontró a un gato dormido y reluciente que se apoyaba elegantemente sobre sus patitas delanteras recogiditas.
Algo más pasó que ella no se dio cuenta, y cuando abrió los ojos, estaba en otra casita, en otro lugar pero con Pablo y con “la otra” que le enseñaban su arenita para hacer pis y su comidita igual que la de Madrid.

Pablo sacó de una maleta su manta azul y cubrió el sofá para que todo oliera más a hogar, dulcemente cogió a Paquita y la posó sobre la manta mullidita para que pudiera descansar entre él y “La otra”.

Entre sueños, tumbos y golpes con las cosas, consiguió subirse al pecho de “la otra.” Lo recordaba mullidito, así que el instinto le llevó hasta allí.

Y por fin, tras una gran pesadilla pudo dormirse en paz, aunque fueran 10 minutos, pero en Paz.
Sabiendo que “la otra” estaba cerca y que su dueño y amado, desprendía olor a felicidad, mucha más feliz que los últimos días y también estaba allí, con ella, haciendo manada “Equipo P”.