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martes, 8 de noviembre de 2016

El gato volador


Mi preocupación por cómo se lo iba a tomar ella, cómo le iba a sentar el vuelo, los controles pertinentes de entrada en Colombia y sobre todo la adaptación a la nueva casa donde ya no pasan coches para cotillear sino que las ventanas dan a un pacífico patio en el que lo único que pasan son algunos pajarillos de paso… era algo que me quitaba el sueño. Ella, tan paletita de Valdepiélagos (su pueblo natal) cruzando el charco…¡Pobre!

Y no era para menos… La pobre Paqui lo ha pasado bastante mal.

Os cuento su viaje a su nueva casa…

Siguiendo las indicaciones de medio mundo, Pablo drogó a Paquita antes de ir al aeropuerto. En casa ya en ayunas desde primera hora de la mañana, le dio media pastillita de no se qué para que Paqui no sufriera en los primeros pasos del viaje.

De casa la llevaron al aeropuerto, allí pasó los controles sin decir ni “miau”.

Hecha un trapo, se subió al avión sin problemas, despegó, pasó la hora de comer y sus correspondientes olores , ruidos y demás… Pero a las seis horas de vuelo, en medio del océano Atlántico, el pobre animal, se dio cuenta que estaba en un trasportin enano del que claramente quería salir, en un sitio fuera de su ámbito de actuación y con su amo y amante a un metro sin que le pudiera tocar.

Al parecer, la agonía empezó gradualmente. Primero comenzó a maullar melosona, entre drogada y seductora, con esos miaus largos que le canta a Pablo, queriendo que sus encantos (que nunca hasta el momento le habían fallado) rindieran a su hombre bajo sus patitas peludas y pudiera salir a que le arrullara en sus brazos.

El cortejo duró unos 30 minutos, pero visto que Pablo en vez de abrirle la cremallera le pedía calma desde fuera, comenzó poco a poco a acelerar el maullido y del seductor miaaaaaauuuuuuooooo pasó al maaau maaau maaau que suele utilizar cuando me pide algo a mi con insistencia y no le hago caso.

Pablo, empezó a ponerse nervioso, no quería utilizar la otra media pastilla porque para él, drogar al gato es un pecado imperdonable ya que “es un animal, y el pobrecito no sabe lo que le pasa y se siente fatal”. Así que en vez de calmar al bicho con drogas, se le ocurrió, que llevársela al baño era la mejor opción.

Una vez dentro (sin sacarla del transportín) cerró la tapa del retrete (nunca nadie ha asegurado que el pis que haces en un avión no se caiga al cielo y no había por que correr riesgos) y una vez inspeccionado que no habían muchos más peligros, abrió la puerta del recipiente gatuno.

Paquita tardó unos segundos en salir, primero asomó una patita, luego la cabeza, miró hacia los lados, volvió a meter la cabeza y con poca decisión, comenzó a salir lentamente con la tripa muy pegada al suelo como con miedo a ponerse de pie en ese cubículo ruidoso y extraño.

Comenzó a oler cada esquina y queriendo esconderse se metió bajo el retrete que había un huequito que a ella le parecía seguro de todo mal.

Pablo, al darse cuenta de que no había inspeccionado todo y que el gato estaba cerca de un hueco que tal vez era un agujero con caída al vacío y subcionador de gatos en libertad, volvió a coger al felino y tras darle unos besitos y abracitos lo volvió a meter en el transportín.

Pero tras ese meneo, Paquita lo tenía aun más claro, ella quería volver a su sofá amarillo, su calle con coches y su reino madrileño.

Comenzó a revolverse dentro del cubículo como si el propio Lucifer se hubiera apoderado de ella, lloró, bufó, golpeó las paredes de tela del recipiente y con sus gritos molestó a media cabina.
Pero no hubo respuesta...

Al darse cuenta que Pablo no iba a ayudarla de ninguna manera, con su mente retorcída de gato malvado, diseñó una huida digna de Alcatraz abriendo un hueco por la redecilla del trasportin nuevo que Pablo compró 48 horas antes del viaje para que ella no lo relacionara con otras malas experiencias del otro y para que cumpliera las medidas de seguridad de cualquier compañía aérea.

Decidió empezar a arañar con gran velocidad y tesón la parte de delante, un dos un dos un dos, la cosa parecía que avanzaba, un dos un dos… las uñas recién cortaditas para que fuera guapa en el viaje hacían su trabajo, un dos un dos….¡Paaam! Su uña de en medio de la pata delantera derecha se le enganchó y trabó en la rejilla. No salía ni para delante ni para detrás.

Paquita rompió a llorar, a retorcerse, a intentar sacar la garrita de los cuadritos de la rejilla de su prisión gatuna, a gritar de dolor, a desesperarse como había hecho minutos antes… Pero como el cuento de Pedro y el lobo, nadie le creyó esta vez y tras minutos de desesperación sin que nadie la ayudara, la pobre gatita, perdidamente desesperada y muerta de miedo pensando que era el final de sus días de paz, decidió liberarse ella misma y tirar…. Zas!!!!

Empezó a sangrar poquito, se miró la patita y vio cómo su uña especial, con la que enganchaba todos los juguetes de su antiguo remanso de paz, se separaba de su patita blanca dejándole una herida horrible que aun hoy se lame continuamente.

La pobre debió sentirse super desconsolada, pero como buena gata digna de sus dueños, la muy cabezota, aun muriéndose de dolor y sin parar de llorar, decidió continuar su misión, salir de su trasportin.
Esta vez con los dientes, empezó a morder la misma área de la rejilla.

Tras diez minutos de arduo trabajo, pudo romper unos tres centímetros, ya podía sacar el hocico rosita, mordía más y sacaba el hocico para sentir que estaba en libertad, mordía y se asomaba, mordía y repetía la operación.
Alertado por el silencio de Paquita y los ruiditos rumiantes provenientes de transportín, Pablo se acercó sin hacer mucho ruido para no asustar al animalito que creyó que tras tanto esfuerzo había caído rendido.

Cual fue su sorpresa al encontrarse a Paquita, con una pata llena de sangre con media nariz fuera del trasportín violando dos reglas fundamentales de inmigración: Transportar al animal en un recipiente completamente cerrado y entrar en el país sin ninguna herida abierta.

Al pobre Pablo casi le da un patatús pensando en cómo tendría que hacer para poder convencer a las autoridades colombianas de que su amada gato cumplió todo cuando salieron pero que ahora nada tenía sentido (No recordaba que en Colombia todo el laxo y “solucionable”) . Le pasó por su cabeza hacer un Melendi, para que el piloto tuviera que volver, pero a esas alturas de vuelo, si tenían que tocar tierra firme seguramente aparecerían en Venezuela, y salir de allí con Paquita viva iba a ser bastante complicado, así que armándose de valor y dejando sus miedos a un lado decidió tomar la decisión más difícil. Volver a drogar al gato.

Nervioso buscó en su maleta de mano la media pastilla que le habían asegurado que podría darle pasadas 6 horas de la primera toma. Volvió a contar las ocho horas que separaban la salida de casa a ese momento, volvió a leer el prospecto, respiró hondo y aprovechándose del espíritu escapista de Paquita trazó un plan infalible: Abriría la cremallera del trasportín por arriba, Paquita querría salir como loca sacando la cabeza, en ese momento abriría su boquita con la mano izquierda y con la derecha le metería la pastilla hasta la garganta para que de una vez se la tragara sin complicaciones.

Dicho y hecho, luchando con el mal aliento del gato que llevaba 11 horas sin beber, Pablo consiguió meterle la pastilla de cuajo al gato y la pobre, asustadísima sin entender nada, no le quedó otra cosa que tragar sin saber qué ni porqué.
Pablo cerró de nuevo la cajita del gato y Paquita, más triste que nunca, sintiéndose sola y engañada se fue a la parte de atrás del trasportín a llorar y a limpiarse la patita, explicándole al mundo en maullidos que ella no quería estar ahí y que no entendía por qué le estaban haciendo eso, con lo buena que ella había sido siempre.

Tardó una hora en calmarse bajo los efectos de la potente pastilla, entrando ya a cielo americano, a menos de una hora de aterrizar pudo dormirse de nuevo y para cuando llegó a tierra, luchaba entre sueños en descifrar qué de lo que veía era verdad y qué imaginaciones suyas.

Vio perros detectores de drogas que pasaron de ella completamente, vio policías, maletas girando una detrás de otra y hasta le pareció ver a la amante de su pareja “La otra” a lo lejos.
Sentía que Pablo estaba muy nervioso, ahora que ella se calmaba,  su compañero de viaje-pesadilla se ponía histérico.
Escuchó cómo hablaba por teléfono y confirmaba que tenía una herida y que no sabía cómo iba a pasar los controles.
Pablo le llevó a una sala más tranquila, en la que un hombre le preguntaba a Pablo sobre ella misma, edad, vacunas, raza (¿Raza? Si esta es mas chucha que la madre que la parió que era callejera!!!) … Pablo respondía muy nervioso, y ella en medio de un colocón espectacular intentaba ronronear o maullar para explicarle al señor que lo único que quería era llegar a casa y dormir.

La suerte, o el instinto protector de la gata, hicieron que se quedara medio dormida sobre sus patas delanteras dobladitas, así que en el momento en el que aquel señor, levantó su cajita para hacer una “inspección ocular” (que como era de esperar en Colombia, fue bastante por encima) sólo se encontró a un gato dormido y reluciente que se apoyaba elegantemente sobre sus patitas delanteras recogiditas.
Algo más pasó que ella no se dio cuenta, y cuando abrió los ojos, estaba en otra casita, en otro lugar pero con Pablo y con “la otra” que le enseñaban su arenita para hacer pis y su comidita igual que la de Madrid.

Pablo sacó de una maleta su manta azul y cubrió el sofá para que todo oliera más a hogar, dulcemente cogió a Paquita y la posó sobre la manta mullidita para que pudiera descansar entre él y “La otra”.

Entre sueños, tumbos y golpes con las cosas, consiguió subirse al pecho de “la otra.” Lo recordaba mullidito, así que el instinto le llevó hasta allí.

Y por fin, tras una gran pesadilla pudo dormirse en paz, aunque fueran 10 minutos, pero en Paz.
Sabiendo que “la otra” estaba cerca y que su dueño y amado, desprendía olor a felicidad, mucha más feliz que los últimos días y también estaba allí, con ella, haciendo manada “Equipo P”.

El gato volador


Mi preocupación por cómo se lo iba a tomar ella, cómo le iba a sentar el vuelo, los controles pertinentes de entrada en Colombia y sobre todo la adaptación a la nueva casa donde ya no pasan coches para cotillear sino que las ventanas dan a un pacífico patio en el que lo único que pasan son algunos pajarillos de paso… era algo que me quitaba el sueño. Ella, tan paletita de Valdepiélagos (su pueblo natal) cruzando el charco…¡Pobre!

Y no era para menos… La pobre Paqui lo ha pasado bastante mal.

Os cuento su viaje a su nueva casa…

Siguiendo las indicaciones de medio mundo, Pablo drogó a Paquita antes de ir al aeropuerto. En casa ya en ayunas desde primera hora de la mañana, le dio media pastillita de no se qué para que Paqui no sufriera en los primeros pasos del viaje.

De casa la llevaron al aeropuerto, allí pasó los controles sin decir ni “miau”.

Hecha un trapo, se subió al avión sin problemas, despegó, pasó la hora de comer y sus correspondientes olores , ruidos y demás… Pero a las seis horas de vuelo, en medio del océano Atlántico, el pobre animal, se dio cuenta que estaba en un trasportin enano del que claramente quería salir, en un sitio fuera de su ámbito de actuación y con su amo y amante a un metro sin que le pudiera tocar.

Al parecer, la agonía empezó gradualmente. Primero comenzó a maullar melosona, entre drogada y seductora, con esos miaus largos que le canta a Pablo, queriendo que sus encantos (que nunca hasta el momento le habían fallado) rindieran a su hombre bajo sus patitas peludas y pudiera salir a que le arrullara en sus brazos.

El cortejo duró unos 30 minutos, pero visto que Pablo en vez de abrirle la cremallera le pedía calma desde fuera, comenzó poco a poco a acelerar el maullido y del seductor miaaaaaauuuuuuooooo pasó al maaau maaau maaau que suele utilizar cuando me pide algo a mi con insistencia y no le hago caso.

Pablo, empezó a ponerse nervioso, no quería utilizar la otra media pastilla porque para él, drogar al gato es un pecado imperdonable ya que “es un animal, y el pobrecito no sabe lo que le pasa y se siente fatal”. Así que en vez de calmar al bicho con drogas, se le ocurrió, que llevársela al baño era la mejor opción.

Una vez dentro (sin sacarla del transportín) cerró la tapa del retrete (nunca nadie ha asegurado que el pis que haces en un avión no se caiga al cielo y no había por que correr riesgos) y una vez inspeccionado que no habían muchos más peligros, abrió la puerta del recipiente gatuno.

Paquita tardó unos segundos en salir, primero asomó una patita, luego la cabeza, miró hacia los lados, volvió a meter la cabeza y con poca decisión, comenzó a salir lentamente con la tripa muy pegada al suelo como con miedo a ponerse de pie en ese cubículo ruidoso y extraño.

Comenzó a oler cada esquina y queriendo esconderse se metió bajo el retrete que había un huequito que a ella le parecía seguro de todo mal.

Pablo, al darse cuenta de que no había inspeccionado todo y que el gato estaba cerca de un hueco que tal vez era un agujero con caída al vacío y subcionador de gatos en libertad, volvió a coger al felino y tras darle unos besitos y abracitos lo volvió a meter en el transportín.

Pero tras ese meneo, Paquita lo tenía aun más claro, ella quería volver a su sofá amarillo, su calle con coches y su reino madrileño.

Comenzó a revolverse dentro del cubículo como si el propio Lucifer se hubiera apoderado de ella, lloró, bufó, golpeó las paredes de tela del recipiente y con sus gritos molestó a media cabina.
Pero no hubo respuesta...

Al darse cuenta que Pablo no iba a ayudarla de ninguna manera, con su mente retorcída de gato malvado, diseñó una huida digna de Alcatraz abriendo un hueco por la redecilla del trasportin nuevo que Pablo compró 48 horas antes del viaje para que ella no lo relacionara con otras malas experiencias del otro y para que cumpliera las medidas de seguridad de cualquier compañía aérea.

Decidió empezar a arañar con gran velocidad y tesón la parte de delante, un dos un dos un dos, la cosa parecía que avanzaba, un dos un dos… las uñas recién cortaditas para que fuera guapa en el viaje hacían su trabajo, un dos un dos….¡Paaam! Su uña de en medio de la pata delantera derecha se le enganchó y trabó en la rejilla. No salía ni para delante ni para detrás.

Paquita rompió a llorar, a retorcerse, a intentar sacar la garrita de los cuadritos de la rejilla de su prisión gatuna, a gritar de dolor, a desesperarse como había hecho minutos antes… Pero como el cuento de Pedro y el lobo, nadie le creyó esta vez y tras minutos de desesperación sin que nadie la ayudara, la pobre gatita, perdidamente desesperada y muerta de miedo pensando que era el final de sus días de paz, decidió liberarse ella misma y tirar…. Zas!!!!

Empezó a sangrar poquito, se miró la patita y vio cómo su uña especial, con la que enganchaba todos los juguetes de su antiguo remanso de paz, se separaba de su patita blanca dejándole una herida horrible que aun hoy se lame continuamente.

La pobre debió sentirse super desconsolada, pero como buena gata digna de sus dueños, la muy cabezota, aun muriéndose de dolor y sin parar de llorar, decidió continuar su misión, salir de su trasportin.
Esta vez con los dientes, empezó a morder la misma área de la rejilla.

Tras diez minutos de arduo trabajo, pudo romper unos tres centímetros, ya podía sacar el hocico rosita, mordía más y sacaba el hocico para sentir que estaba en libertad, mordía y se asomaba, mordía y repetía la operación.
Alertado por el silencio de Paquita y los ruiditos rumiantes provenientes de transportín, Pablo se acercó sin hacer mucho ruido para no asustar al animalito que creyó que tras tanto esfuerzo había caído rendido.

Cual fue su sorpresa al encontrarse a Paquita, con una pata llena de sangre con media nariz fuera del trasportín violando dos reglas fundamentales de inmigración: Transportar al animal en un recipiente completamente cerrado y entrar en el país sin ninguna herida abierta.

Al pobre Pablo casi le da un patatús pensando en cómo tendría que hacer para poder convencer a las autoridades colombianas de que su amada gato cumplió todo cuando salieron pero que ahora nada tenía sentido (No recordaba que en Colombia todo el laxo y “solucionable”) . Le pasó por su cabeza hacer un Melendi, para que el piloto tuviera que volver, pero a esas alturas de vuelo, si tenían que tocar tierra firme seguramente aparecerían en Venezuela, y salir de allí con Paquita viva iba a ser bastante complicado, así que armándose de valor y dejando sus miedos a un lado decidió tomar la decisión más difícil. Volver a drogar al gato.

Nervioso buscó en su maleta de mano la media pastilla que le habían asegurado que podría darle pasadas 6 horas de la primera toma. Volvió a contar las ocho horas que separaban la salida de casa a ese momento, volvió a leer el prospecto, respiró hondo y aprovechándose del espíritu escapista de Paquita trazó un plan infalible: Abriría la cremallera del trasportín por arriba, Paquita querría salir como loca sacando la cabeza, en ese momento abriría su boquita con la mano izquierda y con la derecha le metería la pastilla hasta la garganta para que de una vez se la tragara sin complicaciones.

Dicho y hecho, luchando con el mal aliento del gato que llevaba 11 horas sin beber, Pablo consiguió meterle la pastilla de cuajo al gato y la pobre, asustadísima sin entender nada, no le quedó otra cosa que tragar sin saber qué ni porqué.
Pablo cerró de nuevo la cajita del gato y Paquita, más triste que nunca, sintiéndose sola y engañada se fue a la parte de atrás del trasportín a llorar y a limpiarse la patita, explicándole al mundo en maullidos que ella no quería estar ahí y que no entendía por qué le estaban haciendo eso, con lo buena que ella había sido siempre.

Tardó una hora en calmarse bajo los efectos de la potente pastilla, entrando ya a cielo americano, a menos de una hora de aterrizar pudo dormirse de nuevo y para cuando llegó a tierra, luchaba entre sueños en descifrar qué de lo que veía era verdad y qué imaginaciones suyas.

Vio perros detectores de drogas que pasaron de ella completamente, vio policías, maletas girando una detrás de otra y hasta le pareció ver a la amante de su pareja “La otra” a lo lejos.
Sentía que Pablo estaba muy nervioso, ahora que ella se calmaba,  su compañero de viaje-pesadilla se ponía histérico.
Escuchó cómo hablaba por teléfono y confirmaba que tenía una herida y que no sabía cómo iba a pasar los controles.
Pablo le llevó a una sala más tranquila, en la que un hombre le preguntaba a Pablo sobre ella misma, edad, vacunas, raza (¿Raza? Si esta es mas chucha que la madre que la parió que era callejera!!!) … Pablo respondía muy nervioso, y ella en medio de un colocón espectacular intentaba ronronear o maullar para explicarle al señor que lo único que quería era llegar a casa y dormir.

La suerte, o el instinto protector de la gata, hicieron que se quedara medio dormida sobre sus patas delanteras dobladitas, así que en el momento en el que aquel señor, levantó su cajita para hacer una “inspección ocular” (que como era de esperar en Colombia, fue bastante por encima) sólo se encontró a un gato dormido y reluciente que se apoyaba elegantemente sobre sus patitas delanteras recogiditas.
Algo más pasó que ella no se dio cuenta, y cuando abrió los ojos, estaba en otra casita, en otro lugar pero con Pablo y con “la otra” que le enseñaban su arenita para hacer pis y su comidita igual que la de Madrid.

Pablo sacó de una maleta su manta azul y cubrió el sofá para que todo oliera más a hogar, dulcemente cogió a Paquita y la posó sobre la manta mullidita para que pudiera descansar entre él y “La otra”.

Entre sueños, tumbos y golpes con las cosas, consiguió subirse al pecho de “la otra.” Lo recordaba mullidito, así que el instinto le llevó hasta allí.

Y por fin, tras una gran pesadilla pudo dormirse en paz, aunque fueran 10 minutos, pero en Paz.
Sabiendo que “la otra” estaba cerca y que su dueño y amado, desprendía olor a felicidad, mucha más feliz que los últimos días y también estaba allí, con ella, haciendo manada “Equipo P”.

lunes, 13 de junio de 2016

Asociación GastroAlcoholica la Libreta Bogotana

Bogotá es una ciudad complicada… Por decirlo de manera bonita y elegante…

La temperatura ronda siempre la chaquetita y la cazadora.
Llueve todos los días de moderadamente a chaparrón tropical y la altura no deja que respires bien algunas veces. 2.600 metros de polución se notan en cualquier caminata, clase de spinning e incluso en unas temidas abdominales.

Además de eso, Bogotá es una ciudad contaminada. La lluvia hace que todos los días se regenere el aire, pero pasear por las calles principales conlleva tragar humo negro de busetas que sin ningún orden paran allá donde alguien levanta el brazo para subirse, creando aún más caos circulatorio.

Por último, la capital colombiana, no es demasiado segura. Por el día no suele haber problema, pero a partir de las 19.00 es importante andar con cuidado, no pasar por muchas calles e intentar ir siempre (ya partir de las 21.00 obligatorio) en taxis seguros y que éstos, esperen a que entres en el portal.

Pero, debido a todos éstos condicionantes, o simplemente por casualidad ( o tal vez porque el colombiano de estrato seis es también muy disfrutón). Bogotá tiene algo fantástico, y es una oferta gastronómica a precios asequibles que no he visto en ningún otro lugar del mundo. (Tampoco tengo yo mucho mundo que se diga ¡oiga!)

En Bogotá, no habrá buen pescado ni buen marisco, pero si quieres comer cualquier tipo de comida del mundo y muy muy muy buena,  por menos de 50€ , te pones las botas en cualquier restaurante sin excepción.

El restaurante más caro rondará los 50€ pero la media de un restaurante bueno bueno son 15€.

Existen dos o tres zonas llenas de restaurantes de todos los colores y tamaños, que luchan por superarse día a día para llenarse de “gomelos” de estrato seis que van creciendo cada mes al mismo ritmo que crece la clase media colombiana y los expatriados llegan a construir la futura Colombia en Paz que dice Santos.

La zona G (de Gourmet) está a tres calles de mi casa y es la más rica en oferta gastronómica de toda la ciudad. Cada casita es un restaurante, cada bajo es un “bistro” y cada garaje una cafetería con encanto.

Así que debido a esta gran oportunidad que nos regala Bogotá, Luca (un italiano que está pasando una excedencia haciendo voluntariado en Colombia), Diana (con la que fui a Pasto) y yo, hemos creado la “Asociación GastroAlcoholica de La Libreta Bogotana”.

A partir de ésta línea, ruego a los lectores, que se quiten todos los prejuicios y etiquetas de la cabeza. Daros cuenta en qué parte del mundo estamos, en la que tanto tienes tanto vales, en la que el extranjero se presupone rico y en la que comer bien, no es un vicio, sino en muchos casos una necesidad inalcanzable. Recordar la sociedad de estratos en la que el español está por encima… Y en la necesidad que tienen unos de otros para seguir así…

Así que después de acordaros de eso, siempre desde el respeto y siempre,  siempre conscientes de nuestro origen, nuestros valores y nuestras inquietudes,  disfrutamos de algo que en Madrid sería tachado de yupi superficial, pero aquí es simplemente aprovecharnos de una oportunidad circustancial que nos regala esta gran ciudad.

La “Asociación GastroAlcoholica de La Libreta Bogotana” consta de tres pilares fundamentales;  la Presidencia (Diana) el Tesorero (Luca) y la Secretaria (Servidora).

Y todos los jueves que coincidimos los tres en la Capital nos reunimos alrededor de una de las mejores mesas de la ciudad para deleitarnos con deliciosos platos regados normalmente con vinos de la Madre Patria.

Elegimos por estricto orden (un jueves cada uno) y democracia (El voto de la presidenta vale por dos debido a su experiencia en la ciudad y sus contactos) un restaurante de Bogotá.

Quien lo propone tiene que vendérselo al resto explicando el porqué de su elección y dónde ha conseguido conocer el restaurante al menos 48 horas antes del jueves.

Una vez elegido, el día en cuestión, comenzamos siempre con una caña (yo siempre llego tarde porque salgo de la oficina a las mil…) llegamos al restaurante en torno a las 20.30 de la noche y en ese momento comienza la función, el ritual de la libreta…

Llegamos muy serios, solemos darnos un apretón de manos con el jefe de sala para presentarnos, que se queda algo cortado porque no es una actitud muy normal entre los extranjeros alabar el trabajo de quien organiza el movimiento en los salones.

Elegimos, siempre con educación, mesa (no necesariamente tiene que ser la que nos den) buscamos luz, ambiente y comodidad.

Nos aprendemos el nombre de nuestro camarero, nos presentamos  a él también y en ese momento, mientras el camarero nos mira y tiene cerca, yo saco LA LIBRETA y el boli.

Todos, todos absolutamente TODOS los meseros, miran la libreta con curiosidad, pero nosotros, en ese momento, tratamos de no darle importancia.

Abro mi libreta seriamente, me la pongo a la izquierda de mi plato, y escribo el nombre del restaurante (bien grande y claro para que lo lea el camarero), la fecha y ahí, ya estamos preparado para pedir la carta de vinos.

Si el camarero es avispado, en ese momento corre a hablarle de la libreta al jefe de sala, sino él mismo nos traerá la carta de vinos…

Mientras Luca (suele ser él, que le encanta el tema del vino) elige y comenta los “caldos” con su elegante acento veneciano, es el momento en el que yo suelto la clave de la noche, explico el porqué de la libreta.

“Es que estamos realizando un reportaje, o bien escribimos reseñas o cualquier cosa por el estilo, de tinte culinario ya que Luca y yo nos dedicamos al mundo de la comunicación (no contamos mentiras, él es publicista y yo productora) y nos gusta mucho el tema… ó yo tengo un blog…”  

Si no le da mucha importancia comenzamos a hablar de cuatro vinos (que como en Colombia nadie tiene ni idea siempre vamos a saber mucho más que ellos) y pedimos de los baratos el mejor.

Es en ese momento justo cuando empieza la gran experiencia…

Al ser muy buenos restaurantes, y nosotros unos “clientes que hay que tratar muy muy bien por nuestra condición de extranjeros y de periodistas culinarios”, los camareros siempre son excelentes y entre ellos y Diana suelen elegir todo el menú.

Comemos siempre lo recomendado, lo que hemos leído en algún sitio que debemos pedir, pero sobre todo lo que el camarero o el jefe de sala le recomienden a nuestra Presidenta…

Es una auténtica delicia… 

Hemos probado ceviches de camarones que se deshacían en la boca antes de morder, caldeiradas de pescado que olían a casa de la abuela, carrilladas de ternera que no necesitaban cuchillo para partirse, boquerones en vinagre que sabían a sol de domingo español en terracita con el periódico, platos con nombres tan exóticos como “Langostinos del sur viajando al norte” o “Cochinillo a nuestra manera” firmados (por que los platos pijos no se hacen sino que se firman) por Chefs con distinciones internacionales como Paco Roncero, Gaston Acurio… es una pasada…

Cada plato conlleva un comentario del mesero de turno.

Nos explica cómo comerlos (el orden y los sabores que tenemos que encontrar) , de dónde son las carnes y si es un restaurante de comida de algún país específico, nos cuenta de la cultura del lugar.
Mientras, muy en nuestro papel, lo miramos desde distintos ángulos, hacemos preguntas del plato y yo voy apuntando cualquier cosa que se me ocurra en mi libreta con letruja difícil de apreciar,  como que a Diana se le ha caído una patata al suelo, que el baño tenía un lavabo muy bonito, que me acuerde mañana de poner la lavadora… Cualquier cosa que pegue con mi cara de interesante y con el discurso del camarero en cuestión. A veces, Luca, me dice "apunta eso por favor" y yo obedezco sin rechistar.

Mientras comemos y saboreamos hasta la última miguita, arreglamos el mundo.

Luca y Diana son bastante cultos y se puede aprender muchísimo entre cochinillo y tempura de jamón.

Hablamos de política (Diana está afiliada a un partido y es fiel defensora de sus colores, Luca es un currante estratega super enterado de mil cosas y yo les cuento noticias o cosas que leo de Colombia), de economía o de cualquier tema que conlleve, sin querer, un poquito de “interesentantismo”.

Es nuestro momento de la semana y las conversaciones siempre son súper enriquecedoras.

Supongo que es por lo rico de la comida, que terminamos divagando sobre temas de lo más transcendentales…

Pero este plan tiene un inconveniente… Como no son todos los jueves, y Diana y yo pisamos el tapón de una botella de vino y nos emborrachamos, al tercer plato ya vamos por nuestro segundo vino y pasa lo que pasa, vamos con ese puntillo que te da igual que te pongan ocho que ochenta.  

Así que normalmente, empezamos de los más críticos profesionales y terminamos partidos de risa por cualquier tontería perdiendo toda credibilidad.

Todos los postres nos parecen fabulosos, aunque ni los saboreemos del contentillo que llevamos… Suele ser Luca quien los elije también.

Cuando nos traen la cuenta, el ritual siempre es el mismo: Cada uno da una cifra de lo que nos va a costar el banquete y quien más se acerca… ¡Gana! (aunque no ganamos nada).

Nunca hemos pagado más de 30€ por cabeza, suele rondar los 15-18. Es un lujo impresionante.

Pagamos, Luca se fuma su cigarrito en el porche de turno, pedimos nuestros taxis y nos vamos a la cama no sin antes escribir el whatsapp de rigor de “He llegado a casa” “ Ha sido genial”.

El Club GastroAlcohólico de La Libreta Bogotana, ha encontrado su razón de ser y por unas horas nos hace jugar a ser otros mezclados con nosotros mismos y disfrutar de las fabulosas cosas que ofrece esta ciudad inmensa (e inmensamente complicada) que cada día inaugura mejores restaurantes.

PD: Aceptamos invitados, aunque Luca se va en nada y nos deja solas a la Presi y a mi... así que cuando vengáis estaréis invitados.

martes, 7 de junio de 2016

Historias de Nariño, parte II, Yo aquí no me quedo

El “Paro Agrario” conlleva desabastecimiento en las ciudades, por lo que encontrar gasolina en Pasto, es bastante complicado, y encontrar un taxi que quiera llevarte al Aeropuerto a 50 kilómetros… Es aun peor… Así que cuando encontramos a Andrés, un taxista medio despeluchado que vestía camisa de chorreras al que no le importaba llevarnos y traernos… pues no le soltamos…

Nos llevó a ver una laguna, la segunda más grande de Colombia.

Por el camino, tuvimos que sobornar a otro líder indígena para que nos dejara pasar, ésta vez no valieron las palabras dulces sino el billete.

Y de ahí nos llevó al Aeropuerto cinco horas antes de lo previsto porque por la radio de su taxi, sus compañeros le anunciaron que los camioneros cerrarían las carreteras en cuanto bajara un poco el sol… para apoyar a los campesinos…

Así que cinco horas antes de que nuestro vuelo saliera… Diana y yo estábamos muertas de hambre en el aeropuerto más cutre que os podéis imaginar…en el “Aeropuerto Antonio Nariño”…

No nos importó, sabíamos que podríamos haber tenido problemas si no nos hubiéramos dado prisa y ambas somos bastante precavidas…así que pasamos las horas en la cafetería del lugar oliendo a fritanga y café malo…

Jugamos al Stop, nos reímos, retocamos fotos, whatsapeamos, hablamos de todo… y cuando tocó entrar a la sala de embarque…

“Din Don Din Don” “Debido al mal tiempo el vuelo Avianca 6898 con destino a Bogotá ha sido cancelado”.

¡Horror!

En medio de la nada, aisladas, con los campesinos alborotados, los camioneros quemando mercancías y con reuniones al día siguiente en nuestras agendas, nos tocaba “luchar” por sobrevivir… 

Os juro que pocas veces me he sentido tan desamparada como en ése momento… y lo peor de todo Avianca no daba soluciones, la única llamar al call center…

Nuestro instinto de supervivencia nos hizo reaccionar, no podíamos salir del área del aeropuerto porque la cosa estaba complicada en las carreteras, así que era ahí y ahora….

Mientras una estaba colgada al teléfono, la otra pedía justificantes en Avianca para nuestras empresas e inmediatamente después, mientras yo iba colgada al dichoso call center gastando mi poco saldo de móvil de prepago, nos dirigimos al hotel-cabañas de enfrente del aeropuerto a buscar dónde dormir.

Sorprendentemente, a pesar de ser ciento ochenta pasajeros, nosotras fuimos las primeras que llegamos al hostel.

Supongo que es cultural, el europeo busca donde resguardarse y mientras intenta arreglar.
El americano busca arreglar como sea y luego ya verá donde se resguarda…
Así que conseguimos una cabaña por unos 20 euros (un robo para ser tan cutres, pero solo había cuatro más) y cuando por fin nos atendió  la dichosa señorita…

Nos reubicaron en un vuelo el miércoles por la mañana….
36horas después de nuestro vuelo…pasar un día más en un kilómetro cuadrado….Les lloramos, les suplicamos, pusimos twitts incendiarios, comentarios hirientes en su Facebook…pero nada… no había forma…

Así que enfadadísimas y excitadas por el mal rollo decidimos la técnica a seguir:  El cara a cara.

Sabiendo que había tres vuelos, uno a las 08.00, otro a las 09.00 y otro a las 15.55, iríamos a cada uno de ellos a suplicar…
Lo que estaba claro era nos íbamos las dos juntas, en ningún caso una cogería el avión sin la otra.

A las 06.00 de ésta mañana, Diana y yo muy serias, sin haber pegado ojo en toda la noche,  habiéndonos duchado con agua fría y con braguitas sucias (no calculamos una noche más…)  llegamos a los mostradores de Avianca.

 Ahí, siguiendo una estrategia perfectamente estudiada dimos en pocos minutos con el que mandaba , un tal “Juan Pablo”.  Y desde el minuto cero, le pedimos y repedimos que nos metiera como fuera en algún vuelo.

A las 08.15, la megafonía anunciaba que el vuelo de las 08.00 estaba retrasado por el mal tiempo… Casi nos da un soponcio… Luchando por un avión que ni siquiera llegaba…

A las 08.30 conseguimos que nos metieran en el vuelo de las 15.55 y media hora después de ésta súper hazaña (significaba dormir en casa),  el vuelo de las 09.00 am  aterrizaba con algo de retraso seguido del de las 08.00 que se aventuraba como al rebufo del primero…

Que dos vuelos aterrizaran significaba que dos vuelos iban a salir…

Siguiendo la técnica aprendida estos meses de “problemas colombianos”  basada en dar la solución a quien tiene que dártela, le pregunté a Juan Pablo, si era posible que en la misma sala de espera, alguien que hubiera hecho el checking on line y no hubiera llegado, pudiera dejar un hueco que nosotras pudiéramos ocupar…

Teniendo en cuenta que las carreteras estaban “complicaditas”, era probable (pensé).

Juan Pablo, a esas alturas, ya pasaba un poco de mi (llevaba tres horas y media poniéndole ojitos y dándole la tabarra), y de manera despreocupada, me dijo  que hablara con los de seguridad, que tal vez, que no prometía nada…

Así que mientras Diana escribía mails de trabajo, me dirigí al Supervisor de seguridad del Aeropuerto, Willson Glez.
Wilson entendió PERFECTAMENTE nuestra preocupación (confieso que le exageré la urgencia y el miedo que nos daban los campesinos…) y rápidamente, tras escucharme, apuntó nuestros nombres en un papelito y fue a hablar con los azafatos del primer vuelo (el de las nueve porque salía antes).

Nada, el vuelo de las 09.00 completamente lleno…

Wilson me miraba desde el cristal de la sala, yo le miraba a él con ojitos de perro abandonado…  Diana bloqueada también, me seguía poniéndole caritas…

El vuelo de las ocho, tardó poco en ser llamado, y cuando no quedaba nadie en la sala, sonó el “Din Don Din Don” de nuevo… “Señores pepito y fulanito acudan urgentemente a la sala de embarque” 

Música celestial, dos personas NO estaban embarcadas….


Golpeé con los nudillos el cristal que me separaba de Willson, y tímidamente pero con decisión y el papelito de nuestros nombres en la mano, Wilson se acercó de nuevo a los azafatos de Avianca…

Pasaron cuatro segundos interminables hasta que con cara de alegría, Wilson nos hizo un gesto nervioso con el brazo para que pasáramos a la sala…

Diana y yo con nuestros macutos saltamos el control, pasamos de las bandas de rayos X, escudándonos en que era el propio “Supervisor” quien nos urgía a que entráramos.

Willson me pidió nuestros pasaportes, se los dimos temblando de nervios.  La señorita repelente de Avianca tecleó nuestros nombres en su ordenador…

El avión encendió motores, mientras los operarios quitaban las cintas que determinaban el camino que debían seguir los pasajeros hasta las escaleras del avión.

La señorita tecleó mil cosas más… y de repente, de la impresora, salieron dos preciosos billetes con nuestros nombres que Wilson arrancó sin mediar palabra.

La señora de Avianca nos devolvió nuestra documentación (o se la arrancamos de las manos) al mismo tiempo que nos gritaba que corriéramos al avión.


El “Supervisor salvador” abrió rápidamente la puerta de emergencia que solo un supervisor puede abrir…

Diana y yo locas de alegría corrimos detrás de él hacia el avión por la pista mientras veíamos que los operarios del aeropuerto empezaban a separar las escaleras del avión…

Willson corría delante con nuestros billetes en la mano, nosotras detrás como cabras cargando nuestras mochilas que saltaban de un lado para otro…

Y ahí, cuando llegamos a las escaleras rojas de Avianca, en ése momento, los operarios frenaron sus maniobras como si se pararan el mundo…

Wilson algo exhausto, pero sonriente, nos dio nuestros billetes, a mí solo me salió abrazarle muy fuerte...
Subimos al avión mientras todos los pasajeros nos miraban con cara de odio por frenar su huida de Pasto. “Cheking cruzado” dijo la megafonía (no se que es eso pero hace ilusión oírlo porque significa que vuelas ya) . Sentada , a una fila de Diana, revisé que llevaba pasaporte, llaves, cámara y móvil...


Sonreímos, nos dimos las manos en señal de victoria y… Despegamos rumbo a Bogotá.

domingo, 5 de julio de 2015

Equipajes y reclamaciones

Debo confesaros algo… soy la versión de “Paco Martinez Soria en la ciudad no es para mí” cuando de aviones se trata…


Me bloquean tres cosas y por más que lo intente, siempre tengo esa sensación de tierra trágame o déjame ir al baño….
Facturar las maletas, despegar y la recoger las maletas…

Sé que es muy fácil evitar la primera crisis, que solo hay que comprar un “pesa maletas” y ya, pero yo, aunque me pese con ellas en la báscula de casa, me muero de nervios cada vez que tengo que subir una maleta al mostrador de facturación y que pese más de 23 kilos justos.

No puedo evitar llenar las maletas hasta los topes y cuando llego delante del hombre de la compañía de turno… Me muero…Espero a que se estabilice la balanza y cuando veo (como ésta vez) que mis maletas pesan 22.8 y 22.6 me relajo y respiro hondo y entro a la acción de intentar echarle cara… (Siempre pregunto si quieren subirme a primera, o si pueden ponerme sola para ir mas cómoda, aunque vaya a Santiago de Compostela, a mi me gusta sentirme como Letizia Ortiz en cualquier sitio, así que por si cuela yo siempre lo pregunto…)

Pasado éste retortijón y ya dentro del aparato, me expongo al segundo: al momento en el que el avión está despegando y va tan rápido tan rápido que sé que ya no va a poder parar si lo necesita y siento que el aparato no sube (Creo que una vez mi primo que es piloto me dijo que esa velocidad era algo como R2 y R3…) … Lo paso verdaderamente mal, me imagino al piloto del avión a lo “aterriza como puedas” con el joystick luchando por levantarlo y que de tanta fuerza se le queda en la mano, o que se nos va a cruzar un pájaro o algo peor… Una vez veo la planta de aguas fecales pegadita a Barajas,  donde trabaja mi amigo Marcos, por la ventanilla,   ya me relajo y hasta en los mejores casos, me duermo…


Aterrizar ya me da un poco igual… Debe ser fácil… (supongo)

Y el último retortijón, el que más dura… es esperando a que salgan mis maletas por la cinta transportadora… esperar a que salgan intactas  y no se hayan perdido o me las hayan roto…

No hay sensación más placentera que la de ver acercarse tu maleta como si fuera un plato de shushi en un chino barato de cinta… brillante, perfecta, intacta, cerrada, tuya…. Es lo máximo…

Pues bien, este vuelo ha sido diferente… Por primera vez me he enfrentado yo sola a un vuelo transoceánico sin el back up de que si me pesan las maletas alguien se pueda quedar con algo de dentro de las mismas…

Llegué sola al aeropuerto muy  prontito (05.45 am)  y en la misma cola de facturación me encontré con los padres de mi amigo Jon que venían 15 días de visita a Bogotá  y estuvimos de charleta (me ayudó a relajarme un poco…) hablando de lo afortunados que somos de tener una colonia española tan divertida…
Facturaron ellos, nos despedimos y llegó mi turno…

Tuve suerte, a pesar de llevar 900 gramos de jamón, dos paquetes de chorizo, 2 de lomo, dos de salchichón, 2 botellas de aguardiente para hacer queimada, 2 botellas de vino blanco, 6 botes de tomate frito Orlando, 3 de pipas, 2 de chuches, taquitos de jamín, un móvil BQ, unos cuadernos guarda oraciones (hasta aquí todo encargos) y todo mi armario dentro,  mis maletas pesaron lo reglamentario…

Como no había dormido nada, nada más subir al avión y por segunda vez en mi vida, me dormí y me desperté en el aire, me ahorré una crisis…

Pero el problema fue al llegar a Bogotá… Esperé a los padres de Jon en la puerta del avión para hacer todo el proceso de papeleo y maletas con ellos, por ayudarles.

Vitoria no tiene mucho que ver con Bogotá así que pensé que alguien amigo que pudiera echar una mano , era lo mínimo que podía hacer por los padres de un amigo.

Esperamos la cola de inmigración juntos, les dejé mi teléfono para que llamaran a Jon para avisarle que ya estábamos (me acabaron el saldo) y nos acercamos a la cinta de las maletas…

Pronto aparecieron las suyas, samsonites con un pañuelo muy femenino atado para diferenciarlas… Su madre (que en ningún momento he sabido cómo se llama ya que se presentó diciendo que era la madre de Jon Ander…) me contó que una de sus tres maletas era todo de su hijo, que le había encargado jamón, chorizo, pipas… (toooma!! Ración doble para todo el mes…) y mientras hablaba yo pensaba…”las mías nada, que no salen…”

Como llevaban sin ver a su hijo siete meses, les dije que no me esperaran, que salieran que yo tenía al conductor esperando… Después de insistir un poco decidieron dejarme allí, frente a la cinta transportadora…

Una vez sola, mi maleta morada salió a los 3 minutos, tan brillante, tan bonita, tan mía… La ración de chorizo ya estaba en mis manos… Pero la azul de Carrefour… No salía…

Empecé a ponerme en lo peor, hice memoria para saber dónde estaban las braguitas, el abrigo para ir a trabajar, el bañador… ¡Todo estaba en la maleta que faltaba!
Continué resoplando, balanceándome sobre una pierna para estirar las rodillas y sacar ansiedad, me moví hasta la boca de donde sale mi maleta, la esperé... me conecté al wifi del aeropuerto…

Fue en ese momento cuando apareció , tan azul, tan resultona a pesar de lo barata que había sido, con su etiquetita de colores, tan cuqui, tan…

¡¡¡¡ROTA!!!!!!

Le faltaba un trozo enorme, toda una esquina que debió desaparecer cuando se llevaron la rueda izquierda, se veía el forro interior que estaba a punto de romperse y desperdigar litros y litros de alcohol casero ourensano y tomate frito orlando…
En ese momento y gracias al wifi gratis del aeropuerto de Bogotá, Jon me escribió que me esperaba que su madre se había empeñado en que no me quedara sola… le avisé se me había roto la maleta y que mi conductor, Jackson (el del coche blindado verde) me estaba esperando que ya me había escrito varios whatsapps diciéndome que andaba ya por ahí... que por favor que se fueran…

Tras 11 horas de vuelo, dos crisis aeronáuticas, un sentimiento de miserabilidad total y 22.9 kilos sin ruedas …me dirigí arrastrándome hasta el mostrador de AVIANCA…

Allí me tuvieron 20 minutos esperando hasta que me atendieron (a todo esto mi Jackson no paraba de preguntar cuanto me quedaba…) le pedí al señor de Avianca  que me dejara sentarme en la silla de su compañero, dentro del mostrador, entré ,  me senté a su lado y una vez allí, el señor evaluó el destrozo…

Debía ser que era poco evidente lo inútil que se había quedado mi equipaje, que tuvimos que esperar otros 10 minutos a que viniera su encargado para que valorara que en efecto, mi maleta azul , tenía un boquete de unos 20 cm por el  la asomaba la ropa y que además no tenía una rueda, es decir, era una maleta inservible…
Fue en ese momento, 40 minutos después de que llegara al mostrador,  cuando me dejó rellenar el interminable documento de reclamación para que me pagaran una maleta nueva.

Jackson me volvió a escribir para decirme que debía irse, que en 15 minutos llegaba su hijo para llevarme al hotel, que iba en su Renault verde y que me esperaba donde siempre….

Rellené las tres hojas; marca de la maleta Carrefour, color, material, motivo de mi viaje, dirección en España, dirección en Colombia, número de pasaporte, persona de contacto en caso de emergencia (¿?), número de reserva de vuelo, número de tiket de vuelo, número de pasajero frecuente,  número de vuelo, número de equipaje… Os juro que yo no sabía que en una tarjeta de embarque había tantos datos hasta el jueves pasado…. Les faltó preguntarme número de pie y color favorito…
Yo, concentrada, cansada y renegada lo escribí todo con letra clara (para evitar problemas)  y se lo di al señorito…

Cuando se lo entregué , sacó otro documento, este ya de color verde y copió todo lo que yo había puesto en ese papel muy concentrado… (otros 15 minutos de espera)…levantó la cabeza y me dijo con tono funcionarial… “¿Valor de la maleta? “ , tonta de mi y fruto del cansancio le dije, que pusiera que había costado unos 60 euros… (cifra que tuve que convertir a dólares porque no admiten cantidades en euros..) me dio una copia del documento sobre mi vida y me dijo, ahora debe usted subir al mostrador de Avianca en la planta dos, rellenar una instancia y reclamarles a ellos los 67 dólares con este papel…

Casi me pongo a llorar ahí mismo… Quería irme a dormir, estaba cansada, llevaba una hora ahí sentada, más las 11 de vuelo y me negaba a esperar más y seguir siendo partícipe de la burocracia colombiana…

Me dijo que si lo prefería,  podría venir otro día y sin pensarlo dos veces cogí mi papel y me largué como pude de allí…

Al salir a la terminal, arrastrando mi maleta, empujando la otra y cargando mi macuto, mi ordenador y mi bolso, en medio de pancartas de hoteles, de ramos de flores y niños pequeños encontrándose con sus familiares, estaban Jon y sus padres esperándome , “Mi ama que no quería dejarte sola” me dijo Jon mientras me quitaba las maletas de las manos… Les pedí que se marcharan, que mi conductor no debía estar muy lejos…

El padre de Jon y Jon me cargaron las maletas hasta la esquinita donde suelo esperar a Jackson y preocupados me dejaron allí…

Sin saldo, sin pesos colombianos y sin wifi porque estaba fuera del aeropuerto…

Pero yo no fui consciente de la incomunicación hasta que no pasaron 40 minutos y el hijo de Jackson no había dado señales…

Habían pasado 3 horas y media desde que me había bajado del avión y aún estaba ahí sentada encima de mi maleta azul, cansadísima, con ganas de llorar y frío, otra vez en el maldito frío…

A los 50 minutos reaccioné, estaba en el país en el “que sí que sí y luego no”, el hijo de Jackson no iba a venir… Tenía que ponerme en marcha…

A lo lejos, divisé un carrito vacío que alguien que había pagado por él, había abandonado tras cargar sus maletas en su coche… Salí corriendo a por él cometiendo la imprudencia de dejar mis maletas solas, lo cogí, volví corriendo , cargué todo y me fui de nuevo para dentro a cambiar los 50 euros que llevaba en la cartera en la casa de cambio del segundo piso del aeropuerto…

Me dieron un cambio de mierda pero no me importó, bajé de nuevo, esperé 20 minutos la cola del taxi, me subí y dije las palabras mágicas “sesenta y ocho con cuarta, Nico apartasuits por favor”, no hablé con el taxista ni una palabra, tenía tanta rabia y cansancio que me limité a ver cómo llovía por la ventana...

Cuando estábamos cerca, en medio del atasco habitual de la 63, escuchamos un ruido muy fuerte, algo como un trueno, pero de lo cansada que estaba ni me di cuenta de lo que era…

Cuando el Taxi paró en la puerta del Nico, despejó de repente, y en la acera soleada,  sonrientes, estaban Farhin  y Joana esperándome, en la puerta de mi pseudohogar colombiano, tan amables y serviciales como siempre… “ Señora Cristina le hemos echado de menos” me dijo Joana mientras me abrazaba…

Se me empezaron a caer de los ojos, dos lagrimones silenciosos, de esos que no avisan y son imposibles de controlar… Joana debió flipar, pero yo estaba tan cansada y tan enfadada que al llegar a una cara amiga, me derrumbé…
Farhin me subió las maletas, me dijo que no tirara la rota, que a él le servía seguro y cuando se despedía, sonriendo me dijo, “¿Sabe? , nos encanta que de nuevo esté aquí, aunque vuelva a estar sin su esposo y eso le apene…”

Le di las gracias y cuando cerró la puerta, me conecté al wifi del hotel y me di cuenta de que tenía 7 llamadas perdidas de whatsapp de esas que solo llegan si tienes datos del hijo de Jackson, un watsap de Jon preocupado porque no le había avisado de que había llegado a casa y un whatsap de Pablo que me decía “ Me voy a dormir ya, animo pequeñita”.

A la media hora llegaron Patri y Jorge con unas cervezas, una cocacola ligth y pan bimbo… Se rieron de mi historia y de mi… volvía a estar por aquí, viviendo una oportunidad laboral inigualable, con mis dos maletas llenas, 900 gramos de jamón y 2 botellas para hacer queimada… ¿Cuál era el problema?

Entre risas y anécdotas, nos acabamos un paquete de salchichón y medio de jamón… 
En cuanto salieron por la puerta me tumbé en la cama con una sensación rara en el estómago, sabiendo que de nuevo tocaba luchar y reclamarlo todo, que de nuevo estaba en Bogotá…