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lunes, 6 de febrero de 2017

Temblorcito

Hoy ha habido un pequeño temblor, y digo temblor porque aunque para nosotros cuando se mueve la tierra siempre se llama terremoto, pero aquí hay una gran diferencia;

-         -   Temblor terremoto sin destrozos
-      -     Terremoto; catástrofe .

Así que aquí cuando una se cree que la tierra va a abrir una falla bajo sus pies, se van a caer todos los edificios y los habitantes de Bogotá moriremos engullidos por la oscuridad del fondo  se rompe nada, pues es un temblor.

Pero si resulta que la profecía se cumple, se denomina terremoto.

Colombia empujada por las placas
Al parecer, Colombia, no sólo se encuentra en un sitio muy bonito y estratégico para hacer negocios entre Caribe y Suramérica, sino que se encuentra situada entre tres placas tectónicas que aprietan aprietan por todos los lados.  Por el norte la placa Caribeña, por el sur la de Nazca (que se está metiendo debajo de la Suramericana propiamente dicha y hace temblar a todos los latinos del sur de vez en cuando) y otra , que más o menos roza pero no del todo, que es la placa de Coco.

Así que como podéis imaginaros, el hecho de que el 35% de la población colombiana, se encuentre en zonas de amenaza sísmica, no es algo raro.

La gente está acostumbrada, vive con ello y no les importa que pasen éste tipo de cosas siempre y cuando sean flojitas.

Para ellos el hecho de que tiemble termina siendo como para nosotros el tiempo,  un tema recurrente para hablar en el ascensor. El “parece que llueve” tan español, lo traducen por un, “¿Sitió el temblor?”, y uno cuenta lo que estaba haciendo, si lo notó, si como iba en coche no lo percibió a penas, que qué miedo, que Diosito nos ampare… y esas cosas.

Todos saben qué se debe hacer.  Las casas, los edificios de oficinas y los coles y hospitales tienen un protocolo que se tiene que seguir (aunque ellos pasen en el momento de la verdad) y una vez al año toda la ciudad realiza un simulacro de sismo a la vez siguiendo a los jefes de área y todos perdemos horas de trabajo y aprovechamos para hacer algún que otro recado  o llamada personal.

Pero cuando hay más de un temblor al día, que ocurre muy de vez en cuando y es más peligroso,  porque pueden ser movimientos que anuncien uno más gordote. Y por eso, todos los autóctonos, tienen a mano cierto tipo de cosas que pueden ayudarles en caso de que sea royo “Independence Day”.

En Octubre, una tarde de domingo, tembló tres veces en media hora, y mi amiga Diana y yo, que somos bastante frikis y caguetas, nos metimos en la página web de la Embajada de España para saber qué debíamos hacer en caso de emergencia.

Reconozco que yo no sentí ninguno, porque estaba haciendo una estantería a martillazo limpio, pero Diana, que vivía en un cuarto y estaba tirada en el sofá, me iba transmitiendo cada momento como si se acercara el final de nuestra especie.

Esa noche no sólo aprendimos muchísimo, sino que trazamos un plan perfecto para salvarnos la una a la otra marcando puntos de encuentro y maneras de contactar durante la posible catástrofe, terminando, pasara lo que pasara, en la Embajada de España que está lejos de los cerros (las montañas) y que allí el “tanto tienes tanto vales” no funciona...

Lo que te dice la Embajada en su web, y seguramente todo colombiano de a pie, que lo que tienes que tener a mano siempre es agua, teléfono cargado y medicamentos básicos. Pero si además a eso le añades una linterna, transistor, mantita, muda de ropa y dinero en metálico mucho mejor.

Durante los tres siguientes días de aquella tarde de octubre, dormimos las dos con el teléfono cargado, el pasaporte en el bolsillo del pijama y una mochila con la mantita robada de Iberia y un montón de cosas más por si acaso.

Pero hoy, cuando ha temblado, mi máxima preocupación no ha sido la mantita, sino el bicho peludo que me miraba con los ojos desorbitados a un metro de mi mientras oíamos cómo crujía el suelo bajo nuestros pies.

La pobre Paquita, que recordemos que es una gata de primer mundo que hasta el pasado 1 de Noviembre nada había perturbado su tranquilidad de gata burguesa, ésta mañana a las 05.30 o así se ha despertado antes de lo habitual.

Un día normal, es la última en despertarse, suele quedarse remoloneando más que yo incluso, (que reconozco que apago el despertador una media de doce veces antes de levantarme de la cama y no estoy exagerando). Se limpia las patas, la tripa, se arregla las uñas de los pies… y si acaso luego se levanta poquito a poquito no sin antes venir a saludarme o ir a ronronear a su dueño mostrándole pleitesía y amor infinito.

Paqui mirándome fijamente
Pero el caso, es que hoy a las 5.30 se ha puesto a moverse, ha jugado con un alambre de los del pan bimbo despertándonos a todos, se me ha puesto encima, se ha puesto encima de Pablo mientras leía el periódico desde la cama a las 06.30… Y a eso de las 07.50, cuando yo ya había apagado el despertador unas 6 veces, ha venido a mirarme fijamente.

Cuando me mira fijamente me acojona. No sé por qué lo hace, pero se acerca mucho y clava sus ojos amarillos en mi cara como si me estuviera examinando mucho más allá de lo físico.

 Será que he visto muchas pelis, pero os juro que no hay nada más pesadillesco que despertarte por la mañana , acercar la mano a la mesilla para apagar el despertador y al abrir un ojo encontrarte la cara de un gato a menos de un palmo mirándote fijamente. No se lo recomiendo a nadie.

Total, que ésta mañana cuando he apagado el despertador por sexta vez, he notado que el puto gato, me miraba fijamente y yo no sabía por qué.

Pablo, que se iba a Lima por la tarde, estaba ya en el salón planchando camisas, pero ella sorprendentemente, ahí clavada desde mi mesilla de noche, me miraba con los ojos abiertos como platos.

El susto de su mirada penetrante, ha hecho que me despejara totalmente, y he empezado a leer correos y whatsapps bajo el edredón mientras Paquita, sin dejar de mirarme, movía su cola bastante agitada.

A eso de las 08.00, cuando ya si o si tocaba levantarme, Paquita ha pegado un brinco al suelo y mientras erizaba todos los pelos de su cuerpo, la cama ha empezado a moverse como la de la niña del exorcista de un lado a otro.

Tensando todos los músculos de mi cuerpo, despojándome del edredón y la manta, he pegado un súper salto digno de Simone Biles en ejercicio de tapiz en las olimpiadas,  rumbo al marco de la puerta, agarrando al gato en el camino sin nisiquiera tocar el suelo, mientras la casa, que está hecha de manera que aguante los temblorcitos, crujía levemente.

¡Pablo temblor! He gritado en el aire ya con Paqui en brazos para ponernos a salvo.

A solo dos metros de mi,  desde el salón, plancha en mano, con su tranquilidad característica agravada por el madrugón, mirándome con cara de circunstancia y con fuerte acento madrileño Pablo me ha respondido,  ¿Qué dices tía?.

Ha sido algo tan cortito, que los que no estaban tumbados como yo, casi no lo han notado y Pablo, concentrado en sus camisas y seguramente agobiado con todo el trabajo que les esperaba estos tres días en Lima, no se ha enterado de nada de nada...

Al llegar al trabajo, cuando me han preguntado por el temblor (como correspondía) he dicho que me había pillado ya casi saliendo de casa (me daba vergüenza decir que aún estaba en la cama a esas horas en un país en el que la gente empieza a trabajar a las 07.00 u 08.00) pero si que he recalcado que el pobre gato casi se muere de infarto. Se han reído de mi gato “gomelo” (pijo en colombiano) y han seguido trabajando como si nada pasara.

Menos mal que no les he confesado lo de mi salto ninja de la cama al marco de la puerta pasando por el suelo para coger a Paquita…

Hoy, en cuanto he llegado a casa por la tarde, he bajado del armario el transportin de Paqui y he dejado su pasaporte y sus drogas para viajar a mano, cerca de la cama por si acaso, No vaya a ser, que estos días que su dueño no está, ocurra lo que denominan terremoto y tengamos que irnos a la Embajada de España para que nos devuelvan a las dos a Madrid.

PD: En el cajón de mi mesilla siempre está mi pasaporte, 100.000 pesos y mi tarjeta de crédito. La linterna y el transistor, en el baño. Pero todo controlado.


lunes, 23 de enero de 2017

Baño polaco

Éste fin de semana, hemos estado en la playa.

Previendo este bajón posvacacional y demotivador que tiene volver al otro lado del mundo sin vosotros, Diana me recomendó antes de irse, que planificara algo para enero para darme un poco de vidilla y recordar lo bueno de aquí. Así que en noviembre, compramos unos billetes a Cartagena para irnos a Isla Grande en plan señores un fin de semana.

Nos han timado por todos los lados (muy colombiano), porque nos dijeron un precio que no era y luego tampoco nos explicaron que por tener visa de trabajo teníamos que pagar el 20% más correspondiente a los impuestos nacionales. Total, que hemos vuelto pobres de pedir, pero muy contentos del calorcito, el buceo, el padle surf, la naturaleza y la tranquilidad.

Llegamos ayer a la una de la mañana, la casa estaba fría y Paqui, como suele hacer cuando la dejamos sola un par de días, nos echó la bronca a grito pelado, por no haber avisado de que no íbamos a estar con ella en todo el fin de semana.
Durante los quince minutos que aguanté despierta, no hizo más que maullar alto y revozarse contra nuestras piernas en señal de protesta.

Yo estaba cansadísima, tanto, que dejé el bañador mojado en el tendedero, me lavé los dientes y me metí en la cama sin mediar palabra. Con el pelo sucio y seco de tanto sol costeño  y oliendo a sudor de calorcito cartagenero.

Pablo, que no se había dado una ducha de agua dulce en la playa antes de irnos de allí (como hice yo) y no hay cosa que le mole más que meterse en la cama recién duchadito, aprovechó la ocasión para darse un remojón calentito en la habitación que tenemos como ducha (es enorme, creo que os lo he dicho otras veces, pero es lo mejor de la casa. Cabemos 10 y la alcachofa es gigantesca… Sabéis que está a vuestra entera disposición cuando vengáis a visitarnos).

Cuando empañó todos los cristales de la casa y tuvo los dedos rechumidos, se metió en la cama a mi ladito,  Me dio un beso de buenas noches que recibí entre sueños y ronquidos. Creo que me dijo algo, pero ni le entendí.

Paquita pidió entrada bajo el edredón, con un maullido más suave y seductor, se acurrucó  entre Pablo y yo, porque, a pesar de su enfado, los seis grados de la calle en una casa sin calefacción se notaban…. y nos quedamos acurrucaditos los tres hasta ésta mañana.

Tan cansados debíamos estar, que no hemos escuchado el despertador de Pablo (que suena media hora antes que el mío) y nos hemos despertado con el riiiiing del mío directamente.

Pablo se ha levantado rápido, ha planchado una camisa y antes de que yo saliera de la cama, se estaba tomando un café vestido de señor para irse a trabajar con una pierna ya fuera de casa. Se ha despedido rápidamente de las dos y ha desaparecido rumbo a su oficina.

El caso es que cuando me he levantado, con la radio de fondo escuchando las locuras del Señor Trump en la “Doble U”, cual autómata, me he arrastrado hasta la cocina para hacerme las judías verdes hervidas para mi comida de medio día.

Sin abrir casi los ojos, he cogido la cacerola, la he puesto bajo el grifo, he ido a abrir el agua y…. el grifo tenía poquísima presión.

Mi primer pensamiento, ha sido que  que como otras veces, el portero me había cerrado el agua el fin de semana que no estaba y así que directamente, he llamado a portería. 

“Buenos días señora Cristina, ¿Qué hubo? ¿Qué más? ¿Cómo me le va? ¿Cómo amaneció? ¿En qué le puedo colaborar?”

Yo, que como todo el mundo sabe, por herencia familiar Patiño, por las mañanas no me gusta mucho hablar, le he tenido que
responder a lo colombiano en un tono amable poco habitual en mi, “¿Qué más? ¿Cómo está? ¿Qué tal va la mañana? Qué pena molestarle, pero ¿Será que me han cerrado el agua como la otra vez y se olvidaron de abrilo de nuevo?

El portero, rápidamente, repitiendo el mismo discurso que le ha debido decir a todo el edificio desde primera hora de la mañana, me ha respondido muy cordial como si no pasara nada;

“Qué pena señora Cristina, es que el agua se cortó en la noche tardecito y apenas está regresando. Si espera un poquitico, no más, verá como nos regresa y volvemos a la normalidad”.

Es decir, que no tenía ni puta idea de cuando se había cortado, porque Pablo se había duchado la noche anterior bastante tarde durante horas,  y por tanto no tenía ni puta idea tampoco de cuando iba a volver.

Me he despedido muy amablemente, deseándole buen día, dándole las gracias,  mientras dentro de mi, crecía la rabia y se me cerraba la garganta fruto de la desesperación de la incompetencia general y los malos recuerdos de la última vez que se fue el agua en todo el barrio y no volvió en dos días.

¿Sabéis lo que es en un mundo civilizado en el que tienes que ir a trabajar que no haya agua?

Seguramente, los más aventureros pensaréis “yo estuve en un campamento cuatro días” Mi madre alardeará, que en sus refugios de montaña no hay agua y ella, como mujer limpia que es, hace malabares para cuidar los mínimos, pero… ¿Ir a currar con absoluta normalidad sin agua?

Os juro que es un infierno.

Lo primero de todo, cuando ves que no hay agua, es preguntar a los locales la previsión de que ésta vuelva, ante tú pregunta, ellos te responderán con otra… ¿Pero es en todo el barrio o sólo tu edificio?

La diferencia es igual de desesperante, pero a ellos les importa mucho. Si es en tu barrio, tal vez  tengas la suerte de que viva un influyente hijo de no se quien, o directamente el político de turno, que puede presionar al Acueducto de Bogotá para que venga a arreglar la avería en menos de cuarenta y ocho horas.

Si señores, han oído bien, cuarenta y ocho horas.

Si es en tu edificio… la cosa se complica, porque únicamente el administrador de la finca puede realizar la llamada al fontanero. Si es un administrador de bien, seguramente llame en el mismo día, pero el mío, al que nunca he conseguido escuchar porque no me ha cogido el teléfono jamás, no vive en el edificio y lleva todas las edificaciones de la familia Uribe-Noguera (conocidos mundialmente por tener un asesino violador entre sus miembros) por lo que anda bastante ocupadito…

El fontanero, normalmente no trabaja más tarde de las cuatro. Porque aquí las horas extras y la conciliación familiar se pagan pero bien, así que prefieren soltar el alicate y si no ha podido ayudarte antes de las cuatro, “Qué pena con usted” y se va para su casa.

Así que si te quedas sin agua en un edificio bogotano ,así como así, te toca tener mucha paciencia, mucho dinero y algún amigo para poderte duchar a fondo el tercer día de sequía.

Volviendo a ésta mañana; Ahí estaba yo, oliendo a rallos, con el pelo asqueroso, en pijama y a una hora bastante tardía en la que no tenía ningún amigo aun en casa y sin saber si era avería del edificio (de ésa manera iría al gimnasio a ducharme) o del barrio.

Me he sentado en el sofá, desconozco cuanto tiempo, mirando al infinito, con el teléfono móvil en la mano, buscando una solución rápida y efectiva.

La primera opción que me ha venido a la cabeza ha sido trabajar desde casa, pero claro, una no puede trabajar dos días seguidos en su casa cuando tiene reuniones y demás que ya están cerradas para esa misma mañana.

Así que la segunda opción, repitiendo la jugada de la otra vez, ha sido llamar a una cigarrería (que es como los chinos en España pero aquí los llevan los mismos colombianos porque hay poco chino aun) y pedir veinte litros de agua en garrafas para al menos poder ducharme a “parroquias”.

Con 30.000 pesos menos (10 euros) y cuarenta minutos después, tras una cocacola ligth y un sándwich de nocilla porque la ansiedad me ha hecho olvidar que volvía a estar a dieta, ha llegado el señor de la cigarrería de abajo (si, tardan cuarenta minutos aunque estén en tu misma manzana) y me ha subido a la mismísima encimera de la cocina cuatro garrafas de agua embotellada para mi uso exclusivo y personal.

Sonriente y encantado con el “agosto” que se estaba haciendo a consta de pijas con necesidades imperiosas de higiene personal y cocina, me ha comentado que había tenido suerte, que eran las últimas garrafas que le quedaban, y que hasta el miércoles, no venía el repartidor.

No he sabido si sentirme afortunada o la mujer más desdichada del planeta por saber que, no era cosa del edificio y que en toda mi manzana no había más agua disponible que la que tenía en mi encimera. Pero amablemente (haciendo un esfuerzo infernal porque repito, por las mañanas soy el mismísimo diablo) le he dado su propinita, los buenos días y he cerrado la puerta aliviada.

Un poquitito para las judías verdes, otro poquitito para beber y bajar el ultimo trocito de sándwich de nocilla de importación, y estos cuatro litros más o menos para calentar en la pota grandota para lavarme el cuerpo.

Tras veinte minutos de cocción y ya llegando demasiado tarde a la oficina, he echado el agua fría en  tina que compré la última vez que sufrí esta catástrofe y que tiene el tamaño justo para todo lo que es el aseo personal (lo mismo cabe un pie, que un culo que un jersey para lavar a mano).
Posteriormente he llevado la tina y la olla al cuarto-ducha para desde ahí volcar todo el agua hirviendo de la olla grande con el objetivo de conseguir un agua templadito y en el lugar exacto para no mojar toda la casa.

Sentía que nada ni nadie podía frenarme, tras tan osada hazaña.  Encantada conmigo misma por lo rápido que estaba capeando la situación, sabiendo que el olor a cebolleta francesa desaparecería en cuestión de segundos y que gracias a mi ingenio y tenacidad, sería la última persona de la carrera cuarta A que disfrutaría del agua limpia recién comprada.

Transistor en posición, pijama por aquí, braguitas por allá...
¡Todo preparado!
Pero al volcar toda el agua en el recipiente plástico final, sin saber cómo ni por qué, además del agua caliente han empezado a aparecer pequeños trozos de espinacas que el viernes pasado, había hecho en esa misma cacerola y que se habían camuflado, hasta ese momento, en las negras paredes de la mejor de todas mis ollas de toda la casa.

¡Cacerola sin fregar!
¡Horror!

Seis litros ¡¡SEIS!! ¿De los veinte que tenía disponibles echados a perder y volver a esperar a que se calentara?

Ni de coña.

Otra vez, fruto de la desesperación y la capacidad de supervivencia, he decidido solucionarlo por mi cuenta.
Desnuda, con frío y harta del agüita de los cojones, he ido hasta la cocina corriendo a coger un colador para cazar cada trocito de espinaca que hubiera ahí dentro.

No tenía tiempo, ni ganas, ni humor para volver a esperar veinte minutos de cocción para que el agua se calentara. Y por otra parte, por qué no decirlo, hay ciertas zonas de mi cuerpo que me niego a mojar con agua fría a primera hora de la mañana.

Asi que, con las noticias de fondo en mi transistor, de cuclillas en medio de la ducha-habitación de mi baño, me he dedicado a pescar espinacas en mi tina azul de emergencia con el escurridor de verduras de rejilla que SI había fregado el viernes.

Si, sé que es un asco, que todos pensaréis que es lo peor del planeta, pero me he lavado en ese agua todo lo que un baño polaco requiere (pies, culo y sobaco).

Convenciéndome a mí misma de que, posiblemente, el caribe en el que había nadado el día anterior o el mar mediterráneo en el que nos bañamos todos alguna vez, tienen más bacterias que un balde azul de emergencia con trocitos de espinacas flotantes sazonado con jabón Dove.

Eso si, me he lavado los dientes, la cara y el cuello con agua fría directa de la garrafa herméticamente cerrada. Y el  pelo, tras lo de las espinacas… ya me ha parecido excesivo. He tirado de moño alto pegado a la cabeza para que no se supiera si era sucio o gomina.

A medio día he subido a casa, para saber si tocaba coger mochila para irme a duchar a casa de alguien o todo había terminado.

Por suerte esta vez, solo ha sido una mañana. En éste país del realismo mágico, uno nunca sabe si el “ahorita mismo” son unas horas, o una eternidad.



martes, 8 de noviembre de 2016

El gato volador


Mi preocupación por cómo se lo iba a tomar ella, cómo le iba a sentar el vuelo, los controles pertinentes de entrada en Colombia y sobre todo la adaptación a la nueva casa donde ya no pasan coches para cotillear sino que las ventanas dan a un pacífico patio en el que lo único que pasan son algunos pajarillos de paso… era algo que me quitaba el sueño. Ella, tan paletita de Valdepiélagos (su pueblo natal) cruzando el charco…¡Pobre!

Y no era para menos… La pobre Paqui lo ha pasado bastante mal.

Os cuento su viaje a su nueva casa…

Siguiendo las indicaciones de medio mundo, Pablo drogó a Paquita antes de ir al aeropuerto. En casa ya en ayunas desde primera hora de la mañana, le dio media pastillita de no se qué para que Paqui no sufriera en los primeros pasos del viaje.

De casa la llevaron al aeropuerto, allí pasó los controles sin decir ni “miau”.

Hecha un trapo, se subió al avión sin problemas, despegó, pasó la hora de comer y sus correspondientes olores , ruidos y demás… Pero a las seis horas de vuelo, en medio del océano Atlántico, el pobre animal, se dio cuenta que estaba en un trasportin enano del que claramente quería salir, en un sitio fuera de su ámbito de actuación y con su amo y amante a un metro sin que le pudiera tocar.

Al parecer, la agonía empezó gradualmente. Primero comenzó a maullar melosona, entre drogada y seductora, con esos miaus largos que le canta a Pablo, queriendo que sus encantos (que nunca hasta el momento le habían fallado) rindieran a su hombre bajo sus patitas peludas y pudiera salir a que le arrullara en sus brazos.

El cortejo duró unos 30 minutos, pero visto que Pablo en vez de abrirle la cremallera le pedía calma desde fuera, comenzó poco a poco a acelerar el maullido y del seductor miaaaaaauuuuuuooooo pasó al maaau maaau maaau que suele utilizar cuando me pide algo a mi con insistencia y no le hago caso.

Pablo, empezó a ponerse nervioso, no quería utilizar la otra media pastilla porque para él, drogar al gato es un pecado imperdonable ya que “es un animal, y el pobrecito no sabe lo que le pasa y se siente fatal”. Así que en vez de calmar al bicho con drogas, se le ocurrió, que llevársela al baño era la mejor opción.

Una vez dentro (sin sacarla del transportín) cerró la tapa del retrete (nunca nadie ha asegurado que el pis que haces en un avión no se caiga al cielo y no había por que correr riesgos) y una vez inspeccionado que no habían muchos más peligros, abrió la puerta del recipiente gatuno.

Paquita tardó unos segundos en salir, primero asomó una patita, luego la cabeza, miró hacia los lados, volvió a meter la cabeza y con poca decisión, comenzó a salir lentamente con la tripa muy pegada al suelo como con miedo a ponerse de pie en ese cubículo ruidoso y extraño.

Comenzó a oler cada esquina y queriendo esconderse se metió bajo el retrete que había un huequito que a ella le parecía seguro de todo mal.

Pablo, al darse cuenta de que no había inspeccionado todo y que el gato estaba cerca de un hueco que tal vez era un agujero con caída al vacío y subcionador de gatos en libertad, volvió a coger al felino y tras darle unos besitos y abracitos lo volvió a meter en el transportín.

Pero tras ese meneo, Paquita lo tenía aun más claro, ella quería volver a su sofá amarillo, su calle con coches y su reino madrileño.

Comenzó a revolverse dentro del cubículo como si el propio Lucifer se hubiera apoderado de ella, lloró, bufó, golpeó las paredes de tela del recipiente y con sus gritos molestó a media cabina.
Pero no hubo respuesta...

Al darse cuenta que Pablo no iba a ayudarla de ninguna manera, con su mente retorcída de gato malvado, diseñó una huida digna de Alcatraz abriendo un hueco por la redecilla del trasportin nuevo que Pablo compró 48 horas antes del viaje para que ella no lo relacionara con otras malas experiencias del otro y para que cumpliera las medidas de seguridad de cualquier compañía aérea.

Decidió empezar a arañar con gran velocidad y tesón la parte de delante, un dos un dos un dos, la cosa parecía que avanzaba, un dos un dos… las uñas recién cortaditas para que fuera guapa en el viaje hacían su trabajo, un dos un dos….¡Paaam! Su uña de en medio de la pata delantera derecha se le enganchó y trabó en la rejilla. No salía ni para delante ni para detrás.

Paquita rompió a llorar, a retorcerse, a intentar sacar la garrita de los cuadritos de la rejilla de su prisión gatuna, a gritar de dolor, a desesperarse como había hecho minutos antes… Pero como el cuento de Pedro y el lobo, nadie le creyó esta vez y tras minutos de desesperación sin que nadie la ayudara, la pobre gatita, perdidamente desesperada y muerta de miedo pensando que era el final de sus días de paz, decidió liberarse ella misma y tirar…. Zas!!!!

Empezó a sangrar poquito, se miró la patita y vio cómo su uña especial, con la que enganchaba todos los juguetes de su antiguo remanso de paz, se separaba de su patita blanca dejándole una herida horrible que aun hoy se lame continuamente.

La pobre debió sentirse super desconsolada, pero como buena gata digna de sus dueños, la muy cabezota, aun muriéndose de dolor y sin parar de llorar, decidió continuar su misión, salir de su trasportin.
Esta vez con los dientes, empezó a morder la misma área de la rejilla.

Tras diez minutos de arduo trabajo, pudo romper unos tres centímetros, ya podía sacar el hocico rosita, mordía más y sacaba el hocico para sentir que estaba en libertad, mordía y se asomaba, mordía y repetía la operación.
Alertado por el silencio de Paquita y los ruiditos rumiantes provenientes de transportín, Pablo se acercó sin hacer mucho ruido para no asustar al animalito que creyó que tras tanto esfuerzo había caído rendido.

Cual fue su sorpresa al encontrarse a Paquita, con una pata llena de sangre con media nariz fuera del trasportín violando dos reglas fundamentales de inmigración: Transportar al animal en un recipiente completamente cerrado y entrar en el país sin ninguna herida abierta.

Al pobre Pablo casi le da un patatús pensando en cómo tendría que hacer para poder convencer a las autoridades colombianas de que su amada gato cumplió todo cuando salieron pero que ahora nada tenía sentido (No recordaba que en Colombia todo el laxo y “solucionable”) . Le pasó por su cabeza hacer un Melendi, para que el piloto tuviera que volver, pero a esas alturas de vuelo, si tenían que tocar tierra firme seguramente aparecerían en Venezuela, y salir de allí con Paquita viva iba a ser bastante complicado, así que armándose de valor y dejando sus miedos a un lado decidió tomar la decisión más difícil. Volver a drogar al gato.

Nervioso buscó en su maleta de mano la media pastilla que le habían asegurado que podría darle pasadas 6 horas de la primera toma. Volvió a contar las ocho horas que separaban la salida de casa a ese momento, volvió a leer el prospecto, respiró hondo y aprovechándose del espíritu escapista de Paquita trazó un plan infalible: Abriría la cremallera del trasportín por arriba, Paquita querría salir como loca sacando la cabeza, en ese momento abriría su boquita con la mano izquierda y con la derecha le metería la pastilla hasta la garganta para que de una vez se la tragara sin complicaciones.

Dicho y hecho, luchando con el mal aliento del gato que llevaba 11 horas sin beber, Pablo consiguió meterle la pastilla de cuajo al gato y la pobre, asustadísima sin entender nada, no le quedó otra cosa que tragar sin saber qué ni porqué.
Pablo cerró de nuevo la cajita del gato y Paquita, más triste que nunca, sintiéndose sola y engañada se fue a la parte de atrás del trasportín a llorar y a limpiarse la patita, explicándole al mundo en maullidos que ella no quería estar ahí y que no entendía por qué le estaban haciendo eso, con lo buena que ella había sido siempre.

Tardó una hora en calmarse bajo los efectos de la potente pastilla, entrando ya a cielo americano, a menos de una hora de aterrizar pudo dormirse de nuevo y para cuando llegó a tierra, luchaba entre sueños en descifrar qué de lo que veía era verdad y qué imaginaciones suyas.

Vio perros detectores de drogas que pasaron de ella completamente, vio policías, maletas girando una detrás de otra y hasta le pareció ver a la amante de su pareja “La otra” a lo lejos.
Sentía que Pablo estaba muy nervioso, ahora que ella se calmaba,  su compañero de viaje-pesadilla se ponía histérico.
Escuchó cómo hablaba por teléfono y confirmaba que tenía una herida y que no sabía cómo iba a pasar los controles.
Pablo le llevó a una sala más tranquila, en la que un hombre le preguntaba a Pablo sobre ella misma, edad, vacunas, raza (¿Raza? Si esta es mas chucha que la madre que la parió que era callejera!!!) … Pablo respondía muy nervioso, y ella en medio de un colocón espectacular intentaba ronronear o maullar para explicarle al señor que lo único que quería era llegar a casa y dormir.

La suerte, o el instinto protector de la gata, hicieron que se quedara medio dormida sobre sus patas delanteras dobladitas, así que en el momento en el que aquel señor, levantó su cajita para hacer una “inspección ocular” (que como era de esperar en Colombia, fue bastante por encima) sólo se encontró a un gato dormido y reluciente que se apoyaba elegantemente sobre sus patitas delanteras recogiditas.
Algo más pasó que ella no se dio cuenta, y cuando abrió los ojos, estaba en otra casita, en otro lugar pero con Pablo y con “la otra” que le enseñaban su arenita para hacer pis y su comidita igual que la de Madrid.

Pablo sacó de una maleta su manta azul y cubrió el sofá para que todo oliera más a hogar, dulcemente cogió a Paquita y la posó sobre la manta mullidita para que pudiera descansar entre él y “La otra”.

Entre sueños, tumbos y golpes con las cosas, consiguió subirse al pecho de “la otra.” Lo recordaba mullidito, así que el instinto le llevó hasta allí.

Y por fin, tras una gran pesadilla pudo dormirse en paz, aunque fueran 10 minutos, pero en Paz.
Sabiendo que “la otra” estaba cerca y que su dueño y amado, desprendía olor a felicidad, mucha más feliz que los últimos días y también estaba allí, con ella, haciendo manada “Equipo P”.

El gato volador


Mi preocupación por cómo se lo iba a tomar ella, cómo le iba a sentar el vuelo, los controles pertinentes de entrada en Colombia y sobre todo la adaptación a la nueva casa donde ya no pasan coches para cotillear sino que las ventanas dan a un pacífico patio en el que lo único que pasan son algunos pajarillos de paso… era algo que me quitaba el sueño. Ella, tan paletita de Valdepiélagos (su pueblo natal) cruzando el charco…¡Pobre!

Y no era para menos… La pobre Paqui lo ha pasado bastante mal.

Os cuento su viaje a su nueva casa…

Siguiendo las indicaciones de medio mundo, Pablo drogó a Paquita antes de ir al aeropuerto. En casa ya en ayunas desde primera hora de la mañana, le dio media pastillita de no se qué para que Paqui no sufriera en los primeros pasos del viaje.

De casa la llevaron al aeropuerto, allí pasó los controles sin decir ni “miau”.

Hecha un trapo, se subió al avión sin problemas, despegó, pasó la hora de comer y sus correspondientes olores , ruidos y demás… Pero a las seis horas de vuelo, en medio del océano Atlántico, el pobre animal, se dio cuenta que estaba en un trasportin enano del que claramente quería salir, en un sitio fuera de su ámbito de actuación y con su amo y amante a un metro sin que le pudiera tocar.

Al parecer, la agonía empezó gradualmente. Primero comenzó a maullar melosona, entre drogada y seductora, con esos miaus largos que le canta a Pablo, queriendo que sus encantos (que nunca hasta el momento le habían fallado) rindieran a su hombre bajo sus patitas peludas y pudiera salir a que le arrullara en sus brazos.

El cortejo duró unos 30 minutos, pero visto que Pablo en vez de abrirle la cremallera le pedía calma desde fuera, comenzó poco a poco a acelerar el maullido y del seductor miaaaaaauuuuuuooooo pasó al maaau maaau maaau que suele utilizar cuando me pide algo a mi con insistencia y no le hago caso.

Pablo, empezó a ponerse nervioso, no quería utilizar la otra media pastilla porque para él, drogar al gato es un pecado imperdonable ya que “es un animal, y el pobrecito no sabe lo que le pasa y se siente fatal”. Así que en vez de calmar al bicho con drogas, se le ocurrió, que llevársela al baño era la mejor opción.

Una vez dentro (sin sacarla del transportín) cerró la tapa del retrete (nunca nadie ha asegurado que el pis que haces en un avión no se caiga al cielo y no había por que correr riesgos) y una vez inspeccionado que no habían muchos más peligros, abrió la puerta del recipiente gatuno.

Paquita tardó unos segundos en salir, primero asomó una patita, luego la cabeza, miró hacia los lados, volvió a meter la cabeza y con poca decisión, comenzó a salir lentamente con la tripa muy pegada al suelo como con miedo a ponerse de pie en ese cubículo ruidoso y extraño.

Comenzó a oler cada esquina y queriendo esconderse se metió bajo el retrete que había un huequito que a ella le parecía seguro de todo mal.

Pablo, al darse cuenta de que no había inspeccionado todo y que el gato estaba cerca de un hueco que tal vez era un agujero con caída al vacío y subcionador de gatos en libertad, volvió a coger al felino y tras darle unos besitos y abracitos lo volvió a meter en el transportín.

Pero tras ese meneo, Paquita lo tenía aun más claro, ella quería volver a su sofá amarillo, su calle con coches y su reino madrileño.

Comenzó a revolverse dentro del cubículo como si el propio Lucifer se hubiera apoderado de ella, lloró, bufó, golpeó las paredes de tela del recipiente y con sus gritos molestó a media cabina.
Pero no hubo respuesta...

Al darse cuenta que Pablo no iba a ayudarla de ninguna manera, con su mente retorcída de gato malvado, diseñó una huida digna de Alcatraz abriendo un hueco por la redecilla del trasportin nuevo que Pablo compró 48 horas antes del viaje para que ella no lo relacionara con otras malas experiencias del otro y para que cumpliera las medidas de seguridad de cualquier compañía aérea.

Decidió empezar a arañar con gran velocidad y tesón la parte de delante, un dos un dos un dos, la cosa parecía que avanzaba, un dos un dos… las uñas recién cortaditas para que fuera guapa en el viaje hacían su trabajo, un dos un dos….¡Paaam! Su uña de en medio de la pata delantera derecha se le enganchó y trabó en la rejilla. No salía ni para delante ni para detrás.

Paquita rompió a llorar, a retorcerse, a intentar sacar la garrita de los cuadritos de la rejilla de su prisión gatuna, a gritar de dolor, a desesperarse como había hecho minutos antes… Pero como el cuento de Pedro y el lobo, nadie le creyó esta vez y tras minutos de desesperación sin que nadie la ayudara, la pobre gatita, perdidamente desesperada y muerta de miedo pensando que era el final de sus días de paz, decidió liberarse ella misma y tirar…. Zas!!!!

Empezó a sangrar poquito, se miró la patita y vio cómo su uña especial, con la que enganchaba todos los juguetes de su antiguo remanso de paz, se separaba de su patita blanca dejándole una herida horrible que aun hoy se lame continuamente.

La pobre debió sentirse super desconsolada, pero como buena gata digna de sus dueños, la muy cabezota, aun muriéndose de dolor y sin parar de llorar, decidió continuar su misión, salir de su trasportin.
Esta vez con los dientes, empezó a morder la misma área de la rejilla.

Tras diez minutos de arduo trabajo, pudo romper unos tres centímetros, ya podía sacar el hocico rosita, mordía más y sacaba el hocico para sentir que estaba en libertad, mordía y se asomaba, mordía y repetía la operación.
Alertado por el silencio de Paquita y los ruiditos rumiantes provenientes de transportín, Pablo se acercó sin hacer mucho ruido para no asustar al animalito que creyó que tras tanto esfuerzo había caído rendido.

Cual fue su sorpresa al encontrarse a Paquita, con una pata llena de sangre con media nariz fuera del trasportín violando dos reglas fundamentales de inmigración: Transportar al animal en un recipiente completamente cerrado y entrar en el país sin ninguna herida abierta.

Al pobre Pablo casi le da un patatús pensando en cómo tendría que hacer para poder convencer a las autoridades colombianas de que su amada gato cumplió todo cuando salieron pero que ahora nada tenía sentido (No recordaba que en Colombia todo el laxo y “solucionable”) . Le pasó por su cabeza hacer un Melendi, para que el piloto tuviera que volver, pero a esas alturas de vuelo, si tenían que tocar tierra firme seguramente aparecerían en Venezuela, y salir de allí con Paquita viva iba a ser bastante complicado, así que armándose de valor y dejando sus miedos a un lado decidió tomar la decisión más difícil. Volver a drogar al gato.

Nervioso buscó en su maleta de mano la media pastilla que le habían asegurado que podría darle pasadas 6 horas de la primera toma. Volvió a contar las ocho horas que separaban la salida de casa a ese momento, volvió a leer el prospecto, respiró hondo y aprovechándose del espíritu escapista de Paquita trazó un plan infalible: Abriría la cremallera del trasportín por arriba, Paquita querría salir como loca sacando la cabeza, en ese momento abriría su boquita con la mano izquierda y con la derecha le metería la pastilla hasta la garganta para que de una vez se la tragara sin complicaciones.

Dicho y hecho, luchando con el mal aliento del gato que llevaba 11 horas sin beber, Pablo consiguió meterle la pastilla de cuajo al gato y la pobre, asustadísima sin entender nada, no le quedó otra cosa que tragar sin saber qué ni porqué.
Pablo cerró de nuevo la cajita del gato y Paquita, más triste que nunca, sintiéndose sola y engañada se fue a la parte de atrás del trasportín a llorar y a limpiarse la patita, explicándole al mundo en maullidos que ella no quería estar ahí y que no entendía por qué le estaban haciendo eso, con lo buena que ella había sido siempre.

Tardó una hora en calmarse bajo los efectos de la potente pastilla, entrando ya a cielo americano, a menos de una hora de aterrizar pudo dormirse de nuevo y para cuando llegó a tierra, luchaba entre sueños en descifrar qué de lo que veía era verdad y qué imaginaciones suyas.

Vio perros detectores de drogas que pasaron de ella completamente, vio policías, maletas girando una detrás de otra y hasta le pareció ver a la amante de su pareja “La otra” a lo lejos.
Sentía que Pablo estaba muy nervioso, ahora que ella se calmaba,  su compañero de viaje-pesadilla se ponía histérico.
Escuchó cómo hablaba por teléfono y confirmaba que tenía una herida y que no sabía cómo iba a pasar los controles.
Pablo le llevó a una sala más tranquila, en la que un hombre le preguntaba a Pablo sobre ella misma, edad, vacunas, raza (¿Raza? Si esta es mas chucha que la madre que la parió que era callejera!!!) … Pablo respondía muy nervioso, y ella en medio de un colocón espectacular intentaba ronronear o maullar para explicarle al señor que lo único que quería era llegar a casa y dormir.

La suerte, o el instinto protector de la gata, hicieron que se quedara medio dormida sobre sus patas delanteras dobladitas, así que en el momento en el que aquel señor, levantó su cajita para hacer una “inspección ocular” (que como era de esperar en Colombia, fue bastante por encima) sólo se encontró a un gato dormido y reluciente que se apoyaba elegantemente sobre sus patitas delanteras recogiditas.
Algo más pasó que ella no se dio cuenta, y cuando abrió los ojos, estaba en otra casita, en otro lugar pero con Pablo y con “la otra” que le enseñaban su arenita para hacer pis y su comidita igual que la de Madrid.

Pablo sacó de una maleta su manta azul y cubrió el sofá para que todo oliera más a hogar, dulcemente cogió a Paquita y la posó sobre la manta mullidita para que pudiera descansar entre él y “La otra”.

Entre sueños, tumbos y golpes con las cosas, consiguió subirse al pecho de “la otra.” Lo recordaba mullidito, así que el instinto le llevó hasta allí.

Y por fin, tras una gran pesadilla pudo dormirse en paz, aunque fueran 10 minutos, pero en Paz.
Sabiendo que “la otra” estaba cerca y que su dueño y amado, desprendía olor a felicidad, mucha más feliz que los últimos días y también estaba allí, con ella, haciendo manada “Equipo P”.