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martes, 15 de noviembre de 2016

¡Hágale pues Papá!

En Colombia siempre llueve, todos los días llueve, pero en la época de lluvias, que es ahora, llueve con más fuerza.

Lo de llueve mansamente, que tanto le gusta a mi madre de sangre gallega, es algo que pasa pocas veces.

Aquí llueve fuerte, llueve enfadado, llueve gordo o como dicen aquí, “cae un aguacero que Ave María”.

Así que los aeropuertos, que a pesar de ser lugares donde acceden sólo unos pocos bastante más ordenados que lo general, no pierden la tónica nacional de cancelar sus citas, aplazarlas e incluso cerrar sin venir a cuento alguna pista que otras.

Consciente de ése hándicap nacional, éste fin de semana, aprovechando que era puente y que ha venido una amiga mía del erasmus, cogí unos billetes de avión para ir al Eje Cafetero en una línea aérea algo mejor que la que siempre cojo ( “VivaColombia”, que es el Ryanair colombiano)

Esta vez decidí gastar un poquito más y viajar en LaTam, que es grandota y sus aviones, a pesar de que sople el viento, o haya algún charquito, dan seguridad y salen y llegan sin problemas.

Como ahora resulta que tengo que consensuar las decisiones porque ya no soy yo sola, en vez de salir el viernes por la tarde, cogimos un avión que salía a las 07.40 de Bogotá del sábado, para que en caso de que Deloitte nos exigiera permanecer delante de ordenadores y excels todo el viernes, no hubiera problemas.

Así que a las 05.30 de la mañana,  sin que Pablo hubiera hecho la maleta aun, ya estaba yo apurando al personal para llegar a las 06.45 al aeropuerto sin éxito.

Pablo, como todos sabéis, requiere unos tiempos, que yo no necesito y lo que yo fui capaz de hacer en 25 minutos (colgar una lavadora que había programado para que terminara a las 05.00, ducharme, vestirme, pintarme, ponerle de comer a Paqui, tirar la basura, cambiarle la arena al gato y cerrar mi maleta) a él le dio tiempo a hacer su maleta.

A las 06.30, media hora después de lo previsto,  estábamos saliendo de casa, y llegando al aeropuerto a las 07.05 en un Uber que iba haciendo rally. Yo desquiciada, y Pablo como siempre, tranquilote.

Nos dio tiempo a comprar un café con unas galletas para Pablo y para mi que no me entra nada a esas horas, compramos un sanwich por si no me daba tiempo, antes de ir a la Hacienda Cafetera que habíamos reservado para visitar a las 11.00, tomar un piscolabis.

El aeropuerto del Dorado, como acostumbra, cambió de puerta de embarque sin avisar a 5 minutos de embarcar, y finalmente, a las 07.45, hora a la que íbamos a salir, abrieron la puerta del vuelo LaTam rumbo Pereira.

Nos sentamos en la fila 23, Pablo y yo encantados, sonrientes y nerviosos por nuestra primera escapadita en mucho tiempo.
El trayecto era corto (40 minutos) así que ambos, cogiditos de la mano, ya sentíamos que estábamos de vacaciones cortas embarcándonos en una aventura.

Íbamos con algo de retraso, pero nos daba un poco igual, cross cheking cruzado (que a saber que significa eso), que los que tuvieran un Samsung Galaxy note no se que qué avisaran a la tripulación porque estaba prohibido, cinturones, sillas reclinadas y palante!!!.

A los 10 minutos ya estaba con el cuello roto dormidísima y feliz… No sé cuánto tiempo debí dormir, soñé y todo, pero intuí que poco puesto que el vuelo era subir y bajar.

Me desperté por el ruido de la megafonía, cuando el piloto le pidió a las azafatas que aseguraran cabina para el aterrizaje.
Empezamos a bajar poquito a poquito pero tan poco a poco que yo sentía que seguíamos en el mismo sitio…

A los pocos minutos, el avión se inclinó hacia la izquierda, haciendo ese movimiento que te suben las tripas un poquito, entre molón y acojone,  y empezamos a girar lentamente. 

Dos minutos después girábamos de nuevo hacia el otro lado, y otros tres minutos después hacia el otro lado. Como si de un aeropuerto internacional se tratara y estuviéramos esperando turno a que nos dejaran pista, nuestro A319 giraba sobre la ciudad de Pereira sin tomar pista.

En uno de los giros, a lo lejos, vimos un avión rojito descender hacia la pista. Supuse que era el de Avianca, que no quise coger porque era aun más caro que el de LaTam.

Seguimos girando durante unos 30 minutos, hasta que el Comandante, que hasta ese momento no se había dignado ni a saludar, se puso ante el micro. Nos explicó que había “viento de cola” y que no iba a poder aterrizar en Pereira, que se tenía que ir a un aeropuerto alternativo a repostar y que ese aeropuerto era Bogotá.

¡A tomar por culo el viaje! ,pensé, pero como estoy en modo Zen, no dije nada y comencé a planificar cosas para hacer en Bogotá durante tres días que teníamos por delante.

La gente, sorprendentemente, no dijo nada,  para lo ruidosos que son los colombianos a mí me sorprendió que toda esa tripulación se resignara causando únicamente un elegante murmullo  suspirado, pero así fue, el avión dio la vuelta y nadie dijo ni pio.

A las 09.15, volvimos a aterrizar y aparcar en el mismo lugar desde el que habíamos salido; El aeropuerto el Dorado.

Las azafatas se levantaron,  hicieron esas mil cosas que hacen cuando aterrizan que nadie sabe qué es exactamente y abrieron la puerta delantera del avión sin que nadie se comunicara con ninguno de los allí presentes.

Pasó un azafato por nuestro lado y bastante perdida, sin entender demasiado y sin levantarme del asiento, le pregunté qué era lo que debíamos hacer en ése momento. La respuesta fue clara y concisa, pero a mí me dejó mucho más perdida. “Esperar Señora, esperar”.

¿Esperar a qué? Pensé para mi… ¿A perder la mañana en un avión? ¿A que nos cancelaran el vuelo y no nos devolvieran el dinero? Yo no entendía nada de nada, miraba hacia delante y veía que nadie se movía, nadie se pronunciaba…

Hasta que de repente, a una familia de la penúltima fila, se le ocurrió levantarse con intención de marcharse, y como si se tratara de una chispa en un avión lleno de gas, la bomba explotó en forma de señora operada de la fila doce que gritó, como sólo las paisas saben hacer; (descaradas pero femeninas)

¡De aquí no se mueve nadie!

La familia que ya recogía su maleta de los “compartimentos superiores” (como veis estoy intentando usar términos técnicos por si hay algún piloto, madre de piloto o hijo de piloto en la sala) se quedó pasmada mirando a la fila doce, y como por arte de magia, un hombre gordito de la fila dieciséis, contagiado por la otra señora,  dijo gritando como un loco “Si uno se baja nos jode a todos, porque cancelan el vuelo y aquí este vuelo se nos va pa Pereira ¡pues!”.

Empezaron a florecer paisas enfadados de otros asientos contando que el vuelo de la noche anterior (el que no pudimos coger por si Deloitte nos necesitaba) se había visto en la misma situación y que al bajarse una señora, decidieron cancelarlo porque no coincidía con no se qué lista y era ilegal salir.

Unos se alentaban a otros gritando contra la compañía,  la señora de la familia que se quería bajar gritaba contra medio avión que ella no iba a perder la mañana esperando.

Los azafatos intentaron defenderla, pero por más que trataban de poner paz, la gente iba gritando y dando más razones  por las que no moverse del sitio.

¡El avión de Avianca aterrizó! Gritó uno, ¡Cambien de comandante! Saltó otro. ¡Qué verraquera acojonao el man! Soltó un gordo de las primeras filas.

Pablo y yo, desde nuestra fila 23, observábamos encantados, como si fuera un partido de algún deporte precolombino, como unos se tiraban la pelota a otros, desde sus asientos pero de pie, calentando más y más el ambiente. Yo saqué mi bocadillo y empecé a disfrutar del ambientazo del avión.

Gritos medianamente ordenados daban paso a otros gritos, a otras razones de peso por las que no moverse, por las que aterrizar en Pereira y por las que justificaban que el piloto era un acojonado.

¡Tin! (sonó el aviso de  que alguien iba a hablar por megafonía)El silencio fue total.

“Muy buenos días, les habla el capitán, estamos a la espera de que el aeropuerto de Pereira nos dé el parte meteorológico de las 10.00, puesto que nuestro avión, debido a su tamaño, no puede aterrizar con el viento en cola y la pista en condiciones de lluvia”.

El pobre Capitán, estaba intentando defender su honor, estaba escuchando todas esas críticas y lo único que él quería, era decirnos que no era su culpa, sino que el avión, el pobre, era pequeñito y no podía aterrizar.

Eran las 09.50, así que como me había recomendado el azafato hacía quince minutos, solo tocaba eso, esperar.
La gente, siguiendo al pie de la letra todos los prejuicios de su cultura colombiana, empezó a tomarse la situación con alegría, unos pedían a gritos que repartieran cervezas para todos, otros seguían vacilando con los complejos de inferioridad del piloto y su falta de destreza a los mandos, que si seguro que era igual con su señora, que si había que mandarle una buena mamasita para animarle, que si no había cerveza mejor repartieran empanaditas y aguardiente… Eso era una fiesta de la queja jocosa.

Todos gritaban, se quejaban y se hacían reír unos a otros.

Todos, menos Pablo y yo ,que sin entender nada, y encantados, íbamos retransmitiendo a mi amiga Elena y a la madre de Pablo que nos escribía en ese momento, cómo estaba la situación, y comiéndonos mi bocadillo.

Reconozco que los primeros minutos pasé un poco de miedo, ya que cuando un colombiano (sea hombre o mujer )se empecina con algo, lo hace sin pensar en las consecuencias, pero cuando vi que la familia de detrás volvía a sus asientos resignados y la gente empezaba a llamar cagueta al piloto, me sentí mucho más segura.

A las 10.05, ya se nos había olvidado lo del parte meteorológico, pero el capitán, cumpliendo su promesa, nos comunicó que salíamos rumbo a Pereira, pero que como había tráfico en la capital, teníamos que esperar una media hora para poder despegar.

La gente empezó a gritar de alegría, ¡Hágale pues papá! Le gritaban los hombres, ¡Ea pues verraco! Las mujeres, eso era una fiesta, todos sin cinturones, de pie y encantados porque el piloto iba a salir.

A las 10.45 despegábamos hacia Pereira de nuevo, sin saber si, después de tanta espera, el aeropuerto de destino estaba sequito y sin viento de cola…

A los 20 minutos el Comandante volvió a pedir que aseguraran la cabina, se escuchó un revuelo general, como si los unos a los otros nos dijéramos lo mismo que le decía yo a Pablo en ese momento “Esta vez si o si ¿no?”.

Diez minutos… primera vueltita hacia la izquierda, vueltita hacia la derecha…El ambiente ya se sentía más nervioso…
Empezamos a bajar… y como si el motor tragara saliva, de repente, cruzamos la capa de nubes que separaba el cielo de la tierra, viendo las magestuosas  montañas cafeteras, sus parcelitas ordenadamente caóticas y al fondo Pereira.

Y así, sin más, aterrizamos como si fuéramos en el mejor de los aviones del mundo, suave, sin turbulencias ni frenazos.

En tierra, la gente comenzó a aplaudir y un señor gritó desgañitándose “Yo siempre creí en usted Mi Capitán” y todo el avión, al unísono soltó una carcajada. Las bromas y la fiesta volvieron a la cabina mientras las azafatas activaban un hilo musical horrible. ¡Pongan un vallenato! Llegaron a pedir.

Al salir del avión, nos despedimos los unos de los otros, triunfantes, como si hubiéramos sobrevivido a una guerra, de la que salíamos triunfantes a pesar de todo.


Pablo y yo nos volvimos a dar la mano, y casi dando saltitos, nos alejamos del tumulto rumbo a nuestra siguiente aventura de fin de semana

martes, 7 de junio de 2016

Historias de Nariño, parte II, Yo aquí no me quedo

El “Paro Agrario” conlleva desabastecimiento en las ciudades, por lo que encontrar gasolina en Pasto, es bastante complicado, y encontrar un taxi que quiera llevarte al Aeropuerto a 50 kilómetros… Es aun peor… Así que cuando encontramos a Andrés, un taxista medio despeluchado que vestía camisa de chorreras al que no le importaba llevarnos y traernos… pues no le soltamos…

Nos llevó a ver una laguna, la segunda más grande de Colombia.

Por el camino, tuvimos que sobornar a otro líder indígena para que nos dejara pasar, ésta vez no valieron las palabras dulces sino el billete.

Y de ahí nos llevó al Aeropuerto cinco horas antes de lo previsto porque por la radio de su taxi, sus compañeros le anunciaron que los camioneros cerrarían las carreteras en cuanto bajara un poco el sol… para apoyar a los campesinos…

Así que cinco horas antes de que nuestro vuelo saliera… Diana y yo estábamos muertas de hambre en el aeropuerto más cutre que os podéis imaginar…en el “Aeropuerto Antonio Nariño”…

No nos importó, sabíamos que podríamos haber tenido problemas si no nos hubiéramos dado prisa y ambas somos bastante precavidas…así que pasamos las horas en la cafetería del lugar oliendo a fritanga y café malo…

Jugamos al Stop, nos reímos, retocamos fotos, whatsapeamos, hablamos de todo… y cuando tocó entrar a la sala de embarque…

“Din Don Din Don” “Debido al mal tiempo el vuelo Avianca 6898 con destino a Bogotá ha sido cancelado”.

¡Horror!

En medio de la nada, aisladas, con los campesinos alborotados, los camioneros quemando mercancías y con reuniones al día siguiente en nuestras agendas, nos tocaba “luchar” por sobrevivir… 

Os juro que pocas veces me he sentido tan desamparada como en ése momento… y lo peor de todo Avianca no daba soluciones, la única llamar al call center…

Nuestro instinto de supervivencia nos hizo reaccionar, no podíamos salir del área del aeropuerto porque la cosa estaba complicada en las carreteras, así que era ahí y ahora….

Mientras una estaba colgada al teléfono, la otra pedía justificantes en Avianca para nuestras empresas e inmediatamente después, mientras yo iba colgada al dichoso call center gastando mi poco saldo de móvil de prepago, nos dirigimos al hotel-cabañas de enfrente del aeropuerto a buscar dónde dormir.

Sorprendentemente, a pesar de ser ciento ochenta pasajeros, nosotras fuimos las primeras que llegamos al hostel.

Supongo que es cultural, el europeo busca donde resguardarse y mientras intenta arreglar.
El americano busca arreglar como sea y luego ya verá donde se resguarda…
Así que conseguimos una cabaña por unos 20 euros (un robo para ser tan cutres, pero solo había cuatro más) y cuando por fin nos atendió  la dichosa señorita…

Nos reubicaron en un vuelo el miércoles por la mañana….
36horas después de nuestro vuelo…pasar un día más en un kilómetro cuadrado….Les lloramos, les suplicamos, pusimos twitts incendiarios, comentarios hirientes en su Facebook…pero nada… no había forma…

Así que enfadadísimas y excitadas por el mal rollo decidimos la técnica a seguir:  El cara a cara.

Sabiendo que había tres vuelos, uno a las 08.00, otro a las 09.00 y otro a las 15.55, iríamos a cada uno de ellos a suplicar…
Lo que estaba claro era nos íbamos las dos juntas, en ningún caso una cogería el avión sin la otra.

A las 06.00 de ésta mañana, Diana y yo muy serias, sin haber pegado ojo en toda la noche,  habiéndonos duchado con agua fría y con braguitas sucias (no calculamos una noche más…)  llegamos a los mostradores de Avianca.

 Ahí, siguiendo una estrategia perfectamente estudiada dimos en pocos minutos con el que mandaba , un tal “Juan Pablo”.  Y desde el minuto cero, le pedimos y repedimos que nos metiera como fuera en algún vuelo.

A las 08.15, la megafonía anunciaba que el vuelo de las 08.00 estaba retrasado por el mal tiempo… Casi nos da un soponcio… Luchando por un avión que ni siquiera llegaba…

A las 08.30 conseguimos que nos metieran en el vuelo de las 15.55 y media hora después de ésta súper hazaña (significaba dormir en casa),  el vuelo de las 09.00 am  aterrizaba con algo de retraso seguido del de las 08.00 que se aventuraba como al rebufo del primero…

Que dos vuelos aterrizaran significaba que dos vuelos iban a salir…

Siguiendo la técnica aprendida estos meses de “problemas colombianos”  basada en dar la solución a quien tiene que dártela, le pregunté a Juan Pablo, si era posible que en la misma sala de espera, alguien que hubiera hecho el checking on line y no hubiera llegado, pudiera dejar un hueco que nosotras pudiéramos ocupar…

Teniendo en cuenta que las carreteras estaban “complicaditas”, era probable (pensé).

Juan Pablo, a esas alturas, ya pasaba un poco de mi (llevaba tres horas y media poniéndole ojitos y dándole la tabarra), y de manera despreocupada, me dijo  que hablara con los de seguridad, que tal vez, que no prometía nada…

Así que mientras Diana escribía mails de trabajo, me dirigí al Supervisor de seguridad del Aeropuerto, Willson Glez.
Wilson entendió PERFECTAMENTE nuestra preocupación (confieso que le exageré la urgencia y el miedo que nos daban los campesinos…) y rápidamente, tras escucharme, apuntó nuestros nombres en un papelito y fue a hablar con los azafatos del primer vuelo (el de las nueve porque salía antes).

Nada, el vuelo de las 09.00 completamente lleno…

Wilson me miraba desde el cristal de la sala, yo le miraba a él con ojitos de perro abandonado…  Diana bloqueada también, me seguía poniéndole caritas…

El vuelo de las ocho, tardó poco en ser llamado, y cuando no quedaba nadie en la sala, sonó el “Din Don Din Don” de nuevo… “Señores pepito y fulanito acudan urgentemente a la sala de embarque” 

Música celestial, dos personas NO estaban embarcadas….


Golpeé con los nudillos el cristal que me separaba de Willson, y tímidamente pero con decisión y el papelito de nuestros nombres en la mano, Wilson se acercó de nuevo a los azafatos de Avianca…

Pasaron cuatro segundos interminables hasta que con cara de alegría, Wilson nos hizo un gesto nervioso con el brazo para que pasáramos a la sala…

Diana y yo con nuestros macutos saltamos el control, pasamos de las bandas de rayos X, escudándonos en que era el propio “Supervisor” quien nos urgía a que entráramos.

Willson me pidió nuestros pasaportes, se los dimos temblando de nervios.  La señorita repelente de Avianca tecleó nuestros nombres en su ordenador…

El avión encendió motores, mientras los operarios quitaban las cintas que determinaban el camino que debían seguir los pasajeros hasta las escaleras del avión.

La señorita tecleó mil cosas más… y de repente, de la impresora, salieron dos preciosos billetes con nuestros nombres que Wilson arrancó sin mediar palabra.

La señora de Avianca nos devolvió nuestra documentación (o se la arrancamos de las manos) al mismo tiempo que nos gritaba que corriéramos al avión.


El “Supervisor salvador” abrió rápidamente la puerta de emergencia que solo un supervisor puede abrir…

Diana y yo locas de alegría corrimos detrás de él hacia el avión por la pista mientras veíamos que los operarios del aeropuerto empezaban a separar las escaleras del avión…

Willson corría delante con nuestros billetes en la mano, nosotras detrás como cabras cargando nuestras mochilas que saltaban de un lado para otro…

Y ahí, cuando llegamos a las escaleras rojas de Avianca, en ése momento, los operarios frenaron sus maniobras como si se pararan el mundo…

Wilson algo exhausto, pero sonriente, nos dio nuestros billetes, a mí solo me salió abrazarle muy fuerte...
Subimos al avión mientras todos los pasajeros nos miraban con cara de odio por frenar su huida de Pasto. “Cheking cruzado” dijo la megafonía (no se que es eso pero hace ilusión oírlo porque significa que vuelas ya) . Sentada , a una fila de Diana, revisé que llevaba pasaporte, llaves, cámara y móvil...


Sonreímos, nos dimos las manos en señal de victoria y… Despegamos rumbo a Bogotá.

domingo, 5 de julio de 2015

Equipajes y reclamaciones

Debo confesaros algo… soy la versión de “Paco Martinez Soria en la ciudad no es para mí” cuando de aviones se trata…


Me bloquean tres cosas y por más que lo intente, siempre tengo esa sensación de tierra trágame o déjame ir al baño….
Facturar las maletas, despegar y la recoger las maletas…

Sé que es muy fácil evitar la primera crisis, que solo hay que comprar un “pesa maletas” y ya, pero yo, aunque me pese con ellas en la báscula de casa, me muero de nervios cada vez que tengo que subir una maleta al mostrador de facturación y que pese más de 23 kilos justos.

No puedo evitar llenar las maletas hasta los topes y cuando llego delante del hombre de la compañía de turno… Me muero…Espero a que se estabilice la balanza y cuando veo (como ésta vez) que mis maletas pesan 22.8 y 22.6 me relajo y respiro hondo y entro a la acción de intentar echarle cara… (Siempre pregunto si quieren subirme a primera, o si pueden ponerme sola para ir mas cómoda, aunque vaya a Santiago de Compostela, a mi me gusta sentirme como Letizia Ortiz en cualquier sitio, así que por si cuela yo siempre lo pregunto…)

Pasado éste retortijón y ya dentro del aparato, me expongo al segundo: al momento en el que el avión está despegando y va tan rápido tan rápido que sé que ya no va a poder parar si lo necesita y siento que el aparato no sube (Creo que una vez mi primo que es piloto me dijo que esa velocidad era algo como R2 y R3…) … Lo paso verdaderamente mal, me imagino al piloto del avión a lo “aterriza como puedas” con el joystick luchando por levantarlo y que de tanta fuerza se le queda en la mano, o que se nos va a cruzar un pájaro o algo peor… Una vez veo la planta de aguas fecales pegadita a Barajas,  donde trabaja mi amigo Marcos, por la ventanilla,   ya me relajo y hasta en los mejores casos, me duermo…


Aterrizar ya me da un poco igual… Debe ser fácil… (supongo)

Y el último retortijón, el que más dura… es esperando a que salgan mis maletas por la cinta transportadora… esperar a que salgan intactas  y no se hayan perdido o me las hayan roto…

No hay sensación más placentera que la de ver acercarse tu maleta como si fuera un plato de shushi en un chino barato de cinta… brillante, perfecta, intacta, cerrada, tuya…. Es lo máximo…

Pues bien, este vuelo ha sido diferente… Por primera vez me he enfrentado yo sola a un vuelo transoceánico sin el back up de que si me pesan las maletas alguien se pueda quedar con algo de dentro de las mismas…

Llegué sola al aeropuerto muy  prontito (05.45 am)  y en la misma cola de facturación me encontré con los padres de mi amigo Jon que venían 15 días de visita a Bogotá  y estuvimos de charleta (me ayudó a relajarme un poco…) hablando de lo afortunados que somos de tener una colonia española tan divertida…
Facturaron ellos, nos despedimos y llegó mi turno…

Tuve suerte, a pesar de llevar 900 gramos de jamón, dos paquetes de chorizo, 2 de lomo, dos de salchichón, 2 botellas de aguardiente para hacer queimada, 2 botellas de vino blanco, 6 botes de tomate frito Orlando, 3 de pipas, 2 de chuches, taquitos de jamín, un móvil BQ, unos cuadernos guarda oraciones (hasta aquí todo encargos) y todo mi armario dentro,  mis maletas pesaron lo reglamentario…

Como no había dormido nada, nada más subir al avión y por segunda vez en mi vida, me dormí y me desperté en el aire, me ahorré una crisis…

Pero el problema fue al llegar a Bogotá… Esperé a los padres de Jon en la puerta del avión para hacer todo el proceso de papeleo y maletas con ellos, por ayudarles.

Vitoria no tiene mucho que ver con Bogotá así que pensé que alguien amigo que pudiera echar una mano , era lo mínimo que podía hacer por los padres de un amigo.

Esperamos la cola de inmigración juntos, les dejé mi teléfono para que llamaran a Jon para avisarle que ya estábamos (me acabaron el saldo) y nos acercamos a la cinta de las maletas…

Pronto aparecieron las suyas, samsonites con un pañuelo muy femenino atado para diferenciarlas… Su madre (que en ningún momento he sabido cómo se llama ya que se presentó diciendo que era la madre de Jon Ander…) me contó que una de sus tres maletas era todo de su hijo, que le había encargado jamón, chorizo, pipas… (toooma!! Ración doble para todo el mes…) y mientras hablaba yo pensaba…”las mías nada, que no salen…”

Como llevaban sin ver a su hijo siete meses, les dije que no me esperaran, que salieran que yo tenía al conductor esperando… Después de insistir un poco decidieron dejarme allí, frente a la cinta transportadora…

Una vez sola, mi maleta morada salió a los 3 minutos, tan brillante, tan bonita, tan mía… La ración de chorizo ya estaba en mis manos… Pero la azul de Carrefour… No salía…

Empecé a ponerme en lo peor, hice memoria para saber dónde estaban las braguitas, el abrigo para ir a trabajar, el bañador… ¡Todo estaba en la maleta que faltaba!
Continué resoplando, balanceándome sobre una pierna para estirar las rodillas y sacar ansiedad, me moví hasta la boca de donde sale mi maleta, la esperé... me conecté al wifi del aeropuerto…

Fue en ese momento cuando apareció , tan azul, tan resultona a pesar de lo barata que había sido, con su etiquetita de colores, tan cuqui, tan…

¡¡¡¡ROTA!!!!!!

Le faltaba un trozo enorme, toda una esquina que debió desaparecer cuando se llevaron la rueda izquierda, se veía el forro interior que estaba a punto de romperse y desperdigar litros y litros de alcohol casero ourensano y tomate frito orlando…
En ese momento y gracias al wifi gratis del aeropuerto de Bogotá, Jon me escribió que me esperaba que su madre se había empeñado en que no me quedara sola… le avisé se me había roto la maleta y que mi conductor, Jackson (el del coche blindado verde) me estaba esperando que ya me había escrito varios whatsapps diciéndome que andaba ya por ahí... que por favor que se fueran…

Tras 11 horas de vuelo, dos crisis aeronáuticas, un sentimiento de miserabilidad total y 22.9 kilos sin ruedas …me dirigí arrastrándome hasta el mostrador de AVIANCA…

Allí me tuvieron 20 minutos esperando hasta que me atendieron (a todo esto mi Jackson no paraba de preguntar cuanto me quedaba…) le pedí al señor de Avianca  que me dejara sentarme en la silla de su compañero, dentro del mostrador, entré ,  me senté a su lado y una vez allí, el señor evaluó el destrozo…

Debía ser que era poco evidente lo inútil que se había quedado mi equipaje, que tuvimos que esperar otros 10 minutos a que viniera su encargado para que valorara que en efecto, mi maleta azul , tenía un boquete de unos 20 cm por el  la asomaba la ropa y que además no tenía una rueda, es decir, era una maleta inservible…
Fue en ese momento, 40 minutos después de que llegara al mostrador,  cuando me dejó rellenar el interminable documento de reclamación para que me pagaran una maleta nueva.

Jackson me volvió a escribir para decirme que debía irse, que en 15 minutos llegaba su hijo para llevarme al hotel, que iba en su Renault verde y que me esperaba donde siempre….

Rellené las tres hojas; marca de la maleta Carrefour, color, material, motivo de mi viaje, dirección en España, dirección en Colombia, número de pasaporte, persona de contacto en caso de emergencia (¿?), número de reserva de vuelo, número de tiket de vuelo, número de pasajero frecuente,  número de vuelo, número de equipaje… Os juro que yo no sabía que en una tarjeta de embarque había tantos datos hasta el jueves pasado…. Les faltó preguntarme número de pie y color favorito…
Yo, concentrada, cansada y renegada lo escribí todo con letra clara (para evitar problemas)  y se lo di al señorito…

Cuando se lo entregué , sacó otro documento, este ya de color verde y copió todo lo que yo había puesto en ese papel muy concentrado… (otros 15 minutos de espera)…levantó la cabeza y me dijo con tono funcionarial… “¿Valor de la maleta? “ , tonta de mi y fruto del cansancio le dije, que pusiera que había costado unos 60 euros… (cifra que tuve que convertir a dólares porque no admiten cantidades en euros..) me dio una copia del documento sobre mi vida y me dijo, ahora debe usted subir al mostrador de Avianca en la planta dos, rellenar una instancia y reclamarles a ellos los 67 dólares con este papel…

Casi me pongo a llorar ahí mismo… Quería irme a dormir, estaba cansada, llevaba una hora ahí sentada, más las 11 de vuelo y me negaba a esperar más y seguir siendo partícipe de la burocracia colombiana…

Me dijo que si lo prefería,  podría venir otro día y sin pensarlo dos veces cogí mi papel y me largué como pude de allí…

Al salir a la terminal, arrastrando mi maleta, empujando la otra y cargando mi macuto, mi ordenador y mi bolso, en medio de pancartas de hoteles, de ramos de flores y niños pequeños encontrándose con sus familiares, estaban Jon y sus padres esperándome , “Mi ama que no quería dejarte sola” me dijo Jon mientras me quitaba las maletas de las manos… Les pedí que se marcharan, que mi conductor no debía estar muy lejos…

El padre de Jon y Jon me cargaron las maletas hasta la esquinita donde suelo esperar a Jackson y preocupados me dejaron allí…

Sin saldo, sin pesos colombianos y sin wifi porque estaba fuera del aeropuerto…

Pero yo no fui consciente de la incomunicación hasta que no pasaron 40 minutos y el hijo de Jackson no había dado señales…

Habían pasado 3 horas y media desde que me había bajado del avión y aún estaba ahí sentada encima de mi maleta azul, cansadísima, con ganas de llorar y frío, otra vez en el maldito frío…

A los 50 minutos reaccioné, estaba en el país en el “que sí que sí y luego no”, el hijo de Jackson no iba a venir… Tenía que ponerme en marcha…

A lo lejos, divisé un carrito vacío que alguien que había pagado por él, había abandonado tras cargar sus maletas en su coche… Salí corriendo a por él cometiendo la imprudencia de dejar mis maletas solas, lo cogí, volví corriendo , cargué todo y me fui de nuevo para dentro a cambiar los 50 euros que llevaba en la cartera en la casa de cambio del segundo piso del aeropuerto…

Me dieron un cambio de mierda pero no me importó, bajé de nuevo, esperé 20 minutos la cola del taxi, me subí y dije las palabras mágicas “sesenta y ocho con cuarta, Nico apartasuits por favor”, no hablé con el taxista ni una palabra, tenía tanta rabia y cansancio que me limité a ver cómo llovía por la ventana...

Cuando estábamos cerca, en medio del atasco habitual de la 63, escuchamos un ruido muy fuerte, algo como un trueno, pero de lo cansada que estaba ni me di cuenta de lo que era…

Cuando el Taxi paró en la puerta del Nico, despejó de repente, y en la acera soleada,  sonrientes, estaban Farhin  y Joana esperándome, en la puerta de mi pseudohogar colombiano, tan amables y serviciales como siempre… “ Señora Cristina le hemos echado de menos” me dijo Joana mientras me abrazaba…

Se me empezaron a caer de los ojos, dos lagrimones silenciosos, de esos que no avisan y son imposibles de controlar… Joana debió flipar, pero yo estaba tan cansada y tan enfadada que al llegar a una cara amiga, me derrumbé…
Farhin me subió las maletas, me dijo que no tirara la rota, que a él le servía seguro y cuando se despedía, sonriendo me dijo, “¿Sabe? , nos encanta que de nuevo esté aquí, aunque vuelva a estar sin su esposo y eso le apene…”

Le di las gracias y cuando cerró la puerta, me conecté al wifi del hotel y me di cuenta de que tenía 7 llamadas perdidas de whatsapp de esas que solo llegan si tienes datos del hijo de Jackson, un watsap de Jon preocupado porque no le había avisado de que había llegado a casa y un whatsap de Pablo que me decía “ Me voy a dormir ya, animo pequeñita”.

A la media hora llegaron Patri y Jorge con unas cervezas, una cocacola ligth y pan bimbo… Se rieron de mi historia y de mi… volvía a estar por aquí, viviendo una oportunidad laboral inigualable, con mis dos maletas llenas, 900 gramos de jamón y 2 botellas para hacer queimada… ¿Cuál era el problema?

Entre risas y anécdotas, nos acabamos un paquete de salchichón y medio de jamón… 
En cuanto salieron por la puerta me tumbé en la cama con una sensación rara en el estómago, sabiendo que de nuevo tocaba luchar y reclamarlo todo, que de nuevo estaba en Bogotá…