lunes, 24 de abril de 2017

Historia de mis cordales.

El viernes pasado superé todos mis miedos y me enfrenté a uno de los obstáculos más grandes de la vida de un ser humano: fui al dentista a quitarme dos muelas del juicio.

Y es que, aunque suene tontería, los hijos heredamos muchos de los miedos de nuestros padres, y yo, hija de una persona que de pequeñita en el cole se tropezó con un bordillo y le tuvieron que arreglar toda la piñata en un dentista de urgencia con un perro que ladraba mucho mientras el señor dentista (Que venía de jugar posiblemente unos chinchones con botellas de chinchón por doquier) hacía de las suyas con poco esmero en una camilla poco profesional… pues eso… que yo no iba a ser más independiente que las demás hijas y no heredar el pánico a los dentistas que tiene mi madre.

El caso, es que entre idas y venidas a Colombia, ya son casi dos años (qué casi, más de dos años) que no paro en España, respiro hondo y digo, date que voy para el dentista.

Así que llevaba sin ir al dentista más de tres y medio, y en el mes de noviembre del año pasado, me armé de valor y me decidí a llamar a uno que me recomendaron en el trabajo.

Una de las muchas cosas que tiene los colombianos mejores que nosotros, es la higiene corporal. El colombiano tipo, sea rico o pobre, famoso o perfecto desconocido, se ducha diariamente incluso más de una vez, va siempre peinadito, con las uñas cortaditas y bien aseado y no solamente ésto, sino que después de todas, y digo todas las comidas, se lava los dientes, usa hilo dental y en ocasiones se enjuaga con fluor.

 Y ahora me diréis que eso en España también pasa… Pues no señores no, en España después de una merendola uno se despide y se va. De cañas y tapas ni el tato lleva cepillo de dientes, y después de las cañas se va uno a cenar y después al cine y de ahí si eso sale y cuando llega por la noche, ya en su baño y con su cepillo, si acaso se limpia los dientes.

En España nunca he visto una cola para lavarse los dientes en la oficina, ni en un restaurante pijo a dos señoras lavarse los dientes a la par, jamás, ni he visto usar nunca el fluor que te pone Listerine de publicidad en algunos restaurantes en los baños siendo usado y puedo confirmar, que hay gente en el metro de Madrid a las 08.00 de la mañana que sale camino al trabajo y le huele el aliento a no haberse lavado la piñata.

El caso, es que el colombiano de pro, lleva muy a raja tabla lo de ir al dentista una vez al año y por supuesto hacerse una limpieza dental y cuando yo dije en el trabajo que llevaba años sin ir, me miraron con los ojos como platos.

Así que llamé pedí cita en Marlon Becerra, cerca de casa y me planté un miércoles a las 18.00.

Al llegar me hicieron una radiografía, me pidieron mil datos, mil firmas, consentimientos y no sé qué más cosas, y acto seguido me encaminaron a la sala del dentista donde me pusieron un baberito y unas gafas futuristas naranjas que supuse que eran para que no me salpicaran los ojos.

Cuando llegó el señor Doctor, un tal Jimmie, tras presentarse y ponerse guantes quirúrgicos, empezó a decir números refiriéndose a mis dientes explicándole a su auxiliar los dientes que tenía picados y las muelas que había que quitar.

Yo entre el miedo, los nervios y tanto número me empecé a agobiar, y tras decirme que en unos minutos saldría a darme un presupuesto, me quitó el disfraz y me llevaron de nuevo a la sala de espera.

El señor Jimmie había encontrado 4 caries, tres muelas del juicio (aquí llamadas cordales) que quitar, veía impepinable hacerme un blaqueamiento y sobre todo una limpieza dental.

Ante un presupuesto con tantas líneas, empecé a quitarle cosas y lo dejé en dos caries y luego si eso una muela del juicio que en efecto me molestaba de vez en cuando.

Así que me dio cita una semana después y ahí me presenté yo un miércoles de noviembre, tras dos deposiciones, siete whatsapps a mi madre (que siempre me apoya desde el otro lado del mundo ante tremendas hazañas dentisticas), varias fotos con cara de agobio enviadas a diferentes grupos de whatsap y un libro por si me tocaba esperar.

Inmediatamente me dieron paso, y ya con las gafas futuristas y el baberito puesto sentada en mi sillón, me acordé que debía pedir factura por si colaba que me lo pagara mi empresa con el seguro médico, así que la asistente se fue a comentárselo a la de recepción que le pidió mis datos para facturación. Yo que había dado mis datos mil veces antes de entrar me extrañé cuando me llamaron para que fuera a recepción, pero quitándome las gafas y dejando plantado a Jimmie me dirigí a dar mi DNI colombiano y mis dos apellidos para acto seguido volver a la consulta. Tardé unos 40 segundos y rápidamente, queriéndome quitar el tema del empaste lo antes posible, volví a la consulta donde me esperaban mis gafas futuristas pero ni rastro de las dos asistentes y el doctor Jimmie.

Pasaron cinco minutos, diez, quince… y ni rastro del dentista… Así que con miedo y con las gafas en la cabeza para no perder del todo la dignidad, me acerqué a recepción a preguntar por el Doctor. “Vuelve en un momentito no se preocupe” me dijo la de recepción.

Yo, obediente volví a la consulta, saqué el móvil del bolsillo y me puse a hacerle fotos a cosas, leer el periódico… habían pasado ya 20 minutos cuando el miedo empezó a tornarse rabia y cuando llevaba 35 minutos con el baberito de los cojones y las putas gafas futuristas salí enfadada, no rumbo a recepción sino a la consulta de al lado donde desde hacía un tiempo oía actividad y ahí estaba él, el señor Jimmie que se había puesto a atender a otra paciente dejándome a mi acojonada y pedida en una consulta que odio con un puto baberito y las gafas naranjas futuristas.

Indignada, pero sin decirle nada al Dentista por solidaridad con la persona paciente, me fui dando taconazos hasta recepción y con decisión, orgullo  y todo hay que decirlo, parte de teatro, delante de la señorita de recepción me quité el baberito y las gafas futuristas como quien se despoja de un collar de Tifanny que te ha regalado un amante que te acaba de engañar con la mismísima Rita Hayworth y les empecé a montar el pollo.

“Que si no pueden dejarme 45 minutos de ésa manera tan ridícula” (ahí nadie sabía que a mi me gusta disfrazarme) que si dicen a una hora se cumple, que si qué poca seriedad, del agobio y los nervios creo que hasta se me humedecieron los ojos, y las pobres chicas de recepción flipando… Hice llamar a la encargada que educadamente me atendió y entendió mis quejas, lo dejé por escrito, les agradecí su seriedad y profesionalidad pero no la del Doctor Jimmie… y así como llegué me fui.

Me llamaron 150 veces durante la siguiente semana al enterarse que trabajaba en una agencia de noticias, para ofrecerme citas, descuentos e incluso llegó a llamarme el mismísimo Marlon Becerra que es considerado un gurú de la ortodoncia para decirme que me atendía él mismo, pero yo entre digna y consolándome de que ya tenía una gran excusa para no volver les mandé a freír espárragos una y otra vez.

Meses después, ya en este 2017, decidí que no podía dejarlo pasar más y tras varios estudios de mercado me decidí por la clínica del doctor Christian Salazar.

La clínica del doctor Salazar, es conocida mundialmente en todo Colombia por su exitoso plan de “diseño de sonrisa” que han probado personajes de tal índole como Paulina Vega (Mis Universo 2015) o el mismísimo James Rodriguez. Así que cuando me dieron las tarifas de una primera revisión, me sorprendí de ser aun más baratas que las de Marlon Becerra.

Cuando llegué, tras contarles intencionadamente que me había ido fatal con Marlon, me pusieron un baberito ideal morado y me sentaron en la silla blanca impoluta frente a cientos de títulos y certificados del señor Christian en miles de países ( EEUU, Israel, Francia, España, Venezuela…) y sobre mi una pantalla Samsung incrustada en el techo para que, si quería, viera algo de televisión durante mis intervenciones.

Cuando llegó el Doctor, presumiendo que no era él, el importantísimo señor Christian Salazar, le dije a mi nuevo dentista “A éste señor Salazar le debe encantar viajar ¿Cierto?” y el dentista, con una sonrisa imperfecta pero preciosa, detrás de sus gafas redondas de moderno, me dijo cariñosamente “Lo que me gusta es aprender y debo confesarte una cosa, soy adicto al estudio sea donde sea”. Ahí ante mi, dejándome (literal) con la boca abierta y completamente a sus pies, el señor Christian Salazar, me daba una lección de humildad y seriedad mientras se acercaba a mi silla como si fuera yo otra Paulina Vega.

Antes de explorarme me contó todo lo que iba a hacerme, le conté, con vergüenza, que era española y no usaba hilo dental a diario, nos reímos un rato de los prejuicios de los países y la higiene y tras empezar a decir números en alto mientras veía mis dientes me dijo que no tenía tres sino una caries, pero que eran dos las muelas que debía quitarme y otra sí que debía empastarse, de blanqueamiento nada, pero una limpieza si que era recomendable.

A la semana me hizo un empaste y dos días después, una compañera suya una limpieza a fondo de todos mis dientes.
Y el viernes, ya sin poderlo retrasar más, me tocó el tema de las “cordales”. Christian ya me  había comentado que no sería él quien me quitaría las muelas, que el especialista era su compañero Rubén que era Doctor Cirujano Especialista, así que cuando me llamaron para reconfirmar la cita, me pidieron retrasarla medio día más puesto que el señor Doctor Rubén , llegaba justo de vacaciones ese día.

Llegué puntual a la cita, como viene siendo habitual tras dos deposiciones, siete whatsapps a mi madre y en ésta ocasión quince a Pablo para que me prometiera que iba a venir a buscarme inmediatamente para no volver sola a casa tras tremenda hazaña….

Y cuando entré en la sala, tras ponerme una camisa morada y  un gorrito morado  apareció el Doctor Rubén… Un venezolano guapísimo, morenazo (Venía el tío de Isla Margarita) y muy sonriente que se presentó directamente diciéndome “Tu debes ser Cristina ¿Verdad?” No se en qué momento me anestesiaron, o si fue que esta vez iba tan acojonada que me hubiera enamorado de cualquier persona que me tratara con dulzura y confianza, pero el caso es que el doctor Rubén, a pesar de haberme tenido que limar la primera muela a quitar con una radial, darme tres puntos, empujar con todas sus fuerzas y ponerme tres o cuatro veces la anestesia (siempre siempre anticipándome con ese tono dulce de Venezuela a cada paso con sus palabras) me pareció que me dejó perfecta y cuando alejó su silla del trono dentístico en señal de “he finalizado” solo se me ocurrió decirle ¿Yaaaa?.
Rubén me sonrió y me dijo, “nos vemos de hoy en ocho días”. Y así me quedé yo con media sonrisa (porque la otra parte de la cara la tenía dormida) el reemel corrido, con el supcionador de saliva de un lado y sangrando como un cerdito degollado, pero feliz.

Mientras él escribía mi historia en el ordenador de mi izquierda, hablábamos de sus vacaciones y demás… como podía, puesto que tenía media cara dormida y seguía presionando la gasa que me había dejado sobre el hueco de la muela superior. En ése momento,  escribí a Pablo para decirle que aunque estaba estupendamente porfi viniera ya, que había terminado media hora antes de lo previsto.

Su respuesta fue rápida e hizo que volviera a la realidad en un segundo “ Tía te estoy escuchando, no te callas ni cuando te sacan las muelas, claro que estoy aquí, esperándote”

Ahí estaba él con su traje y corbata, viniéndome a salvar de dentistas asesinos y malvados y yo quedando con un hombre venezolano para el jueves que viene… que aunque sea para quitarme los puntos, en ése momento, colocada y completamente zombie, me pareció hasta una pseudo cita jajaja.

Total, que he pasado un finde bastante bueno en general, con mimitos y cuidados de Pablete y Paquita, sin dormir demasiado bien y con tremendo flemón, que poco a poco va bajando hasta el jueves que viene, Rubén me quite los dos puntos de mi cordal inferior derecha….

Ais… No se qué ponerme jajaja.

lunes, 17 de abril de 2017

Mi amiga Carmen

El primer día en Guatemala, así de cero a cien, nos llevó al “Caserío de Canihá 1” donde gracias a CONI habían llegado cuatro ordenadores a su escuelita. “Las compus” que todos trataban con mucho mimo, tanto que hasta las mujeres habían cosido fundas a medida para CPU, pantalla y teclado, habían sido una auténtica revolución y la comunidad entusiasmada, en señal de agradecimiento, al llegar nosotros junto con el Señor Presidente de la ONG, nos agasajó con miles de platos de lo más exóticos que tuvimos que comernos sin rechistar. Platos tan “auténticos” como los “Jutes” que son caracoles de río en una salsa rara y negra de los que solo debes comerte la mitad porque la otra mitad es la caca pero que Pablo y yo nos enteramos cuando llevábamos cinco o seis por barba. (puaj)

El segundo día, tocaba la joya de la corona;  Chahilpec.

Chahilpec es una comunidad donde CONI está consiguiendo muchísimos avances. Los niños y profesores de la escuela (ayudados por CONI) a través de sus iniciativas, están consiguiendo involucrar a todos los miembros de su Comunidad.
La única casa de bloques de Hormigón de todo Chahilpec, es la tienda de chuches de la mujer del maestro que es a su vez su humilde hogar.

Su marido, el Señor William, ha estudiado magisterio con una beca de la Asociación y gracias a lo aprendido, se ha convertido en el Director de la escuela de su comunidad y padre orgulloso de dos niños.

Nada más llegar, tras recorrer varios caminos pedregosos y llenos de polvo,  William y su familia salieron a saludarnos con la mejor de sus sonrisas y sus trajes de domingo.

Todos abrazaban con cariño “familiar” a Alex y estaban felices de por fin conocer a alguien de su familia.

La hija de William, Yesenia, con su vestido rosa y su lazo rosa trenzado en su larga melena recién lavada, miraba con timidez hacia Pablo y sonreía cada vez que le decía Alejandro que era su hermano gemelo.

Dos blanquitos, en la puerta de una comunidad en medio de la nada de Guatemala ya es algo extraño, pero encima que sean tan parecidos debe ser como encontrarse dos chinos gemelos en Viana do Bolo en pleno invierno…

De repente, entre besos abrazos y risas familiares,  del camino que subía hacia la Escuela y demás casas, apareció una niña sonriente que iba acercándose a nosotros.

Andaba sin preocupación, dando pasos largos con las piernas separadas como queriendo comerse el mundo. Sus zancadas alegres, hacían que su cuerpo se balanceara de un lado a otro mientras sus brazos acompañaban su vaivén.

Su pelo negro azabache estaba bastante despeinado y lleno de tierra, como casi todo en aquel lugar. Y a pesar de estar recogido, varios mechones sin orden ni concierto, iban tapándole de vez en cuando la cara, motivados por los brincos de su alegre caminar.

La niña era flaquita, de lejos calculé que por su estatura, no tendría más de ocho años y su piel, entre sucia y curtida por el sol, era casi tan oscura como su pelo azabache.

A medida que se iba acercando Carmen, que así se llamaba, iba contagiándonos de alegría con su agilidad entre las rocas. A veces parecía “Mogli” del libro de la selva sorteando piedras y otras veces parecía un gran gorila acercándose a nosotros dando pisotones a palos y agujeros en el camino que le hacían perder el equilibrio.

Cuando pudo ver a Alex, sus ojos llenos de legañas se abrieron de par en par dejándonos ver cómo brillaban de emoción y su amplia sonrisa nos mostró su boca desdentada y grandes encías, mientras que con la mano izquierda, llena de porquería, empezó a saludarnos si soltar una moneda de un Quetzal para comprarse unos nachos en la tienda de la mujer de William.

A pocos metros de nosotros, Carmen emocionada empezó a gritar “ Hola Alex, Hola Alex” sin parar y ya estando a nuestro lado, se quedó completamente bloqueada,  sin saber si echarse a los brazos de Pablo o de su “Doble” Alejandro.

Los niños de William dieron un pasito para atrás y Carmen, apretando su Quetzal con fuerza, sin utilizar la otra mano, intentó quitarse el pelo que le cubría la cara como si eso le ayudara a descifrar quien era el nuevo y el viejo Alex  y mientras se sentaba en el bordillo del porche de la casa del Maestro.

Fue entonces cuando me di cuenta de todo. Carmen, la sonriente niña que nos vino a recibir era una niña especial, una niña de las que mi madre dice que se tienen que llamarse “Personas con necesidades especiales de atención”, lo que comúnmente se llama “discapacidad intelectual”.

Ante su cara de no enterarse de quien era quien y en el fondo darle un poco igual, me senté a su lado y sin saber aun si entendía español o sólo hablaba Quekchi me presenté y le dije quién era Alex en realidad.

Pasó completamente de mi explicación y fue a saludar a todo el mundo, alegre, sonriente y cual buena anfitriona dejándose besar y abrazar por la comitiva de voluntarios que iba con nosotros y que ella conocía más que de sobra.

Se movía con alegría y tranquilidad, como sabiéndose en su terreno y tras los saludos protocolarios se dirigió a la ventanita donde ya estaba la mujer de William y se pidió sus nachos de rigor soltando el preciado Quetzal que llevaba en su mano apretada.

Nos dimos la mano en ese momento y junto con todo el grupo, comenzamos a subir la cuesta que unía el camino principal con el “poblado” en si.

Carmen, que aunque le costaba pronunciar hablaba perfecto español y quekchi, me explicó dónde vivía, con su madre, sus hermanos y su abuela;  me contó que los Nachos era su comida preferida; que ella no iba al cole pero que ayudaba a su madre con las gallinas y en el campo.

También me contó que le gustaba bailar con los otros niños, jugar y las pelotas de voleybol, pero a medida que íbamos encontrándonos niños de su edad, yo me daba cuenta de que algo no estaba bien.

El profe William, a pesar de ser Semana Santa, había organizado un campeonato de Voleybol en honor a los hermanos Sebastián y a pesar de no haber colegio, había convocado a los niños de la comunidad para que no se perdieran tan importante cita, así que en la pradera central de la Comunidad, habían instalado una red y docenas de niños corrían de un lado a otro mientras nosotros pasábamos en comitiva a dejar las mochilas dentro del aula principal de la Escuela.

Todos íbamos en fila, delante William y de últimas, Carmen y yo dando salititos.

Todos los niños nos saludaban, pero pocos se dirigían a ella y cuando Carmen se acercaba conmigo (sin soltar nunca mi mano) a los grupos de niñas que jugaban en corritos, los grupitos se deshacían inesperadamente, mirándome con sonrisas tímidas.

Nadie quería estar muy cerca de ella, pero Carmen, entre acostumbrada, resignada y ya pasota, iba tirando de mi mano sonriendo con el pelo enmarañado en la cara.

A lo largo del día, Carmen iba y venía de la mano de alguien, si no era un voluntario era Pablo y si no era Pablo era yo quien estaba a su lado.

Tras una hora de rondas de equipos jugando, por fin le tocó a nuestro. Los niños del “Real Sanchez Barcelona” (Mi equipo) no quisieron hacerse la foto oficial que iban haciéndose todos para el recuerdo. Enfadados, me dijeron que no querían salir en cámara con “Eso” (refiriéndose a Carmen) y tras un momento tenso entre ellos y un par de voluntarios y yo, accedieron a regañadientes a posar.

Cuando nos echamos al campo, Carmen sin saber en qué comento y cómo, desapareció.

Mi amiga, no volvió a dejarse ver en todo el día, y mientras esperaba a la segunda ronda tras una victoria aplastante en el primer encuentro, la vi a lo lejos en su parcelita junto a una señora mayor que presumí era su abuela.

El Real Sánchez Barcelona arrasó en la final tras unas cuantas trampas y riñas con el equipo contrario y para celebrar la victoria, el Profe William, repartió helados entre los vencedores.

La Junta Educativa trajo tortillas, Bachá y el tradicional recado tiú de Cobán (vamos, pollo con salsa de tomate) para los invitados de CONI y tras volver a comer en casa de William, ya despidiéndonos en el camino principal a lo lejos volví a divisar a mi amiga Carmen con su peculiar y alegre caminar de la mano de una señora de tradicional vestimenta. 

Sabiendo que teníamos prisa, pero que no podía irme sin despedirme, sin importarme las formas, grité con todas mis fuerzas “Adiós Carmen” y ella desde la cima de la colina por la que cruzaba el camino se dio la vuelta y con su amplia sonrisa gritó “Adiós amiga” y sin parar de mover la mano comenzó a andar hacia atrás mirándonos y alejándose a la vez mientras se tropezaba con las piedras.

Fue nuestra despedida especial.

Pero desde ese momento no he parado de pensar en ella, en su integración, su desarrollo, su relación con la comunidad, sus dificultades y ventajas de vivir en un lugar tan cerrado y pequeñito y sobre todo en su amplia sonrisa y ganas de abrazar.


PD: Pablo dice que se me olvida describir mucha cosa, seguro que tiene razón, pero estoy cansadisima y tenía ganas de contaroslo tan pronto llegara.

lunes, 27 de marzo de 2017

Cumple Guajiro

Mi cumple empezó en la Guajira, que ha sido la última escapadita que nos ha permitido Colombia.

Viaje por todo el Departamento en un 4x4 conducido por alguno de los pocos mestizos o wayuus integrados del lugar, de alguna de las empresas que se dedica a llevar a turistas y a enseñar todo el norte de la zona guajira Wayúu.

La Guajira, es uno de los Departamentos más pobre de Colombia a pesar de ser el más rico en gas, carbón y petróleo.

Su situación geográfica (en el árido norte colombiano frontera con Venezuela) junto con la inmensa corrupción que la invade, hacen que esta tierra sea un quebradero de cabeza de cada uno de los políticos que gobierna éste país.

Como todas las zonas deprimidas de Colombia, se han cebado con sus habitantes, las guerrillas, paramilitares, minería ilegal y narcos. Pero para más inri, La Guajira está poblada en su gran mayoría por indígenas Wayuú que son los que hacen los bolsos esos tan bonitos que todo el mundo quiere y son bastante caros en España.

Los Wayus son bastante proteccionistas de lo suyo, se organizan por su cuenta, son dueños de sus tierras que se extienden entre Colombia y Venezuela (tienen doble nacionalidad) y además de su cultura propia, cuentan con sus autoridades ajenas a las que se rigen todos los demás colombo venezolanos “ los palabreros” que basan su autoridad en el ojo por ojo…

Van a su bola completamente, los conquistadores españoles nunca llegaron a “someterles” así que imaginaros lo duro y rancio que es el pueblo Wayuú.

Viven de sus artesanías, de la pesca y el pastoreo de cabras (chivitos) alternándolo con un curioso sistema que más que simpático, a mí me ha dejado bastante tocada pensando en cómo erradicar este modo de vida, y son los peajes en medio de la nada.

Dado que la Guajira es un desierto en el que los cactus y la maleza baja por un lado y las dunas por otro, no dejan transitar por cualquier lugar, los caminos (porque no hay carretera asfaltada) están bastante marcados  y cada “Ranchería” (Conjunto de casas Wayuu) se organiza para poner cadenas (o telas atadas unas a otras) de un lado a otro del camino para parar a los 4x4 de los turistas y exigirles un peaje.

Lo cobran los niños y las mujeres y los tíos piden de todo: café, agua, caramelos, galletas…

 Lo que les venga en gana…

Lo piden con una sonrisa enorme y unos ojos muy brillantes, bajo el sol infernal, descalzos, despeinados y con ropas de mil colores… pero si no les das lo que ellos quieren, lo exótico de la estampa se vuelve violento, incluso peligroso,  y te tiran piedras sin ningún miramiento.

Así que del camino de Cabo de La Vela a Punta Gallinas (el punto más al norte de Suramérica) paras unas veinticinco o treinta veces para bajar la ventana y darles a los niños lo que te pidan, cuanto más lejos más agua, cuanto más cerca de la civilización más chuches.

Debes calcular que hay una ida y una vuelta, porque como te quedes sin nada… corres un verdadero peligro…

¿Cómo terminar con ésta práctica? Pues realmente no lo sé, lo he pensado mucho… No sé si es culpa del Estado que no les provee de infraestructuras para sacar agua, de los Jefes wayuús que no reparten las ayudas estatales, de los wayuús que pasan de cambiar su manera de vivir, de los turistas que nos alegra ver niños morenitos dando saltos, o bien de las autoridades locales que deberían de hablar con las autoridades wayuus para multar éstos peajes. La cosa es que es un problema que yo no sé por dónde cogerlo…

A lo que vamos, que ésta gente dueña de todas las tierras (y los pequeños hostales de hamacas en los que hemos dormido) , no se juntan demasiado por tercos y porque  además el colombiano de las regiones es muy racista y no le hace mucha gracia juntarse con colombianos de otros colores y estratos…

La noche de mi cumpleaños ya en España (la previa en Colombia) , tras salir del chorro de agua que simulaba ser ducha y vestirme para ir a cenar arroz con algo, escuché cómo Adela y Borja, unos españoles majísimos con los que coincidimos allí, estaban interactuando con los locales. Dejé al pobre Pablo moribundo que se duchara y me acerqué al jolgorio dando saltitos pensando que en España ya era mi cumpleaños…  ( En este punto del relato debo contar que Pablo pasó todo el puente malo de la tripa, y hemos aprendido no hay cosa peor en el mundo mundial que irse a un desierto SIN ÁRBOLES con cagalera…)

Adela y Borja, estaban en la puerta de lo que parecía ser un quiosco, una de las pocas edificaciones de ladrillo del lugar y compartían con los locales la bebida nacional y punto de unión de los colombianos: Unas cervezas.

Atraída por las risas me junté a ellos y a pesar de odiar la cerveza, creí que lo mejor para ser una más y para socializar con los guías y wayúus de área era pedirme una para mi.

Comenzamos con las conversaciones típicas, pero poco a poco empezó a animarse la cosa y apareció el “chirrinchi”.

El Chirrinchi es el agua ardiente casero hecho con agua y panela que pega como si no hubiera un mañana y que los wayúus beben como si fuera agüita de la fuente.

Nuestro guía, Siro, que el pobre le tenía frito a tanta pregunta durante todo el trayecto, me recordó que le había dicho en mitad del camino cuando pasamos por los cementerios wayúus que tenía que probar la bebida que se tomaba en los velatorios y ahí , en ese momento, cuando me acercaba la botella de plástico para servirme un chupito, en ese momento comenzó la fiesta de cumpleaños más exótica de mi vida.

Ese chupito significó romper la barrera entre turistas e indígenas, entre blancos y morenitos, entre wayúus y españoles, entre desérticos y asfálticos. Ese chupito no sólo rompió nuestras diferencias, sino que abrió una caja de risas e historias surrealistas entre los guías y  miles de turistas que habían llegado hasta allí.

La fiesta la controlaba Emilio, el hermano de la dueña del hostal, que gracias sus 180 kilos de peso, sentado en el poyete del kiosco, bebía chirrinchi como si no hubiera mañana.

Nos contó todas sus ideas para atraer turistas y las mentiras que le contó al Departamento para que le dieran la plata para hacer los tours, nos contó que las dunas a las que todos los turistas admiramos las había hecho él a base de carretilla y troncos, que había hecho hacer pis en el depósito de agua a cinco alemanas un día que se había quedado varado y que gracias a eso no solo consiguieron salir de las dunas a cincuenta grados al sol sino que desde entonces su carro era el más rápido de la región. Nos explicó que tenía un chinchorro mágico (una hamaca mágica) que todo hombre que llevaba a una mujer allí, salía “habiéndola preñado”.

En una de éstas, no sé cómo ni porqué (sabéis que lo canto a los cuatro vientos siempre así que intuiréis que debí decírselo yo) se enteró de que era mi cumpleaños, así que empezó a brindar por los treinta y uno y los cinco hijos que tendría, porque es la función de cada mujer,  con el pobre Pablo, que a mi lado, veía como todos íbamos entonándonos todos y él no podía ni oler el aroma de aquel licor.

Cuando la fiesta ya estaba bastante animada, las mujeres, nos llamaron a cenar y mientras, los guías, siguieron bebiendo y bebiendo, lo que nos permitió nivelar el grado de alcoholismo que   sufríamos todos los presentes.

Al terminar la comida, sin saber si volver o no al lugar de los wayúus por no romper las normas de la comunidad,  sin venir a cuento, uno de los hijos de Don Emilio, apareció con un mini pastel sacado de la nada con una vela de iglesia encendida, y detrás de él, cuatro de los diez  guías borrachos le acompañaban entonando el “Que los cumplas feliz”.

No sé si se lo hacen a todos los turistas, el caso es que yo me sentí tan feliz y agradecida, que en vez de comérmelo, decidí romper el hielo de nuevo y llevarles a los hombres wayúu el pastel para que lo disfrutaran ellos, y en medio del subidón, le compré al hombre del pseudo kiosco tres botellas de pirrinchi para bebernos entre todos.

Ahí empezaron a llegar turistas, más hombres de la comunidad y otros habitantes de en medio de la nada y ahí mismo, entorno al señor Emilio, siguieron las risas, las anécdotas y el hermanamiento.

De subidón, me pillé una de las botellas y se las llevé a las señoras, que en la cocina (que no era más que una fogata con una estructura metálica a unos 20 metros de nosotros) asaban peces frescos, mientras otras de cuclillas fregaban en grandes tinas y hablaban wayúu, mientras picaban de los restos de los platos amontonados que habían dejado los gringos.

Otro mundo…. Tímidas, desconfiadas pero también agradecidas por la invitación y sin apenas mirarme a los ojos, bebieron uno o dos chupitos de su local manjar, mientras yo les contaba, para que no se sintieran demasiado “invadidas”, que en mi país, a diferencia de los colombianos, lo del cumpleaños son los que invitan y como ellas habían cocinado para mí, sentía que debía invitarlas a beber.

Me fui rápido, sentí que estaba fuera de lugar, que preferían su anonimato de no mezclarse con los demás y dejándoles una de las botellas para ellas, me despedí educadamente y volviendo a la fiesta de los hombres y turistas, sabiendo que nada podía pasar, puesto que el único sobrio a  100 km a la redonda, era Pablo.

No sé cómo acabó la noche, me desperté feliz, sin resaca, muy abrazadita a Pablo, a pesar del calor infernal del desierto colombiano.

El caso es que el 20 de marzo, cuando volvíamos con nuestro conductor que no parecía que hubiera bebido en su vida, todos los 4x4 que nos cruzábamos Guajira adelante,  se paraban a saludar a la “cumplimentada” que feliz devolvía los saludos, ignorando aun las grandes sorpresas que le depararía ése señalado día…

martes, 14 de marzo de 2017

Un guia soltero y honrado en Guasca

Llevábamos dando vueltas más de cuarenta minutos por caminos de tierra que no hacían otra cosa que desembocar en otros caminos de tierra aun más abruptos.

Llevábamos más de cuarenta minutos sin saber dónde estábamos ni hacia dónde debíamos ir para encontrar la carretera “pavimentada”.

Llevábamos más de veinte canciones de mi iPod que no distingue de lugares o situaciones y que alterna Rocío Jurado con Pavarotti pasando por Dade Yankie o la muñeira de Chantada.

Llevábamos demasiado tiempo sin que el GPS nos encontrara, demasiadas curvas sin cruzarnos a nadie que nos pudiera indicar y nos reíamos demasiado como para mostrar preocupación por la situación, cuando a lo lejos se nos apareció él.

En medio de una cuesta de piedras y arena, mientras nosotros subíamos derrapando poco a poco, él bajaba con las piernas separadas y arqueadas lento pero con determinación.

Vestía zapatos viejos, pantalón de tergal negro, sombrero de cuero marrón y por supuesto, y cómo no, una gruesa y cálida ruana gris tradicional del altiplano colombiano.

No sé quién estaba más fuera de lugar, si él en medio de la nada en el campo de Cundinamarca o nosotros en un carro de ciudad, tocando los bajos con cada piedra del camino y sin aparente dirección.

Al llegar nosotros a su altura del camino y él a la nuestra, nos paramos y entonces fue cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez.

Su arrugada piel morena y curtida dejaba ver años y años de campo.

Sus ojos oscuros, vidriosos pero curiosos a la vez que hundidos, narraban las miles de horas  de días enteros habiendo navegando en Club Colombias.

Sus pocos dientes amarillentos que sobresalían de su amplia y amigable sonrisa, explicaban parte de las mil historias que había vivido aquel señor.

Pablo bajó la ventanilla y cual colombiano de pro comenzó con la parrafada básica de saludo local. “Muy buenos días Señor, ¿Cómo está?, ¿Cómo le va?, qué pena, ¿sería usted tan amble de explicarnos cómo llegar a la vereda de Santa Lucía?”.

“Uy… pues por aquí no es. Esta es la vereda de San José” Respondió el hombre mientras apoyaba sus manos en la ventana del coche como queriendo adentrarse en el interior para mirar todo lo que teníamos dentro y comprobar que éramos de fiar.

Ante esa respuesta tan poco esclarecedora, y dos segundos de silencio incómodo de no saber qué decir ante su mirada tan minuciosa al interior del coche alquilado que hacía pocas horas había salido de Bogotá, tuve que replantear la pregunta.

¿Por dónde queda Santa Lucía Señor? ¿Un hotel que se llama El Monte? ¿Usted lo sabe?

- “Pues miren, esta es la de San José, más allá la de Santa Ana, (…)pal otro lado lo de las flores, más allá Guasca… Pero Santa Lucía no escuché yo nunca”
(Otro silencio incómodo)

“Lo que si se es dónde está Guasca,(…) que ahí sale la pavimentada (pavimentada = carretera de asfalto) y allá si le funciona el celular para preguntar y si me llevan les indico”.

Así sin más, sin nosotros decir ni pío, y él sin dejar de hablar y balbucear cosas completamente incomprensibles, el señor aparecido de la nada, estaba encaminándose a la puerta de detrás del coche pidiéndole a Pablo que quitara el seguro y haciendo que él obedeciera sin rechistar.

Abrió la puerta, dejó caer su cuerpo en el asiento de detrás, como hace mi tía nieves cuando descubre un sitio donde sentarse, y muy amablemente nos estrechó la mano diciendo “Luis Carlos Ferrán, para servirles”.

En ese momento comenzó la más auténtica de las narraciones…

El Señor Luis Carlos, vivía entre los campos de la zona desde hacía más de cuarenta años.

No era de allí, no, él era del Tolima (Región del Sur) donde a la edad de trece años “tuvo que irse para la guerrilla” “ Allí con Tirofijo y todos sus compañeros” y luego claro, cuando se dio cuenta de que no era lo suyo tuvo que irse lejos, y como en esa zona en la que estábamos no había mucho calor, no conocía a mucha gente y había dónde y en qué trabajar, pues se quedó.

A sus sesenta y ocho años, que a simple vista parecían cuarenta más, nunca se había casado, soltero y honrado, recalcó para definirse a sí mismo varias veces. “ Soltero y honrado”.

A él, lo que verdaderamente le encantaba, desde que era un “chiquitico”, era la música, y cuando se tomaba sus cervezas no había quien le siguiera en el arte de cantar.

El mejor, sin duda para Luis Carlos, era un español, posiblemente vecino nuestro, primo lejano tal vez.

Un tal Nino Bravo, pero que se lo llevó la carretera muy joven, porque la gente conduce como loca, aquí y en cualquier lugar. Era una gran voz, tal vez de las mejores dijo mientras nos indicaba con la mano que había que girar a la derecha en la enésima intersección.

Por las noches, cuando aprieta el frío, Don Luis Carlos se acurruca entre gordas mantas, allá en su chocita, “para que no entre el frío ni salga el calor” y bajo la almohada imprescindible para poder dormir, siempre coloca su transistor “en la EFE EME”.

El transistor le pone canciones de pasión y amor. Porque a él lo que le gusta es la música de amor.

¿Conocen ustedes a Perales? Nos preguntó de repente sin dejar tiempo para decir siquiera si.  “Ese sí que era un genio. No sé si está vivo o muerto pero ese señor tenía el don de la canción.”

Y así sin más, sin dejar que nosotros interviniéramos ni lo más mínimo en su narración, mientras nos guiaba por los caminos que conocía como la palma de su mano, el campesino de ruana y sombrero se puso a cantar:

“Me llamas  para decirme  que te marchas ,que ya no aguantas mas , que ya estas harta de verle cada día  de compartir su cama  de domingos de futbol  metida en casa.
Me dices que el amor , igual que llega pasa y el tuyo se marchó por la ventana  y que encontró un lugar  en otra cama” (…)

Pablo y yo completamente callados y él entonando letras de amor en la parte de atrás de un coche alquilado horas antes en una ciudad de nueve millones de habitantes.
Poco a poco, mientras Luis Carlos cantaba y nos explicaba letras y canciones de amor, nos íbamos adentrando en la “pseudo civilización”.

De repente, de un portón grande y verde comenzaron a salir decenas de chicos jóvenes con monos de trabajo y botas altas de caucho.
Señor, le pregunté, ¿De dónde sale toda ésta gente? .

“Son los de las flores” dijo nuestro acompañante sin darle importancia.

Intuimos que eran trabajadores de los invernaderos de flores que rodean la ciudad de Bogotá y que surten de flores a todo el planeta tierra.

Le expliqué a Luis Carlos, que en nuestro país se veían muchas menos flores, que eran caras y que los hombres no acostumbran a regalarlas. “Sin ir más lejos, mi esposo, me ha regalado flores cinco veces en todo el tiempo que llevamos juntos ¿Puede usted creérselo?”

Y sin venir a cuento, en vez de responder, el señor Luis Carlos comenzó a entonar “ Un Ramito de Violetas” sin acordarse del todo de la letra. “ Es que era él quien se las regalaba ¿Sabe?” le dijo a Pablo cortando su melodía y dándole en el hombro como quien descubre la pólvora en ese momento.

Hablamos de Cecilia, del disco que mi madre repetía sin parar durante las navidades del 92 y de cómo, a Cecilia también, se la había llevado la carretera.

Casi llegando al pueblo, dando paso al primer silencio del camino, mirando por la ventana al cielo cada vez más gris y habiendo entonado dos o tres canciones más que Pablo y yo ya no pudimos descifrar, dijo pensativo “Cuantas voces se llevó el Señor”.

(Otro silencio incómodo)

A los pocos minutos, llegamos por fin a la carretera pavimentada y ahí cuando habíamos cruzado tres o cuatro calles, nuestro acompañante se incorporó y con cara de no entender nada e intentar ayudar nos dijo “¿A dónde dicen que quieren llegar ustedes?”.

Le volvimos a explicar lo de la vereda, lo del Hotel y lo de Santa Lucía  pero Luis Carlos, agarrándose el sombrero como si ese gesto le ayudara a pensar, nos volvió a decir que no tenía ni idea de dónde quedaba eso, pero, sin embargo, nos explicó que si seguíamos un kilómetro por el camino que salía hacia la derecha desde esa misma calle, podíamos llegar a unos lagos que se podía pescar una trucha muy rica,  que una vez pescada, te preparaban en ese mismo lugar. Debía ser muy buen sitio, porque según él,  venía mucha gente de la ciudad, que era muy bonito.

Así que sin pensarlo dos veces, tras despedirnos de él, siendo conscientes de que había sido una experiencia única tanto para él como para nosotros, le dejamos en el centro del pueblo y  nos dirigimos al sitio de pesca, donde disfrutamos como enanos pescando truchas como para alimentar a un regimiento terminamos regalándoselas a los paisanos del lugar.

Al final encontramos el hotel, que resultó ser una mierda, pero nos devolvieron el dinero y siguiendo la tónica colombiana del “Realismo mágico” en la que nada de lo que planees saldrá pero seguro que solucionas con algo mejor,   encontramos uno hotel mil veces mejor, súper romántico y especial donde en el sitio de la cena cantamos acompañando a un señor argentino muy viejo con guitarra, canciones de Serrat y los Rodriguez , aderezando los cánticos con vino caliente en mano al frente de una chimenea, hasta que el cuerpo no pudo más.

lunes, 6 de marzo de 2017

Las dos caras de Cartagena de Indias

Fin de semana de contrastes.
Si por algo se define Colombia es por la variedad de Colombias que alberga en su territorio.

Me río yo con las Españas y las diferencias culturales de las múltiples regiones  que nosotros decimos que tiene nuestro propio Reino, al lado de las miles de Colombias que tiene éste país.

Colombia además de las diferencias entre las regiones propias de un país tres veces más grande que España atravesado por tres abruptas cordilleras y sin ferrocarril, tiene el aliciente de la diferencia de estratos sociales que animada por el sistema en sí, se mantiene y respeta en cada una de las actividades del día a día de los lugareños.

El interior, donde se encuentra Bogotá es habitado por colombianos desconfiados, trabajadores, amantes de sus tierras y gracias a la altura del “altiplano” ajenos a problemas de sequías y desabastecimientos.

Sin embargo, la costa, donde se encuentran las famosas ciudades de Barranquilla, Santa Marta y por supuesto la Heroica Cartagena de Indias, son ciudades acosadas por los fenómenos meteorológicos (primero el niño y luego la niña o al revés, no me acuerdo) y a consecuencia de eso,  las desigualdades sociales se ven aún más agravadas.

De las tres, por el turismo y la belleza de las islas del Rosario, Cartagena de Indias es la que para mi representa más claramente la crudeza de las dos colombias, o las seis si se mira por estratos: la Colombia riquèrrima y la colombia paupérrima.

Creo que he visitado la ciudad seis veces y cuanto más voy más me doy cuenta de la gran brecha entre unos y otros .  Es verdaderamente injusto y duro, y lo más feo de todo, es que los pobres viven de los ricos y los ricos viven de los pobres, sin darse cuenta del circulo vicioso en el que están que sobrevive año tras año creando áreas inviolables que permiten la extraña convivencia de unos y otros.

Por eso cuando alguien me dice que quiere venir a conocer Cartagena o alguien me cuenta que sólo conoce esa ciudad de Colombia pienso que como el 99% de los turistas no saldrá o habrá salido de las áreas de confort de los ricos, que disfrutará con las señoras vestidas de mil colores cortando fruta por las calles , como si fuera muy normal vestir así y servir a la gente que pasa,  y con tristeza y algo de superioridad pienso… “ Tu lo que pasa, es no conoces Colombia”.
Éste fin de semana, aprovechando que podía acreditarnos a Pablo y a mí al festival de cine más antiguo de èste lado del charco, nos hemos ido para allá, para la Cartagena Rica.

Ha sido un fin de semana de pseudotrabajo en el que nos vimos traduciendo una entrevista de Denis Lavant del francés al Colombiano, paseando cogidos de la mano por una alfombra roja en los premios más importantes de la Televisión Colombiana y de paso hemos visto pelis de cultureta de esas que a veces sales feliz y otras con la sensación de no haber entendido nada.

Hemos disfrutado de cada rato, siendo equipo y descansando, hablando mucho, paseando poco y dormido mucho menos, pero nos ha venido a los dos genial. Ayer en el avión sentaditos en nuestros asientos, mientras volvíamos a la zona de “parqueo” porque el personal de tierra había calculado mal los pasajeros y había una persona de más en el avión y esperábamos a que viniera la autoridad aeroportuaria para echarla de la aeronave (porque éstas cosas pasan en Colombia y te cuestionas el control que tienen en éste país en los aviones) nos decíamos y reiterábamos lo genial que había ido el fin de semana.

Pues bien, Pablo voló el viernes por la noche, pero yo, que tenía que trabajar en una cosa para la Internacional Socialista que se celebraba éste fin de semana y además hablar con unos cámaras de allí, volé el viernes por la mañana y esperé a que él llegara haciendo mil cosas.

Mis asuntos terminaron a las 5 y como no sabía qué hacer, aprovechando que EFE le había pedido al fotógrafo que fuera a cubrir unos combates de boxeo de las Series Mundiales, me uní a su plan si pensarlo, con el fin de podéroslo contar y vivir una nueva colombianada.

En la costa el baseball y el boxeo son los deportes estrella. Y en Cartagena, gracias al Kid Pambelé, el primer Colombiano que ganó el título mundial de boxeo allá por el 72, que era Palenque, un pueblo muy cerquita de la ciudad heroica, a quien más quien menos le pirra un deporte que a mí siempre me ha dado miedo y me recuerda a eurosport en la tele de mi abuelo.

Cuando pedí el taxi en el hotel (situado en el microcosmos pijo) dirección el Coliseo Bernardo Caraballo , el de recepción puso los ojos como platos, y no me dejó montarme en el carro hasta que él comprobara que el taxista era de fiar. Me negoció el precio como si fuera una gringa tonta y anotó en un papelito la placa TES645. Mientras el taxi arrancaba, aun sin cerrar la puerta, aprovechó para darme la tarjeta del hotel “por si tenía cualquier problema” que èl estaría atento.

El Coliseo Bernardo Caraballo estaba en la otra Cartagena, en la Cartagena negra, de calles sin asfaltar, de cuerpo flaquito y manos coartadas por la dureza del trabajo en el mar, la Cartagena de la gente natural y nada estirada, la Cartagena autóctona que no sabe inglés ni tiene ganas de saberlo.

Al llegar cientos de hombres, de todas las edades se iban sentando en las gradas de un polideportivo nada que envidiar al de Navarmado (el de mi pueblo) con sus gradas de cemento, sus luces amarillitas y sus canastas de metal. Pero en el centro, como si de los “Estates” se tratara, un rin impoluto con sus chicas guapísimas sentadas en un ladito esperando a llevar el número del round a combatir, sus jueces blanquitos de vaya usted a saber dónde y “personalidades” esperaban a que llegaran los diez luchadores de la noche.

Era la única mujer extranjera, tal vez la única mujer sin marido de todo el recinto y la única sin duda que no llevaba una lata de cerveza en la mano.

Las series mundiales enfrentaban a Cuba con el equipo Nacional, en cinco categorías y el público hacía notar que los puntos eran muy necesarios para poder llegar a la siguiente fase.

Me pedí unas palomitas y un agua , a 50 centimos de euro ( 1500 pesos) y comencé a disfrutar de la función. Al salir los cinco de Colombia, vestidos con sus batines de raso y su botas profesionales a saludar,  el público enloqueció y no cesaron los gritos al menos hasta que yo abandoné el recinto tres horas más tarde.

Confieso que al rin miré bastante poco, porque el espectáculo real eran las gradas….
 Ver a viejos y jóvenes gritando disfrutando de esa manera tan caribeña, juntos, sin ningún tipo de miramiento a nada, gesticulando, saltando como poseídos,  viejitos y niños de la mano simulando puñetazos al aire, gritando cada vez que veían algún buen golpe… me hacía sentirme la protagonista de cualquier documental.

Delante de mi un señor muy mayor, acompañado por su hijo de unos cincuenta y su nieto de mi edad, intentaba controlar el tembleque de sus manos (propio de un parquinson avanzado) y se apoyaba en su hijo cada vez que la ocasión merecía un fuerte aplauso de pie. El hombre seguía con los ojos muy abiertos cada momento y a pesar de no pronunciar palabra, decía con su sonrisa lo encantado que estaba de poder estar allì.

A mi izquierda, el fotógrafo no paraba de disparar flashes y demàs y a mi derecha,  un hombre mayor con sombrero, me iba explicando cada momento y situación consciente de su superioridad en conocimiento y experiencia ante una gringa pálida como yo.

El tío disfrutaba tanto con cada movimiento, que se le trababan las palabras y a penas se le podía entender, se desesperaba,  se llevaba las manos a la cabeza, saltaba, gritaba gesticulando y luego cuando gritaba cualquier improperio, educadamente se sentaba a mi lado y tratándome de señorita me explicaba qué iba pasando.

De repente, sin darme cuenta, vi como en el piso inferior al mío, apareció de la nada un pequeño charquito que poco a poco se hizo algo más grande. Entendí que el entrañable viejito de delante se había hecho pis, y como yo lo debimos entenderlo todos, pero como en las buenas familias, nadie dijo nada y entre unos y otros solucionaron la situación. Un hombre puso un periódico, el hijo del señor unos folletos y sin que nada pasara para no quitarle la ilusión al señor, todos siguieron disfrutando del espectáculo comentándose los golpes los unos a los otros incluyendo al octogenario.

El señor no volvió a levantarse, ni siquiera cuando “Walter de Matanza” dejó acorralado frente a las



cuerdas al “Matador Andy Cruz” en la categorài de peso Walter. Su hijo tampoco se volvió a levantar, se quedaban los dos sentaditos aguantando el chaparrón pegados al frío hormigón y el nieto que no podía parar de lo excitado que estaba le besaba la cabeza con efusividad en cada momento a celebrar.

Me pareció súper tierno y ese momento, me hizo sentirme una más, sin prejuicios de colores, razas o nacionalidades.

Antes de que terminara el último combate, para no tener problemas con el taxi y verme sola en un barrio así, salí del recinto como pude,  no sin antes despedirme con un fuerte apretón de manos de todos mis compañeros de batalla. El señor mayor, quiso levantarse cual caballero para despedirse, todos le frenaron poniéndole la mano en el hombro y yo muy educada, sin importarme pisar el pis ni pasar por delante de su compañero de al lado bajé a su asiento a despedirme como si fuéramos amigos de toda la vida.

En ese momento empezó el quinto round, y ya di igual, me diluí entre la marabunta rumbo al taxi que me llevaría de nuevo a la otra Cartagena donde acababa de aterrizar Pablo y nos esperaba un delicioso ceviche cartagenero, entre fuegos artificiales y carros de caballos, para  enrolarnos en la farándula y el cine de la encantadora e hipócrita ciudad amurallada de Cartagena de Indias.