jueves, 7 de septiembre de 2017

Súper Rock Star Mr Francisco

Pues señores, mientras ustedes están preocupados por el Parlament y sus decisiones , aquí estamos nosotros viviendo otro momento histórico que nos regala éste país de realismo mágico, la visita del Papa Francisco.

Ha sido llegar y besar el santo, literal, volver de vacaciones y dirigir una de esas coberturas divertidas, complicadas e impresionantes que requieren concentración, coordinación y sobre todo responsabilidad.

Responsabilidad porque tal y cómo nos decían en la carrera los creyentes del periodismo, los que nos dedicamos a éstas cosas, tenemos un no sé qué por dentro de contarle al mundo qué está pasando y contarlo de verdad, intentando no olvidarnos de nada y hacerlo ordenado y encima atractivo a cámara.

Así que tras treinta y seis horas de curro a morir, viendo ya desde casa como el Papa vuelve a su camita en la Nunciatura tras dos jornadas agotadoras en una ciudad a 2600 metros de altura con su edad… pues una se nota el pecho palomo de haber cumplido con el deber.

Pero sobre todo, te llenas de orgullo y satisfacción porque el Papa éste, es una pasada y lo hace fácil.

Los que me conocéis, sabéis claramente que yo lo de la jerarquía lo llevo un poco mal, y la de la Iglesia pues peor, pero el Papa Francisco, es un grande de la comunicación mediática, de verdad un grandotote.

Una verdadera rock star que calcula cada segundo a la perfección cómo actuar ante su público. Bueno, supongo que él no calcula nada, que todo será cosa de sus asesores, pero cada gesto, cada palabra, cada parada en una esquinita… es im-pre-sio-nan-te.

Y no te das cuenta de la eficacia de su mensaje cuando ves a un millón y medio de personas que aguantan un chaparrón digno del huracán Irma como si se hubieran apuntado a la mejor de las raves de tecno mundial, todos como locos, felices, encantados,  mientras un viejete calvo con el pulmón estropeado se echa la siesta entre sermón y sermón tras una jornada agotadora a una altura mortal para cualquier mosquito, no, en ese momento es fácil ganar unos fieles, te das cuenta de lo estrella que es, cuando tu cámara que es más ateo que Fernando Savater, llega flipado tras cubrir la pasada del papamóvil por la calle 26 y hasta se le escapa un “es como un man en una nube, muy emocionante Señora Cristina”.

El tío lanza un mensaje en cada gesto adaptado a un país que cuando hay éste tipo de acontecimientos te das cuenta que es un país acomplejado por una guerra que le ataca por todas partes y que en muchas ocasiones les hace verse menos que otros países.

Es algo que me alucina mucho desde que estoy aquí, se creen que Colombia tiene los peores políticos, los peores sistemas educativos, las peores obras de construcción… (no sé si os suena ese mensaje)y claro, como muchos no conocen lo que hay fuera , de verdad lo creen y da pena, porque aunque las cosas nunca funcionan como deben funcionar, en realidad, podría ser peor.

Pero estos dos días molan porque sorprendentemente, más allá del mensaje que quiera dar el Papa, lo que está enseñando este montaje mediático a los colombianos, es que “Si se puede”.

Que llevan dos días que cada acto, ha sido celebrado a su hora, cada autoridad de turno se ha ceñido a la oficialidad del protocolo, que no se ha roto nada, ni muerto nadie , ni nadie ha matado a nadie y lo mejor, que se está haciendo todo a la colombiana.

Es decir, con música sonrisas y mensajes de aparente alegría todo el rato.

Le han recibido con cumbia, acompañado con vallenato, le han dado las buenas noches con joropo… y todo interpretado con trajes de muchos colores por niños, viejos, personas con discapacidad, yonkis y víctimas de todas las guerras colombianas habidas y por haber.  Pura pirotecnia  audiovisual, (no sabéis que imágenes bonitas están quedando en televisión) si, pero que a Colombia le está volviendo loca y le impulsa en su seguridad en sí misma y  en creer que se están haciendo las cosas bien.
El caso es que este hombre está haciendo país y eso… eso es emocionantísimo vivirlo señores.

El Papa no para de repetírselo en modo coach a todos sus públicos, que no pierdan la alegría y que vuelen alto… Que tiren para delante y que se dejen de rencores, venga a sonreir, abrazar y dejar hacerse selfies….


Pero lo curioso de toda esta orgía de viva la vida y arriba el amor de estos dos días, cuando pensábamos que iba a ser esto un “que guapos estáis todos”, ha llegado el acto con los curas. Curas con curas todo muy ceremonioso, brillante  y serio…. hasta que le ha tocado hablar a Bergolio y… ¡ZASCA!  ha habido tirón de orejas…

Ha hablado de que se mojen con la paz sin posicionarse ( Cabe destacar que entre los “influencers” del NO al acuerdo con Farc, había mucho cura de televisión detrás empujando por que no se firmara),  ha hablado de que no fueran curas de estratos altos, y que trabajaran por la igualdad, les ha soltado mil cosas más que como estaba editando el encuentro con los jóvenes de media hora antes,  no he podido escuchar con detenimiento, pero me he dado cuenta que en ése instante, ha sido, cuando los que no estaban muy en la sintonía papal, han decidido tomarle como un personaje de influencia positiva a quien respetar, como a un Obama en sus buenos tiempos o Mandela en su apartheid, y han empezado a considerarle, como  el propio Papa Francisco quiere ser recordado “Un buen tipo”.

El caso es que el mensaje que un personaje como éste trae a un país como Colombia en éste momento, no puede ser más fetén , es un puro y simple “Si se puede” que tanto gritamos en la Puerta del Sol hace unos años….

Un “sí se puede” que viene bastante al pelo tras 48 asesinatos  en los últimos seis meses, de líderes campesinos que intentaban retomar sus campos y comunidades y han visto como otras bandas criminales ocupaban el lugar en el que estaban antes las Farc. Un  “sí se puede” en un país en el que nadie cree en una clase política enriquecida a base de corrupción, un país con falta de visión comparativa positiva y en el que un día normal,  haces entrevistas a personas que piensan que cobrar dos mil euros es muy poco cuando el salario mínimo del país es de doscientos euros…

El caso es que está siendo emocionantísimo, un nuevo regalo a nuestro currículum vital que está valiendo la pena vivir.

Reconozco que las hormonas (reglaza horrible que nunca falta cuando tienes mucho que hacer) y la euforia ambiental, unido mi ojo morado tras el ataque gatuno, me han hecho emocionarme en alguna ocasión … y que he llorado esta tarde,  mientras empezaba a escribir, cuando he visto una “Nieves Colombiana” diciéndole al Papa “Es usted muy bueno” a lo “Te quiero mucho yo a ti” de la mía… AIS… SUSPIRITOS…

Ay! ¡Que me descentro! Al lío, lo dicho, que aún quedan tres días por delante, que no podemos cantar victoria del todo.


Mañana será la jornada más controvertida porque se va a Villavicencio, capital de un Departamento en el que las Farc han dado mucha guerra y el Papa ha decidido hacer un acto de “reconciliación” que puede resultar un verdadero desastre, o un climax apoteósico para que todos se mueran de paz y amor.

lunes, 19 de junio de 2017

Kiosco Vive Digital de Venado, Inírida

La primera vez que pisé una selva fue con mi tía Chilis, en El Castillo, al final del río San Juan en Nicaragua una  Semana Santa.
De eso hace siete u ocho años, pero os prometo, que lo recuerdo como si fuera ayer.

Cada paso que dábamos, cada cosa que nos contaba nuestro guía Óscar sobre plantas, bichos, lluvias y sequías, a las dos nos proporcionaba más ilusión y al finalizar nuestra excursión, como si le debiera mi propia vida por haber conocido el mayor de los descubrimientos del ser humano, cuando llegábamos al hotel de vuelta, de tanto agradecimiento que sentí me avalancé sobre el guía y le di un abrazo de esos que salen desde dentro de verdad.
Ellos dos, aquel húmedo día de abril,  me descubrieron un mundo que cada vez que vuelvo a él me regala esa misma sensación.
Algo especial que me envuelve y me hace sentir tan parte de un todo que no puedo controlar que me engancha y sólo quiero repetir y compartirlo con la gente que quiero. Llevé a mi madre en cuanto pude, a Pablo hace poco para que lo pudiera apreciar y por eso cuando hace más de seis meses, cuando hablando en la piscina a las afueras de la capital colombiana me hablaron de la posibilidad de viajar a Inírida y poder subir los cerros de Mavecure no lo dudé un momento, cueste lo que cueste, tenía que ir allí.
Así que tras varias investigaciones y presupuestos en diferentes agencias de viajes, permisos en mi empresa (ya que la zona no es la más segura que hay en Colombia para alguien que trabaja en una Agencia Internacional de Noticias) y croquis de calendarios, éste fin de semana me uní a cinco hombretones (sin Pablo que no pudo cogerse el viernes) y nos fuimos a recorrer el Inírida, el Orinoco y subir el Cerro Periquito conviviendo unos días en comunidades de indígenas Puinabes y Curripacos.
No centraré mi historia en la pájara que sufrí subiendo el cerro a 35 grados al sol y 85% de humedad, ni cómo me puse a llorar cuando a cuatro patas intentaba hacer cumbre agarrada del hombro de nuestro guía “el flaco” que no entendía mi rabia, ni como una mujer se llamaba a si misma entre hipos de llanto “Puta Gorda” y se enfadaba cuando le decían hermosa porque no podía con su alma.
Tampoco cómo vomité nada más llegar arriba las dos galletas Oreo que me habían dado a la mitad del ascenso a la sombra de un árbol lleno de hormigas mordedoras mientras imaginaba llorando el enfado que se hubieran pillado mi madre y Pablo si me vieran en esa situación,  ni cómo al llegar arriba, observando kilómetros y kilómetros de selva, ya más tranquila pude recuperarme y ver las mejores vistas de mi vida con la brisa mas limpia que nunca he podido respirar.
Me centraré en lo que pasó después, en la comunidad del Venado, a 5 minutos en bote desde la base de nuestra cima, a las orillas del río Inírida y lo que ha sido nuestro “campamento base” durante éste fin de semana.
Nos alojamos en la casa del señor Radamel, que gracias a un convenio con el Ministerio de Cultura y la Agencia de Puerto Inírida “Toninas Tour” acepta desde hace pocos meses, que gringos como nosotros convivan con él, sus cuatro hijos y su mujer durante unos días mientras conocen el área y duermen en hamacas en la maloca principal de su propia parcela.
Radamel es un líder dentro de su comunidad, lo que él gana por acogernos tiene que repartirlo entre todos, pero a pesar de éste reparto, Radamel es algo más rico que los demás y además de una cocina de gas, Radamel tiene también Direct TV (TV por satélite) y una tele algo vieja que enciende de 6 a 8 para que sus visitantes y sus niñas puedan disfrutarla, y por qué no decirlo, para fardar un poco ante sus vecinos que se asoman por la ventana si lo que “echan” está bien.
Aquél sábado, como de costumbre, para agasajar a sus huéspedes en una zona tan apartada del mundo como su pueblo donde no llega ni Movistar, nos reunió frente a su televisión y ordenó a su hijo Christian que “prendiera el televisor”. Yo jugaba en una esquina con sus hijas Dayana y Jenni a hacernos dibujos imaginarios en los brazos y peinarnos como princesas y algunos de mis amigos seguían el rollo al señor Radamel y le agradecían el gesto de cortesía de encender la televisión.
Eran las 18.30 y el informativo de Caracol, abría su edición de sábado con una noticia de impacto : Atentado en el Centro Comercial Andino.
Al oir las primeras palabras de la presentadora el corazón se me apretó y todo el cuerpo se me quedó en tensión por mil quinientas razones.
La primera y principal, que casi no me dejaba respirar era Pablo, sabía que tenía que ir ese mismo día a por unas camisas al mismo centro comercial, que me jugaba lo que fuera que no había ido por la mañana porque me había prometido que iba a dormir hasta las mil y la hora de la explosión era probable que estuviera por allí.
La segunda razón, la que no me dejaba parar de apretar las muelas, era que mi cámara estaba de viaje y no sabía a quién habrían mandado, si habían mandado a alguien y si habían conseguido emitir algo.
Y la tercera, que no me dejaba tragar saliva, era que estaba incomunicada, a mas de cuatro horas de cualquier civilización y que para más inri, tenía prohibido terminantemente por mi abogado, decir que me dedicaba a las noticias en una zona donde la guerrilla se esconde “detrás de cualquier matojo” Pero, yo tenía que intentar conseguir por todos los medios comunicarme con Bogotá.
Al verme así desencajada una vez más, el flaco, nuestro guía, me contó que podíamos pedirle al maestro de escuela, que nos abriera el aula y nos activara el Kiosco Vive Digital. Pero que tal vez siendo tan tarde (en Colombia a las 17.45 es de noche) ya no funcionaba la tecnología.
(Paréntesis y punto informativo del texto) Los Kioscos Vive Digital, son puntos de Internet y telefonía satelital que desde el 2013, el Ministerio de Tecnologías de la Información, bajo el mandato de Santos, ha instalado en cada comunidad de más de 100 habitantes. Los Kioscos Vive Digital están en todas partes y han ayudado a mejorar la vida de millones de personas que hasta ahora no podían comunicarse bajo ninguna condición.
El Gobierno proporciona la tecnología, hace partícipes a las comunidades que eligen una figura dentro de su estructura social para que lo gestione poniendo un precio y unas condiciones de acceso para regular su uso y controla periódicamente que funcione y sea respetado por todos.
El caso es que en Venado, el profesor Jimmy, era el encargado del kiosco, que estaba en el aula de la escuela donde el MinTic (como se llama al Ministerio de Tecnologías de la Información) había dejado también varios portátiles para que los niños aprendieran con ellos y sorprendentemente, los sábados mientras algunos acudían a la Iglesia, sobre las siete,  Jimmy se acercaba por el aula para ver si alguien tenía alguna urgencia y necesitaba llamar.
Dayana, la hija de seis años del señor Radamel se ofreció a acompañarme y juntas, bajo la luz de mi linterna nos adentramos hacia las calles más cerca de la oscura selva. Por el camino, de la mano y siguiendo la luz de mi linterna para no pisar charcos, Dayana y yo hablamos de mis sobrinos, mis primos y mis abuelos comparándolos con los suyos y buscando cosas similares a pesar de nuestros mundos distintos, intentando por mi parte que mi preocupación por Pablo disminuyera.
Al llegar a la puerta del Kiosco Vive Digital, varios paisanos nos saludaron con una sonrisa que fue correspondida, y cuando nos encontramos con Jimmy, le conté con algo de exageración, mi preocupación por mi esposo y el tema del atentado, no dudó ni un segundo en colarme al aula y dejarme incluso conectarme al wifi. La gente de la selva, desgraciadamente,  sabe lo que es la incertidumbre de las guerras y actos atroces, y poder ayudar a alguien tan diferente en una situación que ellos sienten tan familiar, hizo que mientras Jimmy marcaba el teléfono de Pablo varios paisanos se adentraran en el aula para escuchar mi conversación.
Pablo lo cogió enseguida y con su tranquilidad característica, me explicó que se había quedado viendo un poquito más de Narcos en casa y eso le había salvado de haber ido a por las camisas que estaban en el mismo piso de la explosión y que había podido hablar con varios amigos y todos estaban bien.
Hice el signo de Ok con el dedo mientras le escuchaba y sonreía a la vez mirando hacia los diez curripacos de oscura piel y ojos rasgados que me miraban atentamente en busca de una respuesta desde la puerta. Todos celebraron la respuesta.
Inmediatamente le pedí a Jimmy que me marcara otro teléfono (el del trabajo) para poder comprobar que todo estaba OK intentando que los paisanos que seguían mirándome desde la puerta no intuyeran que era periodista para que sus colegas de la selva (los del ELN) supieran nada de una periodista en el pueblo.
Diana, de Producción me cogió el teléfono nerviosa.
-¿Dianita cómo estás, estás en el sitio?  Le pregunté con disimulo.
Ella que andaba a mil coordinando cámaras y al principio no entendía nada, pero poco a poco mientras le preguntaba si sabía si los “niños habían podido ir a trabajar” o si habían podido “darle el regalo por el día del padre a los de la oficina” (traducido: Si se habían emitido las imágenes) pudimos comunicarnos más o menos…
Mientras Jimmy me iba poniendo wifi en el teléfono…
Colgué aliviada, y sintiendo que tenía el deber para con la comunidad, les conté que mi esposo estaba bien y todos sonriendo sin decir nada abandonaron la sala sabiendo que esta noche no había nada más que contar.
(Es en éste momento cuando escribí en varios grupos que estábamos bien)
Rápidamente Jimmy apagó la energía y yo dando saltitos, volví a la casa de Radamel como si tal cosa saludando a un grupo de señoras que desde una puerta  miraban extrañadas al ver a una blanquita dando saltitos entre las anegadas calles.
Al llegar, feliz por mi alivio de saber que estaba todo bien, la mujer de Radamel me miró con cara de asesina y me preguntó por Dayana.

Caí de mi nube de sopetón¡Me la había olvidado en el otro lado de la comunidad!
Y Juzgando por la cara de esa señora, eso no era nada bueno…
Corriendo, me apresuré ya sin encender la linterna hacia la clase del Kiosco, salté charcos, pasé por delante de las señoras de antes dando grandes zancadas y justo ahí, en ese mismo lugar zas! Me caí de culo en el barro. Me levanté rápidamente, el fango había amortiguado la caída, y empapada de pies a cabeza de barro negro, seguí corriendo mientras oía sus risas a lo lejos.
Llegué hasta el Kiosco Vive digital llena de barro pero allí tampoco estaba Dayana. Empecé a llamarla a voz en grito y corriendo me acerqué a la iglesia donde había otro grupito de viejos.
Señores, ¿han visto ustedes a Dayana, la hija de Radamel? Pero los señores de avanzada edad no hablaban español, sólo su dialecto y no pudieron entenderme, volví hacia las señoras que aun seguían riéndose de mi culetazo y pregunté ¿Han visto a Dayana?

Una de ellas me señaló hacia la casa de Radamel y hablando como “los indios” me dijo "con Jimmy a casa".

Entendí que el profesor, había hecho lo que yo había olvidado, dejar a la niña en su casa, y cuando llegué de barro hasta las cejas a lo que ese día también era mi hogar, frente a la televisión viendo Monster S.A estaba Dayana, con todos sus hermanos que al verme llena de barro, volvieron a reírse de mi.

Le pedí disculpas a la señora de nuevo, y cogiendo agua del recipiente de agua de lluvia volví a “ducharme” en medio de gallinas con un cubo pequeño, perros y mosquitos a mi alrededor pensando, que Pablo al menos estaba bien.
Esa noche, en mi hamaca con mosquitera soñé que mi amiga Sara venía en una lancha motora a traerme un teléfono móvil para llamar a Pablo. Supongo que entre sueños me entró la morriña que con los míos y en mi mundo, todo es más fácil.
 

lunes, 24 de abril de 2017

Historia de mis cordales.

El viernes pasado superé todos mis miedos y me enfrenté a uno de los obstáculos más grandes de la vida de un ser humano: fui al dentista a quitarme dos muelas del juicio.

Y es que, aunque suene tontería, los hijos heredamos muchos de los miedos de nuestros padres, y yo, hija de una persona que de pequeñita en el cole se tropezó con un bordillo y le tuvieron que arreglar toda la piñata en un dentista de urgencia con un perro que ladraba mucho mientras el señor dentista (Que venía de jugar posiblemente unos chinchones con botellas de chinchón por doquier) hacía de las suyas con poco esmero en una camilla poco profesional… pues eso… que yo no iba a ser más independiente que las demás hijas y no heredar el pánico a los dentistas que tiene mi madre.

El caso, es que entre idas y venidas a Colombia, ya son casi dos años (qué casi, más de dos años) que no paro en España, respiro hondo y digo, date que voy para el dentista.

Así que llevaba sin ir al dentista más de tres y medio, y en el mes de noviembre del año pasado, me armé de valor y me decidí a llamar a uno que me recomendaron en el trabajo.

Una de las muchas cosas que tiene los colombianos mejores que nosotros, es la higiene corporal. El colombiano tipo, sea rico o pobre, famoso o perfecto desconocido, se ducha diariamente incluso más de una vez, va siempre peinadito, con las uñas cortaditas y bien aseado y no solamente ésto, sino que después de todas, y digo todas las comidas, se lava los dientes, usa hilo dental y en ocasiones se enjuaga con fluor.

 Y ahora me diréis que eso en España también pasa… Pues no señores no, en España después de una merendola uno se despide y se va. De cañas y tapas ni el tato lleva cepillo de dientes, y después de las cañas se va uno a cenar y después al cine y de ahí si eso sale y cuando llega por la noche, ya en su baño y con su cepillo, si acaso se limpia los dientes.

En España nunca he visto una cola para lavarse los dientes en la oficina, ni en un restaurante pijo a dos señoras lavarse los dientes a la par, jamás, ni he visto usar nunca el fluor que te pone Listerine de publicidad en algunos restaurantes en los baños siendo usado y puedo confirmar, que hay gente en el metro de Madrid a las 08.00 de la mañana que sale camino al trabajo y le huele el aliento a no haberse lavado la piñata.

El caso, es que el colombiano de pro, lleva muy a raja tabla lo de ir al dentista una vez al año y por supuesto hacerse una limpieza dental y cuando yo dije en el trabajo que llevaba años sin ir, me miraron con los ojos como platos.

Así que llamé pedí cita en Marlon Becerra, cerca de casa y me planté un miércoles a las 18.00.

Al llegar me hicieron una radiografía, me pidieron mil datos, mil firmas, consentimientos y no sé qué más cosas, y acto seguido me encaminaron a la sala del dentista donde me pusieron un baberito y unas gafas futuristas naranjas que supuse que eran para que no me salpicaran los ojos.

Cuando llegó el señor Doctor, un tal Jimmie, tras presentarse y ponerse guantes quirúrgicos, empezó a decir números refiriéndose a mis dientes explicándole a su auxiliar los dientes que tenía picados y las muelas que había que quitar.

Yo entre el miedo, los nervios y tanto número me empecé a agobiar, y tras decirme que en unos minutos saldría a darme un presupuesto, me quitó el disfraz y me llevaron de nuevo a la sala de espera.

El señor Jimmie había encontrado 4 caries, tres muelas del juicio (aquí llamadas cordales) que quitar, veía impepinable hacerme un blaqueamiento y sobre todo una limpieza dental.

Ante un presupuesto con tantas líneas, empecé a quitarle cosas y lo dejé en dos caries y luego si eso una muela del juicio que en efecto me molestaba de vez en cuando.

Así que me dio cita una semana después y ahí me presenté yo un miércoles de noviembre, tras dos deposiciones, siete whatsapps a mi madre (que siempre me apoya desde el otro lado del mundo ante tremendas hazañas dentisticas), varias fotos con cara de agobio enviadas a diferentes grupos de whatsap y un libro por si me tocaba esperar.

Inmediatamente me dieron paso, y ya con las gafas futuristas y el baberito puesto sentada en mi sillón, me acordé que debía pedir factura por si colaba que me lo pagara mi empresa con el seguro médico, así que la asistente se fue a comentárselo a la de recepción que le pidió mis datos para facturación. Yo que había dado mis datos mil veces antes de entrar me extrañé cuando me llamaron para que fuera a recepción, pero quitándome las gafas y dejando plantado a Jimmie me dirigí a dar mi DNI colombiano y mis dos apellidos para acto seguido volver a la consulta. Tardé unos 40 segundos y rápidamente, queriéndome quitar el tema del empaste lo antes posible, volví a la consulta donde me esperaban mis gafas futuristas pero ni rastro de las dos asistentes y el doctor Jimmie.

Pasaron cinco minutos, diez, quince… y ni rastro del dentista… Así que con miedo y con las gafas en la cabeza para no perder del todo la dignidad, me acerqué a recepción a preguntar por el Doctor. “Vuelve en un momentito no se preocupe” me dijo la de recepción.

Yo, obediente volví a la consulta, saqué el móvil del bolsillo y me puse a hacerle fotos a cosas, leer el periódico… habían pasado ya 20 minutos cuando el miedo empezó a tornarse rabia y cuando llevaba 35 minutos con el baberito de los cojones y las putas gafas futuristas salí enfadada, no rumbo a recepción sino a la consulta de al lado donde desde hacía un tiempo oía actividad y ahí estaba él, el señor Jimmie que se había puesto a atender a otra paciente dejándome a mi acojonada y pedida en una consulta que odio con un puto baberito y las gafas naranjas futuristas.

Indignada, pero sin decirle nada al Dentista por solidaridad con la persona paciente, me fui dando taconazos hasta recepción y con decisión, orgullo  y todo hay que decirlo, parte de teatro, delante de la señorita de recepción me quité el baberito y las gafas futuristas como quien se despoja de un collar de Tifanny que te ha regalado un amante que te acaba de engañar con la mismísima Rita Hayworth y les empecé a montar el pollo.

“Que si no pueden dejarme 45 minutos de ésa manera tan ridícula” (ahí nadie sabía que a mi me gusta disfrazarme) que si dicen a una hora se cumple, que si qué poca seriedad, del agobio y los nervios creo que hasta se me humedecieron los ojos, y las pobres chicas de recepción flipando… Hice llamar a la encargada que educadamente me atendió y entendió mis quejas, lo dejé por escrito, les agradecí su seriedad y profesionalidad pero no la del Doctor Jimmie… y así como llegué me fui.

Me llamaron 150 veces durante la siguiente semana al enterarse que trabajaba en una agencia de noticias, para ofrecerme citas, descuentos e incluso llegó a llamarme el mismísimo Marlon Becerra que es considerado un gurú de la ortodoncia para decirme que me atendía él mismo, pero yo entre digna y consolándome de que ya tenía una gran excusa para no volver les mandé a freír espárragos una y otra vez.

Meses después, ya en este 2017, decidí que no podía dejarlo pasar más y tras varios estudios de mercado me decidí por la clínica del doctor Christian Salazar.

La clínica del doctor Salazar, es conocida mundialmente en todo Colombia por su exitoso plan de “diseño de sonrisa” que han probado personajes de tal índole como Paulina Vega (Mis Universo 2015) o el mismísimo James Rodriguez. Así que cuando me dieron las tarifas de una primera revisión, me sorprendí de ser aun más baratas que las de Marlon Becerra.

Cuando llegué, tras contarles intencionadamente que me había ido fatal con Marlon, me pusieron un baberito ideal morado y me sentaron en la silla blanca impoluta frente a cientos de títulos y certificados del señor Christian en miles de países ( EEUU, Israel, Francia, España, Venezuela…) y sobre mi una pantalla Samsung incrustada en el techo para que, si quería, viera algo de televisión durante mis intervenciones.

Cuando llegó el Doctor, presumiendo que no era él, el importantísimo señor Christian Salazar, le dije a mi nuevo dentista “A éste señor Salazar le debe encantar viajar ¿Cierto?” y el dentista, con una sonrisa imperfecta pero preciosa, detrás de sus gafas redondas de moderno, me dijo cariñosamente “Lo que me gusta es aprender y debo confesarte una cosa, soy adicto al estudio sea donde sea”. Ahí ante mi, dejándome (literal) con la boca abierta y completamente a sus pies, el señor Christian Salazar, me daba una lección de humildad y seriedad mientras se acercaba a mi silla como si fuera yo otra Paulina Vega.

Antes de explorarme me contó todo lo que iba a hacerme, le conté, con vergüenza, que era española y no usaba hilo dental a diario, nos reímos un rato de los prejuicios de los países y la higiene y tras empezar a decir números en alto mientras veía mis dientes me dijo que no tenía tres sino una caries, pero que eran dos las muelas que debía quitarme y otra sí que debía empastarse, de blanqueamiento nada, pero una limpieza si que era recomendable.

A la semana me hizo un empaste y dos días después, una compañera suya una limpieza a fondo de todos mis dientes.
Y el viernes, ya sin poderlo retrasar más, me tocó el tema de las “cordales”. Christian ya me  había comentado que no sería él quien me quitaría las muelas, que el especialista era su compañero Rubén que era Doctor Cirujano Especialista, así que cuando me llamaron para reconfirmar la cita, me pidieron retrasarla medio día más puesto que el señor Doctor Rubén , llegaba justo de vacaciones ese día.

Llegué puntual a la cita, como viene siendo habitual tras dos deposiciones, siete whatsapps a mi madre y en ésta ocasión quince a Pablo para que me prometiera que iba a venir a buscarme inmediatamente para no volver sola a casa tras tremenda hazaña….

Y cuando entré en la sala, tras ponerme una camisa morada y  un gorrito morado  apareció el Doctor Rubén… Un venezolano guapísimo, morenazo (Venía el tío de Isla Margarita) y muy sonriente que se presentó directamente diciéndome “Tu debes ser Cristina ¿Verdad?” No se en qué momento me anestesiaron, o si fue que esta vez iba tan acojonada que me hubiera enamorado de cualquier persona que me tratara con dulzura y confianza, pero el caso es que el doctor Rubén, a pesar de haberme tenido que limar la primera muela a quitar con una radial, darme tres puntos, empujar con todas sus fuerzas y ponerme tres o cuatro veces la anestesia (siempre siempre anticipándome con ese tono dulce de Venezuela a cada paso con sus palabras) me pareció que me dejó perfecta y cuando alejó su silla del trono dentístico en señal de “he finalizado” solo se me ocurrió decirle ¿Yaaaa?.
Rubén me sonrió y me dijo, “nos vemos de hoy en ocho días”. Y así me quedé yo con media sonrisa (porque la otra parte de la cara la tenía dormida) el reemel corrido, con el supcionador de saliva de un lado y sangrando como un cerdito degollado, pero feliz.

Mientras él escribía mi historia en el ordenador de mi izquierda, hablábamos de sus vacaciones y demás… como podía, puesto que tenía media cara dormida y seguía presionando la gasa que me había dejado sobre el hueco de la muela superior. En ése momento,  escribí a Pablo para decirle que aunque estaba estupendamente porfi viniera ya, que había terminado media hora antes de lo previsto.

Su respuesta fue rápida e hizo que volviera a la realidad en un segundo “ Tía te estoy escuchando, no te callas ni cuando te sacan las muelas, claro que estoy aquí, esperándote”

Ahí estaba él con su traje y corbata, viniéndome a salvar de dentistas asesinos y malvados y yo quedando con un hombre venezolano para el jueves que viene… que aunque sea para quitarme los puntos, en ése momento, colocada y completamente zombie, me pareció hasta una pseudo cita jajaja.

Total, que he pasado un finde bastante bueno en general, con mimitos y cuidados de Pablete y Paquita, sin dormir demasiado bien y con tremendo flemón, que poco a poco va bajando hasta el jueves que viene, Rubén me quite los dos puntos de mi cordal inferior derecha….

Ais… No se qué ponerme jajaja.

lunes, 17 de abril de 2017

Mi amiga Carmen

El primer día en Guatemala, así de cero a cien, nos llevó al “Caserío de Canihá 1” donde gracias a CONI habían llegado cuatro ordenadores a su escuelita. “Las compus” que todos trataban con mucho mimo, tanto que hasta las mujeres habían cosido fundas a medida para CPU, pantalla y teclado, habían sido una auténtica revolución y la comunidad entusiasmada, en señal de agradecimiento, al llegar nosotros junto con el Señor Presidente de la ONG, nos agasajó con miles de platos de lo más exóticos que tuvimos que comernos sin rechistar. Platos tan “auténticos” como los “Jutes” que son caracoles de río en una salsa rara y negra de los que solo debes comerte la mitad porque la otra mitad es la caca pero que Pablo y yo nos enteramos cuando llevábamos cinco o seis por barba. (puaj)

El segundo día, tocaba la joya de la corona;  Chahilpec.

Chahilpec es una comunidad donde CONI está consiguiendo muchísimos avances. Los niños y profesores de la escuela (ayudados por CONI) a través de sus iniciativas, están consiguiendo involucrar a todos los miembros de su Comunidad.
La única casa de bloques de Hormigón de todo Chahilpec, es la tienda de chuches de la mujer del maestro que es a su vez su humilde hogar.

Su marido, el Señor William, ha estudiado magisterio con una beca de la Asociación y gracias a lo aprendido, se ha convertido en el Director de la escuela de su comunidad y padre orgulloso de dos niños.

Nada más llegar, tras recorrer varios caminos pedregosos y llenos de polvo,  William y su familia salieron a saludarnos con la mejor de sus sonrisas y sus trajes de domingo.

Todos abrazaban con cariño “familiar” a Alex y estaban felices de por fin conocer a alguien de su familia.

La hija de William, Yesenia, con su vestido rosa y su lazo rosa trenzado en su larga melena recién lavada, miraba con timidez hacia Pablo y sonreía cada vez que le decía Alejandro que era su hermano gemelo.

Dos blanquitos, en la puerta de una comunidad en medio de la nada de Guatemala ya es algo extraño, pero encima que sean tan parecidos debe ser como encontrarse dos chinos gemelos en Viana do Bolo en pleno invierno…

De repente, entre besos abrazos y risas familiares,  del camino que subía hacia la Escuela y demás casas, apareció una niña sonriente que iba acercándose a nosotros.

Andaba sin preocupación, dando pasos largos con las piernas separadas como queriendo comerse el mundo. Sus zancadas alegres, hacían que su cuerpo se balanceara de un lado a otro mientras sus brazos acompañaban su vaivén.

Su pelo negro azabache estaba bastante despeinado y lleno de tierra, como casi todo en aquel lugar. Y a pesar de estar recogido, varios mechones sin orden ni concierto, iban tapándole de vez en cuando la cara, motivados por los brincos de su alegre caminar.

La niña era flaquita, de lejos calculé que por su estatura, no tendría más de ocho años y su piel, entre sucia y curtida por el sol, era casi tan oscura como su pelo azabache.

A medida que se iba acercando Carmen, que así se llamaba, iba contagiándonos de alegría con su agilidad entre las rocas. A veces parecía “Mogli” del libro de la selva sorteando piedras y otras veces parecía un gran gorila acercándose a nosotros dando pisotones a palos y agujeros en el camino que le hacían perder el equilibrio.

Cuando pudo ver a Alex, sus ojos llenos de legañas se abrieron de par en par dejándonos ver cómo brillaban de emoción y su amplia sonrisa nos mostró su boca desdentada y grandes encías, mientras que con la mano izquierda, llena de porquería, empezó a saludarnos si soltar una moneda de un Quetzal para comprarse unos nachos en la tienda de la mujer de William.

A pocos metros de nosotros, Carmen emocionada empezó a gritar “ Hola Alex, Hola Alex” sin parar y ya estando a nuestro lado, se quedó completamente bloqueada,  sin saber si echarse a los brazos de Pablo o de su “Doble” Alejandro.

Los niños de William dieron un pasito para atrás y Carmen, apretando su Quetzal con fuerza, sin utilizar la otra mano, intentó quitarse el pelo que le cubría la cara como si eso le ayudara a descifrar quien era el nuevo y el viejo Alex  y mientras se sentaba en el bordillo del porche de la casa del Maestro.

Fue entonces cuando me di cuenta de todo. Carmen, la sonriente niña que nos vino a recibir era una niña especial, una niña de las que mi madre dice que se tienen que llamarse “Personas con necesidades especiales de atención”, lo que comúnmente se llama “discapacidad intelectual”.

Ante su cara de no enterarse de quien era quien y en el fondo darle un poco igual, me senté a su lado y sin saber aun si entendía español o sólo hablaba Quekchi me presenté y le dije quién era Alex en realidad.

Pasó completamente de mi explicación y fue a saludar a todo el mundo, alegre, sonriente y cual buena anfitriona dejándose besar y abrazar por la comitiva de voluntarios que iba con nosotros y que ella conocía más que de sobra.

Se movía con alegría y tranquilidad, como sabiéndose en su terreno y tras los saludos protocolarios se dirigió a la ventanita donde ya estaba la mujer de William y se pidió sus nachos de rigor soltando el preciado Quetzal que llevaba en su mano apretada.

Nos dimos la mano en ese momento y junto con todo el grupo, comenzamos a subir la cuesta que unía el camino principal con el “poblado” en si.

Carmen, que aunque le costaba pronunciar hablaba perfecto español y quekchi, me explicó dónde vivía, con su madre, sus hermanos y su abuela;  me contó que los Nachos era su comida preferida; que ella no iba al cole pero que ayudaba a su madre con las gallinas y en el campo.

También me contó que le gustaba bailar con los otros niños, jugar y las pelotas de voleybol, pero a medida que íbamos encontrándonos niños de su edad, yo me daba cuenta de que algo no estaba bien.

El profe William, a pesar de ser Semana Santa, había organizado un campeonato de Voleybol en honor a los hermanos Sebastián y a pesar de no haber colegio, había convocado a los niños de la comunidad para que no se perdieran tan importante cita, así que en la pradera central de la Comunidad, habían instalado una red y docenas de niños corrían de un lado a otro mientras nosotros pasábamos en comitiva a dejar las mochilas dentro del aula principal de la Escuela.

Todos íbamos en fila, delante William y de últimas, Carmen y yo dando salititos.

Todos los niños nos saludaban, pero pocos se dirigían a ella y cuando Carmen se acercaba conmigo (sin soltar nunca mi mano) a los grupos de niñas que jugaban en corritos, los grupitos se deshacían inesperadamente, mirándome con sonrisas tímidas.

Nadie quería estar muy cerca de ella, pero Carmen, entre acostumbrada, resignada y ya pasota, iba tirando de mi mano sonriendo con el pelo enmarañado en la cara.

A lo largo del día, Carmen iba y venía de la mano de alguien, si no era un voluntario era Pablo y si no era Pablo era yo quien estaba a su lado.

Tras una hora de rondas de equipos jugando, por fin le tocó a nuestro. Los niños del “Real Sanchez Barcelona” (Mi equipo) no quisieron hacerse la foto oficial que iban haciéndose todos para el recuerdo. Enfadados, me dijeron que no querían salir en cámara con “Eso” (refiriéndose a Carmen) y tras un momento tenso entre ellos y un par de voluntarios y yo, accedieron a regañadientes a posar.

Cuando nos echamos al campo, Carmen sin saber en qué comento y cómo, desapareció.

Mi amiga, no volvió a dejarse ver en todo el día, y mientras esperaba a la segunda ronda tras una victoria aplastante en el primer encuentro, la vi a lo lejos en su parcelita junto a una señora mayor que presumí era su abuela.

El Real Sánchez Barcelona arrasó en la final tras unas cuantas trampas y riñas con el equipo contrario y para celebrar la victoria, el Profe William, repartió helados entre los vencedores.

La Junta Educativa trajo tortillas, Bachá y el tradicional recado tiú de Cobán (vamos, pollo con salsa de tomate) para los invitados de CONI y tras volver a comer en casa de William, ya despidiéndonos en el camino principal a lo lejos volví a divisar a mi amiga Carmen con su peculiar y alegre caminar de la mano de una señora de tradicional vestimenta. 

Sabiendo que teníamos prisa, pero que no podía irme sin despedirme, sin importarme las formas, grité con todas mis fuerzas “Adiós Carmen” y ella desde la cima de la colina por la que cruzaba el camino se dio la vuelta y con su amplia sonrisa gritó “Adiós amiga” y sin parar de mover la mano comenzó a andar hacia atrás mirándonos y alejándose a la vez mientras se tropezaba con las piedras.

Fue nuestra despedida especial.

Pero desde ese momento no he parado de pensar en ella, en su integración, su desarrollo, su relación con la comunidad, sus dificultades y ventajas de vivir en un lugar tan cerrado y pequeñito y sobre todo en su amplia sonrisa y ganas de abrazar.


PD: Pablo dice que se me olvida describir mucha cosa, seguro que tiene razón, pero estoy cansadisima y tenía ganas de contaroslo tan pronto llegara.

lunes, 27 de marzo de 2017

Cumple Guajiro

Mi cumple empezó en la Guajira, que ha sido la última escapadita que nos ha permitido Colombia.

Viaje por todo el Departamento en un 4x4 conducido por alguno de los pocos mestizos o wayuus integrados del lugar, de alguna de las empresas que se dedica a llevar a turistas y a enseñar todo el norte de la zona guajira Wayúu.

La Guajira, es uno de los Departamentos más pobre de Colombia a pesar de ser el más rico en gas, carbón y petróleo.

Su situación geográfica (en el árido norte colombiano frontera con Venezuela) junto con la inmensa corrupción que la invade, hacen que esta tierra sea un quebradero de cabeza de cada uno de los políticos que gobierna éste país.

Como todas las zonas deprimidas de Colombia, se han cebado con sus habitantes, las guerrillas, paramilitares, minería ilegal y narcos. Pero para más inri, La Guajira está poblada en su gran mayoría por indígenas Wayuú que son los que hacen los bolsos esos tan bonitos que todo el mundo quiere y son bastante caros en España.

Los Wayus son bastante proteccionistas de lo suyo, se organizan por su cuenta, son dueños de sus tierras que se extienden entre Colombia y Venezuela (tienen doble nacionalidad) y además de su cultura propia, cuentan con sus autoridades ajenas a las que se rigen todos los demás colombo venezolanos “ los palabreros” que basan su autoridad en el ojo por ojo…

Van a su bola completamente, los conquistadores españoles nunca llegaron a “someterles” así que imaginaros lo duro y rancio que es el pueblo Wayuú.

Viven de sus artesanías, de la pesca y el pastoreo de cabras (chivitos) alternándolo con un curioso sistema que más que simpático, a mí me ha dejado bastante tocada pensando en cómo erradicar este modo de vida, y son los peajes en medio de la nada.

Dado que la Guajira es un desierto en el que los cactus y la maleza baja por un lado y las dunas por otro, no dejan transitar por cualquier lugar, los caminos (porque no hay carretera asfaltada) están bastante marcados  y cada “Ranchería” (Conjunto de casas Wayuu) se organiza para poner cadenas (o telas atadas unas a otras) de un lado a otro del camino para parar a los 4x4 de los turistas y exigirles un peaje.

Lo cobran los niños y las mujeres y los tíos piden de todo: café, agua, caramelos, galletas…

 Lo que les venga en gana…

Lo piden con una sonrisa enorme y unos ojos muy brillantes, bajo el sol infernal, descalzos, despeinados y con ropas de mil colores… pero si no les das lo que ellos quieren, lo exótico de la estampa se vuelve violento, incluso peligroso,  y te tiran piedras sin ningún miramiento.

Así que del camino de Cabo de La Vela a Punta Gallinas (el punto más al norte de Suramérica) paras unas veinticinco o treinta veces para bajar la ventana y darles a los niños lo que te pidan, cuanto más lejos más agua, cuanto más cerca de la civilización más chuches.

Debes calcular que hay una ida y una vuelta, porque como te quedes sin nada… corres un verdadero peligro…

¿Cómo terminar con ésta práctica? Pues realmente no lo sé, lo he pensado mucho… No sé si es culpa del Estado que no les provee de infraestructuras para sacar agua, de los Jefes wayuús que no reparten las ayudas estatales, de los wayuús que pasan de cambiar su manera de vivir, de los turistas que nos alegra ver niños morenitos dando saltos, o bien de las autoridades locales que deberían de hablar con las autoridades wayuus para multar éstos peajes. La cosa es que es un problema que yo no sé por dónde cogerlo…

A lo que vamos, que ésta gente dueña de todas las tierras (y los pequeños hostales de hamacas en los que hemos dormido) , no se juntan demasiado por tercos y porque  además el colombiano de las regiones es muy racista y no le hace mucha gracia juntarse con colombianos de otros colores y estratos…

La noche de mi cumpleaños ya en España (la previa en Colombia) , tras salir del chorro de agua que simulaba ser ducha y vestirme para ir a cenar arroz con algo, escuché cómo Adela y Borja, unos españoles majísimos con los que coincidimos allí, estaban interactuando con los locales. Dejé al pobre Pablo moribundo que se duchara y me acerqué al jolgorio dando saltitos pensando que en España ya era mi cumpleaños…  ( En este punto del relato debo contar que Pablo pasó todo el puente malo de la tripa, y hemos aprendido no hay cosa peor en el mundo mundial que irse a un desierto SIN ÁRBOLES con cagalera…)

Adela y Borja, estaban en la puerta de lo que parecía ser un quiosco, una de las pocas edificaciones de ladrillo del lugar y compartían con los locales la bebida nacional y punto de unión de los colombianos: Unas cervezas.

Atraída por las risas me junté a ellos y a pesar de odiar la cerveza, creí que lo mejor para ser una más y para socializar con los guías y wayúus de área era pedirme una para mi.

Comenzamos con las conversaciones típicas, pero poco a poco empezó a animarse la cosa y apareció el “chirrinchi”.

El Chirrinchi es el agua ardiente casero hecho con agua y panela que pega como si no hubiera un mañana y que los wayúus beben como si fuera agüita de la fuente.

Nuestro guía, Siro, que el pobre le tenía frito a tanta pregunta durante todo el trayecto, me recordó que le había dicho en mitad del camino cuando pasamos por los cementerios wayúus que tenía que probar la bebida que se tomaba en los velatorios y ahí , en ese momento, cuando me acercaba la botella de plástico para servirme un chupito, en ese momento comenzó la fiesta de cumpleaños más exótica de mi vida.

Ese chupito significó romper la barrera entre turistas e indígenas, entre blancos y morenitos, entre wayúus y españoles, entre desérticos y asfálticos. Ese chupito no sólo rompió nuestras diferencias, sino que abrió una caja de risas e historias surrealistas entre los guías y  miles de turistas que habían llegado hasta allí.

La fiesta la controlaba Emilio, el hermano de la dueña del hostal, que gracias sus 180 kilos de peso, sentado en el poyete del kiosco, bebía chirrinchi como si no hubiera mañana.

Nos contó todas sus ideas para atraer turistas y las mentiras que le contó al Departamento para que le dieran la plata para hacer los tours, nos contó que las dunas a las que todos los turistas admiramos las había hecho él a base de carretilla y troncos, que había hecho hacer pis en el depósito de agua a cinco alemanas un día que se había quedado varado y que gracias a eso no solo consiguieron salir de las dunas a cincuenta grados al sol sino que desde entonces su carro era el más rápido de la región. Nos explicó que tenía un chinchorro mágico (una hamaca mágica) que todo hombre que llevaba a una mujer allí, salía “habiéndola preñado”.

En una de éstas, no sé cómo ni porqué (sabéis que lo canto a los cuatro vientos siempre así que intuiréis que debí decírselo yo) se enteró de que era mi cumpleaños, así que empezó a brindar por los treinta y uno y los cinco hijos que tendría, porque es la función de cada mujer,  con el pobre Pablo, que a mi lado, veía como todos íbamos entonándonos todos y él no podía ni oler el aroma de aquel licor.

Cuando la fiesta ya estaba bastante animada, las mujeres, nos llamaron a cenar y mientras, los guías, siguieron bebiendo y bebiendo, lo que nos permitió nivelar el grado de alcoholismo que   sufríamos todos los presentes.

Al terminar la comida, sin saber si volver o no al lugar de los wayúus por no romper las normas de la comunidad,  sin venir a cuento, uno de los hijos de Don Emilio, apareció con un mini pastel sacado de la nada con una vela de iglesia encendida, y detrás de él, cuatro de los diez  guías borrachos le acompañaban entonando el “Que los cumplas feliz”.

No sé si se lo hacen a todos los turistas, el caso es que yo me sentí tan feliz y agradecida, que en vez de comérmelo, decidí romper el hielo de nuevo y llevarles a los hombres wayúu el pastel para que lo disfrutaran ellos, y en medio del subidón, le compré al hombre del pseudo kiosco tres botellas de pirrinchi para bebernos entre todos.

Ahí empezaron a llegar turistas, más hombres de la comunidad y otros habitantes de en medio de la nada y ahí mismo, entorno al señor Emilio, siguieron las risas, las anécdotas y el hermanamiento.

De subidón, me pillé una de las botellas y se las llevé a las señoras, que en la cocina (que no era más que una fogata con una estructura metálica a unos 20 metros de nosotros) asaban peces frescos, mientras otras de cuclillas fregaban en grandes tinas y hablaban wayúu, mientras picaban de los restos de los platos amontonados que habían dejado los gringos.

Otro mundo…. Tímidas, desconfiadas pero también agradecidas por la invitación y sin apenas mirarme a los ojos, bebieron uno o dos chupitos de su local manjar, mientras yo les contaba, para que no se sintieran demasiado “invadidas”, que en mi país, a diferencia de los colombianos, lo del cumpleaños son los que invitan y como ellas habían cocinado para mí, sentía que debía invitarlas a beber.

Me fui rápido, sentí que estaba fuera de lugar, que preferían su anonimato de no mezclarse con los demás y dejándoles una de las botellas para ellas, me despedí educadamente y volviendo a la fiesta de los hombres y turistas, sabiendo que nada podía pasar, puesto que el único sobrio a  100 km a la redonda, era Pablo.

No sé cómo acabó la noche, me desperté feliz, sin resaca, muy abrazadita a Pablo, a pesar del calor infernal del desierto colombiano.

El caso es que el 20 de marzo, cuando volvíamos con nuestro conductor que no parecía que hubiera bebido en su vida, todos los 4x4 que nos cruzábamos Guajira adelante,  se paraban a saludar a la “cumplimentada” que feliz devolvía los saludos, ignorando aun las grandes sorpresas que le depararía ése señalado día…

martes, 14 de marzo de 2017

Un guia soltero y honrado en Guasca

Llevábamos dando vueltas más de cuarenta minutos por caminos de tierra que no hacían otra cosa que desembocar en otros caminos de tierra aun más abruptos.

Llevábamos más de cuarenta minutos sin saber dónde estábamos ni hacia dónde debíamos ir para encontrar la carretera “pavimentada”.

Llevábamos más de veinte canciones de mi iPod que no distingue de lugares o situaciones y que alterna Rocío Jurado con Pavarotti pasando por Dade Yankie o la muñeira de Chantada.

Llevábamos demasiado tiempo sin que el GPS nos encontrara, demasiadas curvas sin cruzarnos a nadie que nos pudiera indicar y nos reíamos demasiado como para mostrar preocupación por la situación, cuando a lo lejos se nos apareció él.

En medio de una cuesta de piedras y arena, mientras nosotros subíamos derrapando poco a poco, él bajaba con las piernas separadas y arqueadas lento pero con determinación.

Vestía zapatos viejos, pantalón de tergal negro, sombrero de cuero marrón y por supuesto, y cómo no, una gruesa y cálida ruana gris tradicional del altiplano colombiano.

No sé quién estaba más fuera de lugar, si él en medio de la nada en el campo de Cundinamarca o nosotros en un carro de ciudad, tocando los bajos con cada piedra del camino y sin aparente dirección.

Al llegar nosotros a su altura del camino y él a la nuestra, nos paramos y entonces fue cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez.

Su arrugada piel morena y curtida dejaba ver años y años de campo.

Sus ojos oscuros, vidriosos pero curiosos a la vez que hundidos, narraban las miles de horas  de días enteros habiendo navegando en Club Colombias.

Sus pocos dientes amarillentos que sobresalían de su amplia y amigable sonrisa, explicaban parte de las mil historias que había vivido aquel señor.

Pablo bajó la ventanilla y cual colombiano de pro comenzó con la parrafada básica de saludo local. “Muy buenos días Señor, ¿Cómo está?, ¿Cómo le va?, qué pena, ¿sería usted tan amble de explicarnos cómo llegar a la vereda de Santa Lucía?”.

“Uy… pues por aquí no es. Esta es la vereda de San José” Respondió el hombre mientras apoyaba sus manos en la ventana del coche como queriendo adentrarse en el interior para mirar todo lo que teníamos dentro y comprobar que éramos de fiar.

Ante esa respuesta tan poco esclarecedora, y dos segundos de silencio incómodo de no saber qué decir ante su mirada tan minuciosa al interior del coche alquilado que hacía pocas horas había salido de Bogotá, tuve que replantear la pregunta.

¿Por dónde queda Santa Lucía Señor? ¿Un hotel que se llama El Monte? ¿Usted lo sabe?

- “Pues miren, esta es la de San José, más allá la de Santa Ana, (…)pal otro lado lo de las flores, más allá Guasca… Pero Santa Lucía no escuché yo nunca”
(Otro silencio incómodo)

“Lo que si se es dónde está Guasca,(…) que ahí sale la pavimentada (pavimentada = carretera de asfalto) y allá si le funciona el celular para preguntar y si me llevan les indico”.

Así sin más, sin nosotros decir ni pío, y él sin dejar de hablar y balbucear cosas completamente incomprensibles, el señor aparecido de la nada, estaba encaminándose a la puerta de detrás del coche pidiéndole a Pablo que quitara el seguro y haciendo que él obedeciera sin rechistar.

Abrió la puerta, dejó caer su cuerpo en el asiento de detrás, como hace mi tía nieves cuando descubre un sitio donde sentarse, y muy amablemente nos estrechó la mano diciendo “Luis Carlos Ferrán, para servirles”.

En ese momento comenzó la más auténtica de las narraciones…

El Señor Luis Carlos, vivía entre los campos de la zona desde hacía más de cuarenta años.

No era de allí, no, él era del Tolima (Región del Sur) donde a la edad de trece años “tuvo que irse para la guerrilla” “ Allí con Tirofijo y todos sus compañeros” y luego claro, cuando se dio cuenta de que no era lo suyo tuvo que irse lejos, y como en esa zona en la que estábamos no había mucho calor, no conocía a mucha gente y había dónde y en qué trabajar, pues se quedó.

A sus sesenta y ocho años, que a simple vista parecían cuarenta más, nunca se había casado, soltero y honrado, recalcó para definirse a sí mismo varias veces. “ Soltero y honrado”.

A él, lo que verdaderamente le encantaba, desde que era un “chiquitico”, era la música, y cuando se tomaba sus cervezas no había quien le siguiera en el arte de cantar.

El mejor, sin duda para Luis Carlos, era un español, posiblemente vecino nuestro, primo lejano tal vez.

Un tal Nino Bravo, pero que se lo llevó la carretera muy joven, porque la gente conduce como loca, aquí y en cualquier lugar. Era una gran voz, tal vez de las mejores dijo mientras nos indicaba con la mano que había que girar a la derecha en la enésima intersección.

Por las noches, cuando aprieta el frío, Don Luis Carlos se acurruca entre gordas mantas, allá en su chocita, “para que no entre el frío ni salga el calor” y bajo la almohada imprescindible para poder dormir, siempre coloca su transistor “en la EFE EME”.

El transistor le pone canciones de pasión y amor. Porque a él lo que le gusta es la música de amor.

¿Conocen ustedes a Perales? Nos preguntó de repente sin dejar tiempo para decir siquiera si.  “Ese sí que era un genio. No sé si está vivo o muerto pero ese señor tenía el don de la canción.”

Y así sin más, sin dejar que nosotros interviniéramos ni lo más mínimo en su narración, mientras nos guiaba por los caminos que conocía como la palma de su mano, el campesino de ruana y sombrero se puso a cantar:

“Me llamas  para decirme  que te marchas ,que ya no aguantas mas , que ya estas harta de verle cada día  de compartir su cama  de domingos de futbol  metida en casa.
Me dices que el amor , igual que llega pasa y el tuyo se marchó por la ventana  y que encontró un lugar  en otra cama” (…)

Pablo y yo completamente callados y él entonando letras de amor en la parte de atrás de un coche alquilado horas antes en una ciudad de nueve millones de habitantes.
Poco a poco, mientras Luis Carlos cantaba y nos explicaba letras y canciones de amor, nos íbamos adentrando en la “pseudo civilización”.

De repente, de un portón grande y verde comenzaron a salir decenas de chicos jóvenes con monos de trabajo y botas altas de caucho.
Señor, le pregunté, ¿De dónde sale toda ésta gente? .

“Son los de las flores” dijo nuestro acompañante sin darle importancia.

Intuimos que eran trabajadores de los invernaderos de flores que rodean la ciudad de Bogotá y que surten de flores a todo el planeta tierra.

Le expliqué a Luis Carlos, que en nuestro país se veían muchas menos flores, que eran caras y que los hombres no acostumbran a regalarlas. “Sin ir más lejos, mi esposo, me ha regalado flores cinco veces en todo el tiempo que llevamos juntos ¿Puede usted creérselo?”

Y sin venir a cuento, en vez de responder, el señor Luis Carlos comenzó a entonar “ Un Ramito de Violetas” sin acordarse del todo de la letra. “ Es que era él quien se las regalaba ¿Sabe?” le dijo a Pablo cortando su melodía y dándole en el hombro como quien descubre la pólvora en ese momento.

Hablamos de Cecilia, del disco que mi madre repetía sin parar durante las navidades del 92 y de cómo, a Cecilia también, se la había llevado la carretera.

Casi llegando al pueblo, dando paso al primer silencio del camino, mirando por la ventana al cielo cada vez más gris y habiendo entonado dos o tres canciones más que Pablo y yo ya no pudimos descifrar, dijo pensativo “Cuantas voces se llevó el Señor”.

(Otro silencio incómodo)

A los pocos minutos, llegamos por fin a la carretera pavimentada y ahí cuando habíamos cruzado tres o cuatro calles, nuestro acompañante se incorporó y con cara de no entender nada e intentar ayudar nos dijo “¿A dónde dicen que quieren llegar ustedes?”.

Le volvimos a explicar lo de la vereda, lo del Hotel y lo de Santa Lucía  pero Luis Carlos, agarrándose el sombrero como si ese gesto le ayudara a pensar, nos volvió a decir que no tenía ni idea de dónde quedaba eso, pero, sin embargo, nos explicó que si seguíamos un kilómetro por el camino que salía hacia la derecha desde esa misma calle, podíamos llegar a unos lagos que se podía pescar una trucha muy rica,  que una vez pescada, te preparaban en ese mismo lugar. Debía ser muy buen sitio, porque según él,  venía mucha gente de la ciudad, que era muy bonito.

Así que sin pensarlo dos veces, tras despedirnos de él, siendo conscientes de que había sido una experiencia única tanto para él como para nosotros, le dejamos en el centro del pueblo y  nos dirigimos al sitio de pesca, donde disfrutamos como enanos pescando truchas como para alimentar a un regimiento terminamos regalándoselas a los paisanos del lugar.

Al final encontramos el hotel, que resultó ser una mierda, pero nos devolvieron el dinero y siguiendo la tónica colombiana del “Realismo mágico” en la que nada de lo que planees saldrá pero seguro que solucionas con algo mejor,   encontramos uno hotel mil veces mejor, súper romántico y especial donde en el sitio de la cena cantamos acompañando a un señor argentino muy viejo con guitarra, canciones de Serrat y los Rodriguez , aderezando los cánticos con vino caliente en mano al frente de una chimenea, hasta que el cuerpo no pudo más.