lunes, 5 de septiembre de 2016

Brujitas de plan B

Lo teníamos preparado todo, habíamos visto horarios de buses, dársena, qué llevar para los mosquitos, los precios que podían costar los transportes, temperatura, número de posible guía, horario del último bus…

Lo teníamos todo.

Nos despertamos a las 05.30 de la mañana, queríamos coger el primer bus que partía hacia Buenaventura y paraba en Zaragosa desde Cali para poder, una vez allí y vivir una experiencia única y así poderlo contar en mis mails de los lunes.

Queríamos conocer San Cipriano, una localidad única en Colombia, donde gracias a una situación de necesidad, se habían inventado una solución ingeniosa y fuera de lo común, como hacen los colombianos, agudizando el ingenio para solucionar algo que el Gobierno ausente tanto tiempo no ha podido solucionar.

Queríamos llegar a ninguna parte utilizando las vías de un tren que hacía más de 70 años que no circulaba. Y es que Colombia tiene algo sorprendente, que es que tuvo trenes, vías y rutas fructíferas que impulsaron el comercio y la economía de muchas ciudades, pero que debido a años de guerra, fueron desapareciendo poco a poco dejando solo viva, como única reliquia, una con un tren cochambroso al que ellos llaman “histórico” que cruza una parte de Bogotá y se denomina “Tren de la Sabana”.

Así que en San Cipriano, debido a la necesidad de no vivir aislados, se inventaron “Las Brujitas”  que no son más que un carro de balineras que circula por las propias vías del tren.
Hasta hace unos años, los descendientes afroamericanos que vivían allí, empujaban los tablones a mano para poder llevar a sus esposas, gallinas y semillas a la carretera que unía Buenaventura con Cali y así no morir ahogados por una selva súper frondosa y húmeda.

Pero ahora, gracias a la maña colombiana y al impulso del turismo que agradece la pacificación de la zona, a los paisanos se les ocurrió coger unas motos, adecuarlas a los tablones del carrito y zas! Gracias a la tracción trasera de las motos van como balas vía adelante durante los 7 kilómetros que separan San Cipriano del mundo exterior.

Queríamos desayunar pronto y no comer hasta la vuelta (o ya si eso una truchita allí) así que ahí estábamos, a las 06.05 en el desayuno del hotel esperando que llegara el cocinero para que sirviera unos huevos pericos y un juguito de naranja.  

A las 06.20, con cara de resaca, oliendo a guaro y despeinado llegó el cocinero que como si tuviera toda la razón del mundo nos comentó que no podía servirnos el desayuno porque no había llegado la mesera.

A las 06.30 llegó la mesera, despeinada, en chanclas y sin su uniforme. Nos dijo que sin el uniforme no podía servir, así que a las 06.45 empezamos a desayunar unos croisants duros del día anterior y unos huevos algo mal hechos.

Para las 07.30 ya por fin estábamos en la puerta del hotel esperando un UBER.

Queríamos llegar a las 08.00, que sabíamos que era el que iba directo sin paradas, pero claro, habían cortado las calles por la ciclovía de los domingos, así que el viaje se demoró y a las 08.30 estábamos ya en la estación de bus, buscando las taquillas de la compañía “Corredor del pacífico”.

El de información nos mandó al tercer piso, en el tercer piso nos mandaron al primero y de allí al segundo a la derecha.

Sorteamos vendedores de compañías que nos llevaban a Pasto, a Bogotá, al Eje Cafetero, a Gunguán, a La Cumbre y hasta Popayán. Hasta que por fin encontramos las taquillas de “Corredor del pacífico”.

Eran las 08.45 y el siguiente ,según nuestras cábalas internautas era a las 09.30, asi que pensamos que teníamos tiempo.

“Por obras en la vía, los servicios a Buenaventura estarán in operativos durante la jornada del día sábado y la del día domingo hasta las 02.00 pm”

Ese era el cartel que rezaba en la taquilla, oscura, recóndita y sucia de “Corredor del Pacífico”. El señor que vendía los tikets, que si que estaba allí, arreglando el mundo con otros compañeros, nos explicó que hasta las 2 de la tarde no se podría ir pero que iba a estar “complicadito mamitas” por el tráfico, las condisiones del firme y la afluensia de viaheros.

Nosotras teníamos el vuelo de vuelta a casa esa noche, así que nuestro plan organizado, informado, enriquecedor, plan anunciado esa misma mañana a mis sobrinos por whatsapp,  se desvanecía frente a un negro enorme de “Corredor del pacífico” en una estación que olía a comida frita y con nuestras mochilas de exploradoras.

Bajón total.

Decidimos arriesgar y sacar nuestros móviles para buscar qué hacer en Cali… buscamos durante 15 minutos, y con la actitud agria y desanimada de tres personas que ven mermados sus planes, decidimos ir a un parque a volar una cometa .

Un plan muy colombiano ya que el mes de agosto es el mes del viento y las venden por todas partes muy vistosas y baratitas, así que decidimos que era la mejor opción.

Bajamos a la parada de taxi, nos subimos a uno y le pedimos al taxista que nos acercara al parque en cuestión.

Tanta desilusión teníamos que el taxista le preguntó a Diana. Diana le contó nuestra desilusión, nuestro sueño frustrado de viajar en Brujita.

El taxista empezó a reírse, le resultaba curioso que nos hiciera tanta ilusión viajar en algo que él había visto desde pequeño, pero no en San Cipriano, sino en La Cumbre, un pueblo del norte, en el que hay pequeñas “comunas” a las que solo se puede llegar por las vías y también los paisanos llevan carrito.

Cuando nos lo dijo ninguna consultó al equipo, sabíamos que íbamos a terminar allí, así que le pedimos al taxista que volviera a la terminal a dejarnos para coger el bus que iba a La Cumbre, pero el hombre nos dijo que debíamos abrigarnos, que así, sin chaqueta ni nada era una locura, así que entusiasmadas le pedimos que nos llevara al hotel a cambiarnos y nos devolviera a la terminal.

A las 11.00 estábamos a la terminal de transportes triunfantes y abrigadas. Seguía igual de fea, de maloliente y de gris, pero ahora tenía otra función, traernos el bus que nos llevaba a La Cumbre.
Subimos a un bus que se caía a trozos y tras dos horas de viaje, encontramos La Cumbre.

Un pueblo pequeño, boscoso pero no selvático,  sin un solo negro afrodescendiente y con poco encanto, el que nada más llegar una vía oxidada te recibía recordándote que algún día un gran tren de mercancías viajaba hasta ese lugar.

Nos acercamos a la zona de las brujitas y varios señores nos ofrecieron el servicio de llevarnos hasta unas cascadas.

Acudimos al más viejo de todos ellos, un señor de piel curtida, ojos hundidos, tan moreno que era incluso de color marrón caca, sonrisa de pocos y verdes dientes que secaba con un pañuelo rojo que también le servía para hacer señas a los turistas, muy delgado y lo más divertido de todo, hablaba tan rápido y tan desordenado que no le entendías ni papa.

Intentamos regatear con él, pero al ver que no nos entendíamos nos llevó a una carpita donde una señora gorda nos vendió el “tikete” de la brujita a precio cerrado 15.000.

Nos fuimos hacia la vía nerviosas con nuestro tikete en la mano, con ganas de cumplir nuestro sueño.

El conductor, el señor Leonel, se acercó con la brujita sobre la espalda, solo se asomaba su gorra blanca bajo las maderas y rápidamente colocó el artilugio sobre las vías.

Yo le pregunté por la moto, lo había visto en youtube, y sabía que atrás iba la moto, y el señor Leonel me dijo algo que no pude comprender y empezó a alejar la brujita del tumulto de compañeros de conducción.

Volví a preguntarle por la moto y me dijo “ Aquí está la moto” dándose golpes en las piernillas de alambre que tenía.

Nuestra brujita de La Cumbre no era motorizada, era manual, nuesta moto era el propio señor Leonel que poco a poco iba cogiendo velocidad sobre las vías.

Durante el camino nos cruzamos con gallinas, perros, cientos de mariposas de colores,  paisanos y hasta nos chocamos con una vaca que Diana tuvo que apartar con las piernas para no comer ternera fresca.

Cada cierto tiempo nos cruzábamos con otras brujitas en sentido contrario, que por respeto al Señor Leonel se apartaban de la vía levantándola con ayuda de nuestro gentil Leonel que nos obligaba a poner el pie sobre el raíl para que no siguiéramos vía abajo sin él mientras cargaba a los que venían contra vía.

Cuando llegamos al final del camino contratado, en medio de ninguna parte, decidí hacerle interrogatorio a Leonel. Tenía 78 años, 48 cargando brujitas en La Cumbre, 6 hijos y 10 nietos.
Su vida eran las vías del tren que nunca vio circular y su segadora.

Un hombre de naturaleza, del viento y de la tranquilidad… y del chico (que intuí que era su hijo o su nieto).

Ente confesiones de desplazados por el trabajo, Leonel me pidió un euro, porque nunca había visto ninguno, y eso me dijo muy serio, tenía que pesar mucho, porque están muy caros. No tenía, se desilusionó.

Me preguntó que si tenía esposo, y el por qué  de no tener  hijos.

Me aconsejó que tuviera muchos,  que los hijos eran muy buenos para el campo. (Entendí que era para ayudar en el campo). Y tras un silencio mientras observábamos mariposas bajo la sombra de un árbol, Leonel me aconsejó con preocupación que practicara mucho, que era también muy bueno. A mi me dio la risa, a él también y en ese momento, como la mitad de los colombianos empezó a hablarme de la importancia de Dios y de ser buena persona, porque según él, y al oir esto me desconcerté porque no venía a cuento, “Dios ama y perdona hasta a los sicarios pa que les salgan bien los encarguitos”. ¡Toma ya!

Todo esto lo contaba en su idioma medio balbuceado, con sus cuatro dientes verdes, posiblemente de mascar coca, mientras limpiaba su saliva cada dos por tres con su trapo rojo.

Le pedí una foto y me dijo que no me agarraba para la foto porque luego venían los problemas con el esposo, así que así quedamos, en la foto, sonrientes y felices de haber conocido una historia diferente, de escuchar una vida antagónica.

Tras unos minutos de charla, a la que se unieron mis amigas, se decidió por Diana, que no tenía novio y era la más hermosa. 

Así que a la vuelta, cuando nos cruzamos con una brujita, en vez de ir a ayudar para que se quitara la otra, se quedó parado y mientras el conductor de la otra se acercaba para ayudarnos a despejar la vía, Leonel orgulloso nos presentó a su hijo, que para nada tenía la luz brillante de los ojos de su padre y que lo único amigable que tenía era el escudo del Madrid de su camiseta falsa y ajustada que marcaba una gran tripota cervecera y que ni sonrió para nosotras.

Al terminar el recorrido nos despedimos con un apretón de manos de Leonel, nos dio su teléfono por si acaso regresábamos y en ese momento, nos dimos cuenta que una vez más que en cada esquina, en cada plan b y desilusión de nuestras experiencias de lucha colombiana, hay, siempre una aventura única.

domingo, 28 de agosto de 2016

Súper Rápido de Libertadores S.A.S

El miércoles, en mi jueves culinario adelantado para celebrar mi aniversario con Pablo pero con Diana, y tras tres días horribles, le pedí a Diana si me acompañaba el finde a hacer alguna excursión, algo de campo que nos pudiera proporcionar el oxígeno que necesitábamos.

Así que un destino llevó a otro, otro al otro y lo que iba a ser plan de domingo mañanero terminó siendo una excursión de fin de semana a la laguna de Tota en medio del Departamento de Boyacá (De donde es Nairo Quintana el ciclista) a 3.100 metros de altura.

Tras unas horas de investigación internauta, decidimos que lo haríamos a la “colombiana”, irnos en “flota”. (En autobús de toda la vida) haciendo “escala” en Sogamoso.


Si algo se ha hecho bien en los últimos años en Colombia, y supongo que para fomentar eso de “hacer país”,  es organizar, y supongo que poner mucho dinero, para que a cada pueblo de Colombia llegue un autobús desde una ciudad grande cercana.


Independientemente del estado de la carretera, de la peligrosidad de las zonas por las que pase o del número de gente que pueda ir por trayecto, a todos los pueblos llega un bus, buseta o  similar que lo conecta con otra ciudad mas grande. Y es por eso, que los estratos medios y bajos de todas las localidades colombianas, acostumbran a ir en bus.

Lo cogen para ir a “pasiear” (pasear), para ir al médico o para ir a “hacer mercado” a los pueblos más grandes.

Los buses no tienen paradas fijas, solo la de salida y llegada, así que si tienes suerte puedes hacer trayectos de 10 kilómetros en 20 minutos, pero como sea día de mercado, misa o te toque así porque si… de las múltiples paradas, del sube y baja de sacos de patatas, cebollas, cervezas e incluso pollos vivos, puedes tardar una hora o más en hacer ese trayecto.

Pero para estratos más altos y trayectos más larguitos y habituales,  están los buses tipo “Alsa” que son más caros, paran algo menos y te ponen peli (que tienes que ver si o si porque el sonido es ambiente, no tienen casquitos).

Diana y yo preferimos ir al menos hasta Sogamoso en el “Súper Rápido” de la empresa “Libertadores”, que nos dio más seguridad, no hacía paradas y parecía de muy buena calidad.

A las 06.30 am del sábado nos plantamos en la Terminal de autobuses de “Salitre”, Diana , nuestras mochilitas y yo muy puntuales,  para coger el bus destino a Sogamoso. 

La señora que nos vendió los billetes, nos aseguró que no había paradas y que en tres horas y algo más, llegaríamos a Sogamoso.

A las 07.01, sentadas al fondo a la izquierda del “Súper Rápido de Libertadores”, salimos de la terminal como si eso fuera Suiza;  puntuales, en nuestros asientos reclinables anchísimos y con los cristales tintados… Las dos íbamos emocionadas, leyendo lo que habíamos encontrado en Internet de la Laguna, contándonos la semana, que si su fiduciaria, mis cámaras…

A la hora y cuarto con el traqueteo del atasquito de salir de Bogotá, las dos paradas (que nos habían prometido que no haríamos) para recoger gente en cunetas en la misma capital y habiendo cogido ya velocidad crucero, yo me quedé dormida.

Los autobuses me duermen fácilmente, tras 4 años de Autobuses Herranz  Escorial-Madrid a primera hora de la mañana, yo veo un asiento de esos y aunque haya dormido 12 horas , me quedo sopa. Los asientos de autobús son para mi como quien ve una camita bien hecha… Soy muy simple, de condicionamiento clásico, como los perritos de Paulow pero yo con los asientos de autobús…

No duermo de Madrid a Bogotá en el avión aunque esté muerta, pero donde haya un bus donde echar una cabezadita… caigo.

A los 45 minutillos (que es exactamente lo que duran mis siestas buseras coincidiendo en tiempos con el trayecto Madrid Escorial) me desperté y vi por las 
ventanas tintadas esos paisajes verdes, de praderas llenas de vacas y huertas desorganizadas que solo Colombia puede mostrar, íbamos a 100 km por hora, velocidad crucero, hacía sol y todo parecía más bonito…

Empezamos a comentarnos lo precioso que era el paisaje y lo mucho que nos recordaba al verde gallego…Del verde gallego pasamos a hablar de lo fabuloso que era el Gadis (Diana vivió en Coruña casi dos años y para ella el Gadis es mil veces mejor que Mercadona) y de repente hablando de “Vivamos como galegos”.
 ¡BUMMM!

Un gran estruendo seguido de un psssss como si el bus se hubiera “aliviado” sonó bajo nuestros asientos.
El autobús empezó a tambalearse y los viajeros nos comenzamos a preguntar los unos a los otros si estábamos bien. Cinco segundos de pánico llevaron al nerviosismo generalizado ya que tras el estruendo vino el clo clo clo clo clo, que un neumático pinchado hace cuando sigues circulando.
¿Estalló la llanta? Dijo el señor mayor que cargaba a su nieto en brazos en el asiento de delante. Otro, con pinta de entendido, le respondió que sí y a todos nos quedó claro que había sido eso seguro.

Mi lógica europea, era que el conductor pararía, vendría otro autobús rápidamente, nos subiríamos a ese y en menos de 15 minutos habríamos solucionado el percance. Pero recordemos: Esto es Colombia.
Así que en vez de parar, el conductor, empezó a aminorar la velocidad (de 100km/h pasaríamos a 80) y siguió conduciendo con el clo clo clo de la rueda . 

Mientras, decenas de conductores nos pitaban y nos señalaban que algo iba mal con la rueda izquierda trasera (justo bajo nuestros culetes) mientras nos adelantaban haciendo gestos con las manos, pero nuestro conductor...seguía circulando tan pichi...

Pudimos avanzar, y no exagero, unos 10 kilómetros.

Diez mil metros de agobio, de whatsapp a Pablo para contarle la situación (siempre que me acojono le escribo para que sepa qué está pasando, aunque eso no sirva para nada más que para preocuparle a él, yo me siento más segura…) de ruido, de conducción temeraria y de ir con el cuello muy estirado intentando buscar una respuesta a lo que estaba pasando…

De repente de la nada, tras una cuesta empinadísima, llegamos a la localidad de Chocontá. 

Un pueblo de siete casas que, como si el Divino Niño nos lo hubiera puesto para salvarnos, la primera que había a pie de la carretera tenía en la puerta un neumático amarillo pintado que ponía “Montallantas 24H”.  

El conductor paró delante del cartel, cogió algo de la guantera y se bajó inmediatamente. Con él todos los hombres del autobús.
Nos quedamos las mujeres y niños dentro y Diana y yo sin saber muy bien que hacer, decidimos bajar a controlar qué estaba pasando y de paso Diana desayunar una arepita Boyacense.

El conductor, que lucía pantalón de paño y corbata hasta ese momento, se enfundó un mono de trabajo azul en el que se leía bien grande “Libertadores SAS”.

Y junto con los dos chicos del “Montallantas” empezó a levantar el autobús, con el motor encendido y pasajeras dentro,  con un gato como si se tratara de Conan el bárbaro o Sansón cuando separaba columnas en la peli esa.

Pim pam pum y el súper autobús tipo “Alsa”  levantado por un ladito mientras los hombres miraban y opinaban ; y Diana y yo observábamos desde unas sillas del bar de al lado lo que estaba pasando.

Como si de un box de fórmula uno se tratara, sacaron un destornillador eléctrico (Enchufado a la casa y con alargador) de un metro de largo y empezaron a desatornillar la súper rueda (tra tra tra tra tra, una tuercaza menos, tra tra tra otra...).
Mientras uno le daba al desatornillador, otro miraba algo bajo el vehículo y el conductor sacaba una rueda nueva no sé de dónde y la acercaba al lugar del suceso.
Todo era "coordinación y precisión colombiana”, que si ese cable no va ahí, que si mejor sáquenla por allá, “hágale papito” y demás…

Yo tuve que acercarme a hacer fotos para enseñároslas ( recordar que era, junto con Diana, la única mujer en tierra) .
En menos de 20 minutos teníamos todo apañado, rueda puesta, embellecedores colocados y autobús con todas sus ruedas en tierra.

El señor conductor le dio a los Montallantas 15.000 pesos (4.5€ y lo sé porque se lo pregunté), se lavó las manos con una manguera y jabón que tenían atado a una cuerda en el porche del “montallantas”, se quitó el mono de trabajo, lo guardó dobladito en el maletero , se subió al autobús, pitó como un loco para que si quedaba alguien en tierra se diera por enterado y como no tenía que arrancar, porqué se había dejado el motor encendido, aceleró y marchamos como si ahí no hubiera pasado nada.

Las siguientes horas de trayecto ya no me pude dormir, a pesar (o debido a)  que había sido testigo del momento “fórmula uno”  no me quedé tranquila.

Llegamos a Sogamoso pasadas las 11 de la mañana (con casi dos horas de retraso según lo que nos había jurado y perjurado la de la taquilla), tuvimos que esperar otra hora a un bus que pasaba cada “veinte o treinta minutos” hasta Iza y de Iza esperar una hora a otro autobús que pasaba cada “diez minutos” pero que se retrasó porque le bloqueó una cabalgata de caballos que por San Isidro llevaban a las Reinas de las fiestas de pueblo en pueblo.

Llegamos a la laguna a las mil, pero mereció la pena, allí nos esperaba una trucha a la plancha fresquita recién pescada con arroz y patacón  y una gélida playa de arena blanca donde cuatro locos se bañaban bajo los efectos del guaro y nosotras bajo capas y capas les observábamos deleitando un riquísimo manjar cuestionándonos porqué los caballos habían salido por San Isidro si estábamos a 26 de agosto.


martes, 12 de julio de 2016

Operación Linda.

El sábado que viene, se casa el mejor amigo de toda la vida de Pablo.

Su amigo Manu, es el prototipo de chico que toda madre querría tener de suegro y toda amiga lo querría como novio.
Es listo, alegre, buena persona, guapo, montañero… ¡¡¡Un partidazo!!! El chico que dejó su brillante trayectoria como caminero para hacer una Beca de la Caixa en NYC de Cooperación y Desarrollo y ahora trabaja en asuntos de cooperación con el Banco de Desarrollo Panamericano y está feliz en Haití planificando desarrollos varios.

El caso es que para Pablo, la boda de Manu, es una boda muy especial. Su amigo de pupitre se casa con su novia de toda la vida y sobre todo, porque fue Pablo quien hace más de  15 años, le presentó a Elena (una chica de su urba de Alpedrete) quien que será la novia el día 23.

Pablo cuenta los días en el calendario para que llegue este finde y hasta se ha comprado una camisa de señor (de gemelos) para la ocasión y aprovechando que el Pisuerga pasa por ValladoLuis, pues yo no iba a ser menos y me he diseñado una camisa que me  han hecho a medida.

Suena todo muy pijo, pero os prometo que he ahorrado mucho dinero con mi nuevo descubrimiento Colombiano.

El año pasado, cuando volaba de vuelta a casa y porque siempre siempre siempre , como me enseñó mi tía Chilis que pidió por una leve artritis en una mano que le pusieran en primera y lo consiguió, intento que me suban una butaca más ancha y cómoda,  desde que llego al mostrador de facturación ,hasta que me pongo el cinturón de seguridad en el avión. Así que  me puse a hablar con las azafatas de Iberia por si había suerte.
Es verdad que todas son unas rancias, pero la que me tocó esa tarde era bastante maja.

Hablamos de la lluvia, de sus horarios, de si había hueco en bussines y de lo que hacían ellas en las 24horas entre vuelo y vuelo de Iberia. La azafata,  me contó que todas ellas traían muchísima ropa para arreglar en diferentes modistas porque en Bogotá era baratísimo y sabían hacerlo muy bien. Así que me quedé con la retahíla y este año, mientras hablaba con Diana en un atasco en medio del paro agrario de Pasto sobre los modelitos del aluvión de bodas que hay a mi alrededor, me dijo que ella había oído que había muchas costureras baratas que podían ayudarme aunque ella no sabía de ninguna buena.

¿Qué haces en Bogotá si tienes una necesidad de algo extraño y no sabes cómo operar?
Acudir al whatsapp, más concretamente al grupo de “Parche”

Parche, en colombiano, significa pandilla. El Parche es la pandilla y el parce o parcero el amigo en cuestión. Cuando uno está desparchao es que no tiene nadie con quien salir y cuando emparcheas quiere decir que juntas varios parches y funciona.

El grupo de Parche está compuesto por cuarenta y tres miembros, de los que solo conoceré a la mitad y que cumplen dos condiciones básicas: o bien son españoles o bien colombianos que trabajan en cámaras de comercio o cooperación de España.

En Parche se pregunta de todo, se discute cualquier cosa y se conoce a todo el mundo. Unos entran, otros salen, otros aunque se vayan siguen ahí por nostalgia, pero lo que está claro es que las dudas trascendentales se resuelven ahí.  

En Parche se respeta muchísimo la colombianeidad, los colobianismos y las colombianadas. Mucho más que en una conversación informal con una cerveza. Se cuentan gangas, problemas de visados, de gestión del voto en el expatriado y cotilleos generales, nada minucioso, únicamente consulta y solución.

Pero esta vez, dado que era una pregunta bastante de chicas, decidí acudir a “Sex in Bogotá” ( Como Sex in the city, y seguido de emoticonos con pintauñas, masaje y copita de vino) que es el grupo de chicas icex de éste año que nos han incluido a algunas más de toda la vida, para poder ayudarnos las unas a las otras. En éste grupo se habla de tampax, libros, tiendas y otras cosas sin ningún tipo de problema.

En cuanto pregunté si alguien sabía de una modista baratita Lucía me respondió inmediatamente contándome de “G. Arr” que le había hecho un vestido a una vasca hacía un año para la boda de su hermana y le pareció bastante bueno.

Así que con la misma, escribí un whatsapp a G. para quedar con él y contarle mi idea de camisa.

Ese mismo sábado me planté en el taller de G. a las nueve de la mañana para empezar la operación “linda”.

G. tendrá unos cuarenta y tantos, tiene cara de duende con nariz roja y orejas algo puntiagudas y es calvo.

Pero tras esta línea descriptiva, que puede ser hasta cruel, me gustaría describiros al artista de G. como solo él lo haría, de manera sublime;

G., lleva más de 15 años en Bogotá, se siente rolo (bogotano en jerga colombiana) de adopción pero él es paisa y no para de decirlo cuando tiene ocasión.

Llegó a la moda por casualidad, de chico solo quería salir de su pequeño pueblo antioqueño y  tenía una única puerta abierta, un tío que vivía en Bogotá que se dedicaba al patronaje industrial junto con sus dos hijos.

A G., su pueblo se le quedaba pequeño, él quería crecer, soñar y ser libre como sus primos, así que un buen día cogió su maleta y se plantó en casa de su tío al norte de Bogotá.

Quería ser artista, o algo que no fuera siempre hacer lo mismo e implicara no crear.
Tonteó con algún que otro trabajo para poder salir adelante, pero finalmente, decidió ayudar a su tío que estaba falto de plata y personal y a él le daba apuro estar en su sofá durmiendo y no colaborar con su negocio, un negocio de su familia.

Al principio le tocó planchado, (uy fatal! Dice recordándolo)  pero cuando descubrió el corte… ahí vio la luz…Las tijeras le guiaban el camino, era maravilloso…. así que empezó a coser y cortar para la empresa de su tío y cuando consiguió algo de dinero se lo montó por su cuenta.

Pero no como su tío que trabajaba para marcas grandes siempre haciendo lo mismo, para nada. Nunca le haría competencia a su familia, eso un paisa no lo puede hacer.

G. eligió un camino diferente creando y creando. A los pocos años consiguió comprar una máquina industrial. Cuando G. habla de la máquina en cuestión cierra los ojos y se muerde el labio inferior como quien disfruta pensando en cada puntada que esa joya debía coser.

Pero la cosa no funcionó y se arruinó. Perdió todo, todos sus ahorros, su dignidad y durante unos meses sus ganas de dar puntadas, pero la máquina, no la vendió.

En la vida de un paisa, hay que emprender más de una vez, así que hizo de tripas corazón y volvió a cortar para una fábrica durante unos meses, trabajó tantas horas que había días que no veía el sol, algo agotador… hasta que de nuevo volvió a tener ahorros y empezó a trabajar menos y compaginarlo con confecciones para mujer por encargo con su máquina industrial… Poco a poco y gracias al “voz a voz” , está donde está ahora, en su pequeño taller, con cuatro señoras que cosen para él, jubiló la máquina por otra mejor pero de calidad industrial.(Porque como repite continuamente, la puntada no es la misma) .

Él únicamente crea, corta, sueña y con dulzura y mucha mano izquierda viste a señoras de todo Bogotá.

G., como os podéis imaginar, tiene más pluma que la almohada de Calimero, algo que facilita las cosas a la hora de tratarle de tu a tu en un país tan machista cuando te están midiendo el pecho o el trasero.

Cuando le conté que era de familia de aguja e hilo, que mi abuela cosía desde siempre,  que iba muchas tardes a aprender a su casa, que de pequeña también nos tomaba medidas y nos hacía vestidos de volantes y muchos lazos, que había heredado esa pasión por las telas y que de las cosas  que más echaba de menos de mi casa de Madrid era mi máquina Singer, Gustavo me hizo de su equipo, empezó a llamarme “Linda” y juntos, con su maniquí de plástico viejo y nuestras fotos inspiradoras de Instagram y bolígrafo en mano, diseñamos una camisa maravillosa en menos de media hora.

Fuimos esa misma mañana en su twingo negro a la tienda de telas del barrio, en la que G.(cliente aventajado) entró cual diva de la canción besando a todas las dependientas y explicándoles que tenía un encargo internacional. Elegimos la tela y  que en dos semanas tuve que irme a probar la camisa aun hilvanada para retocar.

Cuando llegué a la prueba de la camisa, G. que se acordaba de que no me gustaba el café, me tenía preparado un té (los colombianos no tienen ni puta idea de té y lo preparan fatal dejando la bolsita dentro durante horas y amargándolo sin piedad), me salió a recibir a la puerta dando saltitos y  dándome un abrazo solo me dijo “No sabes lo que he disfrutado con tu prenda”.

Al llegar a su taller de dos metros por tres, en su maniquí amarillento, con una especie de turbante con una tela de colores (que como él mismo me anunció que,  le daba el estilo de los sombreros elegantes de las españolas en los matrimonios) estaba la camisa que habíamos pensado ambos para mi modelito de boda de consorte importante.

Totalmente como la habíamos pensado pero con falta de algún retoque…

Nos despedimos felices con un abrazo y el sábado por la tarde, me envió un whatsapp para decirle “Linda, la tienes ya, recheeeeevere”.

El lunes, a la hora de la comida pude escaparme a por ella, G. estaba en la puerta esperándome apoyado en el marco de la misma sonriente y expectante. Sabía que tenía prisa, así que entramos a su taller rápidamente y ésta vez sin turbante ni nada, la maniquí chuchurría de plástico vestía la camisa que habíamos imaginado tres semanas antes un sábado a primera hora.

Era perfecta.

Me la probé y cuando salí a enseñársela mientras G. aplaudía nervioso y emocionado me dijo “Qué pena que sea blanca porque si no te abrazaba. ¡Lo hemos conseguido!”.
Supongo que se lo hará a todas, pero sentirte partícipe de algo que te queda guay y que es muy parecido a lo que tú querías es un súper subidón único.

¿El precio? (os preguntaréis) 80.000 pesos (24€), la experiencia (de 10),  ir de la mano de mi Pablo con su camisa nueva y sus gemelos mientras es feliz,  con una camisa chachi hecha por G. ¡No tiene precio!.


martes, 5 de julio de 2016

Atasco gástrico

Éste fin de semana, ha vuelto a ser puente. Como veis en Colombia hay más puentes que en ningún otro país del mundo… así que en vez del lunes noche, os escribo hoy.

El puente de San Pedro, que ha sido éste,  es el que más Reinados (de Misses), fiestas regionales y convenciones hay en todo el año en Colombia.

Se junta con la extra de medio año (que es obligatoria por Ley en Colombia) y con principio de mes recién cobradito, así que no hay colombiano que se quede en casa. 
Al Colombiano le quema el dinero en el bolsillo y sale a gastárselo y disfrutarlo tan pronto como le llega no vayan a robárselo por el camino.

Mi grupete de amigos y yo no íbamos a ser menos, así que buscamos destino y fuimos a Bucaramanga (capital de Santander) y de ahí alquilamos un coche para viajar por el sur del Departamento para contemplar cascadas, cañones y naturaleza en estado puro.

¿En qué se traduce que todos los colombianos salgan de sus casas?
En que Colombia entera  se pone al volante y se instala en las carreteras formando unos atascos monumentales dignos de sacar la tienda y acampar hasta que avance la fila de coches.

Hasta ayer, pensábamos que solamente era Bogotá, pero tengo que contaros, que ayer hicimos noventa y ocho kilómetros en seis horas y media por el Departamento de Santander.

Con el objetivo de llegar con tres horas antes al aeropuerto, devolver el coche alquilado, habiendo echado gasolina, cenado y habiéndonos cambiado antes de subir rumbo a Bogotá, decidimos salir con “bastante” tiempo del pueblecito donde nos hospedamos la última noche del puente (San Gil) e ir despacito rumbo Bucaramanga.

A las 13.30 nos metimos en un bar nuevo, que acababan de inaugurar ocho días antes, comimos un sándwich bastante baratito y nos metimos en el coche a eso de las dos de la tarde para poder llegar a las seis como muy tarde. Nuestro vuelo a Bogotá  salía a las nueve y cuarto de la noche, íbamos sobrados.

Los primeros 30 kilómetros fueron rapiditos, paramos sólo un poquito en un peaje en el que gracias a la gran oferta de puestos ambulantes habituales,  nos compramos unas bolsitas de hormigas culonas para llevar a los Sebastián (Que siempre piden que en vez de regales les lleves comida), unas botellas de agua…

Pero cuando llevábamos una hora de camino, sin saber cómo, la cosa se fue volviendo más concurrida… Adelantamos un par de camiones, nos jugamos la vida mientras tres coches nos pasaron a la vez cuando venía un autobús de frente, subimos cuestas en segunda e hicimos fotos a las cabras que nos miraron en una curva atentas desde el arcén…

La tarde se nos iba echando encima, y la comida, que había sido ligera y rápida en el nuevo bar de la carrera 14 de San Gil, no se por qué me empezó a hacer un poco de “centrifugadora” en mi tripa. No le di importancia… las curvas, el calor, los mosquitos y sobre todo no tener nada de música, me hacía pensar en que podía marearme, así que pasé bastante del revoltijo estomacal…

A los 50 kilómetros, mientras anochecía en el Cañón de Chilamocha el tráfico se volvió tan denso que no pasábamos de los 20 por hora en ningún momento y era imposible adelantar…

En lo alto del puerto , el tráfico fluido empezó a hacer paradas intermitentes que se alternaban con sonidos en mi tripa que anunciaban que algo no estaba bien.

Comenzamos a bajar los diez kilómetros de gran pendiente del puerto de Chilamocha y la noche se nos echó encima… desde arriba, las filas de luces rojas de los frenos de los coches que marchábamos en orden hacia Bucaramanga se veían haciendo zigzag delante de nosotros prendiéndose entre las montañas… 

Fue en ese momento, contemplando esa hilera roja, cuando, siguiendo la tradición que mi hermana instauró allá en los años ochenta en un viaje Galicia- Madrid el la furgoneta de mis abuelos, comuniqué mi estado gástrico.
 “Chavales, me hago caca” dije de una manera natural, sin darme cuenta que no todo el mundo entiende que tenga que comunicarlo…

Mis amigos se empezaron a reír de mi frase, y con el cachondeo comenzamos a hablar de cosas escatológicas, cada cual más divertida y asquerosa... Más o menos, duante un rato, se me empezó a olvidar que tenía que ir al baño.

Los siguientes ocho kilómetros los recorrimos en treinta y cinco minutos. Desde nuestro coche, podíamos escuchar la música de los vehículos de delante y detrás que aburridos y afortunados porque, al contrario que nosotros, tenían radios que funcionaban, habían decidido amenizar la espera al ritmo de sus múltiples melodías latinas.

A las seis y media, empecé a tener ganas de hacer caca de verdad y mi estómago centrifugador iba comenzando a manifestarse en pequeños pinchazos de “o salimos todos o la liamos”…

A las siete menos cuarto, habiendo avanzado unos dos kilómetros desde los primeros pinchazos, comencé a estudiar la situación para optar por lo menos apetecible en circunstancias normales: Hacer caca en la cuneta.

Miré a mi alrededor, las risas de las adolescentes del coche de atrás que tenía ventana en el techo y bailaban a lo “Barbie girl” no me desconcentraron en mi estudio de la situación.  Lo más importante de todo en ese momento, era que tenía un paquete de Kleenex que Laura había comprado antes de salir porque tenía catarro y no le vendieron la unidad sino el pack de 10 paquetes.

En medio del silencio dentro de nuestro coche, fruto aburrimiento de la noche Santanderana atascada , se me escapó el primer pedete.

Afortunadamente fue silencioso , pensé, segundos después me di cuenta… era muy mal oliente…

Ante la pestilencia tuve que delatarme, ya que Leire (aunque estaba retocando fotos muy concentrada en su teléfono) estaba sentada a mi lado, y era evidente que si no lo decía iba a ser peor.

“Oye chicos, que se me ha escapado un pedete, lo siento”.  Los tres que iban en el coche empezaron a partirse de risa, pero cuando Laura se giró a mirarme se dio cuenta de que realmente empezaba a estar en un aprieto ya que tras el pedete vinieron unas horribles ganas de tener que ir al baño con urgencia y con ellas, el sudor frío… Debí parecer que estaba fatal que la pobre Laura agobiada comenzó a tener más en cuenta, la situación por la que estaba pasando yo.

A los diez minutos, con la cabeza asomada por mi ventanilla, lo único que buscaba era un montículo, un matojo o algo donde poder hacer caca sin que nadie me viera mientras el coche avanzaba sin mi.

A las siete y media, agobiados de estar a treinta kilómetros del destino avanzando dos metros al minuto, tras haber analizado cada centímetro de arcén durante los cinco últimos kilómetros, vi una lona negra que hacía las veces de separación entre dos parcelas y con firmeza y determinación anuncié que me bajaba, que no aguantaba más.

Agarré con fuerza el paquete de kleenex, cogí el móvil (por si acaso) y me bajé corriendo hacia la parte de detrás de la lona negra.

Me dieron igual las niñas de detrás, el coche viejo de delante y si al otro lado de la lona había algún bicho peligroso que me mordiera el culete o me contagiara de Zika para siempre.

Salí corriendo hacia la penumbra, salté unas ramitas, volteé la lona y sin pensarlo ni una vez, me bajé los pantalones y me puse de cuclillas posición no retorno.

Ni un segundo había pasado cuando de repente una niña de las del coche de detrás gritó con tono pijo colombiano, ¡Miraaaar! Se le ve la colaaaa!! (aquí al culo le llaman cola, que al parecer suena más fino, aunque a mi me parece feísimo) y todas sus amigas empezaron a reírse a carcajadas.

Me di cuenta gracias a ellas, que la lona negra, no llegaba hasta el suelo sino que dejaba unos cuarenta centímetros entre el final de la misma y el suelo, justos para que si una se agachaba mucho… Se le veía todo el culete iluminado por los faros de los coches que aguardaban avanzar.

Pero a esas alturas de la película no podía dar marcha atrás, así que con dignidad y a medias, terminé la faena algo más erguida de lo habitual.

Entre nervios, preocupación (e higiene máxima) me di cuenta que los coches comenzaban a avanzar. Los que estaban parados arrancaron y las luces que se veían tras la lona plástica negra empezaron a moverse.

Me subí los pantalones rápido, pegué un brinco para no pisar nada y salí corriendo atasco arriba.

Pasé el coche de las niñas pijas, dándoles el placer de ponerle cara al culete que se asomó y llegué al coche que Jorge, que iba conduciendo, había orillado con los warning para esperarme y no dejarme en medio de la nada.

Me subí rápidamente y arrancamos unos metros más (no demasiados).

No había hecho todo lo que mi estómago necesitaba, así que me recosté en el asiento durante media hora más notando como poco a poco, la velocidad del coche iba en aumento y mis sudores y retortijones también.

Cuando quedaban  treinta minutos para que saliera nuestro vuelo, llegamos al área del aeropuerto donde nos esperaba el hombre del alquiler de coches.

A Jorge no le dio tiempo ni a parar el coche, yo solo recuerdo que cogí mi mochila y fui disparada al baño de señoras del Aeropuerto Palonegro de Bucaramanga.

Me dio igual el tiempo que faltaba para la salida del avión, tenía el pasaporte, el teléfono, la tarjeta de crédito y lo más importante los kleenex en mi poder, así que por mi, que el avión se fuera sin mi, que yo tenía que perder cinco minutos mínimo ahí sentada.

A los tres minutos volví en mi, era mejor levantarse y acudir a la puerta de embarque, estar mala en casa era mejor que en un aeropuerto en medio de la nada.

Los chicos estaban esperándome en la puerta del baño, me trajeron un agüita, embarcamos y salimos del mayor “Atasco” estomacal de mi vida.

Hacer caca en un avión es bastante curioso, siempre pienso a dónde irá… Ayer no pensé en eso… solamente en llegar.

Hoy Laura se ha despertado fatal y ahora por la tarde, Leire me ha contado que ha estado cinco veces en el baño. Yo evoluciono favorablemente, pero la moraleja de todo esto es que a veces los restaurantes de comida rápida recién abiertos y baratos… no merecen la pena antes de un viaje de puente.



PD: La otra moraleja es no coger un coche en un lunes de retorno de puente, pero eso es lo de menos.

PD2: Sorry estoy muy cansada, supongo que habrá muchos errores gramaticales. Ha sido día largo.

lunes, 27 de junio de 2016

Paz, equidad y educación. Juntos por un nuevo país.

Desde luego, si una semana debe ser marcada en mi calendario noticioso del 2016, tiene que ser ésta.
No solo por lo de la Roja, lo del discurso de Rajoy en Génova ni por que solo queden 23 días para que llegue a España...

Es que Colombia ha sido noticia, Gobierno y Farc han firmado la Paz.

El miércoles pasado, me despertaba a las 06.18 de la mañana un Whatsapp de mi compañero Andrés diciendo “Han pactado en La Habana, hoy si que estará movidito” y en efecto, lo estuvo.

Ha sido una semana llena de signos, gestos y firmas que a una persona que procede de un país en el que los símbolos patrios no nos representan a todos y los himnos poseen (para muchos) connotaciones fascistas, es una auténtica inmersión en la cultura de la “comunicación de masas emocional”.

El colombiano es una persona que ama su país, su familia y su equipo de fútbol por encima de todas las cosas. Es un humano con el sentido de pertenencia más desarrollado de lo normal, tal vez porque desde hace más de cincuenta años, le ha tocado defender lo que siente y lo que es con su propia vida.

Desde que los americanos se llevaron Panamá, o mejor dicho, desde que Alonso de Ojeda pisara éste país en 1499, les han dado por todos los lados. 
Primero los de fuera y luego ellos contra ellos mismos y  debido a ésta fragilidad del “estado de las cosas colombianas”  el Gobierno de la Nación, en los últimos años, ha explotado la publicidad patriótica hasta la máxima expresión.
 ¿Y qué conlleva eso? 
Que si eres extranjero, vayas por donde vayas eres consciente de que estás en Colombia y si eres nacional, cada momento es bueno para recordarte que el país se construye día a día.

Todos los días a las 06.00 y a las 18.00, todas emisoras de radio y las televisiones nacionales, están obligadas a poner el himno de Colombia y nadie lo ve símbolo del “régimen”. 
Lo ven como normal. 
Lo he escuchado en taxis, en el trabajo, mientras me hacía masajes (este capítulo de los masajes os lo contaré más a delante o mejor en vivo) en medio de mi concentración de Spa… da exactamente igual que escuches “Tropicana la más bacana” o “Radio Caracollll”, que a las seis toca himno si o si.


Además, el Gobierno, está haciendo una campaña de publicidad preciosa con anuncios por todas partes que siempre terminan con la frase “Todos por un nuevo país. Paz, equidad y educación”.

En los anuncios se ven colombianos de todos los colores, siempre muy guapos y en lugares magníficos. Colombianos sonrientes, que se abrazan y viven en paz. Y cuando se trata de las Fuerzas Armadas, salen unos soldados… ¡Qué soldados! Yo os prometo que de todos los retenes que me habré cruzado en Colombia, ¡Nunca he visto a los de los anuncios de Santos! 
Y eso que como ciudadana, para transmitir tranquilidad, cada vez que pasas por un control debes mirar al soldado, fijándote bien en él y enseñarle tu mano con el pulgar para arriba en señal de que todo está ok… Nada, los de los anuncios no los he visto jamás!

Las banderas de Colombia están por todas partes, grandes pequeñas, con forma de corazón, de cubre retrovisores para taxis, en pulseras, en los menús de los restaurantes, en todos los puestos de comida callejera para cubrir el carro que lleva los tuppers llenos de corrientazos... y hasta los recicladores (que son los vagabundos de Bogotá) en sus carros de madera llevan una sucia bandera cubriendo los cartones.

Pues bien, el miércoles, cuando Andrés me despertaba con ésa noticia, no solo se conocía el bombazo de que era el último día de la guerra contra las Farc, sino que había un acontecimiento muchísimo más relevante para el colombiano medio… 
Colombia jugaba la semifinal de la Copa América contra Chile… y eso señores… Son palabras mayores.

Para empezar TODO (y digo TODO el mundo porque visten hasta a los perros)  se pone su camiseta de la “Selección Colombia” (Así llaman los colombianos a su selección, no como nosotros que la nombramos “La Roja” o simplemente “La Selección”) la ciudad se tiñe de amarillo y quien no lleva la camiseta de Selección COlombia… es raro o tiene algún problema.

Tengo que reconocer que el año pasado, ante la marea de amarillos, tuve que comprarme una, y como todo Bogotá, fui al mercado de falsificaciones a por una de 5 euros maravillosa que solo me he puesto dos veces (una de ellas cuando llegué a España el verano pasado) pero siempre la  llevo en el bolso los días de partido por si me dicen algo en la oficina o en la calle.
Para demostrar que no soy “ciudadana ajena” y que cumplo con mi obligación como residente.
También le compré una a Pablo (embriagada por la corriente amarilla que me arrastraba cada partido) y cuando se la di, el pobre no entendió nada, no supo que decir… y es verdad que en España, éste amarillo se ve feo feo feo… Aquí sin embargo es “Color Colombia”.


Total, que el miércoles, en las calles, no se hablaba de otra cosa que no fuera del fútbol.
En las redacciones de prensa internacional y en los whatsapps de expatriados, solo comentábamos la firma que se daría la jornada siguiente en La Habana… 
Era, sin querer, vivir en dos realidades paralelas, en dos caras de un país, la que le importaba a la gente ése día y la que nos importaba a los expatriados y ajenos.

El Informativo de las 12.30 de la mañana abrió con la futura firma, eso me consoló, pero a la media hora (aquí el telediario dura hora y media) conectaron con el enviado especial a Chicago y de ahí no salieron… Que si James jugará de media punta, que si Ospina está en su mejor momento, que si cientos de Colombianos animarán a la Selección Colombia…

Me dio pena… vergüenza ajena, no se...
Por un momento me olvidé que España es igual y sentí que todo el circo patriótico colombiano no era más que eso, un circo para un país poco formado que no entiende lo que significan los pactos de paz y que no les interesa lo más mínimo el futuro de su amada Nación. Sentí que para ellos, la Selección Colombia era mucho más importante que terminar con las Farc.

Esa misma noche, la Selección Colombia perdió dos a cero. James jugó fatal y el país decepcionado, junto conmigo, se fue a dormir más tarde de lo habitual bastante tocadillos.

Pero el Jueves, con las cámaras preparadas y tras escuchar lo que no había podido entender antes, me di con la realidad en las narices.

El Gobierno Colombiano, junto con la Alcaldía de Bogotá, siguiendo su estrategia de “manipulación mediática patriótica”, instaló una pantalla gigante en la Plaza Bolívar, y allí nos fuimos los medios a cubrirlo…

Y allí si, allí en un día laborable, unas cuatrocientas personas (que no son nada para una ciudad de 9.000.000 de habitantes) con sus banderas colombianas, sus paraguas colombianos y sus camisetas con lemas pacifistas colombianos, aguardaban emocionados el apretón de manos de Juan Manuel Santos y Timochenco.

Antes de empezar el acto, grabamos unos cuantos testimonios, y una señora (posiblemente víctima de las barbaridades de los últimos años) de la edad de mi madre, con buena pinta, que podría ser profe de universidad sin problemas, dijo una frase que me quitó la venda de “gringa inculta” que no me había dejado ver hasta ese momento. Una frase que cambió mi visión del conflicto:

“Es un gran paso, si, pero no tenemos que olvidar que la guerra colombiana no es una guerra a dos bandos. En Colombia hay muchas guerras y muchas bandas criminales. Las Farc han dominado los actos bélicos y sobre todo la publicidad. Pero quedan las BaCrim (bandas criminales), los Paramilitares, el ELN y el narcotráfico. Por eso debemos festejar sin olvidar que queda mucho por hacer. Es normal que el pueblo no se lo crea, siguen despertándose amenazados”

La tía me dejó planchada, tenía toda la razón… 

Los últimos secuestros fueron por parte del ELN, los asesinatos de policías por parte de la bacCrim “El Clan Úsuga”…. 
Las Farc eran solo las fichas de color rojo en el tablero de Parchis de la guerra colombiana…

Después de esa señora pasamos a un hombre que había perdido a su hijo en un enfrentamiento armado, y luego a un chico que declaró que él no sabía que era vivir en paz…

Pero yo no paraba de pensar en lo que había dicho esa señora… 
Ella me había dado la clave para entender por qué los ciudadanos pasaban tanto… no suponía la paz, solo un gran paso hacia ella.

En medio del lío, la pantalla dio paso al acto solemne de La Habana… BankiMoon, Maduro, Bachelet… nadie se lo había querido perder esa súper foto histórica en éste lado del mundo mientras en el otro estaban pendientes de las urnas británicas...

Sonó el himno de Colombia.

Se hizo hueco entre los asistentes, comenzó a reinar en la plaza Bolivar, solo se escuchaba el himno...
¡Zas!
No sé si adrede o por fallos técnicos, el audio de la plaza se silenció. 
Los asistentes continuaron  al unísono cantando la letra, sin cesar ni un momento, alzando aun más sus voces…

Momentazo mortal…

Tras diez segundos sin melodía, pero con el cántico del "pueblo",  los altavoces volvieron a sonar uniéndose a los asistentes que no se descuadraron ni un segundo de la melodía original.

Al terminar, con los pelos como escarpias, el “amenizador” del acto gritó “Viva Colombia y que viva la Paz” y todos como locos gritaron un viva seguido de aplausos, abrazos...
Apareció en la pantalla la “foto” de Santos dándole la mano al jefe de las Farc.

Santos y Timochenco firmaron con una bala convertida en bolígrafo (mas concretamente en “balígrafo”) en el que grabaron una frase también muy de Santos y su propaganda que decía;  “ Las balas escribieron nuestro pasado. La educación escribirá nuestro futuro”.


El viernes tuve la suerte de tener uno de los 100 balígrafos en mis manos, porque fuimos a entrevistar a la Ministra de Educación que fue quien tuvo la idea del “balígrafo”. 
Un auténtico privilegio de esos que no se pueden olvidar y una frase que dice que vuelve a enseñarme en qué momento está Colombia. Una frase que me hizo entender que el Gobierno es consciente, que tienen mucho que educar, concienciar y enseñar en qué consisten sus pasos hacia esa “nueva nación” que dicen los anuncios.

 ¡Viva la Paz!