lunes, 30 de enero de 2017

Menú llanero

Este fin de semana he estado en Villavicencio, la capital del Departamento del Meta, que es a su vez, la capital “llanera” por excelencia y la ciudad más cercana a Bogotá.

Villavicencio es feo, caluroso, (más que caluroso bochornoso), paleto y algo inseguro.

Pero nuestra visita estaba más que justificada,  teníamos que ir a ver a mi amiga Inés (llamémosla Inés por preservar intimidad) que lleva desde diciembre esperando el reagrupamiento de las tropas de las Farc en sus campamentos de desarme, para meterse con ellos para verificar desde la ONU (ella va como observadora internacional) que todas las armas que dicen que tienen aparecen y se destruyen.

No tiene fecha fija, por eso no puede salir demasiado del Departamento de Meta, así que la mejor opción era ir a verla y  Nxxxx y yo, las únicas chicas que quedamos de la pandilla del año pasado en Bogotá,  buscando algo que hacer y sobre todo por acompañarla y disfrutar de finde de chicas, nos cogimos la mochila rumbo a “Villabo” el sábado a las 06.30 de la mañana.
Realmente, me encantaría contaros la historia de Inés, lo que va a hacer, lo que sabe, lo que no… Es más, cuando iba hacia Villavicencio en un autobús chiquitito sentada junto a Nxxxx cordillera occidental para abajo, entre curva y curva, pensaba que mi escrito de hoy iba a ir sobre eso.

Pero tras hablar con ella durante horas y darme cuenta de los peligros y demás a los que se expone si largo algo, prefiero contaros la otra gran experiencia del finde “Expo Malocas 2017”.

Como no sabíamos qué hacer en una ciudad tan fea como VIllabo, buscando planes de lo más dispar, descubrimos que durante éste fin de semana, se celebraba la mayor exposición de ganado y coleo de todos los llanos occidentales; ExpoMalocas, y nos marcamos como objetivo acudir como tres lugareñas más a un lugar tan selecto como ese.

Antes de comenzar mi descripción del lugar, deberíamos dejar claro un concepto básico;

Los Llanos.

¿Qué son los Llanos?

A Colombia la atraviesan tres cordilleras andinas, desde el noreste al sureste, y en el triangulito que queda más debajo de Bogotá, sin llegar a ser selva a aún, están los Llanos Orientales que ocupan una vasta extensión de los Departamentos del Meta, Vichada, Casanare y en Venezuela otra gran parte de territorio. A los Llanos también se le llama la región de Orinoquia, por el río Orinoco, que la cruza, pero lo que caracteriza éste área por encima de todo es su cultura.

La cultura llanera se nutre de la actividad principal de sus habitantes, la ganadería bovina. Es decir, los llaneros son los cowboys colombo-venezolanos sin tener ni idea hace dos siglos (que es cuando florece este orgullo por los Llanos) que en los Estados Unidos de América se estaba forjando algo parecido.

Ayer, contándoles a mis primos y tíos (los que vivieron en Dallas) mi experiencia, llegué a la conclusión, que Los Llanos, tal vez, es el Texas de Colombia.

Los llaneros visten de vaqueros, botas, camisas blancas y gorros de copa y ala ancha, que a diferencia de los gringos, suelen ser como sus camisas, de color blanco. Los llaneros son gente de campo, de familia, no demasiado tolerantes y de tradición católica. Son derechosos, amigos durante unos años de los paramilitares y defensores de lo que es suyo.

Tienen una historia diferenciada, un orgullo propio, que aunque menos conocido que el Paisa de Antioquia, es igual de extenso y diferenciador.

Aprovechan cada momento para beber guaro (como todos los demás colombianos) y montar “joropos” que son parrandas (como ellos dicen) de la música típica de aquí que se baila por parejas y no es nada sensual (a diferencia de todos los demás bailes caribeños) sino más bien de taconeo y giro y se toca con arpa, guitarra pequeñita y maracas.

Los Llaneros, son vistos en algunos círculos urbanos con desprecio, como si fueran más brutos, más cerraditos… Pero como dice el Papa, ¿quién soy yo para juzgar?, a mí me parecen muy folclóricos y como bien sabéis, para mi donde hay folclor… ¡Hay alegría!

Así que el sábado a las 11.00 de la mañana, el “Tridente” (Como nos hacemos llamar las tres supervivientes del 2016) nos dirigimos junto con una canadiense, compañera del “trabajo” de Inés, a ExpoMalocas 2017.

De las 50.000 personas que visitaron ExpoMalocas éste fin de semana, creo que las únicas extranjeras que había en todo el recinto (sin contar venezolanos ricachones que pueden permitirse cruzar la frontera) éramos nosotras. Y en Colombia, como os he comentado alguna vez, cuando eres extranjero, se te trata muchísimo mejor que al autóctono.

Así que, ni cortas ni perezosas nos recorrimos todos los puestos, preguntando y enriqueciéndonos de la cultura local, a Nxxxxx le hizo una entrevista la tele local, nos hicimos fotos con presidentes de asociaciones gremiales (como las famosas) preguntamos por las vacas más grandes, las más pequeñas…. La amiga de Inés, iba y volvía detrás de nosotras, intentando seguirnos el ritmo de españolas asentadas en Colombia desde hace más de dos años…

Nos enteramos porqué las vacas llaneras no tenían cuernos y nos llevamos la desilusión al enterarnos que era algo puramente estético y que desde pequeñitas se les quemaban… Todas comentamos la burrada que nos parecía esa práctica y Jaqueline, intrigada, nos volvió a preguntar varias veces si estábamos seguras que habíamos entendido bien que era algo estético y no funcional…

Vimos a la vaca más bonita de todo Orinoquia, el semental más cotizado del Meta que pedía mimitos detrás de su vaya de dos metros moviendo su cuerpecito de 1.100 kilos para coger postura mientras le acariciabas…

Pisamos cacas, tragamos polvo, aprendimos de tipos de vacas llaneras de bocas de ganaderos orgullosos...

Los autóctonos, no paraban de repetirnos que debíamos volver al día siguiente, que lo mejor de expoMalocas, era el “coleo”.

Nosotras no parábamos de sonreír, agradecer, alabar el género, hacernos fotos como japonesas en cualquier esquina y traducir términos llaneros a Jackeline, la canadiense, que aun sonriente, de vez en cuando mostraba  cara de agobio.

 A la una, cuando habíamos visto todo menos el espectáculo de ejercicios de pastoreo, nos sentamos en el único lugar de comidas del recinto, donde un grupo tocaba joropo a todo trapo y los lugareños bailaban con sus mujeres entre las mesas, mientras esperaban sus platos de carne a la llanera.

 Los camareros de camisa blanca y sombrero llanero,  nos prepararon la mesa, mientras buscábamos en google qué coño era el “Coleo” que tanto nos recomendaban para el día siguiente.

Jackeline escribía whatsapps desde su silla, mientras Inés, Nxxxx y yo con los ojos como platos, veíamos la final del mundial de coleo del año pasado.

 ¡Qué barbaridad!

El coleo consiste en que dos llaneros a caballo, salen corriendo detrás de una fornida res, le agarran de la cola, y antes de que termine el pasillito donde corren como locos, tienen que tirarla al suelo únicamente mediante al tirón de rabo.

Como podéis imaginar, de la velocidad que llevan, las vueltas de campana que da la vaca al recibir el tirón, son infinitas y muchas ya no pueden levantarse por grandes lesiones del golpazo. Una cosa muy bruta, vamos…

Pero, vuelvo yo a nombrar al Papa, (es que me acabo de ver la docu-serie de su vida y estoy muy fan) ¿Quién soy yo para juzgar el coleo viniendo del país de los toros y los encierros?

Total, que ahí estábamos esperando a que nos atendieran, escuchando joropo a todo volumen, con el móvil de Nxxxxx mostrándonos las imágenes, completamente embaucadas observando la técnica de los finalistas del año pasado, cuando nos dimos cuenta de que Jacqueline, había dejado de mirar su móvil y centraba sus grandes ojos hasta ahora sonrientes en el vídeo de Nxxxx.

La pobre cambió completamente de semblante, alejándose del teléfono y dejando la mirada fija y perdida mientras apoyaba su cuerpo en el respaldo de la silla de madera en la que estaba sentada, como alejándose no solamente de la realidad que plasmaba youtube sino de toda en general, dijo muy suavemente, “Yo, prefierou no venihr maniana” .

Nosotras secundamos su propuesta, y le dijimos, quitándole hierro al asunto, que también pasábamos, que no éramos tan Llaneras como para disfrutar del espectáculo, así que intentando cambiar de tema, pedimos la carta para saber qué comer.

Ni carta ni leches, en el Llano sólo hay carne a la Llanera, y en ExpoMalocas no iba a ser menos.

“ Lo que podemos ofrecerles es, res a la llanera, cerdo a la llanera, sopa a la llanera y pato criollo.”

¿Pato? Dijo Jacqueline y todas miramos al camarero haciéndonos la misma pregunta.

“Pa quien no le guste la buena carne” respondió entre risas camarero llanero.

Entonces ocurrió algo que hizo que entendiéramos todo lo que habíamos vivido con Jacqueline hasta entonces. Jacqueline salió del armario y anunció ante el camarero llanero, de manera valiente y entera su “vegetarianeidad animalista”.

Nxxxxx soltó “me cago en la puta” muy de Orihuela y yo, sin saber qué hacer, me mordí el labio de abajo intentando empatizar con la canadiense y sus dos horas de sufrimiento e incomprensión, esperando a que Inés nos saliera con algo para arreglarlo.

Mi amiga, que ya va para dos meses en el Llano, intentó suavizar con el camarero, que sin entender nada tuvo que llamar a su encargado para poder darle de comer algo a la gringa.

¿Pero nada que haya tocado carne? Le preguntaba hablando alto el encargado a Jacqueline, que intentando ser lo más educada posible explicaba despacio y sin perder la expresión amable que ella no quería animalitos en su cocina.

El camarero se llevaba las manos a la cabeza, el encargado daba opciones que siempre terminaba llevando carne, pero nada, que no daban con la solución…

¿No tienen ni siquiera arepas? Preguntó Nxxxxx, ¿El arroz que tradicionalmente acompaña a la carne? Dijo Inés.

Los dos señores, fuera completamente de su zona de confort, se retiraron a hablarlo con las cocineras, que desde lo lejos, nos miraban con cara dubitativa, como si no fuéramos de fiar por contar en nuestras filas con una vegetariana…

Tras el gabinete de crisis, volvieron a acercarse para pedirnos más tiempo y de paso para tomar nota de lo que íbamos a pedir las carnívoras del grupo de extranjeras.

En 20 minutos nuestras carnes llegaban a la mesa de manos del camarero, y detrás de él, triunfante, el encargado sostenía un plato con mazorca de maíz, arroz, y una gelatina rara que ni Jacqueline ni yo supimos diferenciar a simple vista.

Lo agradecimos infinitamente y nos pusimos a comer felices las cuatro comentando sobre el plan alternativo para el día siguiente… 

Jaqueline empezó con el arroz, pero al llegar a la gelatina rara, la pobre, entró en shock, se llevó la primera porción a la boca y en cuanto lo saboreó, puso una cara de asco horrible. Inmediatamente soltó el tenedor y con tono de desesperación, desilusión y algo de asco,  afirmó lo que todas sospechábamos… la gelatina era carne.

La pobre, no volvió a ser la misma en todo el día.

Fuimos a ver los trabajos de campo (nada agresivos) y ni siquiera quiso sentarse en la grada.
Se quedó en los puestos de cacao y desarrollo de economía rural que patrocinaba el Ministerio de Agricultura preguntando por tés, frutas y procesos del cacao y el café.

Cuando dijimos que nos íbamos para casa, la pobre fue la primera en subirse al taxi...
Por la noche, en la discoteca del pueblo, volvió a brillar como cuando la recogimos por la mañana y me quedé más tranquila.

El caso es que no paro de pensar en ella… en que se va para la selva, y que si los Llaneros son cuadriculados… los selváticos lo son  aún más, y no sé si acabará hasta las narices de frijoles y arroz… Pobre Jacqueline, se mete en la boca del lobo…

lunes, 23 de enero de 2017

Baño polaco

Éste fin de semana, hemos estado en la playa.

Previendo este bajón posvacacional y demotivador que tiene volver al otro lado del mundo sin vosotros, Diana me recomendó antes de irse, que planificara algo para enero para darme un poco de vidilla y recordar lo bueno de aquí. Así que en noviembre, compramos unos billetes a Cartagena para irnos a Isla Grande en plan señores un fin de semana.

Nos han timado por todos los lados (muy colombiano), porque nos dijeron un precio que no era y luego tampoco nos explicaron que por tener visa de trabajo teníamos que pagar el 20% más correspondiente a los impuestos nacionales. Total, que hemos vuelto pobres de pedir, pero muy contentos del calorcito, el buceo, el padle surf, la naturaleza y la tranquilidad.

Llegamos ayer a la una de la mañana, la casa estaba fría y Paqui, como suele hacer cuando la dejamos sola un par de días, nos echó la bronca a grito pelado, por no haber avisado de que no íbamos a estar con ella en todo el fin de semana.
Durante los quince minutos que aguanté despierta, no hizo más que maullar alto y revozarse contra nuestras piernas en señal de protesta.

Yo estaba cansadísima, tanto, que dejé el bañador mojado en el tendedero, me lavé los dientes y me metí en la cama sin mediar palabra. Con el pelo sucio y seco de tanto sol costeño  y oliendo a sudor de calorcito cartagenero.

Pablo, que no se había dado una ducha de agua dulce en la playa antes de irnos de allí (como hice yo) y no hay cosa que le mole más que meterse en la cama recién duchadito, aprovechó la ocasión para darse un remojón calentito en la habitación que tenemos como ducha (es enorme, creo que os lo he dicho otras veces, pero es lo mejor de la casa. Cabemos 10 y la alcachofa es gigantesca… Sabéis que está a vuestra entera disposición cuando vengáis a visitarnos).

Cuando empañó todos los cristales de la casa y tuvo los dedos rechumidos, se metió en la cama a mi ladito,  Me dio un beso de buenas noches que recibí entre sueños y ronquidos. Creo que me dijo algo, pero ni le entendí.

Paquita pidió entrada bajo el edredón, con un maullido más suave y seductor, se acurrucó  entre Pablo y yo, porque, a pesar de su enfado, los seis grados de la calle en una casa sin calefacción se notaban…. y nos quedamos acurrucaditos los tres hasta ésta mañana.

Tan cansados debíamos estar, que no hemos escuchado el despertador de Pablo (que suena media hora antes que el mío) y nos hemos despertado con el riiiiing del mío directamente.

Pablo se ha levantado rápido, ha planchado una camisa y antes de que yo saliera de la cama, se estaba tomando un café vestido de señor para irse a trabajar con una pierna ya fuera de casa. Se ha despedido rápidamente de las dos y ha desaparecido rumbo a su oficina.

El caso es que cuando me he levantado, con la radio de fondo escuchando las locuras del Señor Trump en la “Doble U”, cual autómata, me he arrastrado hasta la cocina para hacerme las judías verdes hervidas para mi comida de medio día.

Sin abrir casi los ojos, he cogido la cacerola, la he puesto bajo el grifo, he ido a abrir el agua y…. el grifo tenía poquísima presión.

Mi primer pensamiento, ha sido que  que como otras veces, el portero me había cerrado el agua el fin de semana que no estaba y así que directamente, he llamado a portería. 

“Buenos días señora Cristina, ¿Qué hubo? ¿Qué más? ¿Cómo me le va? ¿Cómo amaneció? ¿En qué le puedo colaborar?”

Yo, que como todo el mundo sabe, por herencia familiar Patiño, por las mañanas no me gusta mucho hablar, le he tenido que
responder a lo colombiano en un tono amable poco habitual en mi, “¿Qué más? ¿Cómo está? ¿Qué tal va la mañana? Qué pena molestarle, pero ¿Será que me han cerrado el agua como la otra vez y se olvidaron de abrilo de nuevo?

El portero, rápidamente, repitiendo el mismo discurso que le ha debido decir a todo el edificio desde primera hora de la mañana, me ha respondido muy cordial como si no pasara nada;

“Qué pena señora Cristina, es que el agua se cortó en la noche tardecito y apenas está regresando. Si espera un poquitico, no más, verá como nos regresa y volvemos a la normalidad”.

Es decir, que no tenía ni puta idea de cuando se había cortado, porque Pablo se había duchado la noche anterior bastante tarde durante horas,  y por tanto no tenía ni puta idea tampoco de cuando iba a volver.

Me he despedido muy amablemente, deseándole buen día, dándole las gracias,  mientras dentro de mi, crecía la rabia y se me cerraba la garganta fruto de la desesperación de la incompetencia general y los malos recuerdos de la última vez que se fue el agua en todo el barrio y no volvió en dos días.

¿Sabéis lo que es en un mundo civilizado en el que tienes que ir a trabajar que no haya agua?

Seguramente, los más aventureros pensaréis “yo estuve en un campamento cuatro días” Mi madre alardeará, que en sus refugios de montaña no hay agua y ella, como mujer limpia que es, hace malabares para cuidar los mínimos, pero… ¿Ir a currar con absoluta normalidad sin agua?

Os juro que es un infierno.

Lo primero de todo, cuando ves que no hay agua, es preguntar a los locales la previsión de que ésta vuelva, ante tú pregunta, ellos te responderán con otra… ¿Pero es en todo el barrio o sólo tu edificio?

La diferencia es igual de desesperante, pero a ellos les importa mucho. Si es en tu barrio, tal vez  tengas la suerte de que viva un influyente hijo de no se quien, o directamente el político de turno, que puede presionar al Acueducto de Bogotá para que venga a arreglar la avería en menos de cuarenta y ocho horas.

Si señores, han oído bien, cuarenta y ocho horas.

Si es en tu edificio… la cosa se complica, porque únicamente el administrador de la finca puede realizar la llamada al fontanero. Si es un administrador de bien, seguramente llame en el mismo día, pero el mío, al que nunca he conseguido escuchar porque no me ha cogido el teléfono jamás, no vive en el edificio y lleva todas las edificaciones de la familia Uribe-Noguera (conocidos mundialmente por tener un asesino violador entre sus miembros) por lo que anda bastante ocupadito…

El fontanero, normalmente no trabaja más tarde de las cuatro. Porque aquí las horas extras y la conciliación familiar se pagan pero bien, así que prefieren soltar el alicate y si no ha podido ayudarte antes de las cuatro, “Qué pena con usted” y se va para su casa.

Así que si te quedas sin agua en un edificio bogotano ,así como así, te toca tener mucha paciencia, mucho dinero y algún amigo para poderte duchar a fondo el tercer día de sequía.

Volviendo a ésta mañana; Ahí estaba yo, oliendo a rallos, con el pelo asqueroso, en pijama y a una hora bastante tardía en la que no tenía ningún amigo aun en casa y sin saber si era avería del edificio (de ésa manera iría al gimnasio a ducharme) o del barrio.

Me he sentado en el sofá, desconozco cuanto tiempo, mirando al infinito, con el teléfono móvil en la mano, buscando una solución rápida y efectiva.

La primera opción que me ha venido a la cabeza ha sido trabajar desde casa, pero claro, una no puede trabajar dos días seguidos en su casa cuando tiene reuniones y demás que ya están cerradas para esa misma mañana.

Así que la segunda opción, repitiendo la jugada de la otra vez, ha sido llamar a una cigarrería (que es como los chinos en España pero aquí los llevan los mismos colombianos porque hay poco chino aun) y pedir veinte litros de agua en garrafas para al menos poder ducharme a “parroquias”.

Con 30.000 pesos menos (10 euros) y cuarenta minutos después, tras una cocacola ligth y un sándwich de nocilla porque la ansiedad me ha hecho olvidar que volvía a estar a dieta, ha llegado el señor de la cigarrería de abajo (si, tardan cuarenta minutos aunque estén en tu misma manzana) y me ha subido a la mismísima encimera de la cocina cuatro garrafas de agua embotellada para mi uso exclusivo y personal.

Sonriente y encantado con el “agosto” que se estaba haciendo a consta de pijas con necesidades imperiosas de higiene personal y cocina, me ha comentado que había tenido suerte, que eran las últimas garrafas que le quedaban, y que hasta el miércoles, no venía el repartidor.

No he sabido si sentirme afortunada o la mujer más desdichada del planeta por saber que, no era cosa del edificio y que en toda mi manzana no había más agua disponible que la que tenía en mi encimera. Pero amablemente (haciendo un esfuerzo infernal porque repito, por las mañanas soy el mismísimo diablo) le he dado su propinita, los buenos días y he cerrado la puerta aliviada.

Un poquitito para las judías verdes, otro poquitito para beber y bajar el ultimo trocito de sándwich de nocilla de importación, y estos cuatro litros más o menos para calentar en la pota grandota para lavarme el cuerpo.

Tras veinte minutos de cocción y ya llegando demasiado tarde a la oficina, he echado el agua fría en  tina que compré la última vez que sufrí esta catástrofe y que tiene el tamaño justo para todo lo que es el aseo personal (lo mismo cabe un pie, que un culo que un jersey para lavar a mano).
Posteriormente he llevado la tina y la olla al cuarto-ducha para desde ahí volcar todo el agua hirviendo de la olla grande con el objetivo de conseguir un agua templadito y en el lugar exacto para no mojar toda la casa.

Sentía que nada ni nadie podía frenarme, tras tan osada hazaña.  Encantada conmigo misma por lo rápido que estaba capeando la situación, sabiendo que el olor a cebolleta francesa desaparecería en cuestión de segundos y que gracias a mi ingenio y tenacidad, sería la última persona de la carrera cuarta A que disfrutaría del agua limpia recién comprada.

Transistor en posición, pijama por aquí, braguitas por allá...
¡Todo preparado!
Pero al volcar toda el agua en el recipiente plástico final, sin saber cómo ni por qué, además del agua caliente han empezado a aparecer pequeños trozos de espinacas que el viernes pasado, había hecho en esa misma cacerola y que se habían camuflado, hasta ese momento, en las negras paredes de la mejor de todas mis ollas de toda la casa.

¡Cacerola sin fregar!
¡Horror!

Seis litros ¡¡SEIS!! ¿De los veinte que tenía disponibles echados a perder y volver a esperar a que se calentara?

Ni de coña.

Otra vez, fruto de la desesperación y la capacidad de supervivencia, he decidido solucionarlo por mi cuenta.
Desnuda, con frío y harta del agüita de los cojones, he ido hasta la cocina corriendo a coger un colador para cazar cada trocito de espinaca que hubiera ahí dentro.

No tenía tiempo, ni ganas, ni humor para volver a esperar veinte minutos de cocción para que el agua se calentara. Y por otra parte, por qué no decirlo, hay ciertas zonas de mi cuerpo que me niego a mojar con agua fría a primera hora de la mañana.

Asi que, con las noticias de fondo en mi transistor, de cuclillas en medio de la ducha-habitación de mi baño, me he dedicado a pescar espinacas en mi tina azul de emergencia con el escurridor de verduras de rejilla que SI había fregado el viernes.

Si, sé que es un asco, que todos pensaréis que es lo peor del planeta, pero me he lavado en ese agua todo lo que un baño polaco requiere (pies, culo y sobaco).

Convenciéndome a mí misma de que, posiblemente, el caribe en el que había nadado el día anterior o el mar mediterráneo en el que nos bañamos todos alguna vez, tienen más bacterias que un balde azul de emergencia con trocitos de espinacas flotantes sazonado con jabón Dove.

Eso si, me he lavado los dientes, la cara y el cuello con agua fría directa de la garrafa herméticamente cerrada. Y el  pelo, tras lo de las espinacas… ya me ha parecido excesivo. He tirado de moño alto pegado a la cabeza para que no se supiera si era sucio o gomina.

A medio día he subido a casa, para saber si tocaba coger mochila para irme a duchar a casa de alguien o todo había terminado.

Por suerte esta vez, solo ha sido una mañana. En éste país del realismo mágico, uno nunca sabe si el “ahorita mismo” son unas horas, o una eternidad.



lunes, 16 de enero de 2017

La Caracas

Esta semana ha sido semana de aclimatación.

Vuelta al trabajo, a la compra, a la tranquilidad de que Paquita se coma mi ropa…

Esas cosas del día a día, ya sabéis.

Después de un viaje de avión tan accidentado o más que los otros dos anteriores, Paquita se ha adaptado mucho mejor.

Su dueño, que la mima más que a nadie en el mundo, le ha traído comidita y premios de España, así que la gata, que vive como una reina, no ha notado casi el cambio, y vuelve a ser feliz persiguiendo alambres del pan bimbo por toda la casa.
Lo que su dueño no pudo traerle, por cuestiones de espacio y peso, es la arenita para los pises que usa en España.

Como Pablo es alérgico al polvo, encontramos una arena que es como de piedras blancas muy chulas que no levanta polvo pero que también se come los olores, acostumbramos a Paqui desde pequeña a hacer pis en eso y ahora no puede vivir sin ella.

En España hay en todas partes, es un poco carilla, pero no hay súper que no te la venda (Bueno, si, el Día no tiene pero porque son cutres de por si).

Así que cuando llegamos a Bogotá y nos dimos cuenta de que no quedaba mucha arena de la que les gusta a los dos, salimos al veterinario del barrio a por ella.

El veterinario de mi barrio, como todo lo de mi barrio, es la cosa más pija del planeta.

Tiene una súper tienda de perros con muchísimos complementos, juguetes, disfraces,  medicinas, libros y demás y otra igual, separada por un cristal pero más acogedora, para gatitos.  En el piso de arriba están las consultas, (separadas gatos de perros), la zona de hospitalización y las guarderías de corta estancia.

Como es un veterinario pijo, siempre han tenido la arenita de Paqui, así que fuimos a tiro hecho. Pero al llegar allí cual fue nuestra sorpresa, que en el hueco de su arena delux no había nada de nada.

Nerviosos, pensando en la inestabilidad de nuestra gata maniática y déspota (que no me lea Pablo que me mata) corrimos a preguntarle a la dependienta que nos comentó que el proveedor de esa arena no llegaba de vacaciones hasta finales de mes.

Pablo le preguntó por otro proveedor y la señora fue a preguntar a otro compañero por si sabía de alguien, pero tampoco. Le expliqué a la señora nuestra problemática y nos comprendió perfectamente “Pobre prinsesita, con lo que ha viajado, no necesita más stress, ¡Qué pecado!”.

Dimos mil vueltas por la tienda, preocupados pensando en que tal vez ella no lo veía pero nosotros encontraríamos nuestras piedritas blanquiazules y nada.

El domiciliario (que es el que hace los pedidos a domicilio y normalmente son hombres muy trabajadores, de bajo estrato y bastante kinkis  que se enfrentan a las duras calles de la ciudad) percibió nuestra preocupación y debió escuchar nuestro problema. Así que sin dirigirse hacia a nosotros, extranjeros de altísimo estrato con grandes preocupaciones como dónde va a mear su gato. Le explicó a la dependienta algo que no pudimos escuchar.

Ella vino a nosotros dando pasitos cortos y rápidos desde el otro lado de la tienda y nos dijo señalando al hombre que cargaba en su hombro un pienso de gato contra las bolas de pelo.

“Mi compañero dice, que aquí mismo, en “La Caracas” con setenta y dos hay un agrocentro que venden seguro”.
¿En la Caracas? Preguntó Pablo mientras me miraba con los ojos muy abiertos intentando que yo dijera algo que solucionara el persistente problema.

“Si, aquí mismito, no más” dijo con timidez pero mucho interés, el señor domiciliario desde la otra punta de la tienda.
Sin hablar mucho y agradeciéndoles a ambos su amabilidad con mucho énfasis como se merecían, salimos del veterinario hacia casa para poder meditar el problema juntos y a solas.

Teníamos que ir a por la arena, estuviera en la Caracas o estuviera en Candanchú.

La Caracas es una de las calles más emblemáticas de la ciudad, sus 28 kilómetros de largo y sus cinco carriles de ancho van desde la calle 76 a la 40 sur cruzando barrios, gremios y zonas que no verás en ningún otro lugar.

La Caracas sería, para que os hagáis una idea,  la carrera veinte en algunos barrios, la dieseis a la altura del mío. (Yo vivo en la cuarta)

Hace un año, os diría que a La Caracas es mejor no bajar, hoy, que ya empiezo a saber quién es quién en ésta ciudad, os digo que hay que ir con cuidado  y que desde luego la Caracas tiene su propio horario: de 08.00 a 17.45.

Es decir, de día y cuando los miles de comercios de cosas baratujas están abiertos.

En la Caracas no hay ningún comercio que venda cosas auténticas, ni cosas caras y en algunas zonas tampoco legales.  En la Caracas se venden perros de dudosa procedencia, tornillos torcidos, armas, drogas, bombillas fundidas y maletas de un solo viaje. Los comercios, en según que barrios, se alternan con vendedores ambulantes, puestos de arepas y moteles donde amarse por horas. 

En otras zonas, los garajes de motos se alternan con jonkis, habitantes de la calle y almas en pena que no saben ni donde están.
La Caracas nace en La Picota, la prisión más grande de Bogotá donde está recluido nuestro famoso vecino violador y asesino.

A algunas cuadras de allí se cruza con la zona de las tiendas de lavadoras y electrodomésticos de dudosa procedencia y mejor calidad.

Sigue hacia el norte pasando por la zona de los Sobanderos, profesionales sin título ni carrera que sobándote te arreglan lesiones, dolores y hasta mal de amores.

Allí acuden en mandada, personas de toda índole buscando remedios que no han encontrado en las cartas del famosísimo chamán, el Indio Amazónico, de la Caracas con treinta y nueve.

A la altura de la calle trece o catorce, se cruza con el mercado de San Vitorino, donde puedes encontrar camisetas de todos los equipos de futbol del mundo a menos de diez euros, con los escudos bordados y el nombre y número que a ti te apetezca en menos de diez minutos, así como vestidos de princesa para la puesta de largo de quince años con volantes y muchos brillis brillis.

A diez cuadras de allí siguiendo hacia el norte, la Caracas se tiñe de vicio y pasión, iluminada con luces de neón y elegancia exuberante latina, en el mayor puticlub “normal” (no para ricos) de la ciudad,  La Piscina, que como buen puti tiene otro puti enfrente, el Castillo, que le regatea los precios siguiendo la ley de la oferta y la demanda dando lo mejor de todo Latinoamérica con mucho cariño y amor.

Pero  la cuadra de El Castillo y La Piscina de la veintidós, no es la única zona para el amor en la Caracas.

La zona de Chapinero, por la 62 o 65 con Caracas, vuelve a oler a cama y placer gracias a los múltiples “Resevados” (Que son Putis con horarios diurnos que cierran a eso de las tres) y de los Moteles, que a diferencia de los moteles de carretera españoles, son hoteles a horas donde, como me dijeron un día en la oficina “Van con las secretarias cuando se necesita un poquitico de amor”.

Y claro está, por la noche, cualquier esquina y acera es buena para un aquí te pillo, aquí te mato entre habitantes de la calle, adictos y demás.

Diana y yo, en esos viajes que empiezan a las 05.00 para coger el vuelo más barato con destino cualquier lugar, nos hemos cruzado en la Caracas, con escenas de sexo de lo más explícito desde nuestro taxi con los pestillos bajados al amanecer…

Allá por la cincuenta, están las tiendas donde se venden animales vivos, ilegales, exóticos o de andar por casa. Están llenas de labradores que son mil leches pintados de negro, pollitos de colores, iguanas muy tiesas que no se distingue si están disecadas o vivas  y otra lista de atrocidades animalisticas...

Tras el levantamiento del “Bronx” de Bogotá (el mayor mercado de la droga de la capital) el pasado año, muchos de sus habitantes se han instalado a la altura de la sesenta, coincidiendo con Moteles y tiendas de piezas de motos, los jonkis se esparcen por las aceras, tirados sin ningún orden ni concierto. Por las noches, se reúnen en las anchas aceras entorno a fuegos improvisados en barriles de gasolina contando historias y viendo coches pasar.

Y en la setenta y dos, allí donde nos había dicho el domiciliario, están las tiendas de animales.

Tiendas de animales no significa tiendas de cositas para perros y gatos sino tiendas enormes en las que lo mismo encuentras un ordeñador de vacas, que una súper maquinilla para esquilar ovejas o un parquecito para perros de tamaño de una rata. ¿Quién compra un esquila ovejas en medio de la ciudad? Pues no lo se, pero el caso, es que a trece calles de mi casa, en la Caracas con setenta y dos, hay una zona con grandes almacenes para animales que nunca había ido hasta ahora que tienen de todo.

El sábado por la mañana nos vestimos propiamente para bajar a la Caracas. Somos unos cagados, así que nos fuimos sin joyas, sin bolso, ni pintas de pijos de ciudad. Andandito de la mano y con aparente despreocupación hacia nuestro objetivo. Todo por que Paqui hiciera pis contenta.

Al llegar a la Caracas, por la setenta y dos tuvimos que preguntar a un par de señoras con pinta de buenas madres que detrás de sus mostradores vendían arepas y cobre (respectivamente) y la segunda, que tenía pinta de haber vivido toda su vida entre cobre y otros alambres dignos de venderse en la Caracas nos explicó señalando con los labios que estaba mas adelantico. Pablo preguntó cuanto de “adelantico” (por no tener que andar muchas cuadras dando papaya y llamando la atención) Aquí no más, a una cuadrita y media.

Le dimos las gracias y a paso firme y apretándonos la mano como si eso nos fuera a ayudar en algo, cruzamos una cuadra con cuatro tiendas de bombillas, llaves y cerraduras hasta encontrarnos con el Agrocentro.

Allí, en la sección de gatos, encontramos por fin la arenita de la gatita de marras que costaba cuatro veces más que en Madrid y dos más que en nuestro veterinario pijo.

Cogimos dos bolsitas, pagamos y al salir, ya hasta viéndonos fuertes por tan tremenda hazaña conseguida, nos paramos a preguntar a una de las tiendas de candados por uno de clave para el gimnasio.

El dependiente, al oir nuestro acento, tan extraño por esos lares, nos dijo que costaba el triple de lo que debía costar, devolviéndonos a nuestra realidad de que ese no era nuestro barrio.

Nos despedimos muy amables, cruzamos los cinco carriles de La Caracas con la setenta y dos, cargando con la arena exclusiva, subimos dos cuadras más y de nuevo volvimos a nuestra burbuja, en la que los limpiabotas te llaman “Su mercé” y los centros comerciales tienen guardias de seguridad.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Pesadilla antes de Navidad

Parece que ya es Navidad.

Aunque en Bogotá desde el 2 de Noviembre todas las tiendas te recuerdan que va a venir Papá Noel y todo está decorado como si la ciudad fuera un verdadero puticlub, ahora si que si, el pueblo colombiano se ha declarado en fechas de Navidad.

En países como éste, en el que no hay estaciones del año, el mes de diciembre, es aún más importante que para nosotros.

Se juntan las fiestas navideñas con el mes de vacaciones, así que todos cuentan los días para que llegue el 16 de Diciembre para estrenar el bañador, mirar el belén y escribir cartas  al “Niño Dios” y sobre todo para emborracharse, salir de vacaciones de colegio (los niños) y “rumbiar” (rumbear, irse de fiesta).

Todo lo hacen a la vez (nuestro agosto y nuestras navidades en el mismo mes) y las calles de las zonas comerciales y los principales parques se llenan de gente como si se tratara de una película de invasión zombie.

Diciembre es aquí un mes de familia, de amigos, de rituales religiosos y sobre todo de consumismo.

La primera fecha clave, que a mí me encantó y pienso repetir todos los años de mi vida, es el día de las velitas.

El 8 de Diciembre, Día de la Inmaculada Concepción, en cuanto cae el sol (como todos los días a las 18.05) las familias salen a la calle a poner velitas en los parques, las puertas de las casas, las ventanas, las plazas… Nadie lo sabe, pero la tradición se basa en que la luz significa la pureza, la virginidad, y ese día se conmemora el día de la “Concepción”, vamos el día que el Espíritu Santo baja, se le aparece a la Virgen y pone todo a funcionar…

Los colombianos, se sientan en el suelo, toman canelazo (agua panela calentita a veces con un chorrito de alcohol) mientras  rezan y juegan con las velas de colores.

Todo se llena de velas, de amigos, de familias, de personas felices que compran paquetes de 20 velas de colores y a medida que se adentra la noche, llegan las cervezas, de las cervezas al ron y del ron al aguardiente (guaro) y al día siguiente resacón.

Pasado el día de velitas llega la novena, que como su propio nombre indica dura nueve días.

Desde el 16 de Diciembre al 25 del mismo mes, cualquier grupo social, familia, amigos, comunidades de vecinos, empresas, clases de universidad, se reúnen en círculo y rezan alternándolo con la lectura de un librito que se llama “Novena” que va contando diferentes pasajes de la Biblia.

Normalmente se celebran por la tarde, después se comen buñuelos (que son bolas de pan requetefritas con queso) y natillas (que es una gelatina de leche) , se escuchan villancicos, y como todas las fiestas colombianas… llegan las cervezas, de las cervezas al ron y del ron al aguardiente (guaro) y al día siguiente resacón.

Las novenas son una especie de “postureo” a las que todos acuden, son invitados, desinvitados y cumplen rigurosamente durante los nueve días que duran.
Da igual que tengas que hacer muchas cosas, si en tu círculo se celebra una novena hay que ir y punto.

El viernes, tuve una reunión en una oficina de esas pijísimas de una empresa muy grande que quieren hacer unos vídeos corporativos…. a los 20 minutos  de estar conversando con el Director, correctamente pero con decisión, me echó de su despacho porque “a las 10.30 toda la oficina tenía que celebrar la novena”, y cuando salí de su despacho a las 10.32, en medio de la sala principal llena de mesas y ordenadores, todos los trabajadores en sillas puestas en círculo rezaban con las cabezas gachas en plan Kukux Clan pero sin capirotes.

Viendome ahí en medio, rompiendo la armonía religiosa, cómo no, fui invitada a unirme a tremendo evento y antes de que me diera cuenta, el Director de la Compañía, con en que había estado hablando hasta ese momento, ya estaba sentado en la única silla libre que habían dejado para unirse a su novena.

Educadamente decliné la invitación, porque en mi oficina que somos made in Spain. Ni novenas ni novenos, únicamente trabajo.
Pero lo que a mí más me alucina y más me hace pensar que en España la crisis nos ha hecho mejorar el planeta, es lo del alumbrado.

Desde el día de velitas, y durante todas la noches hasta que amanece, las calles se llenan de luces de colores, de hilo musical navidad-caribeño, de flashes, de leds, bombillas, de árboles con bolas luminosas, de estrellas que parpadean en las aceras y de papás noeles muy abrigados.

Es una auténtica pasada. El Ayuntamiento y las familias en sus casas, echan el resto y se encargan de que nadie, nadie, nadie, se olvide que es Navidad.

Éste año, para rizar el rizo, el Alcalde de Bogotá, les ha regalado a los 9 millones de bogotanos un espectáculo que desde el viernes pasado y hasta el 23 se repetirá cada hora en la Plaza Bolivar de luces y música, inspirado y gestionado por “La Fiesta de las Luces de Lyon”.

Así que el viernes pasado, cual idiotas inconscientes de lo que íbamos a sufrir, cuatro amigos y yo nos fuimos a ver el espectáculo de inauguración junto con la Orquesta Filarmónica de la Ciudad.

Íbamos felices, sorteando gente, esperando filas, saltando los puestos de ropa de segunda mano, las parrillas móviles llenas de mazorcas de maíz, las familias numerosas, los yonkis en las aceras, los carteristas navideños y los puestos de gorros de Papa Noel.

Y a unas tres cuadras del lugar del evento, empezamos ya a sentir que íbamos a estar bastante apretujaditos…

La plaza de Bolivar está rodeada por los edificios más emblemáticos de la ciudad, la Catedral, El Senado, La casa del Presidente y el Palacio de Justicia. Los cuatro edificios la rodean dejando hueco a 4 pequeñas calles que desembocan en la misma. Dos completamente inutilizadas por seguridad alrededor de la casa presidencial por las que únicamente pueden pasar personas acreditadas y la séptima y la octava.

Así que desde cuatro cuadras antes el tapón ya era importante.

Nxxxx, Jxxxx y yo conseguimos un sitio detrás de un escenario cercano al Congreso en el que podíamos ver casi todo, los otros dos restantes prefirieron meterse en el tumulto màs tumulto.
Disfrutamos como enanos cada segundo, los fuegos artificiales se intercalaban con los violines y las luces que enseñaban cómo la Catedral Bogotana se convertía en NotreDame, en selvas, en casas típicas de la costa y se derretía convirtiéndose en fuego…

Una verdadera pasada digna de una ciudad pudiente que comienza a sentir que se debe a sus ciudadanos.

La plaza estaba llena hasta la bandera, no cabía un alma y todo era alegría y color… Las parejas se besaban y hacían selfies, los niños gritaban de alegría y Nxxxx y yo dabamos saltitos cada vez que cambiaba el color de algo o sonaba una música conocida y tras 10 minutos de luz y sonido, tras una traca de fuegos artificiales, el espectáculo terminó.

Conscientes del agobio que se venía encima, Nxxx Jxxxx y yo salimos corriendo rumbo a las dos calles que nos sacaban de allí, pero fue demasiado tarde. Sin saber por qué, en cuestión de segundos nos vimos envueltos en una riada de gente que intentaba salir como nosotros.

La masa empujaba hacia la salida, y nosotras (algo más altas que el resto) veíamos como nuestros cuerpos sobresalían en medio de miles y miles de personas estrujándose cada vez más y más queriendo salir de la Plaza.

Miles de cuerpos, poco a poco se iban amontonando dirección las dos únicas calles estrechitas que dejaban salir de allí…. Calor, pisotones, gritos, quejas… Todos esos estímulos me iban dejando poco a poco sin oxígeno y hacían que mi miedo y angustia crecieran cada segundo.

Nxxxx, empujaba hacia delante, Jesús detrás de mi intentaba dejarme un pequeño círculo aire porque sin que le dijera demasiado se había dado cuenta de mi cara pálida de angustia.

Perdí el control tras 10 minutos de desesperación y presión,  le dije a Nxxxx que yo me daba la vuelta, que me quedaba en la plaza, sólo quería salir de allí, huir de tanta gente, respirar, sentir oxígeno.  Pero era imposible, no podía andar contra corriente, y poco a poco en vez de salir entraba en el embudo de la calle octava…

Miré a Nere y me di cuenta que ella estaba igual que yo, que aunque nos guiaba en la angustia sin decir nada, no sabía qué hacer y dándome la vuelta, casi sin sentir ya el suelo bajo mis pies miré a Jesús para que nos salvara.

“Nena, pal soportal” le gritó Jxxxx a Nxxxx señalando hacia la izquierda donde el Palacio de Justicia ofrecía un pequeño soportal donde resguardarse de la lluvia en los chaparrones bogotanos.
Cual autómatas, luchando contra la marea conseguimos llegar a una valla que separaba el gentío de la policía del soportal.

Nos paramos sobre ella, Jxxxxx apoyó sus manos en la pared y como si fuera súper man nos hizo una pequeña casita que nos separaba del resto del mundo sin que nos empujaran.

Pero yo no podía respirar, no podía dejar de moverme, quería salir de ahí, sentía como mi garganta se cerraba y ya no podía ni hablar…

Nxxxx intentaba calmarme, yo intentaba mirarla, pero no podía fijar los ojos en ninguna parte. Buscaba una salida, un lugar por donde huir de esa situación….
Nxxxxx, yo me voy donde la policía, le dije angustiada. Y rompiendo el protocolo, empujando a siete señoras, dos niños y cuatro hombres conseguí llegar a la verja de la policía mas lejana a la corriente.

Sorprendentemente estaba abierta, se podía pasar sin problemas, así que escabulléndome como una ratilla de ciudad, conseguí llegar al otro lado en el que en 20 metros cuadrados únicamente había un policía leyendo whatsapps en su celular.

Cogí aliento y empecé a llorar apoyada en la pared, sintiendo el aire, el frío y  por fin el espacio vital.

A los 2 minutos Nxxxx, más blanca aunque yo, asomó una pierna, un brazo y pudo colarse por el hueco que yo había descubierto.
Detrás vino Jxxxx, también agobiado pero no tan descompuesto.

Nxxx y yo nos dimos la mano, como sintiendo que gracias la una a la otra habíamos sobrevivido a nuestros miedos, no podíamos ni abrazarnos, pero sabíamos que estábamos a salvo.
 Anduvimos 10 metros por los soportales, paralelos a la calle octava y asomándonos a un altillo del soportal que nos separaba de la barbarie, sin habla y horrorizadas, gastamos los siguientes 40 minutos respirando frío y viendo a gente pasar.

Cuando por fin se pudo ver algo del suelo empedrado de la calle octava nos decidimos a salir, ya era tarde y quedarnos en el centro histórico no era buena idea.

Pudimos coger un taxi que nos llevó hasta casa de Nxxx y Jxxxx, donde sin nombrar nada religioso (porque ellos no creen en nada y nos pidieron que en su casa no se rezara) celebramos una novena atea, dándole gracias a la vida por mil cosas, con sus villancicos y su vino blanco de rueda que me habían traído mis amigas para una ocasión especial.



sábado, 10 de diciembre de 2016

Se ha escrito un crimen

Antes de nada, esta entrada no es para todos los públicos.

Entre accidentes de avión de futbolistas y visitas relámpago a España no he parado ni un momento…

Y hoy por fin, tras haber puesto dos lavadoras, depilarme y hacer unas lentejas caseritas, me siento delante del ordenador para contaros cosas.
Estoy bastante cansada, ayer, mientras cenaba con unos amigos, les contaba que desde mediados de Septiembre, no ha habido una semana de relax a nivel informativo.

Una vez una tía mía y la señora que cuida a mi abuela me dijeron que les encantaría saber qué es lo que hago aquí, a qué me dedico, así que a grandes rasgos os voy a contar…

Me dedico a coordinar una empresa que bajo la rigurosidad de una agencia de noticias, vende cual tiburón, cualquier imagen de tele o medios para grabar esa imagen y sacar el máximo beneficio posible que me exige mi empresa de siempre.

Suelo decir que lo que yo hago, es vender muertos, porque las imágenes que más salen en la tele son muertos, pero desde septiembre, en el país de la cultura de la violencia,  he vendido de todo.

Hemos pasado de firma de paz en La Habana a Firma de Paz en Cartagena, a Plebiscito, de ahí al No tremendo de la mitad de los colombianos, saltamos al Nobel de Santos y cuando creíamos que ya no podía pasar nada más, se nos cae el avión con los jugadores de la final de la Copa Sudamericana.

Ha sido un no parar de intentar conseguir imágenes, de buscar equipos profesionales que cuadraran con las necesidades de nuestros clientes y posibles clientes. Continuo regateo, filtrar imágenes históricas, conseguir entrevistas clave, calcular márgenes, horarios, transportes seguros…
Un stress tremendo, de verdad.

Así que cuando aterricé en España el viernes pasado, e iba en el coche con mi madre de recado a recado sintiendo que todo funcionaba, pensé que ya estaba a salvo, que nada podía pasar, que en Europa las cosas funcionaban y que mi madre que sale de cualquier situación estaba ahí codo con codo en el país que me vió nacer.

Iba escuchando su voz en modo “off” de eso que no entiendes lo que dice pero que el sonido te llena de paz. Miraba la Castellana, con sus semáforos, sus fuentes maravillosas y limpias, sus autobuses poco contaminantes, el señor que pide en el Museo de Ciencias Naturales con mil banderitas de España pero bien aseado y sentía eso, paz…

Pero en cuanto la abandoné rumbo a Sevilla, volví a darme de bruces con la realidad… Cuando llegué a Sevilla un taxista muy sevillano él, me timó nada más salir de la estación de Santa Justa y me cobró el triple de una carrera normal. El avión que me llevaba de nuevo a Madrid después de visitar a mi sobrinito , se averió y ya estando en pista decidió dar la vuelta, tardamos tres horas más en salir y ahí nadie dijo ni mu.

Al llegar a las tantas a mi casa, el calentador no tenía agua caliente… así que cuando tras un periplo tremendo, me senté por fin a la 1 de la madrugada a comer un plato de alcachofas con jamón de La Carretilla sin haber conseguido conectarme al wifi de mi propia casa y puse la tele para ver el 24h lo único que quería era volver a la otra casa donde estaba Paquita y Pablo…

Encendí la tele y… aun sin escuchar nada vi la fachada de mi casa de Colombia en la sección de internacional.

Apagué la tele y volví a encenderla, sintiéndome la protagonista del Show de Truman, en la que todo el mundo gira en torno a mí y todo es un complot… Seguía Colombia en antena.

Al parecer un señor muy rico muy rico, de esos de grandes familias oligarcas de los que se apellidan Uribe, había secuestrado una niña de los barrios que hay en las montañas, una niña de ascendencia indígena, de estrato uno del barrio de detrás de mi casa. La había llevado a su casa de barrio pijo y allí la había matado. Al darse cuenta de todo, había intentado esconder la atrocidad de los hechos llamando a su hermano que era el mejor abogado de todo Bogotá … Y todo eso había ocurrido ¡En mi propio edificio!

Un escalofrío recorrió toda mi espalda, e inmediatamente relacioné todos los mails del trabajo que había leído ese día, con las localizaciones de grabación que se habían establecido y aprobado con mi propia casa.

Sentí que no había lugar donde no tuviera que trabajar, donde no hubiera noticia que contar, y agotada y emocionada después de un fin de semana de sobredosis de amor y buen rollo, acurrucada en mi sofá amarillo vacío sin gato ni novio, empecé a llorar entre alcachofas y riquísima agua del grifo.

Me sentí agotadísima, impresionada por una historia que tocaba todos los clichés de la sociedad Colombiana tan cerca y a la vez tan lejos.

Tocaba la impunidad de los ricos, la desigualdad social, la desprotección de la infancia y en especial de las niñas en un país que lucha por avanzar en armonía.

Llamé a Pablo, que estaba muchísimo más impresionado que yo ya que no había salido de casa en todo el domingo y la tele en Colombia no paraba de bombardear cual culebrón de datos más escabrosos de toda ésta historia. A Colombia le gusta la sangre y el morbo, así que las imágenes que piden y publican aquí, tienen tres puntos más de escabrosidad que en Europa y el pobre Pablo, europeo de a pie, estaba completamente flipado con lo que iba leyendo y escuchando...

Nos reímos de mi frialdad ante el hecho y terminamos hablando de nuestras aventuras y risas de ése fin de semana, olvidando los malos royos que nos rodeaban. Quedaban 10 horas para subirme al avión, así que sin lavarme los dientes me arrastré hasta la cama y me quedé dormida bajo mi edredón gordo, con persianas opacas y calefacción puesta.

Me desperté como nueva, El País abría su sección de internacional con mi edificio pero me dio un poco igual.

Al llegar a casa, casi 16 horas después, al más puro estilo colombiano, mi portal se había convertido en un altar. Lleno de velas, Vírgenes, Divinos Niños, mensajes, peluches y cómo no, gente rezando.

Estaba lleno de pijas con gafas de sol (era de noche) muy afectadas, de cuatro por cuatro blindados con conductores esperando en las puertas de sus vehículos y familias sacadas de revista dadas de la mano poniendo más y más velitas. Los carteles pedían justicia.

Sin querer, volví a reflexionar de manera fría y distante. ¿Por qué aquí y no les van a dar el pésame a la chabola a la familia de la niña a su barrio peligroso? ¿Por qué tanta gente rica que posiblemente ni se dé cuenta de la otra parte de la sociedad colombiana? ¿Por qué nadie habla de la impunidad que tienen unos aparcando sin orden y cortando la calle mientras otros, a la hora del trabajo no pueden permitirse ni poner una velita para rezar?

Me indigné de nuevo mientras subía mis maletas llenas de turrón y mazapán a mi piso de alto estrato.

Hoy, cuatro días después, nadie habla de otra cosa. La masa silenciosa, comienza a hablar de desigualdad, de la situación de las niñas en los barrios de ocupación, de la impunidad de los delitos cometidos por determinadas personas y demás… Parece que van dándose cuenta del fondo de la cuestión…

Pero, tristemente, todos saben que la probabilidad de que el monstruo de mi vecino pague una pena más pequeña de lo habitual es muy grande. Se quejan, demonizan, pero son conscientes de que queda mucho por hacer para que los ricos riquísimos sean colombianos como todos los demás.

Ayer por la tarde, el portero que estaba de guardia durante los hechos, único testigo directo, apareció muerto en su casa.

El periódico El Tiempo, propiedad de un alto cargo de familia oligarca habló de suicidio, El Espectador dijo “Presunto Suicidio” y únicamente Semana habló de “aparecer muerto”. Parece todo una película... pero así es cómo se viven las historias periodíscas en el país del "Realismo Mágico"