martes, 17 de mayo de 2016

Andrés Carne de Res

Este fin de semana no he ido a ningún sitio.

Este fin de semana he sido una bogotana más, con la diferencia del acento y que albergaba en mi casa a mi segunda visita oficial, a un amigo de Caminos que está haciendo un túnel en Medellín y que venía con todos los de su oficina a disfrutar de la capital colombiana.

Cuando no viene de visita dos días a Bogotá y es fin de semana, el frío y los atascos solo te permiten hacer tres cosas: Un poquito de turismo, salir por la noche e ir a restaurantes.

Y eso es lo que hacen no solo los visitantes, sino todos los colombianos que no se quedan en sus casas los lluviosos y otoñales sábados y domingos de Bogotá.

Bogotá es la cuna de los buenos restaurantes (entiéndase por buenos, mejores que los de otras ciudades de Colombia, pero no buenos como en España) y tiene una oferta enorme de sitios donde salir por la noche de miércoles a domingo.

Porque el colombiano, siempre lo digo, es una persona que sabe cómo divertirse y le encaaanta la fiesta.

Las discotecas, como os podéis imaginar, son una representación de los estratos…

Hay discotecas para bajos estratos (a las que los extranjeros no se nos ocurre ir por lo general), para estratos normales (que suelen estar en el centro histórico y hay que andarse con ojo a la salida para salir de la zona de manera efectiva), estratos altísimos (con servicio de taxis propios y seguros) y para estratosféricos…

Pues bien, entre las estratosféricas hay un restaurante- rumbeadero famoso en el mundo entero (y rima) que es el Andrés Carne de Res.

He ido cuatro veces y las cuatro he salido alucinando de lo divertido que es .Éste fin de semana, con Cuco en casa, era visita obligada.

Andrés Carne de Res, es un restaurante situado en Chía (que es como las Rozas de Madrid) con  capacidad de hasta tres mil comensales diarios (en fines de semana suele estar completamente lleno), seis mil metros cuadrados de extensión (55.000 si se tiene en cuanta el área de parking y servicios auxiliares), 120 empleados en cocina (800 empleados en total) y todos ellos guapos, modernos y bilingües.

Como todos los buenos negocios de Colombia, Andrés (el dueño) es paisa, y desde 1982 no para de hacer dinero y más dinero gracias a la experiencia que ofrece en su restaurante basada en comer carne de vaca excelente, beber muuucho ron y cerveza y poner la mejor música para bailar de todo Colombia.

El Andrés es un paraíso de lo absurdo y el color.

En la puerta hay cientos de vacas de cartón piedra patrocinadas por diferentes marcas iluminadas con luces de neón que te dan la bienvenida y te conducen a una rulot (las taquillas) hecha de tapas de sartén de metal, en la que (a un lado) una pareja disfrazada de mejicanos te ofrece fresas, limas, moras y tequila mientras cantan desafinando rancheras y se parten de risa con su propio ridículo.

Una vez pagas, entras en un pasillo, en el que suele haber tres chicas guapísimas y un par de señores bajitos (enanos) bajo un cartel que reza algo así como  “Bienvenido a Andrés Carne De Res, donde sabe como entra pero nunca cómo va a salir” que te acomodan en tu mesa siempre con una sonrisa e incluso bailando.

Para ir al Andrés obligatorio reservar, porque se llena de extranjeros y personas que lo único que quieren es disfrutar… El sábado pasado éramos 2.600 personas disfrutando de tan diferente lugar…

La decoración (toda hecha a mano por Andrés y su familia) es completamente surrealista haciendo guiños a iconos colombianos… piernas de maniquí colgadas del techo, lámparas de araña en las que las bombillas están metidas en vasos de batidora de los colores de la bandera, corazones, mariposas, Divinos Niños con la Cara de Andrés, Santas Martas con cara de Madonna, banderas de Colombia hechas de chapas de cervezas,  carteles que se encienden en diferentes tonos cálidos con mensajes como “Aquí no hay wifi hablen entre ustedes” , “Si te perdiste puedes quedar  aquí pero en la pista de baile podrás encontrar más amigos”,  “Sitio casi lleno con dificultad para amar y bailar, usted decide si quiere entrar” “No fume, mejor ame”…

Las mesas de madera maciza, con un corazón iluminado encima en el que se lee el nombre de cada una, para que la vuelvas a encontrar en caso de pérdida y poco más.

Nada especial en las sillas o los platos… Pero en cuestión de minutos, una vez te han tomado nota dos chicos de rastas guapísimos, la mesa se llena de parrillas para hacer carne a la brasa y de bebidas.

Eso también, a Andrés no se va solo a cenar, se va a  beber cualquier cosa que por supuesto será King size (recordemos que el colombiano es disfrutón y le gusta comer y beber hasta reventar), así que si se te ocurre pedir un mojito (por ejemplo), el contenido de tu vaso (que suele ser un coco enorme pintado de colorines) rondará el medio litro de contenido…

En Andrés no hay drogas, ni borrachos tirados por las esquinas, ni siquiera cristales en el suelo y mucho menos broncas ya que hay taaanta gente vigilando y cuidando de que lo pases bien que se encargan de controlarlo todo.
Todos llevan su nombre bordado con el distintivo de Movistar en sus delantales o vaqueros y están obligados a atender con alegría, rapidez y buen rollito…

Mientras cenas, de mesa en mesa, un grupo de músicos disfrazados se acerca a tu mesa, charla contigo y mientras le ponen una banda (a lo Miss) con la bandera de Colombia a cada uno de los comensales, te tiran confeti con forma de estrella o mariposa y te tocan una canción cortita y alegre a trompeta y maracas…

Cuando terminas de cenar, sin saber cómo, estás encima de tu silla bailando, o pegando botes en una de las 5 pistas de baile o vaya usted a saber, el caso es que al terminar de comer, no sin antes haber pagado tu parte del menú que es un ojo de la cara, estás feliz bailando al son del ritmo sabrosón…

En ese momento, cuando ya estás metido en ambiente y algo más pobre,  llegan fotógrafos que te hacen una foto con todo tu grupito (en la que sorprendentemente siempre sales guapísimo) y te la venden en ese momento, porque es preciosa, y te lo estás pasando tan bien que en ese instante crees que sería horrible que esa noche no pasara a la posteridad en una foto en la nevera de tu casa.

En Andrés todo se paga sin darte cuenta…

Con tu foto en el ropero (que también has pagado a precio Madrileño) y tu precioso collar para que no pierdas tu ficha del ropero colgado al cuello junto con tu banda de bandera de colombia, en un ladito de una de las pistas de baile, hay una señora que pinta la cara, como en los cumples de los niños pero para mayores.

La señora (también simpatiquísima) no cobra, solo pide “la voluntad”  por pintarte la cara con dulzura y pincel… Creerme que cuando me vi el sábado pintada de gata, taaan guapa, tan gata y tan divertida .

¡Tuve una voluntad enorme!

A las 03.00 (sin darte cuenta de que llegas a esa hora) Andrés cierra. Poco a poco va echando a todo el mundo a la acera de enfrente de la calle donde hay puestos de caldito de pollo, agua, cocacolas frías, perritos calientes y hamburguesas, también “marca” Andrés Carne de Res.

Allí, tras los baños limpios y sin colas del parking perfectamente iluminado y señalizado, se espera a los coches y las vans que llevan a cientos de personas hacia Bogotá.

Pero quien ha bebido, tiene la posibilidad de contratar el servicio de “Conductor Elegido o Ángel de la Noche”.
El “Ángel de la noche”, es para mí el mejor servicio de Andrés y por lo que me quito el sombrero ante el señor Andrés Jaramillo (dueño y fundador) y su manera de estar en todo.

En esa “placita de comidas” , quien lo requiera ( y también a quien se lo sugieren los cientos de camareros, seguratas y demás trabajadores de Andrés), se encontrará con un hombre (hay 400 conductores elegidos) al que le dará las llaves de su coche y le llevará hasta la puerta de su casa y le aparcará su coche.
Al conductor elegido, una vez deje a sus pasajeros en casa, le recogerá un minibús del propio Andrés que le devolverá a Chía para hacer más servicios.

¡¡Una verdadera gozada!!

 Total, que el sábado Cuco, sus compañeros del trabajo y yo fuimos a Andrés.

Decidí beberme solo un mojito, no quería emborracharme así porque si, quería ver el Andrés para podéroslo contar con pelos y señales y os digo que sin mucho alcohol Andrés, sigue molando igual o más que borracho perdido… Tiene una magia que envuelve y hace que disfrutes como una enana!

Llegamos a las 05.00 am, con la cara pintada de gatos y otros felinos y cantando canciones de reguetón mientras el Angel de la 
Noche nos dejaba en la puerta de mi casa y esperaba a que entráramos en el portal.

El domingo fue día de agujetas en las piernas de tanto bailar y en la cara de tanto reír.
Tuvimos que salir a cenar, a un gallego, tortillita de betanzos, empanada de atún y salpicón. Como debe ser!!!

martes, 10 de mayo de 2016

Reyes de Playa Cinto.

El día que dejé a Pablo en el aeropuerto, como era fin de semana y era puente… Me fui de nuevo a Santa Marta, no quería quedarme solita en casa y menos si había un día más de descanso.

Mis amigos de siempre (Moni, Diana, Jonan, Jorge…) estaban en Santo Domingo, con una oferta de Avianca, así que me fui con Haizea y Lucía (Vasca y Alicantina muy sipáticas) a plan “vuelta y vuelta” para descansar y ponernos morenas.

Lucía, que lleva dos años en Colombia, nos dijo que teníamos que ir a Playa “Cinto”, que le habían dicho que era muy bonita rollo caribe.
Así que Haizea y yo no lo dudamos y el segundo día de estar allí, madrugamos, compramos pan bimbo, agua y jamón york,  cogimos un taxi para que nos llevara a Taganga y una vez allí regateamos con la coopertativa de “lancheros” para que uno de ellos nos llevara y  pasara todo el día con nosotras en Cinto.

Cinto, es una playa que no entra en la cabeza del colombiano medio… 
El colombiano de a pie va a la playa con toda la familia, la familia del vecino y la familia del vecino de más allá.
Se bañan con camiseta de tirantes, se bebe cientos de cervezas, se ríe y habla a gritos, se lleva un transistor con reguetón para animar el ambiente, lo de limpiar su basura… no lo lleva muy bien, y se hace selfies tooodo el rato a lo Ana Obregón en su presentación de verano.

Así que cuando llegamos a Taganga, nos costó bastante convencer al lanchero de que sólo queríamos ir a Playa Cinto… Sin parar a comer en los chiringuitos de Taganga, ni los de Playa Cristal ni ninguna otra, solo queríamos playa Cinto a no ver a nadie...

Al ver que iba a aburrirse como una ostra, ya que aún eran las 09.00 de la mañana y prometíamos día entero de playa desierta,  el lanchero montó a su mujer (una negra guapísima con cara de niña) y su hijo David en nuestra lancha y arrancó para paya Cinto...

David tendría como diez años, y ayudaba a su padre a tirar el ancla, levantarla, y avisarle si había rocas cuando íbamos muy rápido en la lancha para no chocarnos con ellas. El tío aguantaba el equilibrio en la barca como si tuviera ventosas en los pies y se movía de un lado dando brincos como en el salón de su casa.

Las lanchas de la costa caribe colombiana, van con gasoil venezolano, que es de contrabando y por lo tanto es más barato, y según ellos es más “explosivo”.

Así que nuestra “Niña Paula” (así se llamaba el barco) iba enchufada con ésta gasolina.  Rapidísimo volando sobre las olas dando unos botes enormes con David en la proa, su padre en la popa llevando el motor y nosotras agarradas a los asientos con los chalecos salvavidas puesto, las uñas de los pies intentando agarrarse al suelo y los ojos muy abiertos de la velocidad…

Boing, (ola) boing (ola) , boing (ola), a veces volábamos tanto que el motor se paraba en el aire porque no tocábamos el agua… fuimos rapidísimo… y a nuestro lado, de vez en cuando, como echando carreras a “La Niña Paula” saltaban peces voladores azules y amarillos acompañándonos en nuestros saltos de ola en ola… ¡Era precioso!

El caso, es que a los 40 minutos de botes, llegamos a playa Cinto…

Playa Cinto es tal y como os la imagináis… Un kilómetro de golfo de arena blanca con palmeras, algún manglar que otro, vegetación verde adentrándose en el mar calmado y cristalino en algunas zonas y el más absoluto silencio…
La playa era única y exclusivamente para nosotras, el lanchero, su hijo y su mujer.

Ellos se quedaron en una esquinita, a la sombra de un arbolito en el que ataron a “La Niña Paula” y nosotras a 100 metros de ellos debajo de un árbol donde dejamos nuestros sanwiches enganchaditos en una rama alta para evitar que se los comieran las hormigas, nos quitamos la ropa y nos fuimos al agua directas con las gafas de bucear para ver los corales, las mantas rallas y los pececitos…

Cuando llevábamos 3 minutos en el agua, de repente Lucía sacó la cabeza del agua y señalando a la playa gritó, ¡Mirar no estamos solas!

De los árboles aparecieron dos animalillos a cuatro patas andando ligeros y divertidos hacia nuestras cosas. 

Eran un perro negro delgadito de esos que mueven el rabo y se les mueve todo el culete y ¿A qué no sabéis qué? ¡Un cerdo-jabalí rarísimo!

Los dos iban juntos, eran claramente muy amigos, de vez en cuando se mordían las patas, salían corriendo uno detrás de otro, se rebozaban en la arena, excavaban en la arena para refrescarse, saltaban (bueno, saltaba el perro, porque el cerdito tenía las patas cortas y era gordote y no podía) … pero todo eso acercándose hacia nosotras… ¡Eran los reyes de Cinto y venían a saludarnos!

Increíble, en el medio de la nada, en una playa donde para llegar debes caminar horas y horas o bien ir en lancha, un perro y un jabalí, venían a saludarnos como si fuéramos sus invitadas…

Al ver que no salíamos del agua a saludar, el perro y el jabalí se fueron a saludar al lanchero y su familia. A David (el hijo del lanchero) se le iluminaron los ojos cuando vio que el perro le daba saltitos para jugar ¡En la playa desierta había encontrado un amigo! y se puso a correr con el perro de un lado a otro sin hacer demasiado caso al jabalí…

Así que el jabalí aburrido, al ver que su compañero estaba con el niño, se fue andando hacia nuestras toallas… y claro, nosotras tuvimos que salir a saludar.

El jabalí, sorprendentemente, en vez de huir al vernos como locas saliendo a por los móviles para hacerle una foto, vino a saludarnos y nos pidió que le acariciáramos juntándonos el lomo con unos pelos gordotes a nuestras piernas… 

El tío claramente sabía lo que eran los humanos y sabía que a las turistas nos iba a hacer mucha gracia tenerle cerca.

Fue en ese momento, mirando hacia la selva frondosa, con un cerdo tumbado al lado de mi toalla plácidamente pidiendo mimitos, cuando me di cuenta, que tal vez, muy cerca o muy lejos, habría una tribu de indios Koguis viviendo entre las palmeras, árboles y lianas que cerraban  a nosotras desde la playa no nos dejaban ver las montañas del Parque Nacional de Santa Marta… y el perro y el jabalí eran sus mascotas... 

A lo mejor, habría algún indio alucinando mirándonos entre los arboles sin que nosotras lo supiéramos, el caso es que el perro y el jabalí, dejando el anonimato de sus dueños a un lado, estaban encantados con la visita de unas turistas , un lanchero y su familia.

A los diez minutos de hacerles fotos y demás, el perro y el jabalí ya no eran novedad, así que nos tiramos en la toalla y al estar tan cansadas de tanto “bote en el bote” nos quedamos dormidas en el sol y sombra de una palmera…

No se cuánto tiempo pasó mientras dormíamos, quizás media hora, quizás más… el caso es que de repente, entre sueños, escuché ruidos de cerdo (como oing oing) mezclado con ruidos de plástico y me desperté…

Miré el hueco enorme que el cerdito había hecho delante de las toallas para dormir la siesta y allí no estaba el cerdito… Así que miré para detrás, hacia el árbol donde habíamos colgado nuestra mochila y nuestra bolsa de la comida y….

Allí estaba él, con la bolsa de la comida destrozada degustando un fabuloso pan bimbo con plástico en el que sale James Rodriguez patrocinando el producto encantado…

Me levanté de un brinco, corrí hacia él para asustarle y alejarle de nuestra comida pero ni se inmutó, le empujé por detrás, le di un chanclazo flojito, intenté tirar de lo poco que quedaba del jamón york… pero el tío estaba encantado… 

Comiéndose toda la comida que habíamos llevado para pasar el día en la playa en la que no había nada más que arena, palmeras y mar.

Haizea , con los ruidos se despertó y empezó a gritar, ¡El cerdo! ¡Quítaselo! ¡Que nos está dejando sin comida! eso debió de molestarle más al ladrón del jabalí y al escuchar el agudo de la voz de mi amiga, se alejó de nosotras hacia la frondosa selva con el plástico de cuadritos blancos y azules lleno de rebanadas destrozadas entre los colmillos…

El tío solo nos dejó dos manzanas, dos manzanas intactas, para comer durante todo el día.

Dos manzanas para tres… Y mucho agua, eso si…

A las 13.30, empezó a entrarnos el hambre, y a las 14.30, muy a nuestro pesar, mientras nuestras tripas sonaban y retumbaban confundiéndose con una tormenta que se acercaba lentamente hacia nosotras, estábamos diciéndole al lanchero que si nos llevaba a Playa Cristal (donde estaba medio Colombia) para comer algo y empezar el camino de vuelta…

A los veinte minutos ya estábamos en  una esquinita de una playa plagada de gente,  a ritmo de reagueton, con un ceviche de camarón (yo no porque estaba malita de la tripa y me dejaron tomarme una de las dos manzanas) , una cerveza Águila en la mano de cada una de mis compañeras,  negándonos a masajes, pulseras y otros enseres que nos ofrecían vendedores ambulantes que sorteaban a niños y señoras haciéndose fotos en la orilla de playa Cristal…


No tardó en empezar a llover… primero gotitas y luego chaparrón, así que rápidamente David vino a buscarnos y sin pensárnoslo dos veces nos volvimos a subir a “La Niña Paula” camino a la verdadera pseudo-civilización.


PD: Dedicado a mis sobris y primos que entenderán a la perfección lo fantástico que es encontrarse un jabalí en una playa de piratas, indios  y náufragos

lunes, 2 de mayo de 2016

Pájara en Tayrona

Acabamos de llegar de Santa Marta, renovadísimos por dentro y renovadísimos por fuera. Morenos y felices, tan gordos como hace cinco días y más en paz que hace 48 horas.

Y digo 48 horas, porque durante mi visita al parque Tayrona… He vuelto a nacer.

Bueno, no sé si he vuelto a nacer, pero el caso es que casi me muero…
No se si recordaréis que el año pasado, en mi cumpleaños, os escribí un mail en el que hablaba que el paraíso si que existía y que se llamaba Parque Tayrona.

Pues a Pablo se le quedó grabado, y éste año, con el afán de compartir todo lo bueno con él, organicé un fin de semana idílico en el Parque Natural de Tayrona con sus tres días y dos noches durmiendo en hamaca como lo hacen los indígenas Koguis pero con mosquiteras, crema para el sol,  Relec anti mosquitos y miedo a los habitantes de la noche…
Todo cuadrado, primera noche dormíamos en Santa Marta para ir nada más despertarse a la calle 11 con 11 coger una buseta y llegar prontito al Parque Tayrona para enfrentarnos a la caminata que lleva hasta la zona de playas y hamacas.

Era sencillo.

El caso es que, con el objetivo de que todo saliera perfecto, encontré un hotel con una puntuación de 9,4 en booking que además, era baratillo y muy bien situado…

Así que en vez de madrugar al alba, como a mí me sonaba que teníamos que hacer, remoloneamos hasta las 07.54 de la mañana, desayunamos como reyes, nos echamos una charlilla con la de recepción y a las 09.30 o así salíamos hacia la buseta.

El camino desde la calle dos a la once, que era donde estaba el solar de donde salían los buses de línea, cruzaba el mercadillo de Santa Marta, lleno de puestos, de carpas negras que quitaban el sol, música, gritos, perros y gatos despeluchados en busca de cualquier cosa que comer y de señores vendiendo jugos y palas (helados) por todas partes. El sol picaba bastante, y nuestros cuerpos de guiris, empezaban a notar las altas temperaturas del “Alto Magdalena”.
 
Cuando llegamos al bus ya habíamos terminado nuestra botellita de agua y en la misma parada compramos otras dos, para el camino que nos esperaba en Tayrona…

Durante la hora que duraba el trayecto de buseta, se pudieron subir unos 15 vendedores (sin que parara el bus, suben y bajan en marcha enlazando diferentes buses, ¡mola!) y compramos unas 4 bolsas de agua para rellenar nuestras botellitas, porque la brisa que entraba por las ventanas, era más bien templadilla y no sofocaba el calor que sentíamos…

Llegamos a Tayrona a las 11.45 de la mañana, de la mañana soleada, con un 90% de humedad ambiental, y aun nos quedaba la caminata por delante.

Había advertido a Pablo, que me daría igual como se pusiera, pero que mi macuto, a pesar de que él tuviera alergia a los caballos, me lo iban a llevar los caballos del parque, que yo quería disfrutar del paseíto, quería ir libre cual gacela…
Así que nada más llegar, dejamos mi mochila en las cuadras de los porteadores, nos echamos crema y comenzamos a andar bajo la frondosa sabana del Tayrona.

Haciendo fotitos, descubriendo lagartos de azules y verdes fluorescentes, buscando monos trepadores, contando raíces de árboles… Todo muy “happy flower”, Pablo con su pañuelo en la cabeza y su mochila  y yo con mi botellita de agua, mi pasaporte en el bolsillo y una bolsita de agua en la mano.

Pasados 15 minutos, empezó la subidita, que con el calor que ya teníamos pues, se notaba algo más de lo normal… Decidí abrir la bolsita de agua y bebérmela mientras subíamos. Metro a metro, la vegetación cada vez era más escasa, dejando paso a rocas enormes que brillaban bajo el cálido Lorenzo.

A la media hora, el sol, que ya estaba en lo alto del cielo, empezó a notarse de verdad, (eso más la humedad), incidiendo en línea recta en nuestras cabezotas y  convirtiéndose en el tema recurrente que rompía mis silencios mientras andábamos… “Puto sol”, “me cago en el sol del Caribe”, “Cómo quema el Lorenzo”,  “ Me cago en la puta que calor” y otros improperios… ya sabéis que nunca he sido muy fina, pero eso es todo lo que pude decir durante los siguientes veinte minutos de subida…

Al llegar arriba, fue cuando me di cuenta que algo no estaba bien, empezó a repetírseme el desayuno, la piña o la sandía, no lo tengo claro, pero estaba tan harta y cansada, que en el mirador, donde sorprendentemente había un gordo enorme y un señor que vendía helados, le dije a Pablo que pasaba de parar, que yo quería llegar.

Sentía que no me apetecía tener que hablar con los señores de enfrente y contarles cómo habíamos llegado allí. No quería ni hablarles del calor… y no quería beber más agua porque empezaba a tener ganas de vomitar el desayuno…

Así que Pablo, obediente, siguió andando, y empezamos a bajar saltando piedras y escalones.

Unos cuatro minutos después, tras una roca redonda y enorme, por fin, vimos el mar Caribe: azul, inmenso, tranquilo y rodeado de palmeras. Ahí estaba el paraíso.

Fue en ese momento, cuando con mi enfado del calor, se me taponaron los oídos, no le di mucha importancia, pero el caso es que dejé de oír bien y deje de entender a Pablo…

Bueno, tengo que reconocer que a Pablo y a mi amiga Paloma yo les entiendo la mitad. Hablan muy bajito y como buenos madrileños pronuncian poco. Yo intuyo, asiento y sonrío, pero en ese momento, debido a las circunstancias,  no sonreía ni intuía, simplemente andaba hacia el sitio de las hamacas que debía estar a unos cuatro kilómetros…

Recapitulemos: Estamos bajando, vemos el mar, quedan cuatro kilómetros, tengo ganas de vomitar, estoy muy enfadada, el sol “en to lo alto”, más de 35 grados, 90% de humedad y he dejado de oír…

Cuando llegamos abajo, antes de adentrarnos de nuevo en el bosque para recorrer los últimos tres kilómetros, tuvimos que andar unos quinientos metros por la arena de la playa.

De esos quinientos metros recuerdo el puto sol, que no había sombras, la arena blanca sobre mis zapatillas, sobre las rocas, sobre todo lo que miraba, mirara a donde mirara veía arenilla, o puntitos….no lo tenía claro… Intuí que Pablo me pidió que bebiera agua, obedecí y seguí andando hacia los árboles…

“Parece que te has hecho pis” me dijo Pablo mientras miraba mi pantalón y mi camiseta llenas de sudor… Como comprenderéis no me hizo ni pizca de gracia, pero como estaba que no estaba y encima mi enfado se centraba en el sol, ni respondí… Seguí zombi andando hacia la sombra…

Y fue ahí, ya bajo los árboles, empapada en sudor, en la sombra,  cuando deje de ver en color para ver en “escala de grises” y bajito mientras me sentaba en una raíz de un árbol inmenso le dije a Pablo que no podía más.

Me senté, perdí la noción del tiempo, empecé a ver como las hormigas, la arena o lo que fuera se diluían frente a mí y me acordé de mi madre, del Pico del Fraile que una navidad me hizo subir y acabé echando la pota. Me acordé de mi enfado en Ordesa con Pablo cuando con un metro de nieve le dije que no seguía. Me acordé de mi sobrino Yago que se hizo una vía Ferrata y en un video sale con cara de canguele pero entero y me acordé de mi amiga Sara cuando se desmalló dos veces en menos de dos metros en plena playa de Torrevieja y fue la atracción del momento... Solo quería llorar…

De repente, entre recuerdos, escuché a Pablo , que con voz de esa que pone que me gusta mucho, me dijo que me iba a echar agua en la cabeza, que me había dado mucho el sol…

¡Mano de santo oiga!

El agua templadita de su botella corriendo por mi cogote que miraba hacia el suelo casi entre mis rodillas, me despertó de mis recuerdos de muerte mortífera y me hizo de nuevo sentirme afortunadísima de poder estar ahí, a puntito de llegar al Paraíso, de que hacía sol y no llovía, de lo bonito que era Tayrona, el Caribe  y lo más importante, me recordó que estaba Pablo ahí para echarme agua y salvarme.

Mi salvador, e ídolo en ese momento, no me dejó levantarme hasta que me terminara el agua ya casi caliente de mi botella, me dio un beso en la mejilla y a los tres minutillos me ayudó a levantarme.

Llegamos  a nuestro destino diez minutos después y tras dejar todo, encontrar mi macuto que olía a caballo, volvernos a echar crema, comer en un chiringuito a pie de playa pescado recién salido del mar, nadar, tomar el sol y bucear con las gafas de piscina de dudosa procedencia que Amaia nos regaló; con un dolor de cabeza horroroso, me quedé dormida en la arena blanca, bajo una palmera, de la mano de Pablo escuchando el sonido del mar…

Como podéis daros cuenta, en éste último párrafo, en ningún lado encontraréis que nos echáramos repelente anti mosquitos… Pues bien, tras la siesta, cuando caía el sol, con el mismo dolor de cabeza horroroso que no me dejaba pensar, cientos de mosquitos y arañas habían plagado mis pies y mis pantorrillas  de picaduras. (A Pablo le picaron solo dos)  Ahora solo pienso en que ninguna de esas picaduras tenga Zica, Chicunguña o Dengue… Pero en ese momento, solo pensaba en poder comprar una botella de agua y poder tomarme una pastilla para mi gran dolor de cabeza y seguir disfrutando del paraíso con un tercio de mi equipo P.


Moraleja: El paraíso… tiene sus cosillas jodidas también…jejeje


lunes, 25 de abril de 2016

Expatriados y presidencia

Mañana se cumple un mes desde que estoy aquí, ya falta un mes menos para que vuelva. Han pasado 31 días desde que soy oficialmente “expatriada”.

Y es que ser expatriado es una cosa que uno no tiene en cuenta en la vida normal, pero que cuando lo ha sido,  lo es, o lo va a ser, no para de pensar en el concepto…  

Y hasta te atreves cuando vas en un bus que no es de la EMT, o por una calle mirando para atrás de vez en cuando, a analizar la palabra… ex_ patriado… patria de pater… mira tú, fuera de su patria… de sus antepasados… ¡mi madre lo que da de si!

Aquí todo lo que es marca España…me hace ilusión… Que voy al súper y leo “Chorizo español extra” en la zona de delicatesen,  se me pone el pecho palomo del orgullo. Que un día en la radio por casualidad ponen Hombres G (que aquí tuvo un éxito tremendo en los 80-90) pues tengo que coger un clínex porque me parece hasta melódico y romántico el sufre mamón…

El caso es que vivo en un continuo sentimiento de saber que no soy de aquí y que soy de allí. Y por supuesto, cada indicio patrio que veo… me vengo muy arriba. Me da rabia, pero soy tan paleta que lo español por ser español ya… me gusta.
Me gusta más la tortilla de patata cuando estoy aquí, el dos de mayo me lo he cogido festivo para celebrar el levantamiento del pueblo de Madrid contra los Franceses (con todos mis respetos y porque está Pablo, no nos vamos a engañar), me gusta oir palabrotas, cantar a voz en grito Operación Triunfo cuando la ocasión lo merece y acoger a cualquier compatriota en cuanto lo veo.

El ser expatriado, en Colombia, como supongo que en cualquier otro país, conlleva unas conversaciones tipo con los autóctonos, que al principio te hacen gracia, pero que llega un momento que aburren y optas por inventarte las respuestas.

La de dónde eres, es la típica del taxi, que irremediablemente te lleva a hablar de fútbol. Te ves en la obligación de responder que eres de Madrid si quieres darle bola al interlocutor, ya que aquí,  así como en Cuba todo el mundo tiene un primo en a “Pobra do Caramiñal” y conocen la geografía gallega al dedillo, aquí no tienen ni puta idea donde está Galicia. Los más devotos les suena el Camino de Santiago de Compostela, pero vamos, que Ourense... como si a mi madre le hablan  de Popayán o Chiquinquirá… ¡Ni idea! no da conversación...

La siguiente pregunta, es la de si estás amañada (que significa que si estás ya bien instalada) que suele ir detrás de la anterior pregunta, y por cojones tienes que decir que si y hablar de lo maravilloso de Colombia, lo bien que te sientes y lo fantástico que es todo, aunque ese día no haya parado de llover torrencialmente, hayas discutido hasta con el conserje y tu casa huela a pescado porque ese día no puedas tirar la basura porque no hay cubos en la calle para que no los roben...

Las conversaciones femeninas se centran en preguntarte de amor, les inspiro muuucha curiosidad…

Cuando estás de bajona, y más yo que soy la sensibilidad en persona, te unes más a las interlocutoras autóctonas que son todo sentimiento. “¿Cómo así? tan sola, te has cruzado el mundo sin tu esposo, dejándole solitico allá… ¿Y no te da miedo?”
Con cualquier mujer sea del estrato que sea, suelta esta frase en tono compasivo…

Os juro que me lo ha preguntado desde la que limpia en casa hasta la Jefa de Prensa de Juan Manuel Santos.

No falla… Porque claro, tienes que decir que estás casada para que haya buen rollo y nos veamos de igual a igual, así que mi respuesta sieeeempre es la misma: Mi esposo tiene un buen trabajo, nos vemos cada muy poquitico,  y solo es un año. El amor verdadero lo aguanta todo, hay que mirar para el futuro...

Nunca las convenzo, lo sé, aquí se lleva lo de si te he visto no me acuerdo, se ponen muchísimo los cuernos, se dejan, se juntan…y habitualmente ellas terminan cargando con los hijos y ellos con otras teniendo otros…  Así que cuando me preguntan ¿No te da miedo? Se que lo que les preocupa es que me quede sola o bien que me pongan los cuernos todo el rato… Me hago la loca, sonrío y asiento.

Pero las conversaciones que me encantan, y no me canso de tenerlas, son las de la visión de nuestra situación y España entre expatrioles.

Todas las personas que estamos aquí, al menos con las que yo me junto (De 25 a 35 con carrera universitaria) , vivimos una experiencia laboral , que en nuestro país hubiera sido imposible tener. Y lo bueno, es que solemos ser conscientes de ello.

En general la gente que he encontrado, son personas que se ha buscado mucho la vida, muchos son de familias humildes que gracias a becas o mucho esfuerzo han llegado a un país que les ha dado una oportunidad que buscaron durante un tiempo allí o bien, gente que ha luchado mucho dentro de sus empresas para optar a seguir progresando.  

No todos tenemos la suerte de venir con nuestro contratito desde España y muy muy muy pocos (yo no los conozco, vamos) viven a todo trapo como vivían los expatriados de hace unos años.

Vivimos con lo justo, que es mucho más que la media de los colombianos, (vamos al gimnasio, viajamos pero no compramos ron caro y no podemos ir a España así por que sí)  y creo que la única de mi grupete que le paga la casa la empresa soy yo (… Siempre se meten conmigo diciendo que soy de estrato 6, pero en el fondo saben, que soy una curranta como todos los demás.)

Somos jóvenes y conscientes de que cuando volvamos a nuestro país, nunca podremos aprender y crecer tan rápido como lo estamos haciendo aquí. 
Que en nuestro país al que queremos y solo pensamos en volver, será dificil que se nos valore como lo hacen aquí...

Criticamos las políticas económicas españolas (aun siendo unos muy de izquierdas y otros muy de derechas) hablamos de los prejuicios españoles, de la mierda de no tener Gobierno, de lo que nos cuesta negociar, de las becas que casi todos conseguimos en nuestra vida universitaria, del erasmus, de las tortillas de nuestras madres, del independentismo catalán, vasco y la presión del Gobierno Central… 
Pero siempre con muy buen rollo, con una templanza impresionante y sobre todo respeto.

A mí es algo que me alucina… solo he tenido un mal royo con una tía sevillana que me insultó por decir que Pablo Iglesias me parecía un tío inteligente, pero por lo demás, aquí , al estar fuera, se respeta mucho más lo que piensan los demás.

Así que cuando no hablamos de España, nos reímos de nuestras luchas contra el sistema burocrático de Las 12 pruebas de Asterix que supone cualquier trámite en Bogotá, de las broncas de los trabajos en un país en el que enfrentarse cara a cara es algo súper violento e impensable, de que a alguien se le ha escapado un “vaya puta mierda” delante de un jefe, de un subalterno… y nos aprovechamos de las cosas “latinas” que brinda el país como parar dos horas de trabajar para ver el partido de Champions...

Entre semana, casi todos estamos explotadisimos, pero sacamos tiempo para hacer cenitas, pedir algo de comida a domicilio y solucionarnos los problemas… Cada uno aporta lo que sabe.

Por ejemplo, Leire que trabaja en Recursos Humanos de una constructora vasca , cada vez que alguien está malo nos indica lo que hay que hacer, Lucía trabaja en Cremades tramitando visados (la gran lucha) y nos habla de técnicas y procedimientos para conseguirlos, Mónica dice que me va a ayudar con los presupuestos de mi empresa, y yo… pues yo les cuento noticias chorras, les propongo vídeos para grabar en sus empresas, les hablo de la política del país…(Trabajar en la TV es lo que tiene, que sabes de todo y no sabes de nada… )

Pero lo que he decidido es hacer una cena casera semanal. A mí me encanta dar de comer, disfruto muchísimo invitando y a todos nos encantan las recetas españolas… Así que eso es lo que aporto yo, comida sana que suele ser los miércoles porque los lunes son de blog y los martes de Andrea o de belleza.

El lunes pasado, no os conté, estuve en “Casa Nariño” ,que es la casa Presidencial, porque me atendió la Jefa de Prensa de Santos.
Me interesaba mucho que me conociera, que supiera lo que hacíamos, y gracias a un contacto de la embajada de Colombia en España conseguí que me recibiera.

La tía tardó 40 minutos en recibirme, porque era su cumpleaños y le habían llevado una tarta a la oficina.
Estuve 40 minutos en una silla, sin teléfono ni nada, porque me lo quitaron en la puerta esperando por esta señora.

Cuando conseguí mi minutito de fama, sentada en su despacho de 100m2 ,mientras le contaba lo que hacía aquí, la tía no paraba de mirar el whatsapp y de sonreír con lo que le escribían.

Os juro que me sentí fatal, tal vez por que por primera vez,  no era de  un estrato superior o igual al de mi interlocutor... Aquí la estratosferica era la de Presidencia y yo no le llegaba al estrato dos.

Me sentí caca total, despreciadisima, no le prestó atención a nada de nada de lo que yo podía ofrecerle, y al estar tan desconcentrada, no le conté nada bien lo que quería contarle...

Al salir de su despacho 10 minutos después de entrar, nos encontramos con el Señor Santos en un pasillo, si, al mismísimo Presidente de la República, que me dio la mano pensando que era otra persona y yo, con el mal rollo que tenía de haber estado hablando para una cursi que no paraba de enviarle fotos de su tarta de cumpleaños a su grupo de whatsapp,  solo acerté a decirle “Señor presidente” con carilla descolocada. 

La tía se encargó de explicarle que yo no era la de "no sé qué Agencia" y se lo llevó dejándome en medio de un pasillo perdida con un general detrás que me indicó la salida.

Cuando salí del Palacio, tenía cientos de whatsapps, de mi hermana, mi madre y de Pablo y de todo mi grupete que de risas me decía que si me había gustado la Casa Nariño, que mi empresa podría pagar en vez de mi apartamentito, una habitación en el Palacio Presidencial…. Y sobre todo me escribían  para apoyarme en un momento así…

De casa de Santos me fui directa a casa de Lis, Jorge y Hector, y juntos mientras les ayudaba a prepararse el tupper para el día siguiente, nos reímos de mi “Señor Presidente” y la puta sociedad de estratos en la que hemos elegido vivir...

Luego, ya con el buen rollo de las risas, me vine a casa a escribiros sobre los frenos y los vascos...


PD: Tal vez he idealizado un poco al "parche" (que es como los colombianos llaman a la "pandilla") 

lunes, 18 de abril de 2016

Sin frenos y a lo vasco...

La historia de ésta semana comienza así…

Aritz y Mónica (amigos vascos) iban a pasar el fin de semana de pueblo en pueblo en Antioquia, así que me uní a su plan.
Cogimos un avión a Medellín en el ryanair colombiano, alquilamos el coche más barato de “Budget” (Compañía de alquiler internacional), puse mi tarjeta de crédito como aval y el sábado, a las 08.00 partíamos desde Medellín montaña arriba rumbo a nuestro primer destino “Jericó”…
 
Las carreteras colombianas están un tercio en obras, otro tercio recién asfaltadas y la otra parte completamente destrozadas con huecos que te llevan al inframundo o piscinas para tirarse de cabeza en medio de un carril… Y estos tres estados del pavimento, se combinan con perros, gatos, gallinas, hombres en moto, andando, a caballo o en carro de madera  que juegan a invadir la calzada de vez en cuando así como al despiste...

Tras tres horas de coche y obstáculos, llegamos a las faldas del puerto de Jericó. Nos esperaban unos 26 km empinadísimos con unas vistas impresionantes llenas de curvas para llegar a uno de los pueblos más bonitos de Antioquia…
Lo subimos con alegría, haciendo fotos, ventanas bajadas, respirando naturaleza, saludando a los paisanos al pasar y disfrutando del verde que solo el clima tropical puede ofrecer….

Visitamos el pueblo, conocimos a unos niños que tenían cometas, nos explicaron que había tropotocientas iglesias, que era el lugar de nacimiento de “La Madre Laura” (yo entendí la madre de Laura y tonta de mi pregunté quien era Laura… a los niños no les hizo mucha gracia mi pregunta…) , comimos pollo con arroz a 1 euro y medio y a las 14.45 nos subimos al coche rumbo a Santa Fe.

Cuando llevábamos 3 cuadras, aun dentro del pueblo,  al frenar en un stop, el coche hizo un ruido raro, pero no le dimos importancia, los coches alquilados hacen ruidos…¡Qué le vamos a hacer!

Llegamos a la salida del pueblo, primera recta, curva suave, (ruidito…)segunda curva algo más pronunciada y ñiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii el coche empezó a hacer unos ruidos terribles cada vez que frenábamos,  parecía que se nos iba la vida en ello…ñiiiiiiiiiiii, Los paisanos de los arcenes se quedaban mirándonos con el ceño funcido bajo sus sombreros… nññiñiiiiiiiii otra curva, Aritz (que era quien conducía) aseguraba que el coche frenaba bien, y Mónica, que es más vasca que el árbol de Guernika, decía que no era para tanto que coches peores bajaban…

Asi que yo, asumiendo que el contrato estaba a mi nombre y la tarjeta de crédito con la fianza era mía, cada curvita y frenadita me iba poniendo más nerviosa, pero no decía nada….
A los tres kilómetros el ruido ya no era flojito, sino chirriante, y lo peor de todo era que frenáramos o no, el estruendo era constante…

A los cuatro kilómetros al ruido se le unió el olor… ese olor a freno quemado que se te mete en la nariz y no sale… 
Y a los cinco kilómetro, ya no aguanté más y dije con tono serio y contundente: “Paramos. En cuanto haya más de 2 centímetros de arcén paramos… “ Aritz asintió con la cabeza y Monica frunció el ceño porque para ella el peligro aun no existía…
Pasaron tres o cuatro curvas más y como en medio de la nada apareció el bar mirador “ Buenas Vistas”. Con su cocinita de fuego, su bachata a todo trapo y su cartel enorme de “Postobón” (Un día os hablaré de postobón que es el dueño de las gaseosas Pepsi y que tiene el monopolio en Colombia…)

Paramos en un ladito, con el correspondiente ruido que eclipsó toda actividad…

Los dos paisanos que había en la barra se asomaron y nos preguntaron por el coche y al fondo, un hombre vestido de motorista a la europea (con el equipo completo de Wolf y BMW) tomaba una “Costeña” mirándonos con atención pero sin acercarse...
Llegados a éste punto, en España, si analizáramos la situación, estaríamos salvados… Se llamaría al seguro, vendría la grúa en media hora, traería un coche de sustitución o te llevaría a tu destino y santas pascuas…

Llegados a este punto en Colombia, comienza la acción... Primer impedimento: no hay cobertura… Mi móvil no daba señal… Me acerqué a las mujeres que estaban en el chamizo haciendo sopa y ellas me indicaron que si me subía a una pequeña roca que había a 3 metros de donde estábamos y tenía movistar, podría hablar desde allí…

En ese momento se me iluminó la bombilla y me acordé que había llevado el teléfono del trabajo, así que abrí la maleta, saqué el móvil movistar, cogí los papeles del coche y me subí a la roca a solucionar parte del problema, mientras Mónica sentada en el asiento del copiloto seguía enfurruñada y Aritz hablaba con los paisanos delo que podría pasarle al “carro”.
Siguiendo la lógica colombiana, antes de llamar al seguro llamé al hombre que nos había alquilado el coche, le conté la situación y traté de explicar dónde estábamos por si acaso nos solucionaba con algún primo o amigo cercano… al hombre del alquiler se le hacía grande la historia con cada dato que le daba, no paraba de decir “Ay Dios mío qué situación más complicada, Ay Diosito…”…

Así que me vi calmando al señor Fabián (así se llamaba) y explicándole con suavidad que iba a llamar a la grúa y que mientras yo conseguía asistencia, él debía encontrar una solución para que nosotros siguiéramos conociendo pueblitos….
Llamé a Mafre, intenté explicar el punto kilométrico y me dijeron que en nada me llamarían para decirme qué grúa vendría a buscarnos…

Volví al coche… Allí, el hombre motorista ya estaba hablando con Aritz explicándole que por el ruido, eran las pastillas y que teníamos dos opciones: Bajar a motor hasta Bolombolo (un pueblo a 40 km) a un taller grande o subir a Jericó que nos lo miraran en un taller de pueblo y ver si podíamos solucionarlo… Mónica lo tuvo claro, yo también… (Como imagináis Monica quería bajar y yo subir) así que Aritz, en un atisbo de prudencia decidió que subíamos al pueblo para ver si allí lo solucionábamos y decidir desde un lugar habitado, qué hacer… Nos despedimos de todos los allí presentes, el motorista nos indicó dónde quedaba el taller y  marchamos con nuestro estruendo rumbo al pueblo…

“El taller”, no era más que un chamizo pegado a una gasolinera con un señor muy arrugado con las manos muy sucias (de nombre Nestor)  que nos dijo que tenía que desmontar la rueda para ver lo que pasaba…
Antes de nada e intentando preservar el dinero de depósito de mi tarjeta de crédito, llamé al de Budget para pedir permiso y tras la autorización pertinente, en menos de un segundo, estábamos sin dos ruedas y el hombre tirando con todas sus fuerzas para quitar los discos delanteros,  en un pueblo en medio de la nada , sin que la grúa confirmara y con poca cobertura…

El hombre nos enseñó las “gomas”  y en efecto , eran metal puro, ahí no había resto de almohadilla para frenar…  y nos confirmó que al ser un “carrito tan chiquitico” no tenía recambios, que tocaba ir al pueblo de más allá… Nosotros, sin coche, teníamos que conseguir llegar al pueblo de al lado… y la grúa seguía sin llamar…

Cuando creía que iba a terminar durmiendo en el chamizo del señor Nestor, apareció en su flamante moto de alta gama BMW,  el señor del bar “Buenas Vistas” y sin que ni siquiera se lo pidiéramos, mientras hablaba por su iphone 6 plus nos dijo “Yo les colaboro”, le dimos 70.000 pesos (unos 22 euros) intercambiamos tarjetas como los yupies en wall street en vez de darnos nuestros números y apuntarlos en las agendas del móvil y se fue en busca de nuestra pieza…

Decidimos que no había nada mejor que hacer que pedir unas cervezas en el bar de enfrente...

Tal vez en ése momento de mi vida, perdida en un pueblo que algún día dominó el Cartel de Medellín,  con 10.000 pesos en el bolsillo, sin demasiada cobertura, con un coche sin dos ruedas y dos amigos vascos, tal vez fuera ahí, cuando empezara a gustarme la cerveza…

A mitad del botellín, nos empezó a entrar la risa floja de lo patético de la situación y ya casi terminándolo sonó mi teléfono, era el señor de la moto, que había ido a tres talleres pero que para  “un carrito tan chiquitico” no había piezas… Al colgar ya no podíamos parar de reírnos… ¡Puto carrito chiquitico!

En ése momento, como si hubiera esperado a que el caos reinara, llamó el de Budget todo agobiado, explicándome que la grúa salía de Medellín, que había pedido servicio de acompañamiento (para que nos llevaran a nosotros) pero que nos llevaban a Medellín… (Recordemos que estábamos a más de 3 horas de Medellín) al final, tras mucha negociación conseguí que  pidiera que el acompañamiento nos llevara a Santa Fe de Antioquia (Nuestro siguiente destino) y que allí Budget (es decir él mismo) nos acercara un coche nuevo.

Como me había tenido que ir a un alto a hablar sin que se cortara, en el camino de vuelta a la explanada del taller, recapacité y pensé… ¿Qué más da? Tal vez tenga razón Mónica, carguémonos el coche y bajemos en primera hasta que el cuerpo aguante… a malas se nos quema el motor, la grúa nos vendrá a buscar de todas formas… pero no dije nada…
En ese mismo instante, apareció el hombre de la moto para devolvernos el dinero y como parecía que sabía de motores (al menos tenía la mejor moto que había visto en toda la cordillera) nos convenció cuando nos dijo que si bajábamos a ralentí, lo único que romperíamos serían los discos, que era seguro, no corríamos peligro,  pero que no subiéramos de segunda…
Mónica lo tuvo claro y sin pensar, en el español más vasco que podéis imaginaros, sin tener en cuenta que en Colombia no se dice ni una grosería soltó: “Pues venga coño, a tomar por culo, a bajar con dos cojones”. Ellos se quedaron a cuadros, nosotros nos pusimos en marcha…

Nos despedimos de todos con un apretón de manos, le dimos 10.000 pesos de propina a Nestor (una barbaridad para lo que se maneja en ésos pueblos) nos subimos al coche, arrancamos y marchamos con nuestra banda sonora de chirridos metalúrgicos como si fuera un coche orquesta…

Aritz al volante, Mónica de copiloto y yo detrás, intentando llamar al del alquiler para decirle que nos aventurábamos los 75 kilómetros que nos separaban de Santa Fe, pero que como éramos “del norte” nosotros por cojones íbamos a llegar.
Tardamos en recorrer los 26 km del puerto más de una hora, pusimos el coche a 7.000 revoluciones en varias ocasiones, temimos por nuestras vidas (bueno, realmente creo que solo yo)  y creamos un atasco que me río yo el de la carretera de la Coruña un 1 de agosto… pero como vascos éramos… como vascos lo conseguimos…

Llegamos a nuestro destino 3 horas después (si, 75 km en 3 horas, durante estas tres horas estábamos tan concentrados que ni notamos que hubo un terremoto...) sin apenas pisar el freno, Aritz se lo curró un montón...

Allí, en Santa Fe, nos esperaba nuestro hostel con piscinita, habitación para 12 y Fabián, el del alquiler de coches, con un Honda i10 de superior gama.

Antes de dejarle el coche viejo para que se lo llevara la grúa, y con tono amenazante le recordamos que al día siguiente cuando dejáramos el coche,  querríamos poner una reclamación, que la fuera preparando. No por él (puesto que se había portado estupendamente) sino a la compañía por “rentar carros con tanta peligrosidad incluida”.

Ya en la piscina, a las diez de la noche, habiendo solucionado todo, mientras flotábamos mirando estrellas, nos dimos cuenta que todas las personas con las que nos habíamos cruzado ese día, habían hecho por ayudarnos, y que en otro lugar del mundo, esta hazaña con final feliz y coche con aire acondicionado,  hubiera sido completamente imposible…

Y es que los paisas molan. 







domingo, 10 de abril de 2016

Hola Oropéndolo, adios Nico

Señores y señoras, hoy empieza una nueva etapa, soy desde ésta misma mañana una persona residente en Bogotá , algo más normal.

Desde hoy, día 10 de abril de 2016 habito en un piso como acostumbran las personas normales, con sus  habitaciones, baños, armarios, nevera y lavadora.

Hoy me he mudado a un apartamento.

Han sido 15 días de locura en los que de 08.00 a 10.00 me iba con “mi agente inmobiliario” Alejandro a ver pisos y de 10.00 a 20.00 trabajaba (escapándome a la hora de comer si salía alguno nuevo…) .

Han sido días de incertidumbre, desesperación por la falta de respuestas, aprendizajes, llantos, risas y alegrías.

El día que llegué a Bogotá, Andrea me obligó a ir andando por la noche por las zonas seguras para ir acostumbrándome y quitándome mis miedos… Así en plan broma, pasando por la carrera cuarta a unos 100 metros de mi hotel, frente a un edificio con un gran pájaro plateado en la fachada, le comenté: Yo voy a vivir en éste edificio, en el edificio Oropéndolo.

El sexto piso que visité, justo cuando Colombia marcaba su tercer y cuarto gol ante Ecuador en la fase de clasificación para el Mundial y se ponía segunda de grupo, fue el del Oropéndolo.
Nada me convenció más que él ; amueblado, internet y teléfono incluido y sin que diera a la calle, sino a los cerros y encima con el buen rollito de que fue llegar y marcar Bacca.

Tras días de regateos, falta de respuestas, incertidumbres y noches de costarme dormir pensando en el puto pájaro,  el sábado por fin firmé para estar un año en ésta casa, el apartamento 203 (veinte de marzo) del edificio Oropéndolo.

Vuestra nueva casa en Bogotá tiene dos habitaciones con sendas camas de matrimonio para que todo el que quiera venir lo haga y lo haga acompañado, tiene un salón con cocina americana, dos baños y dos teles (en éste país se ve la tele desde la cama y cada habitación tiene una, aunque le he pedido a la casera que le pase la de vuestra habitación, si no os importa, al salón), un sofá cama y una mesa que le he comprado a una amiga para poder dar de cenar a quien quiera. (Aun no tengo sillas, solo una muy moderna roja)

Mi habitación, tal y como me la describió Alejandro, “es maravillosa, tipo suite , con  closet de gran capasidad y televisión de 52 pulgadas” y tal y como la describo yo; mola, da a la montaña, tiene mucha luz, cortinas opacas para dormir a oscuras y mi baño tiene una ducha que pueden ducharse todos mis sobrinos y primos juntos menores de 10 sin tocarse.

Pero si os digo la verdad, a pesar de estar feliz en el pisito… Me da un poco de pena haber dejado mi hotelito…

En el Nico me han tratado tan bien…

Me he sentido parte de un equipo, de una pequeña familia…. Hasta me había acostumbrado a tener que ir de casa en casa poniendo lavadoras y tendiendo la ropa en la terracita de fumadores del hotel…

Me había acostumbrado a cada una de las personas que trabajaban allí, desde la “Patrona” Maria Fernanda, una pija de alto estrato, de unos 55 años, caleña,  que estaba encantada conmigo porque yo iba a cubrir el final del conflicto de su país, hasta Lady y Diana, las chicas que me limpiaban la habitación y preparaban el desayuno y que para ganarse unos pesos más me vendían bañadores por catálogo y me dejaban las prendas escondidas para que no las viera Maria Fernanda…

Echaré de menos llegar y contar batallitas en recepción,  escuchar sobre la existencia de Dios a Farid, que es muy evangélico y que en alguna noche, tuvo que dejar de leer la Biblia para ayudarme a entrar en el ascensor porque “algo me habría sentado mal ”.

Echaré de menos a las chicas de recepción,  sobre todo a Joana, que organizó un motín para que la patrona no subiera la tarifa el año pasado y así mi empresa no me mandara para otro hotel, y que hace solo cuatro días, cuando cansada, al llegar del trabajo a las 19.45 después de un día horrible, me di cuenta de que no había ido a la lavandería que solo me quedaba una braguita limpia, me eché a llorar en sus brazos…(Si, qué pasa, me iba a venir la regla y el hecho me pareció una trajedia... jajaja)

 Echaré de menos la seguridad de saber que si no llego a dormir alguien se preocupará por mi y me llamará a las 05.00 de la mañana para saber que estoy bien. Echaré de menos la cama hecha y las toallas limpias, Televisión Española y Antena Tres, el wifi malísimo que se desconectaba cada dos por tres… echaré de menos vivir como una rica en una habitación de hotel en una capital latinoamericana…

Creo que ellos también me echarán de menos, seguramente nunca han tenido una huésped que hiciera de la sala de reuniones un aula de inglés todas las mañanas con su “teacher” (como le llamaba Leonardo), ni tampoco ninguna que el día de Eurovisión organizara una porra multitudinaria con productos de la tierra y que cantara por la terraza, ni ninguna que les dejara mensajes alegres en posits para que no cambiaran las toallas o los gorros de ducha para ahorrar, ni ninguna que a pesar de alojarse en el quinto piso, tras quedarse encerrada una vez en el ascensor, subiera y bajara todos los días andando… La verdad es que la experiencia ha molado.

Esta mañana, me he despedido de todos con un abrazo de esos sentidos de los que duran segunditos de amor, les he dejado la dirección de mi casa nueva (porque mi mail y teléfono lo tienen)por si me necesitan. Al despedirme de  Diana, mientras preparaba huevos pericos en la cocina (a la que entro sin problemas), me ha pedido que cuando venga mi esposo vayamos a saludar porque el año pasado cuando vino ella estaba de vacaciones y ella tiene que echarle el ojo…

Me llevo un “Dont Disturb” de esos que se ponen en la puerta para el hijo de mi primo Fernandito que se llama Nico, un secador que me han dejado hasta que me compre uno propio y una familia llena de buenos recuerdos y mucho cariño. Ha sido una experiencia, que sin duda nunca olvidaré.

domingo, 3 de abril de 2016

Manifestación Uribista

Ya llevo una semana aquí y parece que ha pasado una eternidad, en Colombia tengo la sensación de que cada día tiene 20 horas más y que cada fin de semana se acaba una etapa muy larga y no solo una línea en el calendario.

He vuelto a ver a amigos del año pasado,  Andrea, Mónica, Diana, Jorge, Jonan, Victor… con cada uno tengo una anécdota que os he contado, ellos siguen por aquí y me han arropado cada uno a su estilo haciendo mi transición llevadera y cálida.

Pero éste año es algo distinto, este año no vengo como asesora controladora (que me permitía relajarme en muchos momentos , aunque sin parar de pringar)  sino que éste año toca darlo todo, mostrar resultados y dirigir el proyecto conjunto con la Agencia.

Lo bueno de ser jefa es que haces lo que a ti te da la gana, lo malo es que si quieres hacer lo que te da la gana tienes que haber hecho antes lo que te toca a ti y lo que no han hecho los demás y luego si acaso, hacer lo que te da la gana…
Así que llevo ocho días aquí y he trabajado siete, una media de diez horas y he hecho pocas cosas porque me haya dado la gana.

He optado por la estrategia de reunirme, escuchar y contarle a cada miembro del equipo por separado, desde la que se encarga de las facturas hasta el cámara. Sentarme con todos, explicarles, entender sus inquietudes, comunicárselas a las demás partes y vivir al menos dos horitas lo que ellos hacen para saber quién es quién en el equipo.

El lunes toma de contacto con productores, el martes comercial y parte del otro socio, el miércoles EFE América y abogado, el jueves clientes y administración,  el viernes reunión con todos juntos y el sábado, ya que me he pedido hacer guardia y así por saber qué hace cada uno, me fui con nuestro cámara y un redactor de EFE a cubrir una manifestación del Centro Democrático Uribista.

Así que el sábado, le pedí a Lady de mi hotel, que me hiciera un sanwich de jamón y queso para llevar de desayuno y a las 10.00 estaba con Juan Pablo  y con Gonzalo  en la calle para cubrir la manifestación de los uribistas.

Uribe, como todos sabéis, fue el Presidente de Colombia desde el 2002 al 2010 con el partido Unidad Nacional (UN = centro derecha) y  Santos (el actual presidente) fue su Ministro de Defensa.

Cuando Uribe ya no pudo ser reelegido como presidente porque agotó sus dos legislaturas, pone a Santos en la cabeza de su partido y decide formar otro que será su principal opositor. Así que para las elecciones del 2010 crea el partido del Centro Democrático, que es un poco más de derechas que el UN.

Durante los años que está Uribe en el poder con Santos como Ministro de Defensa, se lucha contra las Farc de manera súper activa. Y siempre de forma completamente encubierta, se financian paramilitares y otros grupos armados que recibían recompensas por matar guerrilleros.

Uribe debilita a las FARC de ésta manera, pero al terminar su legislatura, su pupilo Santos decide sentarse a negociar y eso le enfada muchísimo, así que se monta su tenderete mucho más a la derecha bajo el lema “Mano firme corazón grande”… El slogan lo dice todo.

Total, que la mani del sábado, que apoyaba a Uribe, yo la imaginé lo más parecido a una mani “De la familia” es España. Gente de derechas, mas o menos mayores, aburridilla, sin poca chicha, de andar despacio de la mano del marido, la mujer o los niños…
Pero nada más lejos… no había contado con el componente colombiano.

Para ir a una mani uribista bajo el lema “No más” tienes que ir con la camiseta de la selección Colombia, porque puedes estar muy enfadado con tu presidente, pero tú lo que eres ante todo es colombiano. Si eres hombre debes además ponerte el gorro típico colombiano, símbolo del trabajo duro en la tierra y las horas bajo el sol del caribe. Si eres mujer tienes que haberte pintado y al menos haber ido a la pelu esa semana.  Y aunque estés muy muy indignado tienes que bailar al son de las batucadas, las trompetas, los bongoes y los gritos de guerra que canten tus vecinos de marcha con una gran sonrisa.

Si eres cura vas con tu sotana, si eres autoridad con pantalones de pinzas y camisa cubierta por la camiseta con el lema y si eres militar, ojo al dato, vas vestido de uniforme militar.
En España uno a una mani va “de calle”… pero aquí tienes que ir de lo que tú más te sientas…

Al llegar, todo eran globos con corazones, de colores o de la bandera patria. Cientos de banderas, pancartas que gritaban “Impunidad al narcoterrorismo” "Incumplimiento al Agro" , “Frac-Santos farsante” “Inseguridad rampante” y otros slogans muy muy indignados…pero llenos de color.

Como mi misión no era manifestarme ,sino cubrir para mi cliente EFE la marcha, decidí que sería la “auxiliar" de Juan Pablo y que calladita le seguiría a donde fuera…

Durante más de media hora perseguí a mi cámara de un lado para otro mientras grababa planos generales de indignación, de una acera a la otra , subiéndonos en las barandillas, corriendo detrás de las pancartas molonas, buscando mutilados de guerra, saltando de un lado al otro, esquivando niños, cámaras, trompetistas… cruzándonos con otros reporteros… todo esto sin parar y sin hablar demasiado… ¡os juro que se me hizo agotador!

Pero claro, como estaba de aprendiz, pues yo en silencio detrás de Juan Pablo.
Mientras, de vez en cuando, nos cruzábamos con Gonzalo (el redactor) que iba a su ritmo, poco a poco mirando con su grabadora en la mano...

A mitad de la manifestación, sudando como una loca y habiéndome bebido la mitad de mi botella de agua, nos reunimos con Gonzalo: era la hora de grabar declaraciones.

En las coberturas de TV el redactor es el que decide a quien hay que preguntar así que Gonzalo nos lo dejó claro: Víctimas, algún hombre de campo, militares y voz oficial…

Así que esta vez los tres, como si tuviéramos mucha prisa , salimos a la carrera en busca de nuestros objetivos…

Es curioso, que es en ése momento, en el que te das cuenta que estás haciendo periodismo y luchando por contar algo para que la gente se entere, te entra el subidón, la tensión y la velocidad de correr de un lado hacia otro sale sola…

Los tres andábamos a paso ligero en zigzag, yo calladita, como si estuviéramos de caza, mirando para todos los lados buscando a nuestras presas.

Nuestra primera víctima:  señor de pantalón de pinzas de la mano de su rubia mujer estirada con permanente rubia platino, resultó algo sosa.

La segunda, una madre procedente de  "tierra caliente".  Su hijo y marido asesinados por la guerrilla, ojos vidriosos y piel curtida por el sol,  exigía que “El farsante ese que tanto controló en otra época dejara de negosiar con delincuentes en las vacasiones en la Habana que no se las iban a pagar los colombianos”. 

La tercera entrevista fue con el Sargento retirado Nelson Romero que estaba tan exaltado y nervioso como yo,  pero con la diferencia que a él le seguían unos cincuenta uniformados bailando y gritando cosas como “ Somos militares no somos delincuentes” y  yo, en mi posición “profesional” , solo cantaba cosas por dentro típicas de mis manifestaciones españolas como “Donde están no se ven los niñatos del pepé” o “nosotras parimos nosotras decidimos”. (A estas alturas, debéis saber, que las manis, como a mi madrina, me ponen bastante...) 

El Sargento Romero dominaba el cotarro, con su tez “morena de selva” y sus ojos brillantes, sabía que tenía al público entregado,  a pesar de su estatura (mediría un metro sesenta) se le veía más que a ninguno y sus fans estaban completamente entregados a sus gritos…

En su área de influencia manifestante, se notaba la indignación, la furia combinada con la alegría de poder llevar el verde militar por las calles de Bogotá.

Romero, fue el único que no nos permitió llevarle a un ladito para hablar y nos pidió que le grabáramos andando, con su ferviente multitud detrás. El Sargento soltó el titular “Si no se les controla, esto será el caos”.

Nos despedimos de él con un fuerte apretón de manos mientras nos miraba a cada uno a los ojos (reconozco que imponía el tío…) y volvimos a ese ritmo loco de grabar recursos de un lado para otro pero ésta vez con Gonzalo junto a nosotros.

A la altura de la calle 26 encontramos lo que todo cámara freelance busca: la contra marcha a la manifa.
Veinticinco  personas con capuchas, mascarillas negras y una gran pancarta con  Uribe decapitado disfrazado de paramilitar bajo el lema “Uribe Paraco asesino” . (paraco = paramilitar de manera despectiva) 

Sorprendentemente, los veinticinco bien ordenaditos, solo ocupaban la acera y gritaban sus consignas detrás de una fila de policías uniformados que les separaban de la riada de uribistas.

Todos los manifestantes del Centro Democrático les insultaban, les gritaban y poco a poco comenzó a caldearse el ambiente… Que si un viejo se cuela y le da una colleja a un chico anti Uribe, que si una señora les empuja desde el otro lado de los policías, insultos colombianos como “marica”, “hijoepucha”, “gonorrea”…

Lo que al principio era un área completamente limitada , empezó a distorsionarse un poco, llegaron más cámaras, un señor agarró a una mujer de las solapas del abrigo levantándoselo demasiado, llegaron más policías, más prensa… y claro, nosotros en medio señalizándole a Juan Pablo cada “momentazo” que veíamos para que no dejara de grabar…

De repente alguien tiró un huevo, luego otro... y los contramanifestantes empezaron a ponerse nerviosos… 

Yo empecé a buscar con la mirada vías de evacuación en caso de que se liara… 
Analicé todo:  tiendas de móviles, un sitio de pollos, una tienda de lencería, un café….

Miré a Gonzalo con ojillos de perrito abandonado  y preocupación le pregunté, dejando mi silencio a un lado “ ¿En caso de lío, cual es el plan? ¿Meternos en la lencería de enfrente?”
Mi segunda pregunta me pareció de lo más lógica, nunca pasa nada malo cuando te compras unas braguitas, al contrario, da subidón si son muy monas.  

Pero Gonzalo con toda naturalidad, haciéndome ver que no pasaba nada,  me respondió “No, que tiene vidrio el escaparate.  No te ralles, no creo que pase nada, pero si se lía, corre”.

Su respuesta me tranquilizó, no sé por qué, pero me tranquilizó… tenía bastante lógica y peso periodístico.

Me relajé de 6 a 10 segundos, no puedo especificar bien el tiempo, pero poco a poco todos empezaron a alterarse más y más …

Los “contra manifestantes” se tensaron y mirando hacia la marea de gente que seguía avanzando,  me di cuenta de qué era lo que agitaba a nuestro objetivo mediático:

Llegaba el grupo de los militares…

Sí, los exaltados de antes, los de verde, los únicos que en esa manifestación podrían sentirse ofendidos por la pancarta de “Paraco Asesino”…  los más relacionados con el paramilitarismo, los más entregados y posiblemente… los más violentos.

Yo me agarré a mi mochila que llevaba en el pecho en vez de la espalda para evitar robos y di varios pasitos para atrás, Juan Pablo se puso en paralelo cerca de los policías que hacían de barrera con la cámara en alto para grabarlo todo y Gonzalo, cambió su cara de periodista relajado a la de periodista a punto de preguntar algo…

Los militares avanzaban rápido hacia nosotros, los primeros empezaron a acercarse hacia la pancarta de Uribe decapitado, con paso firme pero sin ningún orden, todos con sus caras oscuras y curtidas miraban fijamente al grupito que yo tenía más cerca, poco a poco calentándose sin dirigirse hacia delante sino decantándose por nuestro lateral…

Di otro pasito para atrás, sentí que chocaba con la pared, no me quedaba mas “atrás” para alejarme, apreté las muelas, saqué el móvil de la mochila y pensé…me van a matar al cámara, supongo que tendré que grabarlo...

Justo en ése momento, en el que creí que iba a ser testigo del primer muerto de mi empresa, de la nada, del otro lado de la pared policial, entre los uniformes, salió corriendo a lo hombre bala (es decir con la cabeza por delante como para avanzar más) un señor de edad media, camiseta verde camuflaje, moreno, de un metro y medio y con una gorra que decía “Romero”.

Era él, el líder que habíamos entrevistado hacía pocos minutos, el Sargento Romero.

Se puso delante de los policías, al otro lado del muro,  y empezó a gritar “Háganle, venga, pasenlé aquí no hay nada, sigan a darle duro pa´lante , “háganle,  háganle pues”.

Sus compañeros obedecieron sin mediar una queja, y se limitaron a insultar como lo habían hecho las señoras, los viejos, los niños y los jóvenes anteriores, simplemente a hacer ruido.

Al  otro lado de la calle, una señora que había parado a que su marido comprara un café para seguir la marcha, empezó a aplaudir a los militares y a gritar “Ustedes son nuestra esperanza” en plan exaltada, más gente la siguió y cuanto más aplaudían, el Sargento Romero más se crecía dando órdenes por mediar “por la paz”.

Juan Pablo bajó la cámara, se acercó a nosotros y nos dijo, “venga que aquí ya no vamos a sacar nada más”, y junto con la marcha, nos fuimos hacia plaza Bolivar en busca de la voz oficial…. ellos como si no hubiera pasado nada, yo como si hubiera vuelto a nacer.

Pero calladita, volviendo a mi papel de auxiliar de cámara profesional,  intentando seguir sus rápidas zancadas de corresponsales en una manifestación de sábado en Bogotá.

http://www.diariodecuba.com/internacional/1459678720_21411.html